Daddy
El experto en nudos y el misterio del puré de calabaza
La luz de la mañana se filtraba suavemente por las cortinas de lino del dormitorio principal. Namjoon despertó antes que la alarma, sintiendo el peso reconfortante de la calma doméstica. A su lado, Hye Rin se movía con la eficiencia silenciosa de quien tiene el tiempo contado. Se estaba ajustando un pendiente de perla mientras revisaba su tableta, vestida con un traje sastre color crema que gritaba profesionalismo y elegancia.
—¿Segura de que no quieres que llame a la señora Park? —preguntó Namjoon, incorporándose sobre los codos mientras su voz aún arrastraba el rastro del sueño—. Puedo encargarme, pero sé que hoy tienes esa presentación importante y no quiero que estés preocupada por si la casa sigue en pie.
Hye Rin se acercó a la cama y se sentó en el borde, dejando que Namjoon le tomara la mano.
—Joon, te lo dije anoche. La señora Park está disponible, solo tienes que marcarle. Es tu primer día libre de verdad y Hana está en esa fase de "quiero gatear hacia el peligro". No tienes que demostrarle nada a nadie.
Namjoon negó con la cabeza, una sonrisa de suficiencia asomando en sus hoyuelos.
—He liderado a seis hombres con personalidades explosivas a través de estadios mundiales, Rin. Creo que puedo manejar a una pequeña de siete kilos y medio que todavía no sabe usar una cuchara. Además, quiero esto. Un día entero para nosotros. Sin intermediarios.
Hye Rin soltó una risita sarcástica y le dio un golpecito en la nariz.
—Está bien, "Capitán Paternidad". La agenda está en la encimera: tomas de leche, horarios de siesta y el contacto de la pediatra por si decides que un estornudo es una crisis nacional. Me voy, que el consejo de administración no espera.
Tras un beso rápido que sabía a café y bálsamo labial, Hye Rin desapareció por la puerta, dejando tras de sí el aroma de su perfume y un silencio que pronto sería interrumpido.
Namjoon se quedó solo. O casi solo.
La primera batalla del día comenzó en el vestidor. Hana, sentada en la alfombra, observaba con ojos gigantes cómo su padre sostenía un pequeño conjunto de peto de pana color mostaza y una camiseta de rayas.
—Muy bien, Hana. Vamos a demostrarle a mamá que papá no solo sabe de teoría estética, sino de aplicación práctica —dijo Namjoon con solemnidad.
Vestir a una bebé de siete meses resultó ser sorprendentemente similar a intentar ponerle un abrigo a un pulpo. Hana se giraba, pateaba con entusiasmo y soltaba grititos de alegría cada vez que Namjoon lograba pasarle una manga.
—No, no, pequeña curadora. La pierna va por el agujero de la izquierda. La izquierda es esta... —murmuró, luchando con los broches metálicos—. ¿Por qué los diseñadores de ropa de bebé odian la lógica? Esto es un rompecabezas de ingeniería.
Después de diez minutos, Namjoon sudaba más que tras un ensayo de "Idol". Pero el resultado era aceptable. Hana estaba vestida, aunque un botón del peto estaba ligeramente torcido. El toque final fue el pelo. Con una delicadeza extrema, Namjoon tomó un pequeño cepillo de cerdas suaves y peinó el escaso pero rebelde cabello de su hija, intentando domar un remolino que siempre se levantaba en la coronilla.
—Listo. Estás... minimalista y elegante. Muy Nam-jooning —declaró, cargándola y dándole un beso en la mejilla regordeta.
El plan para el día era ambicioso: una escapada a un centro de estimulación temprana privado en el distrito de Gangnam, un lugar que Hye Rin le había recomendado porque garantizaba discreción y un ambiente controlado.
Namjoon preparó la bolsa de pañales con la precisión de quien prepara una mochila de supervivencia. Pañales, toallitas, un cambio de ropa (por si acaso), el peluche de ballena favorito de Hana y un termo con agua tibia. Se puso su gorra favorita, unas gafas de pasta que le daban un aire de intelectual anónimo y cargó a Hana en la mochila porta-bebés frontal.
Caminar por la calle con Hana pegada a su pecho era la sensación favorita de Namjoon. Sentía los latidos de su hija contra su propio corazón, y el suave balbuceo que ella hacía mientras señalaba los árboles y los pájaros lo hacía sentir más poderoso que cualquier premio internacional.
Al llegar al centro, el ambiente era cálido y tranquilo. Era una sala amplia, con suelos acolchados de colores pasteles y estructuras de madera diseñadas para que los bebés exploraran de forma segura. Había otros tres o cuatro padres esparcidos por el lugar.
Namjoon dejó a Hana en el suelo y ella, tras un segundo de duda, comenzó su gateo veloz hacia una piscina de pelotas de goma de colores claros.
—¡Hey, con cuidado, pequeña velocista! —exclamó Namjoon, sentándose en el suelo con las piernas cruzadas.
A su lado, un hombre mayor, probablemente un abuelo por su edad, observaba a Hana con una sonrisa amable.
—Es muy despierta para su edad —comentó el hombre—. ¿Cuántos meses tiene?
Namjoon se tensó un segundo por instinto, pero al ver que el hombre simplemente estaba siendo cortés y no lo reconocía bajo la gorra y las gafas, se relajó.
—Siete meses —respondió Namjoon, con un orgullo que no pudo ocultar—. Es un poco impaciente. Quiere llegar a todas partes antes de saber cómo sostenerse bien.
—Tiene los ojos de un explorador —dijo el hombre—. Usted debe estar muy orgulloso. Se nota que la cuida bien. No muchos padres jóvenes pasan el día entero aquí metidos, suelen dejar estas cosas a las niñeras.
—Es el mejor trabajo que he tenido nunca —admitió Namjoon, y lo decía de verdad.
Durante las siguientes dos horas, Namjoon se sumergió por completo en el mundo de Hana. La ayudó a escalar una pequeña rampa de espuma, celebró con aplausos cada vez que ella lograba apilar dos cubos de tela y la observó interactuar con una niña un poco más grande, de unos dos años, que le ofrecía un juguete de madera.
Hana miró a la niña, luego a Namjoon buscando aprobación, y finalmente tomó el juguete con un grito de victoria.
—Eso es, Hana. Comparte —susurró Namjoon, sintiendo una punzada de emoción en el pecho—. Estás haciendo amigos.
Verla allí, siendo simplemente una niña entre otros niños, sin el peso del apellido Kim o la sombra de las cámaras, era el regalo más grande que Namjoon podía pedir. En ese rincón del mundo, él no era RM, el líder de BTS. Era el chico alto que se reía cuando su hija intentaba comerse una pelota de goma y que pedía disculpas tímidamente cuando Hana le tiraba del pelo a otro padre por curiosidad.
—Disculpe —se acercó una mujer joven, madre de otro bebé—. Su hija es preciosa. Tiene una estructura ósea muy llamativa, ¿es modelo infantil?
Namjoon soltó una carcajada limpia.
—No, no. Solo es... ella misma. Pero gracias, creo que heredó la mandíbula de su madre, por suerte para ella.
El momento crítico llegó a la hora del almuerzo. Namjoon se retiró a una zona de mesas bajas equipadas con tronas. Sacó el recipiente con el puré de calabaza y zanahoria que Hye Rin había dejado preparado.
—Muy bien, Hana. Momento de la verdad. Si terminamos esto sin que mi camisa blanca termine naranja, ambos ganamos un premio —le dijo, ajustándole el babero de silicona.
La primera cucharada fue un éxito. La segunda, un experimento aerodinámico. Hana decidió que era el momento perfecto para practicar su "soplo", enviando una lluvia de partículas naranjas directamente hacia la mejilla de Namjoon.
—Puntos por puntería, cero puntos por modales —comentó él, limpiándose con una toallita mientras Hana se reía a carcajadas, mostrando sus encías rosadas.
A pesar de los pequeños desastres, Namjoon disfrutaba de cada segundo. La paciencia que a veces le costaba mantener en el estudio de grabación parecía infinita cuando se trataba de Hana. Le hablaba constantemente, explicándole por qué la calabaza era buena para sus ojos y leyéndole los carteles de la pared como si fueran poesía existencialista.
Por la tarde, decidieron dar un paseo por un parque privado cercano. El sol de la tarde bañaba los senderos de un tono dorado. Namjoon sacó a Hana de la mochila y la dejó sentada en una manta sobre el césped. Sacó un pequeño libro de ilustraciones que trataba sobre las estaciones del año.
—Mira, Hana. Esto es el otoño. Las hojas se caen, como esa de ahí —señaló una hoja seca que bailaba con el viento.
Hana intentó atrapar la hoja, sus pequeños dedos cerrándose en el aire con una determinación adorable. Namjoon la observaba, y por un momento, el tiempo pareció detenerse. Pensó en las giras, en los hoteles de lujo, en los estadios llenos de gritos y luces. Todo aquello era asombroso, pero nada se comparaba con la paz de este momento. La vulnerabilidad de su hija, su total dependencia de él para entender el mundo, le daba a Namjoon una perspectiva que ningún libro de filosofía le había dado jamás.
—Te voy a enseñar todo lo que sé, pequeña —susurró, acariciando su mejilla—. Pero creo que tú me estás enseñando mucho más a mí.
Hana, como si entendiera la profundidad del momento, dejó de intentar atrapar hojas y gateó hasta el regazo de Namjoon, apoyando la cabeza en su muslo. Estaba cansada. El día de aventuras había agotado sus baterías.
Namjoon la cargó con cuidado, sintiendo cómo el cuerpo de la niña se relajaba instantáneamente contra él. Empezó a tararear una melodía suave, una canción de cuna improvisada que nunca saldría en un álbum, pero que era la composición más importante de su vida.
Cuando regresaron a casa, el sol ya se estaba ocultando tras los rascacielos de Seúl. El apartamento estaba en silencio, envuelto en la luz cálida del atardecer. Namjoon bañó a Hana, una tarea que terminó con él casi tan mojado como ella, y la puso en su pijama de nubes.
Justo cuando estaba terminando de dormirla en la cuna, escuchó el sonido de la cerradura electrónica. Hye Rin había vuelto.
Namjoon salió del cuarto de la bebé de puntillas, cerrando la puerta con una lentitud agónica para evitar cualquier ruido. Encontró a Hye Rin en la cocina, dejando su bolso y soltando un suspiro de cansancio.
—¿Sobreviviste? —preguntó ella, girándose con una sonrisa cansada pero curios