demon slayer SSBBW
El Veneno del Dulce Olvido
La primavera se había asentado con una pesadez pegajosa en la Aldea de los Herreros. El aire, saturado de polen y del vapor constante de las aguas termales, parecía envolverlo todo en una bruma de pereza. En la mansión del Jefe, Mitsuri Kanroji ya no era una mujer que caminaba; era una presencia que habitaba el espacio, una montaña de curvas sonrosadas que apenas se distinguía de los futones de seda sobre los que descansaba. Su vida se había convertido en un sueño lúcido de sabores intensos y caricias constantes.
Sin embargo, la paz de este santuario de carne y azúcar estaba a punto de verse alterada. En los límites de la aldea, una figura menuda, vestida con un haori que imitaba las alas de una mariposa, avanzaba con paso rápido y decidido. Shinobu Kochō, la Hashira del Insecto, no era alguien que aceptara el silencio como respuesta. Hacía meses que no se tenían noticias de Mitsuri, y los informes del Patrón sobre su "retiro permanente" en la aldea para supervisar la forja de su arma le resultaban, cuanto menos, sospechosos.
— Lady Gasuto, tenemos una visita inesperada en la entrada principal —anunció uno de los asistentes, su voz temblando tras la máscara de madera.
Gasuto, que estaba supervisando la preparación de una tarta de crema de ocho capas para el almuerzo de Mitsuri, se tensó.
— ¿Quién es? Si es un mensajero del Cuerpo, decidle que el Jefe está ocupado.
— No es un mensajero, mi señora. Es la Hashira del Insecto. Y no parece dispuesta a esperar.
Gasuto dejó caer la cuchara de madera. Shinobu Kochō era peligrosa. Su mente era tan afilada como sus agujas envenenadas. Si veía en lo que se había convertido Mitsuri, el engaño se desmoronaría y la aldea se enfrentaría a la ira del Cuerpo de Cazadores.
— Traedla aquí —ordenó Gasuto, recuperando la compostura—. Pero no a la mansión principal. Llevadla al pabellón de las glicinias. Preparad el "té de bienvenida". Y que sea una dosis doble.
Shinobu fue escoltada a través de los senderos serpenteantes de la aldea. Sus ojos violetas escudriñaban cada rincón, notando la extraña actitud de los aldeanos. Parecían más... relajados, casi letárgicos. Cuando llegó al pabellón, Gasuto la esperaba con una reverencia impecable.
— Lady Kochō, es un honor inesperado. La Hashira Kanroji está en medio de un tratamiento térmico prolongado y no puede ser molestada, pero...
— Déjese de formalidades —interrumpió Shinobu con esa sonrisa gélida que nunca llegaba a sus ojos—. Mitsuri no ha enviado un solo informe en seis meses. He venido a buscarla. Si está enferma, yo soy médico. Si está herida, la curaré.
— Por supuesto, por supuesto —dijo Gasuto, señalando un cojín—. Pero primero, por favor, descanse del viaje. Las montañas son traicioneras. Hemos preparado un refrigerio especial.
Shinobu miró la mesa. Había una variedad de dulces tradicionales y un té que desprendía un aroma floral inusualmente dulce. Como experta en venenos, Shinobu era cautelosa, pero el aroma no detectaba ninguna toxina conocida. Lo que no sabía era que la aldea no usaba venenos, sino potenciadores. Nutrientes concentrados y especias que engañaban al estómago para que nunca se sintiera lleno.
— Solo un momento —cedió Shinobu, sentándose. La cortesía era una herramienta que ella también sabía usar.
Mientras Shinobu tomaba el primer sorbo de té y probaba un pequeño mochi, Gasuto comenzó a hablar, una técnica de distracción perfeccionada durante meses con Mitsuri. Habló de la paz, del fin de la guerra, de cómo Mitsuri finalmente había encontrado el amor. Shinobu escuchaba, pero de repente, sintió una punzada de hambre. Una punzada voraz, casi dolorosa, que nunca había sentido antes.
— Este dulce... es muy sabroso —comentó Shinobu, tomando otro casi sin darse cuenta.
— Tenemos mucho más, Lady Kochō. En esta aldea, creemos que la fuerza viene de la satisfacción.
Lo que siguió fue una neblina de placer sensorial. Shinobu, cuya dieta siempre había sido frugal y controlada, se encontró incapaz de detener sus manos. Cada bocado de los pasteles rellenos de crema parecía encender un fuego en su estómago que solo se apagaba con más comida. Gasuto hacía señas a los asistentes, que traían bandejas tras bandejas.
— Me siento... extraña —murmuró Shinobu tres horas después. Intentó levantarse, pero sus piernas, usualmente ligeras como las de un gorrión, se sentían pesadas. Sus dedos, que solían manejar jeringuillas con precisión quirúrgica, estaban manchados de azúcar y se veían notablemente más rellenos.
— Es solo el cansancio, querida —dijo Gasuto, acercándose y colocando una mano en el hombro de Shinobu—. Deje que la llevemos a descansar con su amiga. Ella la echa mucho de menos.
Shinobu fue llevada, medio arrastrada y medio cargada por cuatro asistentes, hacia la mansión principal. Su mente trataba de luchar, de recordar su entrenamiento, pero el azúcar en su sangre era como una droga que adormecía sus instintos.
Cuando las puertas correderas de la habitación de Mitsuri se abrieron, Shinobu se quedó sin aliento, o lo que le quedaba de él bajo su pecho recién crecido.
— ¡Shinobu-chan! —gritó una voz que retumbó en las paredes.
En el centro de la habitación, una masa colosal de carne suave y rosada se agitó. Mitsuri estaba recostada sobre su costado, su vientre derramándose sobre el tatami como una ola de masa de pan. Sus muslos eran tan vastos que Shinobu no podía ver dónde terminaban. Sus pechos, cada uno más grande que la cabeza de Shinobu, se mecían pesadamente mientras ella trataba de saludar.
— ¿Mi... Mitsuri? —Shinobu cayó de rodillas, o más bien, se hundió sobre sus propias piernas, que ahora eran dos columnas de carne blanda que apretaban contra su uniforme.
— ¡Oh, te ves tan linda! —arrulló Mitsuri, extendiendo un brazo grueso y suave para atraer a Shinobu hacia ella—. Gasuto me dijo que vendrías. ¡Mira qué bien te sienta la aldea! Tus mejillas están tan redonditas y dulces.
Shinobu intentó protestar, pero se vio succionada por el abrazo de Mitsuri. Fue como ser engullida por una nube de calor y aroma a vainilla. El pecho de Mitsuri la rodeó, hundiéndola en una suavidad que le impedía cualquier movimiento.
— No... puedo... —jadeó Shinobu, su rostro presionado contra la piel tibia y elástica de la Hashira del Amor.
— No luches, Shinobu-chan —dijo Mitsuri, acariciando el cabello de la otra mujer—. Aquí no hay que pelear. Doragon’eiji es tan bueno... Él te cuidará a ti también. Ahora somos familia.
Gasuto entró en la habitación, seguida de Doragon’eiji. El Jefe de la Aldea miró a la nueva incorporación con una mezcla de sorpresa y deleite. Si Mitsuri era el sol, Shinobu, incluso con su nuevo peso, tenía una elegancia que prometía una suavidad diferente, más compacta pero igual de embriagadora.
— Veo que la Hashira del Insecto ha aceptado nuestra hospitalidad —dijo Doragon’eiji, acercándose.
— Ella será una excelente segunda esposa, mi Señor —susurró Gasuto—. Su conocimiento de la medicina ayudará a que ambas se mantengan... saludables y en constante crecimiento.
Shinobu, atrapada entre el cuerpo de Mitsuri y el suelo, sintió cómo una bandeja de bollos de carne era colocada frente a su rostro. El olor era irresistible. Sus defensas mentales se desmoronaron.
— Solo... uno más —susurró Shinobu, abriendo la boca.
Pasaron las semanas, y el invierno volvió a amenazar en el horizonte, pero dentro de la mansión del Jefe, el calor era constante. Shinobu Kochō ya no existía como la cazadora letal. En su lugar, había una mujer cuya figura había florecido hasta alcanzar proporciones épicas. Sus brazos, antes delgados, ahora tenían pliegues profundos en los codos. Su vientre, alimentado a la fuerza al principio y luego por puro deseo, se había expandido hasta descansar sobre sus rodillas, compitiendo en volumen con el de Mitsuri.
Lo más sorprendente era su rostro. La expresión de tensión constante había desaparecido, reemplazada por una placidez absoluta, enmarcada por una papada suave que temblaba cada vez que reía. Su uniforme de cazadora había sido rasgado y descartado hacía mucho tiempo, sustituido por yukatas de seda que Gasuto tenía que unir con extensiones.
— Shinobu-chan, prueba este dango —dijo Mitsuri una tarde.
Ambas mujeres estaban sentadas, o más bien depositadas, una frente a la otra. El espacio entre ellas estaba lleno de sus propios cuerpos. Los pechos de Mitsuri chocaban contra los de Shinobu, creando una barrera de carne que Doragon’eiji usaba a menudo como almohada colectiva.
— Ya he comido seis, Mitsuri... —dijo Shinobu, aunque su mano ya buscaba el dulce—. Si sigo así, no podré ni mover los dedos.
— ¿Y para qué quieres moverlos? —preguntó Mitsuri, dándole un mordisco a su propio dango—. Doragon’eiji nos da todo