De la luna al sol
Entre el satén, el tul y una sola almohada
El hotel "Grand Musutafu" resplandecía bajo la luz de la luna de primavera, una estructura de cristal y acero que parecía demasiado elegante para albergar a una horda de adolescentes con superpoderes. La UA no escatimaba en gastos cuando se trataba de celebrar que sus estudiantes habían sobrevivido a otro año escolar lleno de villanos y caos. El Baile de Primavera era la excusa perfecta para cambiar los uniformes de gimnasia por trajes a medida y vestidos de gala.
Sin embargo, para Kirishima Eijiro, la elegancia del lugar era lo último en su lista de preocupaciones. En su mano derecha apretaba una tarjeta magnética dorada con el número 404 grabado. En su mano izquierda, cargaba su maleta y la de Bakugo, quien caminaba a su lado con una expresión que prometía violencia contra el primer objeto inanimado que se cruzara en su camino.
—No puede ser tan malo, Bakugo —dijo Kirishima, forzando una sonrisa que se sentía un poco tensa—. Es un hotel de cinco estrellas. Seguro que la habitación es enorme.
—Me importa una mierda si tiene grifos de oro —gruñó Bakugo, con las manos hundidas en los bolsillos de su pantalón de vestir negro. Se veía irritado, pero Kirishima no podía evitar notar lo bien que le sentaba la camisa blanca impecable, incluso sin la chaqueta que se negaba a ponerse todavía—. Es una pérdida de tiempo. Deberíamos estar entrenando, no desfilando como pingüinos en este sitio pretencioso.
—Es una celebración, hombre. Un poco de descanso es varonil —insistió el pelirrojo, aunque su propio corazón latía con una arritmia sospechosa.
Desde aquella noche de tormenta en la cocina de los dormitorios, las cosas habían cambiado. No es que hubieran hecho pública su... "situación". Seguían siendo los mismos ante los demás: el sol radiante y la tormenta explosiva. Pero en la intimidad, en los silencios entre clases o en los entrenamientos nocturnos, había una corriente eléctrica nueva. Un roce de dedos duraba un segundo más de lo necesario. Las miradas de Bakugo ya no eran solo de desafío, sino que a veces se suavizaban con una intensidad que dejaba a Kirishima sin aliento.
Llegaron a la puerta de la 404. Kirishima deslizó la tarjeta. El "clic" electrónico sonó como un disparo en el pasillo silencioso.
Al entrar, ambos se quedaron petrificados.
La habitación era, efectivamente, preciosa. Paredes de color crema, una ventana panorámica con vistas a los jardines iluminados del hotel y un minibar surtido. Pero en el centro, dominando el espacio con una presencia casi ofensiva, había una cama. Una sola cama. Una King Size, sí, cubierta con un edredón de seda blanca y rodeada de pétalos de flores secas decorativas, pero indiscutiblemente una sola superficie para dormir.
—Tiene que ser una broma —masculló Bakugo. Su voz salió más baja de lo normal, una señal de que estaba procesando la situación antes de explotar.
Kirishima dejó las maletas en el suelo, sintiendo que el color rojo de su cabello se extendía rápidamente por sus mejillas y orejas.
—A-A lo mejor hay un sofá cama —dijo Kirishima, buscando desesperadamente por la habitación. No había nada más que dos sillones individuales de terciopelo donde apenas cabría un niño pequeño.
—¡Esos malditos extras de la recepción! —Bakugo se giró hacia la puerta—. Voy a ir ahora mismo a decirles que si no nos dan otra habitación, reduciré este edificio a cenizas.
—¡Espera, Bakugo! —Kirishima lo agarró del brazo. El contacto quemaba—. Recuerda lo que dijo el profesor Aizawa. El hotel está lleno. El curso de Estudios Generales y la Clase B también están aquí. Si pides un cambio, probablemente nos manden a dormir al gimnasio o algo peor.
Bakugo se detuvo, pero no soltó el brazo de Kirishima. Se quedaron allí, en medio de la habitación de lujo, con la respiración entrecortada. La cercanía era peligrosa. El olor de Bakugo —ese aroma a nitroglicerina y algo cítrico— envolvía a Kirishima, nublándole el juicio.
—No voy a dormir en el suelo —advirtió Bakugo, aunque su agresividad sonaba forzada.
—Yo tampoco quiero que duermas en el suelo —respondió Kirishima en un susurro—. Es una cama grande. Podemos... podemos poner una barrera de almohadas o algo así. Como en las películas.
Bakugo lo miró fijamente. Sus ojos rubíes escanearon el rostro de Kirishima, deteniéndose un segundo de más en sus labios.
—Eres un idiota —dijo finalmente, soltando el brazo del pelirrojo y caminando hacia su maleta—. Solo no me toques mientras duermo o te haré explotar la cara.
—¡Entendido! —Kirishima soltó una risa nerviosa, pasándose una mano por el pelo, que hoy llevaba suelto y suave, cayendo sobre sus hombros—. Bueno, mejor nos preparamos. El baile empieza en una hora y Ashido dijo que si llegamos tarde, nos arrastraría de las orejas.
El proceso de arreglarse fue una tortura silenciosa. El baño era amplio, pero el vapor de la ducha y el espacio compartido frente al espejo creaban una atmósfera cargada. Kirishima intentaba concentrarse en abrocharse los botones de su camisa roja, pero sus dedos, normalmente hábiles y fuertes, se sentían como si fueran de gelatina.
A través del espejo, veía a Bakugo pelearse con su corbata. El rubio estaba frunciendo el ceño con tal intensidad que parecía que el trozo de tela fuera un villano de rango S.
—Déjame ayudarte —se ofreció Kirishima, acercándose antes de que su inseguridad le ganara la partida.
Bakugo gruñó, pero dejó caer las manos, permitiendo que Kirishima se situara frente a él. La diferencia de altura era mínima, lo que obligaba a Kirishima a mirar hacia arriba solo un poco. Sus dedos rozaron el cuello de Bakugo mientras acomodaba la seda. Podía sentir el pulso acelerado en la yugular del otro.
—Estás temblando, pelo de mierda —observó Bakugo. Su voz era un ronroneo profundo que vibraba en el pecho de Kirishima.
—Es que... no suelo usar estas cosas —mintió Kirishima, aunque ambos sabían que no era por la corbata.
—Mírame.
Kirishima obedeció. Los ojos de Bakugo estaban inusualmente tranquilos, aunque cargados de una emoción que el rubio rara vez se permitía mostrar.
—No tienes que estar nervioso conmigo —dijo Bakugo, y por un momento, el chico explosivo desapareció, dejando solo a Katsuki—. Ya pasamos por lo peor, ¿no?
Kirishima sonrió, esta vez de forma genuina, y terminó el nudo de la corbata con suavidad.
—Tienes razón. Es solo un baile. Y una cama. Y... nosotros.
—Tsk. Vamos abajo antes de que me arrepienta y me encierre aquí hasta mañana.
El salón de baile era un torbellino de colores y música. La Clase 1-A se había adueñado de una de las secciones cerca de la mesa de bebidas. Kaminari y Sero estaban intentando convencer a Jirou de que bailara con ellos, mientras que Uraraka y Midoriya compartían un momento adorablemente torpe en la pista.
Kirishima y Bakugo se mantuvieron en la periferia. Bakugo rechazó a tres chicas de la Clase B con una sola mirada fulminante, y Kirishima, aunque amable, declinó amablemente un par de invitaciones alegando que "estaba esperando a alguien".
—¿Esperando a alguien, eh? —comentó Bakugo, apoyado contra una columna, bebiendo un ponche que claramente no le gustaba.
—Bueno, no mentía —dijo Kirishima, dándole un codazo juguetón—. Estoy con mi mejor amigo. Y mi... bueno, contigo.
Bakugo desvió la mirada, pero Kirishima pudo ver el tinte rosado en sus orejas.
—¿Quieres bailar? —preguntó Kirishima de repente.
Bakugo casi escupe su bebida.
—¿Estás loco? Ni muerto.
—¡Vamos! Es una canción lenta. Nadie se fijará en nosotros con Kaminari haciendo el ridículo en el centro de la pista —insistió Kirishima, extendiendo una mano—. Además, sería muy varonil de tu parte aceptar este desafío.
Bakugo miró la mano de Kirishima como si fuera una granada activa. Luego miró a Kirishima, quien le ofrecía esa sonrisa brillante, esa que siempre lograba desarmarlo.
—Si me pisas, te mato —sentenció Bakugo, dejando el vaso en una mesa cercana y tomando la mano de Kirishima.
Se movieron hacia un rincón menos iluminado de la pista. La música era suave, una melodía de piano y violín que envolvía el ambiente. Al principio, se mantuvieron a una distancia prudencial, con las manos en los hombros y la cintura del otro de forma rígida. Pero a medida que los segundos pasaban, la gravedad pareció hacer su trabajo.
Kirishima sintió que Bakugo se relajaba, dejando que su cabeza se inclinara ligeramente hacia adelante. El pelirrojo se armó de valor y acortó la distancia, rodeando el cuello de Bakugo con sus brazos. El rubio, tras un instante de vacilación, cerró sus brazos alrededor de la cintura de Kirishima, atrayéndolo hacia sí.
No bailaban realmente; solo se mecían al ritmo de la música, perdidos en el espacio personal del otro.
—Hueles bien —susurró Kirishima, escondiendo su rostro en el hueco del cuello de Bakugo.
—Cállate —respondió Bakugo, pero sus manos apretaron un poco más la tela de la chaqueta de Kirishima—. Tú no hueles a sudor por una vez, así que es un avance.
Se quedaron así durante lo que parecieron horas. En ese rincón del salón, no eran los futuros héroes número uno y dos. No eran "Dynamight" y "Red Riot". Eran solo dos chicos de diecisiete años tratando de entender cómo manejar el peso de lo que sentían.
Sin embargo, el hechizo se rompió cuando una explosión de risas de Mineta y Kaminari cerca de ellos les recordó dónde estaban. Se separaron rápidamente, aclarando sus gargantas y fingiendo interés en la decoración del techo.
—Creo que... ya he tenido suficiente sociedad por hoy —dijo Bakugo, su rostro ardiendo.
—Yo también —coincidió Kirishima—. ¿Volvemos a la habitación?
El camino de regreso en el ascensor fue mucho más tenso que el de ida. La adrenalina del baile había bajado, dejando paso a la realidad de la 404 y su única cama.
Al entrar, la habitación se sentía más pequeña, más íntima. La luz de la luna entraba por el ventanal, bañándolo todo en un tono plateado.
—Yo... iré a cambiarme al baño —dijo Kirishima, agarrando su pijama rápidamente.
Cuando salió, diez minutos después, Bakugo ya estaba en la cama. Estaba sentado, apoyado contra el cabezal, usando solo unos pantalones de chándal negros. Su torso estaba al descubierto, mostrando los músculos definidos y la piel clara que Kirishima encontraba tan fascinante.
—La mitad derecha es mía —declaró Bakugo, señalando el lado más alejado de la puerta—. Si cruzas la línea invisible del medio, te vuelo un brazo.
Kirishima tragó saliva y se deslizó bajo las sábanas del lado izquierdo. La seda estaba fría, pero el calor que emanaba del cuerpo de Bakugo a solo unos centímetros era palpable.
Se quedaron en silencio, mirando al techo. El tic-tac de un reloj en la mesilla de noche era lo único que se escuchaba.
—Bakugo —susurró Kirishima después de un rato.
—¿Qué quieres ahora?
—¿Estás cómodo?
—Es una cama de lujo, idiota. Claro que estoy cómodo.
—No me refiero a la cama. Me refiero a... esto. A nosotros.
Bakugo no respondió de inmediato. Se giró sobre su costado, quedando de frente a Kirishima. El pelirrojo imitó el movimiento. En la penumbra, sus ojos se encontraron. La inseguridad de Kirishima era visible; siempre temía estar presionando demasiado, siempre temía que el orgullo de Bakugo terminara por alejarlos.
Bakugo extendió una mano por encima del edredón. Sus dedos buscaron los de Kirishima y, con una torpeza que delataba sus propios nervios, los entrelazó.
—No soy bueno en esto, Eijiro —dijo Bakugo, usando su nombre de pila, lo que hizo que el corazón de Kirishima diera un vuelco—. Soy un desastre. Soy explosivo y a veces no soporto ni mi propia sombra. Pero...
—Pero me elegiste a mí —completó Kirishima con una sonrisa dulce.
—Pero no quiero estar con nadie más —corrigió Bakugo, tirando ligeramente de la mano de Kirishima para acercarlo—. Así que deja de preguntar estupideces y duérmete. Mañana tenemos que aguantar a los idiotas de nuestros amigos presumiendo de sus fotos del baile.
Kirishima se rió suavemente y se acercó más, ignorando la "línea invisible" que Bakugo había mencionado antes. Apoyó su frente contra la del rubio.
—Gracias, Katsuki. Por el baile. Y por dejarme compartir la habitación contigo.
—Como si tuviera otra opción —refunfuñó Bakugo, aunque cerró los ojos y no se alejó—. Buenas noches, pelo de mierda.
—Buenas noches, Blasty.
El sueño tardó en llegar, pero no por la incomodidad de la cama. Fue por la novedad de la paz. Kirishima finalmente se durmió sintiendo el calor de la mano de Bakugo sujeta a la suya, comprendiendo que la "tragedia" de compartir una sola cama había sido, en realidad, el mejor golpe de suerte de su vida.
A la mañana siguiente, cuando los primeros rayos de sol entraron por la ventana, Aizawa-sensei pasó a revisar las habitaciones. Al abrir la 404 con la llave maestra, se detuvo en el umbral.
Bakugo y Kirishima estaban profundamente dormidos, enredados el uno con el otro en medio de la cama. La cabeza de Kirishima descansaba en el pecho de Bakugo, y el rubio tenía un brazo rodeando protectoramente los hombros del pelirrojo.
El profesor suspiró, cerró la puerta con cuidado y anotó en su lista: "Habitación 404: Todo en orden. No despertar hasta las 10:00".
Después de todo, incluso los héroes más fuertes necesitaban un momento de calma en medio de la tormenta.