De la luna al sol
El ajuste perfecto de una armadura escarlata
El despertar en la habitación 404 fue, por decir lo menos, un ejercicio de contención emocional. Cuando los primeros rayos de sol se filtraron por las cortinas de seda, Kirishima se encontró en una posición que habría hecho que su "yo" de hace un año se desmayara: su rostro estaba hundido en la curvatura del cuello de Bakugo, y podía sentir el latido rítmico y fuerte del corazón del rubio contra su propia mejilla.
Bakugo, sorprendentemente, no lo había empujado al suelo. Se limitó a gruñir cuando Kirishima intentó separarse, apretando el agarre sobre su cintura durante unos segundos más antes de soltarlo con un bufido malhumorado.
—Cinco minutos más, pelo de mierda —había mascullado con la voz ronca por el sueño.
El resto del día transcurrió en una especie de neblina dorada. El hotel Grand Musutafu era un paraíso de comodidades. Los estudiantes de la Clase 1-A invadieron la piscina climatizada, donde Kaminari casi causa un cortocircuito general al intentar impresionar a las chicas, y disfrutaron de un buffet que hizo que incluso Sato admitiera su derrota ante los postres. Bakugo y Kirishima se mantuvieron juntos la mayor parte del tiempo, compartiendo una tumbona bajo el sol, aunque Bakugo fingía estar leyendo un manual de estrategia militar mientras Kirishima intentaba, sin éxito, convencerlo de entrar al jacuzzi.
Sin embargo, a medida que la tarde caía y el cielo se teñía de violeta y naranja, la atmósfera cambió. La cena de gala de despedida estaba programada para las ocho, y el código de vestimenta era, si cabe, más estricto que el del baile de la noche anterior.
De regreso en la habitación, Kirishima empezó a rebuscar en su maleta, algo preocupado.
—Oye, Bakugo, creo que mi traje para hoy se arrugó demasiado en el viaje —dijo Kirishima, sacando una chaqueta gris que, efectivamente, parecía haber pasado por una prensa hidráulica—. No sé si el servicio de planchado llegue a tiempo.
Bakugo, que estaba sentado en el borde de la cama revisando su teléfono, soltó un chasquido con la lengua. Se levantó y caminó hacia el armario empotrado de la habitación, sacando una funda de ropa negra que Kirishima no había notado antes.
—Deja esa basura —dijo Bakugo, lanzando la funda sobre la cama—. Ponte esto.
Kirishima parpadeó, confundido. Abrió la cremallera con cuidado y soltó un pequeño jadeo. Dentro había un traje de tres piezas de un color rojo oscuro, casi granate, con solapas de seda negra y un chaleco a juego. La tela se sentía increíblemente cara al tacto, con un brillo sutil que recordaba a la obsidiana pulida.
—Bakugo... esto es... —Kirishima levantó la chaqueta, maravillado—. No puedo aceptar esto. Debe haber costado una fortuna.
—¡Cállate y póntelo! —espetó Bakugo, aunque no lo miraba directamente—. Es un regalo. O un préstamo permanente, lo que sea. El color combina con tu quirk de mierda y no quería que fueras dando vergüenza ajena con ese trapo gris al lado mío.
Kirishima sonrió, conmovido. Conocía el lenguaje de Bakugo lo suficiente como para saber que eso era un "te quiero" envuelto en agresividad. Se metió en el baño para cambiarse, y cuando salió, el silencio en la habitación se volvió denso.
El traje no solo le quedaba bien; le quedaba perfecto. Los hombros encajaban con precisión milimétrica, el chaleco acentuaba su torso ancho y la cintura estrecha, y los pantalones caían con una caída impecable sobre sus zapatos negros.
Bakugo, que ya se había puesto su propio traje —un conjunto negro carbón con una camisa del mismo rojo granate que el traje de Kirishima—, se quedó helado al verlo.
—Vaya... —susurró Kirishima, mirándose en el espejo de cuerpo entero—. Bakugo, esto es increíble. ¿Cómo conseguiste mi talla? Ni siquiera yo sé mis medidas exactas de hombros ahora que he estado entrenando más.
Bakugo desvió la mirada, ajustándose los puños de la camisa con una intensidad innecesaria.
—Tengo buen ojo para las proporciones —masculló—. Además, te veo entrenar todos los días. No es tan difícil calcular el volumen de un idiota.
Kirishima se acercó a él, ignorando la excusa barata. Sabía que Bakugo no "calculaba" cosas así por casualidad. Había puesto atención. Mucha atención.
—Combinamos —dijo Kirishima en voz baja, notando cómo el rojo de su traje era exactamente el mismo tono que la camisa de Bakugo.
—Es una coincidencia —mintió Bakugo, aunque sus orejas lo delataban.
—Es muy varonil de tu parte, Katsuki. Gracias.
Bakugo soltó un gruñido, pero esta vez, cuando Kirishima se acercó para darle un beso rápido en la mejilla, el rubio lo interceptó, girando la cabeza para que sus labios se encontraran en un beso breve pero cargado de una posesividad latente.
—Vamos —dijo Bakugo al separarse—. Tenemos una cena que aguantar.
El gran salón comedor estaba decorado con velas flotantes y arreglos de lirios blancos. Cuando los dos entraron, el murmullo de la Clase 1-A disminuyó notablemente.
—¡Cielos, Kirishima! —exclamó Ashido, dejando caer su tenedor—. ¡Pareces un modelo de revista! Ese traje es... ¡wow!
—¡Es verdad! —añadió Kaminari, silbando—. Y Bakugo no se queda atrás. Esperen... ¿están combinados?
Bakugo fulminó a Kaminari con la mirada, una que prometía explosiones en lugares muy dolorosos si decía una palabra más. Se sentaron en la mesa principal, rodeados de sus compañeros.
Durante la cena, Kirishima se sentía extrañamente consciente de su propio cuerpo. La tela del traje era como una segunda piel, moviéndose con él de una manera que solo la ropa hecha a medida puede hacer. Cada vez que se estiraba para alcanzar el agua o se reía de alguna broma de Sero, notaba la mirada de Bakugo fija en él.
No era la mirada habitual de molestia. Era algo más oscuro, más profundo. Bakugo observaba cómo el cuello de la camisa enmarcaba la mandíbula de Kirishima, cómo el chaleco se tensaba sobre sus pectorales cuando respiraba hondo.
—¿Pasa algo, Bakugo? —preguntó Kirishima en un susurro, inclinándose hacia él bajo el ruido de la conversación general—. Casi no has tocado tu filete.
Bakugo apretó el agarre sobre su cuchillo, sus nudillos blancos.
—Te queda demasiado bien, maldita sea —dijo Bakugo, con una voz tan baja que solo Kirishima pudo oírla.
Kirishima se sonrojó, sintiendo un calor que no tenía nada que ver con la temperatura del salón.
—¿Ah, sí?
—Sí. Me está costando un esfuerzo sobrehumano no sacarte de aquí ahora mismo y arrastrarte de vuelta a la habitación para quitarte esa mierda de encima —soltó Bakugo con una honestidad brutal que dejó a Kirishima sin aliento.
El pelirrojo sintió un escalofrío recorrerle la columna. La tensión entre ellos, que ya era alta desde la noche anterior, se había vuelto casi insoportable con la adición de aquel traje. Kirishima se lamió los labios, un gesto inconsciente que hizo que los ojos de Bakugo se oscurecieran aún más.
—Bueno —dijo Kirishima, intentando recuperar el control de su voz—, la cena termina en media hora. Y mañana nos vamos temprano... así que técnicamente, esta es nuestra última noche aquí.
Bakugo soltó un suspiro pesado, tratando de calmar la tormenta que rugía en su interior.
—Media hora —repitió Bakugo—. Ni un minuto más, Eijiro.
La cena continuó, pero para ellos dos, el resto del mundo se había desvanecido. Kirishima intentaba mantener una conversación coherente con Iida sobre los exámenes finales, pero su pierna rozaba la de Bakugo bajo la mesa, y cada contacto enviaba chispas a través de su sistema nervioso. Bakugo, por su parte, se dedicó a observar a Kirishima con la intensidad de un depredador, marcando su territorio con pequeñas acciones: una mano apoyada en el respaldo de la silla de Kirishima, un toque "accidental" en el antebrazo al pasarle la sal.
Cuando finalmente el director Nezu terminó su discurso de clausura, Bakugo se levantó tan rápido que su silla chirrió contra el suelo de mármol.
—Nos vamos —anunció, agarrando a Kirishima por la muñeca.
—¡Eh, chicos! —gritó Uraraka—. ¡Íbamos a ir a la terraza a ver los fuegos artificiales!
—¡Que les den a los fuegos artificiales! —rugió Bakugo sin mirar atrás, arrastrando a un Kirishima que no dejaba de pedir disculpas con la mano mientras salían del salón.
Caminaron por los pasillos del hotel a paso rápido. Kirishima podía sentir la adrenalina disparada. El traje, que antes se sentía elegante y cómodo, ahora se sentía como una promesa silenciosa.
Al llegar a la habitación 404, Bakugo prácticamente estampó la tarjeta en el lector. La puerta se abrió y, antes de que Kirishima pudiera decir una palabra, fue empujado contra la madera cerrada, con Bakugo invadiendo su espacio personal con una ferocidad renovada.
—Ese traje... —masculló Bakugo, hundiendo las manos en las solapas de la chaqueta roja—. Sabía que te quedaría así. Lo sabía desde que tomé las medidas de tus hombros mientras dormías en el sofá de la sala común hace un mes.
Kirishima soltó una carcajada ahogada, aunque su corazón martilleaba contra sus costillas.
—¿Así que me estuviste midiendo mientras dormía? Eso es... un poco raro, Katsuki. Pero muy dedicado.
—Cállate —dijo Bakugo antes de silenciarlo con un beso que no tenía nada de la timidez del día anterior. Fue un choque de pasión, de meses de deseo contenido y de la frustración de haber tenido que compartirlo con el resto del mundo durante toda la cena.
Kirishima respondió con la misma intensidad, sus manos buscando el cabello rubio ceniza de Bakugo. El traje rojo, el orgullo de Bakugo, el calor de la habitación... todo se fundió en un solo sentimiento de pertenencia.
—Eres increíble —susurró Kirishima contra sus labios—. Y el traje es perfecto. Pero tienes razón en algo.
—¿En qué? —preguntó Bakugo, su respiración agitada contra el cuello de Kirishima.
—En que tengo muchas ganas de que me lo quites.
Bakugo sonrió, una sonrisa genuina y peligrosa que solo Kirishima tenía el privilegio de ver.
—Esa es la cosa más inteligente que has dicho en todo el día, pelo de mierda.
Fuera, los fuegos artificiales empezaron a estallar sobre el cielo de Musutafu, iluminando el jardín del hotel con mil colores. Pero dentro de la 404, la única luz que importaba era la que nacía entre dos héroes que finalmente habían encontrado su ajuste perfecto, no solo en la ropa, sino en el otro. La última noche del Baile de Primavera estaba lejos de terminar, y para Kirishima y Bakugo, apenas estaba comenzando lo mejor.