Daddy
El reflejo de la octava integrante
El silencio en el apartamento de los Kim era una rareza que Namjoon había aprendido a apreciar, pero que también le generaba una punzada de melancolía. Hacía apenas dos horas que había aterrizado en Seúl tras el cierre de la etapa europea de la gira. Sus oídos aún zumbaban con el eco de cincuenta mil personas coreando su nombre, pero sus ojos solo buscaban una cosa: el rastro de juguetes esparcidos por la alfombra que indicara que su mundo real seguía allí.
Hye Rin apareció por el pasillo, moviéndose con esa gracia natural que no había perdido ni con las noches de insomnio. Al verlo de pie en la entrada, con la maleta aún en la mano y los hombros caídos por el desfase horario, su rostro se iluminó. No corrió hacia él; lo observó un segundo, disfrutando del regreso, antes de acercarse para rodearle el cuello con los brazos.
— Bienvenido a la realidad, Kim Nam-joon —susurró ella, hundiéndose en el aroma a viaje y cansancio de su esposo—. Hana acaba de dormirse, pero creo que sintió que llegabas. Ha estado inquieta toda la tarde.
Namjoon cerró los ojos, aspirando el aroma de Hye Rin, que siempre olía a casa y a una mezcla de vainilla y loción de bebé.
— Siento no haber podido estar más tiempo estas semanas —dijo él, apretándola contra su pecho—. Verlas por videollamada es una tortura. Hana parece un centímetro más alta cada vez que enciendo la pantalla.
Hye Rin se separó un poco, dándole un beso suave en la comisura de los labios.
— Casi diez meses, Joon. Ya no es una bebé que se queda donde la dejas. Ahora es una exploradora con una misión de búsqueda y destrucción. Pero no te preocupes, mañana tendrás todo el día para ponerte al día con sus nuevas travesuras.
La decisión de que Hye Rin y Hana no viajaran durante toda la gira había sido difícil, pero necesaria. No querían que la pequeña viviera en hoteles y aviones cada semana. Corea era su ancla, su estabilidad. Y aunque Namjoon sentía que le arrancaban una parte del alma cada vez que cruzaba la puerta hacia el aeropuerto, sabía que era lo mejor para ellas.
A la mañana siguiente, el sol de Seúl entró tímidamente por la ventana. Namjoon no necesitó alarma; un pequeño dedo índice explorando su fosa nasal fue suficiente para devolverlo a la conciencia.
— ¿Pa? —preguntó una vocecita aguda, cargada de curiosidad.
Namjoon abrió un ojo y se encontró con el rostro redondo de Hana, que gateaba sobre la cama con una energía envidiable para ser las siete de la mañana. Sus ojos, oscuros y brillantes como dos canicas, lo observaban con una mezcla de reconocimiento y sorpresa.
— Hola, mi pequeña octava integrante —murmuró Namjoon con la voz ronca, atrapándola por la cintura para llenarle la barriga de besos ruidosos.
Hana soltó una carcajada cristalina, retorciéndose de alegría. Hye Rin, que observaba la escena apoyada en el marco de la puerta con una taza de café en la mano, no pudo evitar sonreír.
— Cuidado, Joon. Si le das mucha cuerda ahora, no habrá quien la pare en todo el día —advirtió ella, aunque sus ojos rebosaban ternura—. Por cierto, ¿has visto las redes sociales hoy?
Namjoon suspiró, sentándose en la cama con Hana en su regazo.
— ¿Ha pasado algo?
— Nada malo. Solo que ARMY ha decidido que Hana es oficialmente la líder de la línea de baile de la nueva generación. Alguien grabó un audio tuyo en el último concierto donde mencionaste que ella ya intenta ponerse de pie sola, y ahora hay carteles por todo Twitter que dicen: "Hana, cuida de tu padre, él es un poco torpe".
Namjoon soltó una risotada. La relación de los fans con su paternidad era algo que lo conmovía profundamente. Aunque nunca habían mostrado el rostro de Hana —un límite que tanto él como Hye Rin defendían con ferocidad—, los fans respetaban ese espacio. Sabían que existía, sabían que era el sol de Namjoon, y la trataban con un cariño casi familiar. En los conciertos, Namjoon solía ver pancartas que decían: "Papá Joon, te regalamos este peluche para Hana", o "Hana, dile a tu padre que descanse".
— Me regalaron un par de zapatitos en Berlín —recordó Namjoon, acariciando los pies descalzos de su hija—. Tenían el logo del grupo y el nombre de ella bordado. Son increíbles.
— Es una niña afortunada —dijo Hye Rin, acercándose para sentarse a su lado—. Tiene siete tíos que la adoran y un ejército de personas que la cuidan desde la distancia. Pero hoy, su tío favorito es el que la va a llevar a HYBE porque yo tengo una reunión de trabajo ineludible.
Namjoon arqueó una ceja.
— ¿Me estás encargando la logística de la "Princesa de Bangtan" en el edificio? Sabes que eso terminará con ella comiendo galletas en el estudio de Yoongi o siendo usada como pesa por Jungkook.
— Confío en tus instintos de líder —bromeó Hye Rin, dándole un beso rápido antes de levantarse—. Y la niñera estará allí para ayudarte si las cosas se salen de control. Pero intenta que no aprenda ninguna palabra nueva de Jin, no quiero que su primera frase sea una queja sobre lo guapo que es él.
Unas horas más tarde, el edificio de HYBE recibió a su visitante más ilustre. Namjoon caminaba por los pasillos con Hana en sus brazos, quien observaba todo con una seriedad cómica, como si estuviera evaluando la arquitectura del lugar.
— ¡Miren quién llegó! —exclamó una de las recepcionistas, que ya conocía a la niña desde sus primeros meses.
Hana, al reconocer el entorno, empezó a agitar las manos. Namjoon la dejó en el suelo, bajo la atenta mirada de su niñera, que caminaba a unos pasos de distancia. Hana ya no solo gateaba; se apoyaba en las paredes y caminaba con pasitos laterales, explorando cada esquina con una determinación que recordaba a la curiosidad intelectual de su padre.
— Es increíble cómo se mueve —comentó un productor que pasaba por allí—. La otra vez entró en la sala de edición y se quedó mirando las pantallas como si estuviera revisando el color de los videos.
Namjoon se reía mientras la seguía de cerca. Era un espectáculo verla. Hana ya era parte del mobiliario emocional de la empresa. Los empleados se detenían para saludarla, y ella, con esa empatía natural que había heredado de Hye Rin, les devolvía sonrisas o balbuceos entusiastas.
Llegaron a la sala de ensayos, donde los chicos estaban descansando entre sesiones. En cuanto la puerta se abrió y la pequeña figura de Hana asomó la cabeza, el ambiente cambió radicalmente.
— ¡Mi sobrina! —gritó Jimin, lanzándose al suelo para quedar a su altura.
Hana soltó un grito de alegría y aceleró sus pasitos hacia él. Jimin la tomó en brazos y empezó a dar vueltas, mientras ella se aferraba a su camiseta con sus manitas pequeñas.
— Namjoon, tienes que ver esto —dijo Taehyung, acercándose con su teléfono en la mano—. Mira los carteles que hicieron en el concierto de ayer en Seúl. Los fans que no pudieron ir a Europa hicieron una reunión fuera del estadio.
En la pantalla, Namjoon vio fotos de cientos de personas sosteniendo globos morados y pancartas que decían: "Hana, la octava integrante de nuestra familia". Había dibujos hechos por fans de una niña pequeña caminando de la mano de siete gigantes.
— A veces me asusta —confesó Namjoon, sentándose en el suelo junto a Suga—. El nivel de amor que le tienen sin siquiera conocerla.
Yoongi, que estaba bebiendo un café helado, miró a la niña que ahora intentaba quitarle las gafas a Jin.
— No es tan extraño, Joon —dijo Yoongi con su voz pausada—. Ella representa la parte de ti que ellos más valoran: tu humanidad. Ver que el líder que escribe letras profundas sobre el universo también se preocupa por si su hija ya tomó su siesta, los hace sentir que tú también eres real. Además, mírala. Tiene tu misma cara de confusión cuando no entiende algo. Es imposible no quererla.
— ¡Oye, Namjoon! —gritó Jin desde el otro lado de la sala—. Hana acaba de decidir que mi bolso de diseñador es un excelente lugar para guardar su mordedor de goma. Creo que tiene buen gusto, es una chica cara.
Hye Rin llegó al edificio un par de horas después, justo a tiempo para ver a Hana en medio de una "reunión técnica". La niña estaba sentada en una silla giratoria en el estudio de Namjoon, mientras su padre le mostraba cómo funcionaban los botones de la mesa de mezclas.
Hye Rin se quedó en la puerta, observando la escena. Namjoon tenía una expresión de paz absoluta, una que rara vez mostraba cuando estaba solo trabajando. Con ella y con Hana, el peso de ser RM simplemente se evaporaba.
— Veo que la producción del próximo álbum está en manos expertas —dijo Hye Rin, entrando en la habitación.
Namjoon levantó la vista y sus ojos brillaron.
— Estamos decidiendo si este beat es lo suficientemente bailable para bebés de diez meses —respondió él, atrayendo a Hye Rin por la cintura—. ¿Cómo fue tu reunión?
— Bien, aunque me pasé la mitad del tiempo enseñando fotos de Hana a mis socios —confesó ella, riendo—. Me estoy convirtiendo en esa madre que no puede hablar de otra cosa.
— Es que es una niña excepcional —dijo Namjoon, besando la sien de su esposa—. Gracias por traerla hoy. Necesitaba este recordatorio de por qué hago todo esto.
— Lo sé —asintió Hye Rin—. A veces el mundo exterior es demasiado ruidoso, Joon. Pero aquí dentro, y en nuestra casa, el único ruido que importa es el de ella intentando cantar tus canciones.
Salieron de HYBE al atardecer. Namjoon llevaba a Hana en la mochila porta-bebés, y la niña ya empezaba a quedarse dormida contra su pecho. Mientras caminaban hacia el coche, un par de fans que estaban cerca de la entrada los reconocieron. No se acercaron, respetando la distancia, pero Namjoon pudo ver cómo una de ellas sostenía un pequeño cartel que decía: "Gracias por compartir tu felicidad con nosotros, Namjoon-ah".
Él hizo una pequeña reverencia con la cabeza, una señal de agradecimiento silenciosa.
Ya en casa, después de una cena tranquila y del ritual del baño, Namjoon se quedó un momento en la habitación de la niña. Hana dormía plácidamente, con su peluche de ballena entre los brazos.
Hye Rin entró y se apoyó en su hombro.
— ¿En qué piensas? —preguntó ella.
— En que ARMY tiene razón —susurró él—. Ella es la octava integrante. No porque cante o baile, sino porque es la pieza que nos mantiene unidos a la tierra. Ella es el eco de todo lo bueno que hemos construido.
Hye Rin lo abrazó con fuerza, sintiendo la solidez de su esposo.
— Y tú eres el corazón de todo esto, Namjoon. No importa cuántas giras vengan o cuántos estadios llenes. Aquí, en este cuarto silencioso, eres simplemente el hombre que ella ama. Y eso es más que suficiente.
Namjoon sonrió, sintiendo que los hoyuelos se marcaban en sus mejillas. El líder de BTS tenía el mundo a sus pies, pero el padre de Hana tenía el universo entero en esa habitación. Se dio la vuelta, tomó la mano de Hye Rin y caminaron juntos hacia el resto de su vida, una vida que, más allá de la fama y los diamantes, estaba construida con los momentos simples que solo una familia de verdad puede entender.