Cuando despierten las flores
El Ajedrez de los Sangre Pura
El despacho del profesor Snape siempre había sido un lugar de sombras y frascos que contenían cosas que Adeline prefería no identificar, pero esa mañana el ambiente era tan gélido que el vaho se formaba frente a sus labios con cada exhalación. No era solo el frío de las mazmorras; era la presencia de su padre, Lucius Malfoy, que permanecía de pie junto al ventanal que daba a las profundidades del Lago Negro, con su bastón de cabeza de serpiente brillando bajo la luz mortecina.
Adeline sentía que sus pulmones se habían convertido en cajas de cristal, frágiles y a punto de estallar. A su lado, Draco mantenía una postura tan rígida que parecía una estatua de mármol, mientras que Theodore, situado un paso por detrás de ella, emanaba una calma que Adeline sabía que era puramente externa.
—Es curioso —comenzó Lucius, sin girarse todavía—, cómo las noticias viajan más rápido que las lechuzas cuando se trata de la deshonra.
—Padre —intervino Draco, con la voz firme pero carente de emoción—, no hay deshonra en que Adeline y Theodore mantengan una relación. Es una alianza natural entre dos de las casas más nobles.
Lucius se giró lentamente. Su mirada no se posó en su hijo, sino que se clavó en Adeline, escrutándola como si fuera una mancha en un tapiz familiar impecable.
—Una alianza natural es aquella que se forja en los salones de la Mansión, bajo mi supervisión y con contratos sellados —dijo Lucius, acercándose con pasos lentos y rítmicos—. No en los pasillos de un colegio, como si fueran dos estudiantes de Hufflepuff entregándose notas en clase de Herbología.
Adeline sintió que el nudo en su garganta se apretaba. El zumbido en sus oídos comenzó a subir de volumen. *Inhala, uno, dos, tres, cuatro...* La voz de Theo en su mente era lo único que la mantenía anclada al suelo.
—No fue un impulso, señor Malfoy —dijo Theodore. Su voz era respetuosa, pero no sumisa. Dio un paso adelante, colocándose al nivel de Adeline—. Mi intención con su hija es seria. Mi padre está al tanto de mis sentimientos y, aunque él y usted tengan sus propios planes, yo he decidido que Adeline es la única mujer que portará el apellido Nott a mi lado.
Lucius enarcó una ceja, una expresión de desdén mezclada con una pizca de curiosidad maliciosa.
—¿Tus sentimientos, Theodore? —Lucius soltó una risa seca que heló la sangre de Adeline—. En los tiempos que corren, los sentimientos son un lujo que no podemos permitirnos. Draco ya lo ha entendido. Él sabe que su papel es servir a una causa mayor. Y Adeline... Adeline es la moneda de cambio más valiosa que nos queda.
—No soy una moneda, padre —la voz de Adeline salió más fuerte de lo que esperaba. Sus manos temblaban, así que las ocultó tras su espalda, apretando el anillo de aguamarina—. Soy tu hija. Y no voy a permitir que me uses para sellar tratos con familias que solo buscan poder a costa de nuestra libertad.
El silencio que siguió fue tan pesado que Adeline temió que el techo se desplomara. Lucius golpeó el suelo con su bastón, un sonido seco que resonó en las paredes de piedra.
—Tu libertad terminó el día en que naciste con este apellido —sentenció Lucius—. He venido aquí porque hay una oferta. Una oferta que no puedo rechazar. Lord Voldemort ha expresado interés en asegurar la lealtad de ciertas familias extranjeras, y un matrimonio entre los Malfoy y los Rosier de Francia fortalecería nuestra posición en el continente.
Draco dio un paso al frente, interponiéndose parcialmente entre su padre y Adeline.
—Ella tiene quince años, padre. Es absurdo hablar de esto ahora. Además, los Nott son aliados más cercanos y leales que cualquier familia francesa.
—No me hables de lealtad, Draco —siseó Lucius, acercándose a su hijo hasta quedar a pocos centímetros de su rostro—. Sé lo que ocultas. Sé que estás flaqueando en tus tareas. Si no puedes controlar a tu propia hermana, ¿cómo esperas que el Señor Tenebroso confíe en ti para misiones de mayor importancia?
Adeline vio cómo la mandíbula de Draco se tensaba. La culpa la golpeó de lleno. Su hermano estaba sufriendo, arriesgando su propia posición y seguridad para protegerla a ella. El aire volvió a faltarle. El despacho de Snape empezó a dar vueltas. Las estanterías con frascos parecían inclinarse hacia ella.
—Adeline —el susurro de Theo fue apenas un aliento en su oído.
Ella sintió la mano de Theo rozar la suya en la penumbra. Fue un contacto breve, pero suficiente para recordarle que no estaba sola.
—No iré a Francia —dijo Adeline, tratando de controlar el temblor de su voz—. Y no me casaré con un Rosier. Prefiero que me desheredes, prefiero que me eches de la Mansión, pero no seré parte de tus juegos.
Lucius la miró con una frialdad absoluta.
—¿Eso crees? La rebeldía es un rasgo muy feo en una Malfoy, Adeline. Quizás Theodore necesite recordar cuál es su lugar antes de que su padre decida que su heredero es más un estorbo que un activo.
—Mi padre no hará nada mientras yo siga siendo su único heredero —respondió Theo con una calma gélida—. Y le aseguro, señor Malfoy, que si algo le sucede a Adeline, o si se intenta forzarla a salir de este castillo, la familia Nott retirará todo su apoyo financiero y político a las causas que usted defiende. He hablado con mi padre. Él valora mi felicidad... o al menos, valora más la continuidad de su linaje que sus caprichos.
Fue un farol, y Adeline lo sabía. El padre de Theo era tan implacable como Lucius, pero Theo lo decía con tanta convicción que incluso Lucius pareció dudar por un segundo.
—Es una amenaza muy audaz para alguien de tu edad, Nott —dijo Lucius, estrechando los ojos—. Muy bien. Si tanto deseas este... arreglo, entonces demuéstrame que eres capaz de protegerla. El Señor Tenebroso vendrá a la Mansión durante las vacaciones de Pascua. Ambos vendréis. Si para entonces seguís manteniendo esta farsa de amor juvenil, él mismo decidirá vuestro destino.
Lucius se dio la vuelta, su capa ondeando tras él. Se detuvo en la puerta y miró a Draco.
—No me falles otra vez, Draco. El precio de la debilidad es más alto de lo que puedes pagar.
Cuando la puerta se cerró tras él, el silencio que quedó era vibrante. Adeline se dejó caer en una de las sillas, ocultando el rostro entre sus manos. Sus hombros empezaron a sacudirse violentamente. El ataque de ansiedad, contenido durante toda la reunión, finalmente la reclamó.
—No puedo... no puedo hacerlo —sollozó Adeline—. Va a matarnos a todos. Va a obligar a Draco a hacer algo horrible y a ti... Theo, te ha puesto en su punto de mira.
Draco se arrodilló frente a ella de inmediato, tomando sus manos.
—Mírame, Ade. Mírame a los ojos. No va a pasar nada. Padre solo está fanfarroneando porque siente que pierde el control.
—¡No es un farol, Draco! —gritó ella, con la voz quebrada por el pánico—. Lo he visto en sus ojos. Está asustado del Señor Tenebroso y nos está usando como escudos humanos.
Theo se situó detrás de ella, poniendo sus manos firmes sobre sus hombros, aplicando una presión constante que la ayudaba a no desvanecerse.
—Respira conmigo, Adeline —dijo Theo, su voz profunda y serena actuando como un bálsamo—. Inhala... uno, dos, tres, cuatro. Exhala... uno, dos, tres, cuatro.
Repitieron el ejercicio durante varios minutos. Poco a poco, el llanto de Adeline se convirtió en suspiros entrecortados. Draco no soltó sus manos ni un segundo, su mirada plateada llena de una determinación feroz.
—Escuchadme los dos —dijo Draco, bajando la voz hasta convertirla en un susurro conspirador—. Snape me ha dicho que hay formas de retrasar las cosas. No vamos a ir a la Mansión en Pascua si podemos evitarlo. Dumbledore está reforzando las protecciones del castillo.
—Draco, no puedes enfrentarte a él abiertamente —dijo Theo, mirando a su amigo—. Te matará.
—No me enfrentaré a él abiertamente —respondió Draco con una sonrisa triste—. Seré el hijo perfecto. Haré lo que se me pida... hasta que tenga la oportunidad de sacar a Adeline de aquí. Theo, si llega el momento, ¿estás dispuesto a dejarlo todo? ¿Tu apellido, tu fortuna, tu lugar en nuestro mundo?
Theo no dudó ni un instante. Miró a Adeline, que lo observaba con ojos enrojecidos y suplicantes.
—Ya lo he dejado todo en mi mente, Draco. Lo único que me importa es ella.
Adeline sintió una oleada de amor y gratitud tan fuerte que casi eclipsó el miedo. Se levantó y abrazó a su hermano con todas sus fuerzas, y luego se giró hacia Theo, que la envolvió en sus brazos.
—Somos un desastre —susurró Adeline contra el pecho de Theo.
—Somos Slytherins —corrigió Theo, besando su coronilla—. Y los Slytherins siempre encuentran una salida, incluso cuando el laberinto parece no tener fin.
Salieron del despacho de Snape con la cabeza alta, aunque por dentro se sintieran rotos. Caminaron por las mazmorras hacia la sala común, formando una pequeña falange de tres. Draco iba delante, con su máscara de arrogancia restaurada, mientras que Adeline y Theo caminaban detrás, con los dedos entrelazados de forma casi invisible.
Al entrar en la sala común, el bullicio se detuvo por un segundo. Todos sabían que Lucius Malfoy había estado en el castillo. Pansy se acercó a Draco con rapidez, pero él la apartó con un gesto seco.
—Ahora no, Pansy —dijo Draco, dirigiéndose directamente a su dormitorio sin mirar atrás.
Adeline y Theo se sentaron en su rincón habitual junto al fuego. La aguamarina del anillo de Adeline parecía brillar con más intensidad bajo la luz de las llamas verdes.
—¿Crees que de verdad nos dejarán en paz si vamos a la Mansión? —preguntó Adeline en voz baja.
—No —admitió Theo—. Pero no planeo que lleguemos a esa Mansión. Hay otros lugares, Ade. Lugares donde los Malfoy y los Nott no son más que nombres en libros de historia antiguos.
—¿Como los Pirineos? —preguntó ella con una pequeña sonrisa esperanzada.
—Como los Pirineos —confirmó él, apretando su mano—. O cualquier lugar donde puedas respirar sin pedir permiso.
Esa noche, Adeline volvió a tener pesadillas. Soñó con serpientes de plata que la envolvían y con la voz de su padre llamándola desde la oscuridad. Pero en medio del sueño, una luz azulada, del color de su anillo, comenzó a brillar, y la voz de Theo le recordó cómo respirar.
Se despertó sobresaltada, empapada en sudor frío. Se sentó en la cama y miró por la ventana de la mazmorra hacia las profundidades del lago. Una sirena pasó nadando, su silueta una sombra elegante en el agua turbia.
—No voy a romperme —se prometió a sí misma—. Por Draco. Por Theo. Por mí.
Se levantó y se puso una bata de seda, saliendo silenciosamente hacia la sala común. Esperaba encontrarla vacía, pero para su sorpresa, Draco estaba allí, sentado frente a las cenizas del fuego, con un pergamino arrugado en la mano.
—¿Tampoco puedes dormir? —preguntó Adeline, sentándose en el suelo junto a sus pies.
Draco sacudió la cabeza. Le pasó el pergamino. Era una carta de su madre, Narcissa.
*“Protege a tu hermana, Draco. A cualquier precio. Tu padre ya no es el hombre que conocíamos. El miedo lo ha transformado. No vuelvas a casa en Pascua. Encuentra una excusa. Te quiero, N.”*
Adeline sintió que las lágrimas volvían a brotar. Su madre, siempre tan reservada y fiel a Lucius, finalmente estaba tomando partido.
—Ella nos está dando permiso para huir, Draco —dijo Adeline.
—Ella nos está pidiendo que sobrevivamos —corrigió Draco, quemando el pergamino en las brasas—. Y eso es lo que vamos a hacer. Mañana hablaré con Theo. Tenemos que empezar a mover galeones a cuentas que padre no pueda rastrear. Si vamos a ser parias, al menos seremos parias con recursos.
Adeline apoyó la cabeza en la rodilla de su hermano, y él le acarició el cabello como cuando eran niños y ella tenía miedo de las tormentas en la Mansión.
—Gracias por ser mi hermano, Draco.
—Gracias por ser la única razón por la que todavía no me he rendido, Ade.
El silencio de la noche en Slytherin se sintió, por primera vez, no como una opresión, sino como una tregua. Sabían que la guerra estaba a la vuelta de la esquina, que su padre era ahora un enemigo y que el futuro era una página en blanco y aterradora. Pero mientras estuvieran juntos, mientras Theo estuviera allí para enseñarle a respirar y Draco para ser su escudo, Adeline Malfoy sabía que el fuego frío en su interior nunca se apagaría.
Al día siguiente, el sol se filtró por las ventanas de las mazmorras con una claridad inusual. Adeline se encontró con Theo en el Gran Comedor. Él la miró intensamente, buscando cualquier rastro de la crisis de la noche anterior. Ella le respondió con una sonrisa firme y un asentimiento.
—¿Lista para el examen de Transformaciones? —preguntó Theo, pasándole un plato con fruta.
—Lista para cualquier cosa —respondió ella.
Draco se sentó frente a ellos, observando la interacción con una mezcla de melancolía y determinación. Sabía que el camino que tenían por delante sería sangriento y difícil, pero al ver la fuerza en los ojos de su hermana, supo que Lucius Malfoy había cometido el mayor error de su vida: subestimar el amor de sus hijos.
El ajedrez de los sangre pura había comenzado, pero las piezas habían decidido que ya no querían seguir las reglas del jugador. Y en ese tablero de sombras y traiciones, Adeline Malfoy estaba a punto de dar el primer jaque.
—Theo —dijo ella mientras salían del comedor.
—¿Dime?
—Enséñame ese hechizo de protección que mencionaste. El que no se enseña en las clases normales.
Theo sonrió, una expresión llena de orgullo y una pizca de peligro.
—Con mucho gusto, mi pequeña Malfoy. Vamos a asegurarnos de que nadie vuelva a quitarte el aire.
Caminaron hacia los jardines, tres sombras plateadas bajo el sol de invierno, unidos por un juramento que ni siquiera la muerte podría romper. La libertad tenía un precio, y los tres estaban finalmente dispuestos a pagarlo, sin importar cuán alto fuera. Porque al final del día, lo único que importaba no era el apellido, sino las manos que sostenían la tuya cuando el mundo decidía desmoronarse.