Daddy
Luces de neón y promesas de medianoche
El desierto de Nevada se extendía más allá de los ventanales de la suite presidencial, una vasta extensión de arena que contrastaba con el estruendo visual de Las Vegas. Dentro de la habitación, el caos era de una naturaleza mucho más dulce. Namjoon estaba sentado en el suelo, rodeado de maletas abiertas, intentando descifrar el manual de instrucciones de un cochecito de paseo plegable que parecía diseñado por la NASA.
— Namjoon, amor, si sigues mirando ese manual con tanta intensidad, vas a terminar escribiendo una tesis sobre la aerodinámica de las ruedas delanteras —dijo Hye Rin, saliendo del baño mientras terminaba de abrocharse una sandalia cómoda.
Namjoon levantó la vista y soltó un suspiro, apartándose un mechón de cabello de la frente.
— Es que no tiene sentido lógico, Rin. Ayer se plegaba con un solo movimiento y hoy parece que requiere una clave de acceso de seguridad nacional. No quiero que Hana se quede atrapada en medio del Bellagio porque su padre no pudo vencer a la ingeniería moderna.
Hye Rin se acercó, se puso de cuclillas a su lado y, con un movimiento seco y preciso de la muñeca, hizo que el cochecito encajara en su sitio con un "clic" satisfactorio.
— La lógica no siempre es la respuesta, Joon —dijo ella con una sonrisa traviesa, dándole un golpecito en la mejilla—. A veces solo hace falta un poco de instinto. O haber leído las instrucciones mientras tú estabas ocupado analizando la arquitectura del hotel.
Namjoon se rió, rodeando la cintura de su esposa con los brazos y atrayéndola hacia él.
— ¿Qué haría yo sin ti en esta ciudad? Probablemente me perdería en el primer casino buscando una librería.
— Probablemente —coincidió ella, besando la punta de su nariz—. Pero hoy no hay librerías. Hoy hay acuarios, fuentes gigantes y, si tenemos suerte, una siesta para Hana que nos permita respirar diez minutos.
Hana, que en ese momento estaba ocupada intentando meterse un calcetín en la boca mientras gateaba por la alfombra mullida, soltó un grito de alegría al ver a sus padres juntos. Con casi ocho meses, su curiosidad estaba en su punto máximo, y Las Vegas, con sus luces parpadeantes y sonidos constantes, era para ella un parque de diversiones sensorial infinito.
— ¡Pa-pa-ba! —exclamó la pequeña, señalando hacia el ventanal.
— Sí, pequeña, eso es Las Vegas —dijo Namjoon, cargándola y acercándola al cristal—. Es brillante, ruidosa y un poco loca. Justo como tus tíos.
El día de descanso comenzó de manera relajada. A diferencia de las giras anteriores, donde Namjoon pasaba sus horas libres encerrado en el estudio o visitando museos en solitario, esta vez el ritmo lo marcaba la pequeña Kim. Decidieron visitar el Shark Reef Aquarium en el Mandalay Bay.
Caminar por los túneles de cristal rodeados de tiburones y mantarrayas fue una experiencia mágica. Namjoon llevaba a Hana en la mochila porta-bebés frontal, y la niña no dejaba de golpear suavemente el cristal con sus manitas, fascinada por el movimiento lento de los animales marinos.
— Mira esa, Hana —susurró Namjoon, señalando una tortuga marina gigante—. Es vieja y sabia, como los libros que te leeré cuando seas más grande.
Hye Rin caminaba a su lado, observando no a los peces, sino a su esposo. Le encantaba ver esa faceta de él: el hombre capaz de dominar un escenario frente a miles de personas, ahora completamente cautivado por la reacción de su hija ante un pez de colores.
— Se parece tanto a ti cuando se concentra —comentó Hye Rin, entrelazando su mano con la de Namjoon—. Tiene esa mirada fija, como si estuviera intentando descifrar el secreto del universo... o simplemente pensando si ese tiburón cabe en su bañera.
— Espero que sea lo segundo —bromeó Namjoon—. No estoy listo para que empiece a cuestionar la existencia del ser antes de que aprenda a caminar.
Después de un almuerzo tranquilo en una terraza sombreada, lejos del bullicio del Strip, regresaron al hotel para la siesta de la tarde. Las Vegas era agotadora, incluso para los adultos, y Hana cayó rendida en cuanto su cabeza tocó la sábana de la cuna portátil.
Fue entonces cuando el ambiente cambió. El sol empezó a descender, tiñendo el desierto de tonos púrpuras y anaranjados, y las luces de neón de la ciudad comenzaron a cobrar vida con una intensidad vibrante.
— Rin —dijo Namjoon, acercándose a ella mientras ella observaba el atardecer desde el balcón—. La señora Park y el equipo de seguridad ya están en la habitación de al lado. Se quedarán con Hana. He reservado una mesa.
Hye Rin se giró, sorprendida.
— ¿Una mesa? Pensé que pediríamos servicio de habitaciones y veríamos una película.
— Estamos en Las Vegas, el trabajo de la gira está yendo de maravilla y hace mucho que no tenemos una noche que sea solo para nosotros dos —dijo él, tomando sus manos—. Sin pañales, sin horarios de leche, sin hablar de coreografías. Solo tú y yo. Como antes, pero mejor.
Hye Rin sintió un calorcito en el pecho. A veces, entre la logística de ser madre y el torbellino de la fama de Namjoon, era fácil olvidar que ellos dos eran el núcleo de todo.
— Me parece una idea peligrosa, Kim Nam-joon —dijo ella con un brillo juguetón en los ojos—. Podría acostumbrarme a esto. Dame veinte minutos.
Exactamente veinte minutos después, Hye Rin salió del vestidor. Llevaba un vestido de seda color esmeralda que se ajustaba a su figura con elegancia y sencillez. Se había soltado el cabello y el maquillaje ligero resaltaba su belleza natural, esa que Namjoon siempre decía que era su favorita.
Namjoon, que se había puesto una camisa negra de corte impecable y un reloj elegante, se quedó sin palabras por un momento.
— A veces olvido que estoy casado con la mujer más hermosa de Corea —murmuró él, acercándose para rodearle la cintura.
— Y yo olvido que mi esposo es un modelo profesional cuando no está intentando pelearse con un cochecito de bebé —respondió ella, arreglándole el cuello de la camisa—. Estás muy guapo, Joon.
Salieron de la suite tras darle mil instrucciones a la niñera y un beso final a la Hana dormida. El restaurante estaba situado en lo alto de una de las torres más icónicas, con una vista de 360 grados de la ciudad.
La cena fue un oasis de sofisticación. Hablaron de todo y de nada: de los libros que Namjoon quería comprar, de los proyectos de diseño de Hye Rin, de recuerdos compartidos de sus primeros años juntos cuando la fama era un concepto lejano y el mundo parecía más pequeño.
— ¿Te acuerdas de nuestra primera cita de verdad? —preguntó Namjoon, moviendo su copa de vino tinto—. Estaba tan nervioso que casi derramo la sopa sobre tu vestido.
— Casi no —rio Hye Rin—. Derramaste un poco. Pero estabas tan ocupado pidiendo disculpas y citando a un poeta francés para explicar tu torpeza que me pareció adorable. Pensé: "Este chico es demasiado inteligente para su propio bien, pero tiene un corazón enorme".
— Y yo pensé: "Esta mujer tiene una paciencia infinita o realmente le gusta el sarcasmo" —añadió él, estirando la mano sobre la mesa para tomar la de ella.
— Fue un poco de ambas —admitió ella, apretando sus dedos—. Joon... gracias por esto. Por no dejar que nos perdamos en la rutina del éxito. Sé cuánto te esfuerzas por ser el líder perfecto, el artista perfecto... pero para mí, estos momentos son los que cuentan.
Namjoon la miró con una intensidad que hizo que el ruido del restaurante desapareciera.
— Tú eres la que me mantiene real, Rin. Sin ti, yo sería solo una estatua de mármol en un museo. Tú me das vida, me das una razón para volver a casa. Y Hana... ella es el poema que nunca supe cómo escribir.
Después de la cena, decidieron caminar un poco por el Strip, protegidos por un equipo de seguridad discreto que los seguía a una distancia prudencial. Las Vegas de noche era un asalto a los sentidos, pero para ellos, en su burbuja de complicidad, era simplemente un telón de fondo brillante.
Se detuvieron frente a las fuentes del Bellagio justo cuando comenzaba el espectáculo de agua al ritmo de una melodía clásica.
— Es irónico, ¿no? —dijo Hye Rin, apoyando la cabeza en el hombro de Namjoon mientras las columnas de agua bailaban frente a ellos—. Estamos en la ciudad del pecado, del juego y del ruido, y aquí estamos nosotros, hablando de nuestra hija y sintiéndonos los más afortunados del mundo por tener una noche tranquila.
— Quizás la verdadera rebeldía en un lugar como este es ser feliz con lo sencillo —respondió Namjoon, rodeándola con sus brazos por detrás—. No necesito apostar nada, Rin. Ya gané el premio mayor hace mucho tiempo.
— Qué cursi te pones con el aire del desierto —bromeó ella, aunque se acurrucó más contra él.
— Es el efecto Las Vegas —dijo él, besando su sien—. O quizás es que estoy demasiado enamorado de mi esposa.
Caminaron un poco más, disfrutando del anonimato relativo que les brindaba la noche y las multitudes. En un momento dado, pasaron frente a una de esas pequeñas capillas iluminadas con luces de neón rosa.
— ¿Te imaginas? —preguntó Hye Rin, señalando la capilla—. Si nos hubiéramos conocido aquí, nos habríamos casado un Elvis como testigo.
Namjoon soltó una carcajada profunda.
— Me imagino a Jin hyung vestido de Elvis, eso sería mucho más probable. Pero me alegra que lo hiciéramos a nuestra manera. Aunque... —se detuvo y la miró con una chispa de travesura—, si quieres entrar y renovar los votos con un imitador de Sinatra, estoy dispuesto. Todo por la experiencia antropológica.
— Ni se te ocurra, Kim Nam-joon —dijo ella, riendo y tirando de su brazo—. No quiero fotos de eso circulando por internet en diez años. Hana nunca nos respetaría.
Regresaron al hotel pasada la medianoche. El ambiente en la suite era de una calma absoluta. La señora Park los saludó con una inclinación de cabeza y les informó que Hana no se había movido ni una sola vez.
Una vez solos, Namjoon y Hye Rin se acercaron a la cuna. La pequeña dormía con los brazos estirados, la boca entreabierta y una expresión de paz total.
— Es perfecta —susurró Namjoon, ajustándole la manta con una delicadeza infinita.
— Lo es —coincidió Hye Rin—. Y tiene suerte de tenerte.
Se retiraron a su habitación, pero antes de dormir, se quedaron un momento en el balcón, observando las luces de la ciudad que nunca duerme. Namjoon abrazó a Hye Rin por la espalda, descansando la barbilla en su hombro.
— Mañana volvemos al trabajo —dijo él—. Ensayos, pruebas de sonido, la presión del show...
— Pero mañana también desayunaremos juntos —le recordó ella, girándose en sus brazos—. Y Hana intentará robarte el pan tostado, y yo me reiré de tus caras de preocupación, y seremos una familia normal en medio de la locura.
Namjoon sonrió, sintiendo que el peso de sus responsabilidades se aligeraba.
— Tienes razón. Como siempre.
— Es un don que tengo —dijo ella con un guiño, antes de ponerse de puntillas para darle un beso largo y profundo, un beso que sellaba la promesa de que, sin importar dónde estuvieran —en Seúl, en Las Vegas o en cualquier rincón del mapa—, ellos siempre serían el hogar del otro.
Esa noche, bajo el cielo eléctrico de Nevada, Namjoon no soñó con música ni con estadios. Soñó con el sonido de la risa de Hye Rin y el peso de su hija en sus brazos. Porque al final, las luces más brillantes no estaban en el Strip, sino en los ojos de las dos personas que lo esperaban al final de cada canción.
La gira continuaría, los récords se seguirían rompiendo, pero en la intimidad de esa suite, Kim Nam-joon era simplemente un hombre amado, y eso era más que suficiente para conquistar cualquier escenario que el mundo le pusiera por delante.