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Daddy

El escudo de los hoyuelos y la furia del líder

El vuelo de regreso a Seúl desde Los Ángeles siempre se sentía más largo de lo habitual, pero esta vez, el cansancio tenía un matiz diferente. Tras semanas de adrenalina pura, estadios rugientes y el ritmo frenético de la gira, el silencio de la cabina de primera clase era un bálsamo. Namjoon observaba a Hana, que dormía profundamente en su regazo, con la cabecita apoyada en su pecho. A sus once meses, la pequeña parecía haber heredado la capacidad de su padre para desconectarse del mundo exterior cuando el agotamiento ganaba la partida.

Hye Rin, sentada a su lado, le dio un sorbo a su té mientras cerraba su computadora portátil. Había estado gestionando correos de su propio trabajo durante el vuelo, manteniendo esa faceta profesional que Namjoon tanto admiraba. Ella no solo era su ancla emocional; era una mujer que se movía con la misma determinación que él en su propio ámbito.

— Finalmente en casa —susurró ella, estirando la mano para acariciar el escaso pero suave cabello de Hana—. ¿Estás listo para los días de descanso, Kim Nam-joon? ¿O vas a intentar escaparte al estudio en cuanto deshagamos las maletas?

Namjoon soltó una risita baja, cuidando de no despertar a la bebé.

— Te prometo que lo único que voy a estudiar estos días es el catálogo de esa nueva librería que abrieron cerca de casa. Y quizás cómo perfeccionar el puré de calabaza. Estoy agotado, Rin. Solo quiero ser papá por un rato.

Hye Rin sonrió, esa sonrisa que siempre le decía que lo comprendía mejor que nadie.

— Me parece un plan excelente. Aunque me debes una tarde de spa por haber sobrevivido a tres vuelos intercontinentales con una bebé que decidió que tirar los auriculares de los asistentes de vuelo era su deporte favorito.

— Hecho —concedió él, besando la frente de su esposa.

Cuando el avión aterrizó en Incheon, el protocolo de seguridad fue el habitual. Salieron por una puerta privada para evitar las aglomeraciones masivas del aeropuerto principal. Namjoon quería proteger la burbuja de paz que habían construido durante el viaje de regreso. Sin embargo, el destino tenía otros planes para su llegada al complejo de apartamentos.

El coche negro los dejó frente a la entrada privada de su edificio. Era una zona residencial de lujo, supuestamente tranquila, pero esa tarde, un pequeño grupo de fotógrafos y algunos reporteros de medios de entretenimiento habían logrado burlar la discreción del lugar. No eran muchos, quizás unos seis o siete, pero su presencia fue inmediata.

Namjoon bajó primero. Llevaba una gorra de béisbol y una mascarilla negra, tratando de pasar desapercibido. Su prioridad era bajar a Hana, que ya estaba despierta y algo inquieta por el cambio de ambiente. La sacó de su silla de seguridad y la dejó en el suelo un momento, sujetándola de la mano, mientras se giraba para ayudar a Hye Rin y sacar una de las bolsas pequeñas con los juguetes de la niña.

Hana, luciendo un vestidito de lino azul claro y calcetines blancos, parpadeó ante la claridad del día. Sus pasos aún eran inseguros, pero le encantaba sentir la textura del pavimento bajo sus zapatos. Sin embargo, en cuanto el grupo de prensa divisó la figura alta de Namjoon, el caos se desató.

— ¡RM! ¡Namjoon-ssi! ¡Una mirada a la cámara! —gritó uno de los fotógrafos, saltando desde detrás de un arbusto decorativo.

Los flashes empezaron a dispararse con una rapidez cegadora. Para un adulto acostumbrado a la fama, era molesto; para una bebé de once meses que acababa de despertar de una siesta en un avión, era aterrador.

Hana se quedó paralizada. El ruido de los obturadores, los gritos de los reporteros preguntando sobre el éxito de la gira y el movimiento brusco de los desconocidos que intentaban acercarse para captar el rostro de la niña la sobrepasaron por completo. Su carita se arrugó, sus labios empezaron a temblar y, en un segundo, soltó un llanto agudo y desgarrador, buscando desesperadamente una cara conocida entre el mar de lentes de cámara.

Namjoon, que estaba cerrando la puerta del coche, se tensó al instante. El sonido del llanto de su hija actuó como un interruptor en su sistema nervioso. Se dio la vuelta con una rapidez felina, y lo que los fotógrafos vieron no fue al ídolo carismático que sonríe en las entrevistas. Vieron a un padre cuya paciencia se había evaporado en un milisegundo.

— ¡Hana! —exclamó Namjoon, agachándose para levantarla del suelo de inmediato.

La niña se aferró a su cuello, escondiendo el rostro en su chaqueta, sollozando con fuerza. Namjoon sintió el pequeño cuerpo de su hija temblar y algo dentro de él se rompió, dejando paso a una furia fría y controlada.

Hye Rin salió del coche justo en ese momento. Su rostro, usualmente dulce, se endureció al ver a Hana llorando y a los fotógrafos empujando a los hombres de seguridad que intentaban formar un cordón.

— ¡Den un paso atrás! —ordenó uno de los guardias, pero los paparazzi, oliendo la primicia de la primera foto clara de la hija de RM, ignoraron la advertencia.

Namjoon le entregó a Hana a Min-ji, la asistente de confianza que viajaba con ellos, quien rápidamente cubrió a la niña con una mantita para protegerla de los flashes y la llevó hacia la entrada del edificio bajo la supervisión de Hye Rin.

Una vez que se aseguró de que su hija estaba a salvo y alejándose del ruido, Namjoon no entró al edificio. Se dio la vuelta y caminó hacia los reporteros. Sus hombros estaban cuadrados y su estatura parecía haberse duplicado. No gritó, pero su voz tenía un peso que hizo que el aire se volviera pesado.

— ¡Basta ya! —dijo Namjoon, alzando una mano para detener el avance de un fotógrafo que intentaba seguir a Hye Rin—. ¡Bajen las cámaras ahora mismo!

El silencio cayó sobre el grupo. Pocas veces se veía al líder de BTS mostrar un enfado tan evidente y directo.

— Namjoon-ssi, solo queremos una declaración sobre el cierre de la gira... —empezó uno de los reporteros, sosteniendo un micrófono.

— No me importa la gira en este momento —lo cortó Namjoon, dando un paso hacia adelante, invadiendo el espacio personal del hombre—. Les he pedido respeto muchas veces. He sido paciente con su trabajo durante años, pero esto cruza una línea que no voy a permitir.

Su mirada era afilada, desprovista de la amabilidad habitual.

— Mi hija no es parte de mi contrato con el público —continuó, su voz vibrando con una intensidad que intimidó incluso a los fotógrafos más veteranos—. Es una bebé. Se ha asustado por su culpa. ¿No tienen un mínimo de decencia? Están en una propiedad privada, asustando a una niña de once meses por una foto que no tienen derecho a tomar.

— Solo hacíamos nuestro trabajo... —balbuceó otro.

— Su trabajo termina donde empieza la seguridad y la paz de mi familia —sentenció Namjoon—. No voy a pedirlo de nuevo. Si veo una sola foto de la cara de mi hija en algún medio, o si vuelven a emboscarnos de esta manera en nuestro hogar, me encargaré personalmente de que las consecuencias legales sean lo último de lo que quieran preocuparse. Respeten nuestro espacio. Respeten a mi hija.

Namjoon se quedó allí, de pie, como un muro inamovible, hasta que los fotógrafos, murmurando entre ellos y bajando las cámaras con evidente incomodidad, empezaron a retirarse hacia la calle principal. Solo cuando el último de ellos se hubo alejado lo suficiente, Namjoon exhaló un suspiro tembloroso y entró en el edificio.

En el vestíbulo, el ambiente era mucho más tranquilo. Hye Rin estaba sentada en uno de los sofás de diseño, meciendo a Hana, que ya se había calmado y solo soltaba pequeños hipos ocasionales mientras jugaba con el colgante del collar de su madre.

Namjoon se acercó a ellas, quitándose la gorra y pasándose una mano por el cabello, frustrado.

— ¿Está bien? —preguntó, su voz volviendo a ser suave, llena de preocupación.

Hye Rin levantó la vista. Había visto la confrontación desde el cristal de la entrada. Conocía a Namjoon; sabía que odiaba los conflictos, pero también sabía que no había nada más peligroso que un Namjoon protegiendo lo que amaba.

— Está bien, Joon —dijo ella, extendiendo una mano para que él la tomara—. Solo fue el susto. Ya sabes que odia los ruidos fuertes cuando acaba de despertar. Pero tú... guau. Por un momento pensé que ibas a romper una cámara con la mirada.

Namjoon se sentó a su lado, dejando caer la cabeza hacia atrás contra el respaldo del sofá.

— Me hierve la sangre, Rin. Puedo soportar que me sigan a mí, que inventen historias sobre mí... pero verla llorar así porque no pueden respetar que es una niña... me supera.

Hye Rin se inclinó y le dio un beso en la mejilla, un gesto que siempre lograba bajar sus revoluciones.

— Lo hiciste bien. Pusiste un límite. A veces, el líder tiene que salir para que el papá pueda tener paz. Mira —señaló a la bebé.

Hana, al escuchar la voz de su padre, se giró y estiró sus bracitos hacia él. Namjoon la tomó de inmediato, acomodándola en su regazo. La niña le tocó los hoyuelos, que empezaban a aparecer de nuevo mientras su enfado se disolvía al contacto con ella.

— Perdona por el susto, pequeña —murmuró Namjoon, besando sus manitas—. Papá no dejará que nadie te asuste otra vez.

— Bueno —dijo Hye Rin, levantándose y sacudiendo su ropa—, creo que después de este drama, nos merecemos una cena que no venga en una bandeja de avión. ¿Qué tal si pedimos comida italiana y nos olvidamos del mundo exterior por las próximas cuarenta y ocho horas?

— Es la mejor idea que has tenido en todo el mes —coincidió Namjoon, poniéndose en pie con Hana en brazos.

Subieron al apartamento, su verdadero refugio. Mientras Namjoon ayudaba a desempacar las maletas, no podía evitar observar a Hye Rin, que ya estaba en la cocina organizando la fruta y tarareando una canción distraídamente. Ella era el corazón que mantenía todo funcionando. Ella no se había asustado por su reacción afuera; al contrario, le había dado el espacio para ser el protector que necesitaba ser.

— ¿Sabes? —dijo Namjoon, apoyándose en el marco de la puerta de la cocina—. A veces me pregunto cómo logras mantener la calma en momentos así. Yo sentía que me iba a estallar la cabeza.

Hye Rin dejó un cuchillo sobre la tabla de cortar y lo miró con una sonrisa cargada de ese humor ligero que la caracterizaba.

— Oh, no estaba calmada, Joon. Estaba planeando mentalmente cómo usar mi bolso de diseñador como arma contundente si alguno se acercaba más a Hana. Pero vi que tú ya tenías la situación bajo control con tu "voz de Dios del Rap enojado", así que decidí que alguien tenía que ser la adulta responsable y consolar a la bebé.

Namjoon soltó una carcajada honesta, la primera desde que habían aterrizado en Corea.

— Eres increíble.

— Soy práctica —corrigió ella con un guiño—. Ahora, ve a cambiarle el pañal a tu hija. El "líder imponente" acaba de ser relevado de sus funciones de seguridad y ha sido asignado al departamento de higiene infantil.

Namjoon hizo una reverencia cómica.

— A sus órdenes, jefa.

La noche transcurrió en una paz deliciosa. Cenaron en el suelo de la sala, sobre una alfombra mullida, mientras Hana intentaba "atacar" los fideos de pasta de Namjoon con sus dedos regordetes. No había cámaras, no había flashes, no había preguntas sobre el futuro de la música coreana. Solo estaban ellos tres, el sonido de la risa de Hye Rin y el balbuceo constante de una niña que ya había olvidado el susto de la tarde.

Más tarde, cuando Hana finalmente se quedó dormida en su cuna, Namjoon se quedó un momento observándola. La pequeña habitación estaba en penumbra, iluminada solo por una suave luz nocturna en forma de ballena.

Hye Rin apareció en la puerta, envolviéndose en una bata de seda. Se acercó a él y le rodeó la cintura con los brazos.

— Lo estamos haciendo bien, ¿verdad? —preguntó Namjoon en un susurro, casi temiendo romper el silencio.

— Lo estamos haciendo de maravilla —respondió ella, apoyando la cabeza en su espalda—. El mundo siempre va a intentar entrar, Joon. Es el precio de quién eres. Pero mientras este cuarto siga siendo sagrado, y mientras tú sigas defendiéndolo como lo hiciste hoy, ella crecerá sabiendo que está a salvo.

Namjoon se giró en sus brazos y la estrechó con fuerza.

— Gracias por ser mi lugar seguro, Rin. No sé qué haría si tuviera que enfrentarme a todo esto sin ti. Probablemente me habría convertido en un ermitaño en alguna montaña de Suiza hace años.

Hye Rin se rió suavemente contra su pecho.

— Bueno, Suiza tiene buen chocolate, pero dudo que dejen que Hana corra por las galerías de arte como lo hace aquí. Además, me vería fatal con ropa de senderismo todo el día. Prefiero quedarme aquí y seguir burlándome de tus análisis filosóficos sobre los dibujos animados.

Namjoon sonrió, sintiendo que el peso del mundo se aligeraba. Mañana habría noticias en los portales sobre el "incidente" en la entrada del edificio, y su equipo de relaciones públicas tendría trabajo que hacer. Pero allí, en la quietud de su hogar, nada de eso importaba.

Caminaron juntos hacia su habitación, dejando atrás el ruido de la fama. Namjoon se acostó en la cama, sintiendo el aroma a lavanda de las sábanas limpias y el calor de su esposa a su lado. Antes de cerrar los ojos, pensó en la carita de Hana y en la firmeza de Hye Rin.

Había sido un día largo, un regreso intenso, pero mientras tuviera ese refugio, mientras tuviera a esas dos personas que lo veían simplemente como Kim Nam-joon, sabía que podía enfrentarse a cualquier cantidad de flashes. Porque al final, el rugido de los diamantes y el eco del escenario no eran nada comparado con el simple y eterno sonido de su familia respirando en paz.

Namjoon cerró los ojos y, por primera vez en semanas, el silencio fue absoluto y perfecto. Estaba en casa. Estaba a salvo. Estaba completo.