demon slayer SSBBW
El Trono de Carne y Seda
La primavera en la Aldea de los Herreros no solo traía consigo el aroma de los cerezos en flor, sino también una calma densa y dulce que contrastaba con el estruendo habitual de los martillos golpeando el acero. Para Mitsuri Kanroji, la vida se había transformado en un ciclo interminable de delicias culinarias y caricias perezosas. Ya no recordaba la última vez que había empuñado su espada; ahora, sus manos, mucho más redondeadas y suaves, preferían sostener cuencos de laca repletos de mochi o entrelazarse con las de su nuevo esposo.
Doragon’eiji, ahora Jefe de la Aldea, había descubierto que el "regalo" de Gasuto era mucho más que una alianza política o un trofeo de guerra. Era una fuente inagotable de calidez. Mitsuri no era solo su esposa; se había convertido en el centro gravitacional de su hogar, una montaña de suavidad que ocupaba casi la totalidad de la habitación principal de la mansión del jefe.
— Mitsuri, querida, ¿has terminado con las fresas? —preguntó Doragon’eiji mientras entraba en la estancia tras una larga jornada supervisando las forjas.
La Hashira del Amor soltó un pequeño gemido de satisfacción, dejando que el último rastro de jugo de fruta manchara sus labios rosados. Intentó incorporarse, pero el esfuerzo fue en vano. Su cuerpo, ahora una vasta extensión de curvas generosas y pliegues profundos, simplemente se reacomodó sobre el tatami con un sonido sordo y blando. Sus pechos, colosales y pesados como dos grandes almohadones de seda, temblaron con el movimiento, reposando finalmente sobre la cima de su vientre prominente.
— ¡Ah, esposo! —exclamó ella con voz melodiosa, aunque algo agitada por el mínimo esfuerzo—. Has vuelto temprano. Ven aquí, el invierno ha quedado atrás pero todavía siento que necesito tu calor.
Doragon’eiji no necesitó que se lo dijeran dos veces. Se despojó de su túnica formal y se acercó a la masa de suavidad que era su esposa. Para él, Mitsuri ya no era una mujer en el sentido convencional; era un paisaje. Sus muslos, tan anchos que cada uno por separado era más grueso que el torso del propio jefe, flanqueaban su vientre como colinas cubiertas de seda blanca.
— El trabajo en la forja ha sido agotador hoy —comentó él, acercándose al borde de la inmensa figura de Mitsuri—. Los nuevos pedidos de la sede central son exigentes. Mis hombros están tan tensos que siento que el acero se ha metido bajo mi piel.
Mitsuri sonrió, una expresión de pura ternura que iluminó su rostro, el cual conservaba su belleza a pesar de que sus mejillas se habían vuelto mucho más llenas, dándole un aspecto casi angelical y maternal.
— Entonces, ya sabes qué hacer —dijo ella, extendiendo sus brazos, que ahora tenían la firmeza del malvavisco—. Usa tu cama favorita.
Doragon’eiji se subió al tatami y, con una familiaridad nacida de los últimos meses, se dejó caer contra el costado de Mitsuri. No era como acostarse en un futón normal. Al hundirse en ella, la carne de Mitsuri lo envolvió. Era una sensación de ingravidez; el calor que emanaba de su cuerpo, potenciado por el alto metabolismo que aún conservaba de sus días de cazadora y las especias calóricas de Gasuto, lo rodeó como una manta térmica.
— Eres tan suave, Mitsuri... —susurró él, hundiendo su rostro en el valle que se formaba entre el costado de su vientre y el inicio de su cadera—. A veces olvido que eres una de las guerreras más fuertes del mundo.
— ¿Fuerte? —Mitsuri soltó una risita que hizo que todo su cuerpo ondulara como un mar en calma—. Supongo que todavía queda algo de esa fuerza ahí abajo, bajo todas estas capas de cariño que me han dado. Pero prefiero ser fuerte así, para sostenerte.
Doragon’eiji se acomodó mejor, trepando un poco más arriba hasta que su cabeza descansó directamente sobre el pecho izquierdo de Mitsuri. Era tan vasto que servía de almohada y colchón al mismo tiempo. Podía escuchar el latido rítmico y poderoso de su corazón, un motor de vida que latía con fuerza bajo la generosa capa de grasa y tejido. Cada vez que ella respiraba, él ascendía y descendía varios centímetros, mecido por el movimiento de sus pulmones.
— Gasuto dice que los aldeanos están felices —murmuró el jefe, cerrando los ojos—. Ver que la Hashira del Amor se ha "integrado" tan bien les da esperanza. Dicen que tu felicidad es el amuleto de buena suerte de la aldea.
Mitsuri acarició el cabello de su esposo con dedos lentos. Sus movimientos eran limitados; el simple hecho de levantar el brazo le exigía apartar parte de su propio busto, pero no le importaba.
— Soy feliz, Doragon’eiji. Al principio... bueno, al principio extrañaba correr por los bosques. Pero aquí no hay demonios, no hay sangre, no hay despedidas tristes. Solo hay comida deliciosa y tú.
— Y yo tengo el trono más envidiado de todo Japón —respondió él con una sonrisa oculta contra su piel—. Ningún emperador tiene un lugar de descanso tan perfecto como este.
Mitsuri se sonrojó, un tono carmín que se extendió por su cuello y se perdió en el escote imposible de su yukata, que permanecía abierto por necesidad.
— ¡Oh, no digas esas cosas! Me haces sentir... muy grande.
— Eres perfecta —insistió él, presionando su cuerpo contra la inmensa calidez de ella—. Tu tamaño es solo una medida de cuánto amor puede albergar esta casa.
Mientras hablaban, Gasuto entró silenciosamente en la habitación, seguida por dos asistentes que portaban bandejas con cuencos humeantes de udon y platos de tempura crujiente. La mujer enmascarada se detuvo un momento para observar la escena: el Jefe de la Aldea, prácticamente desaparecido entre los pliegues de su esposa, luciendo más relajado de lo que jamás lo había estado en su juventud.
— Lord Jefe, Lady Mitsuri —saludó Gasuto con una inclinación—. Es hora de la merienda de la tarde. Hemos preparado algo especial para mantener esa... vitalidad.
Mitsuri se lamió los labios instintivamente. A pesar de haber comido hace apenas una hora, su cuerpo parecía demandar combustible constante para mantener su nueva y colosal estatura.
— ¡Gracias, Gasuto! Ponlo aquí cerca, por favor.
Las asistentes colocaron las bandejas en pequeñas mesas bajas junto a Mitsuri. Una de ellas tuvo que ayudar a la Hashira a reacomodarse, empujando suavemente uno de sus muslos para que pudiera alcanzar el palillo. El contacto con la piel de Mitsuri era una revelación para las sirvientas; era como tocar seda rellena de crema tibia.
— ¿Desea que la ayudemos a incorporarse un poco más, Lady Mitsuri? —preguntó una de las jóvenes.
— No, no es necesario —intervino Doragon’eiji, sin moverse de su posición sobre el pecho de su esposa—. Yo la ayudaré. Pueden retirarse.
Una vez solos, el jefe tomó un trozo de tempura y lo acercó a los labios de Mitsuri. Ella lo aceptó con un suspiro de placer, masticando lentamente mientras su vientre subía y bajaba con una pesadez rítmica.
— ¿Sabes? —dijo ella tras tragar—. A veces pienso en Obanai... o en Shinobu. Me pregunto qué dirían si me vieran ahora.
Doragon’eiji se tensó ligeramente. La mención de los otros pilares siempre era un recordatorio del mundo exterior, un mundo que él y Gasuto habían trabajado duro para hacer que Mitsuri olvidara o, al menos, viera como algo lejano y agotador.
— Dirían que has encontrado la paz, Mitsuri. El Cuerpo de Cazadores lucha para que la gente pueda vivir así, en abundancia y sin miedo. Tú simplemente te has adelantado a disfrutar de ese mundo por el que todos luchan.
Mitsuri reflexionó sobre esas palabras mientras aceptaba otro bocado. Era una lógica reconfortante. Sus músculos, que alguna vez fueron hilos de acero capaces de despedazar demonios, ahora estaban sepultados bajo una capa protectora de felicidad pura. Se sentía segura. Se sentía amada. Y, sobre todo, se sentía increíblemente llena.
— Tienes razón —dijo ella, su voz volviéndose más espesa por la somnolencia que seguía a cada comida—. Me siento como si fuera la propia aldea. Grande, sólida y cálida.
— Lo eres —afirmó Doragon’eiji, subiéndose un poco más hasta quedar cara a cara con ella.
Él se quitó la máscara blanca, revelando un rostro joven pero marcado por la responsabilidad. Besó la punta de la nariz de Mitsuri y luego dejó caer su cabeza en el espacio entre su cuello y su hombro, un nido de suavidad que olía a flores de cerezo y azúcar.
— Duerme un poco, mi dulce Mitsuri. Yo me quedaré aquí. No hay mejor lugar en el mundo para soñar que sobre ti.
Mitsuri cerró los ojos, dejando que sus manos descansaran sobre la espalda de su esposo. Sus dedos apenas llegaban a tocarse debido a la inmensidad de su propio cuerpo, pero el contacto era suficiente. El peso de sus pechos sobre sus pulmones la obligaba a respirar de manera profunda y pausada, una forma involuntaria de la Respiración del Amor que ahora solo servía para arrullar al hombre que amaba.
Afuera, el sol comenzaba a ponerse, tiñendo la aldea de tonos anaranjados y violetas. Gasuto, desde el pasillo, escuchaba el silencio absoluto de la habitación, roto solo por la respiración pesada y satisfecha de la Hashira. El plan había sido un éxito absoluto. No solo habían asegurado la lealtad de una guerrera legendaria, sino que habían creado un símbolo de prosperidad carnal que mantenía la moral de la aldea en lo más alto.
Mitsuri Kanroji ya no era un arma. Era un hogar. Un trono de carne y seda donde el Jefe de la Aldea podía olvidar las presiones del mando y donde ella, por fin, podía dejar de luchar para simplemente ser. Mientras el sueño la envolvía, Mitsuri solo pudo pensar en una cosa antes de perder la conciencia: qué habría de desayuno al día siguiente. Y con ese pensamiento dulce y pesado, la Hashira del Amor se sumergió en un letargo profundo, meciendo a su esposo sobre el océano de su propia generosidad.