demon slayer SSBBW
El Trono de la Eternidad Dulce
El paso del tiempo en la mansión del Jefe de la Aldea de los Herreros ya no se contaba en días, semanas o meses. Se medía en la profundidad de los pliegues de seda que desaparecían bajo la carne, en el número de barriles de sake dulce vaciados y en el ritmo cada vez más lento y pesado de tres corazones que latían como tambores sordos bajo montañas de opulencia. Mitsuri Kanroji, Shinobu Kochō y la joven Nezuko habían dejado de ser simplemente mujeres o guerreras; se habían convertido en una entidad colectiva de suavidad absoluta, un monumento vivo al exceso que desafiaba toda lógica humana.
La habitación principal había sido ampliada tres veces. Las paredes originales fueron derribadas para dar cabida a una plataforma de madera reforzada, cubierta por capas interminables de futones de la mejor calidad. Sobre este altar de comodidad, las tres esposas del Jefe Doragon’eiji descansaban en un abrazo perpetuo de calor y saciedad. Mitsuri, el centro de este universo de azúcar, era una visión de proporciones titánicas. Sus pechos, ahora tan vastos que cada uno superaba el tamaño del torso de un hombre adulto, reposaban como colinas gemelas sobre su vientre, una masa monumental que se derramaba en cascadas de suavidad hacia los lados, cubriendo por completo sus muslos, que hace tiempo habían superado el grosor de los pilares de la mansión.
A su izquierda, Shinobu Kochō era la viva imagen de la rendición total. La que fuera la Hashira más menuda y ágil era ahora una presencia de una densidad asombrosa. Sus curvas eran profundas y compactas, con una papada triple que enmarcaba un rostro cuya expresión de calma era casi divina. A su derecha, Nezuko, cuya naturaleza demoníaca había absorbido los nutrientes y las especias de la aldea con una voracidad sobrenatural, se había expandido hasta igualar a sus hermanas mayores. Sus extremidades eran columnas de carne firme y elástica, y su vientre, siempre tenso por el festín constante, era una esfera perfecta de satisfacción.
— Es hora del refuerzo de mediodía —anunció Lady Gasuto, entrando con una autoridad que solo los años de supervisar este milagro carnal le habían otorgado.
Detrás de ella, una procesión de veinte asistentes, el doble que el año anterior, avanzaba con una precisión militar. Portaban cuencos del tamaño de bañeras pequeñas, repletos de una mezcla densa de arroz glutinoso, tuétano, miel y las especias secretas que habían anulado el concepto de "saciedad" en el cerebro de las tres mujeres.
— Gasuto... —la voz de Mitsuri era un susurro melodioso y pesado, interrumpido por un pequeño jadeo—, siento que... que si como un bocado más, mi alma se disolverá en almíbar.
Gasuto sonrió con una devoción que rozaba la locura. Se acercó a Mitsuri y le acarició la mejilla, hundiendo sus dedos varios centímetros en la suavidad de su rostro.
— Su alma es la aldea, Lady Mitsuri. Y la aldea nunca tiene suficiente. Por favor, abran sus labios. No es una petición, es el orden natural de las cosas.
Las asistentes se dividieron en equipos de tres para cada mujer. Una sostenía la cabeza, otra masajeaba el abdomen para facilitar la expansión y la tercera introducía la comida con cucharas de plata de mango largo. El ritual de alimentación forzada comenzó, una danza que no se detenía ni de día ni de noche. Cuando una terminaba de tragar, la siguiente cuchara ya estaba esperando. Si el sueño las vencía, eran alimentadas mediante embudos de laca fina, asegurando que el flujo de calorías nunca cesara.
— Mmmph... —Shinobu soltó un quejido sordo mientras una asistente le introducía una pasta de judías rojas altamente concentrada—. Es... tan... caliente...
— Es el fuego de la vida, Lady Shinobu —dijo una de las asistentes, mientras usaba ambas manos para amasar el costado de la antigua Hashira, tratando de distribuir la nueva masa que se acumulaba por minutos—. Sienta cómo su cuerpo se expande. Sienta cómo se vuelve eterna.
Nezuko, en el medio, no necesitaba ser forzada. Su hambre era un pozo sin fondo. Aceptaba cada bocado con una urgencia animal, sus ojos rosados brillando con una mezcla de placer y una necesidad que rozaba la agonía dulce. Su cuerpo vibraba; la regeneración demoníaca, alimentada por tal cantidad de energía, estaba forzando a sus células a crecer más allá de cualquier límite biológico conocido. Sus pechos crecían ante los ojos de las asistentes, su piel se estiraba con un brillo nacarado, y su peso aumentaba con cada hora que pasaba.
— ¡Miren a la pequeña! —exclamó Doragon’eiji, entrando en la estancia. Su rostro, ahora más maduro, mostraba una adoración absoluta—. ¡Está superando a Mitsuri!
El Jefe se acercó y, con esfuerzo, se subió a la plataforma. Caminar sobre sus esposas era como caminar sobre un campo de malvaviscos gigantes. Se hundía hasta las rodillas en la carne de Mitsuri mientras se abría paso hacia el centro. Se sentó entre el pecho de Mitsuri y el vientre de Nezuko, sintiéndose como un niño pequeño protegido por las fuerzas de la naturaleza.
— ¿Cómo están mis hermosas montañas hoy? —preguntó, besando la piel aceitada de Mitsuri.
— Pesadas... —respondió Mitsuri, mientras una asistente le limpiaba el exceso de miel de la barbilla—. Tan pesadas, esposo... Siento que la gravedad me ama demasiado.
— Y yo te amo más —dijo Doragon’eiji, tomando una de las cucharas y alimentándola él mismo—. Come, mi amor. Come hasta que el concepto de "cuerpo" sea solo un recuerdo. Quiero que seas la habitación. Quiero que seas la mansión. Quiero que seas la aldea entera.
Pasaron las horas, y luego los días, en un ciclo ininterrumpido. Las asistentes se turnaban en relevos cada cuatro horas para no desfallecer, pero las tres esposas no tenían descanso. La alimentación era constante. Si Mitsuri intentaba cerrar la boca por puro agotamiento físico, Gasuto le aplicaba aceites esenciales en las sienes que despertaban sus sentidos, forzándola a desear el siguiente bocado.
— Gasuto... —logró decir Shinobu durante un breve momento en que cambiaban los cuencos—, mis pulmones... apenas tienen espacio...
— Sus pulmones son fuertes, Lady Shinobu —respondió Gasuto, haciendo una señal para que dos asistentes se sentaran sobre los muslos de la mujer para aplicar presión y ayudar a la redistribución de la grasa—. Su técnica de respiración ahora sirve para procesar el azúcar, no para luchar. Respire por la aldea. Respire por el placer.
Shinobu cerró los ojos y se abandonó. Ya no había lucha. La resistencia que alguna vez fue el núcleo de su ser se había disuelto en la grasa y el azúcar. Se sentía vasta, infinita. Sentía cómo sus caderas se ensanchaban hasta tocar las paredes laterales de la habitación, cómo sus brazos se volvían tan pesados que eran incapaces de levantarse, y cómo su propia existencia se convertía en un susurro de deleite constante.
Nezuko, por su parte, alcanzó un punto de ruptura. Su cuerpo soltó un vapor rosado, un signo de que su poder demoníaco estaba procesando la comida a una velocidad increíble. En un estallido de crecimiento, su vientre se expandió varios centímetros de golpe, obligando a Mitsuri y a Shinobu a moverse hacia los extremos de la plataforma.
— ¡Increíble! —gritó Doragon’eiji, riendo con deleite—. ¡Nezuko ha reclamado el centro!
Mitsuri, a pesar de estar siendo alimentada con una pasta de nueces y crema, soltó una risita ahogada.
— Es tan... grande... mi pequeña hermana... —dijo, mientras su propia carne se ondulaba por el esfuerzo de la risa—. Somos... somos perfectas, ¿verdad?
— Son más que perfectas —dijo Gasuto, supervisando la llegada de una nueva ronda de pasteles de tres pisos—. Son el triunfo de la paz sobre la guerra. Mientras ustedes coman, mientras ustedes crezcan, el mundo exterior no existe. Solo existe este banquete eterno.
Los años pasaron como un suspiro en la penumbra perfumada de la mansión. Los aldeanos ya no recordaban a las Hashiras como guerreras; para la nueva generación, eran las Diosas de la Abundancia. Se decía que sus cuerpos eran tan grandes que la mansión había tenido que ser construida a su alrededor, y que el suelo de la aldea temblaba ligeramente cada vez que una de ellas cambiaba de posición.
Mitsuri, Shinobu y Nezuko ya no se distinguían como individuos. Eran una masa única de suavidad tricolor: el rosa de Mitsuri, el púrpura de Shinobu y el negro y rosa de Nezuko, todo fundido en un abrazo de carne aceitada y seda desgarrada. Sus rostros, hermosos y redondos, estaban siempre manchados por los restos de los manjares más exquisitos, y sus ojos, cuando se abrían, solo reflejaban una paz absoluta y una voracidad sin fin.
— Un bocado más, Lady Mitsuri —decía la asistente del turno de noche, bajo la luz de las linternas de papel.
— Sí... —susurraba Mitsuri, abriendo la boca por instinto, su cerebro condicionado a recibir placer en forma de calorías cada diez segundos—. Un bocado más... para siempre...
Shinobu, a su lado, ya ni siquiera hablaba. Se limitaba a ronronear, un sonido bajo y constante que vibraba en su pecho colosal, mientras aceptaba el flujo interminable de tés dulces y cremas espesas. Nezuko, la más grande de las tres ahora, era el corazón palpitante de la masa, su cuerpo demoníaco habiéndose estabilizado en una forma de una opulencia que desafiaba la descripción, una reina de la glotonería sagrada.
Doragon’eiji, ahora un hombre mayor, se sentaba cada noche a los pies de este altar vivo. No necesitaba nada más. El poder, la riqueza y la protección de su aldea estaban asegurados por la presencia de estas tres deidades que él había ayudado a crear.
— Nunca se detengan —susurraba el Jefe, acariciando la inmensa extensión de piel que tenía frente a él—. Superen todos los límites. Conviértanse en el mundo mismo.
Y bajo el cuidado incansable de Gasuto y sus asistentes, las tres esposas obedecieron. Día y noche, sin descanso, sin pausa, continuaron su festín eterno. Sus cuerpos crecieron hasta que las puertas ya no pudieron cerrarse, hasta que el techo tuvo que ser elevado, hasta que la propia noción de ser humano quedó atrás, sustituida por la gloria inmensa, dulce y pesada de la saciedad absoluta. La Hashira del Amor, la Hashira del Insecto y la Niña Demonio habían encontrado, por fin, la forma definitiva de la inmortalidad: un banquete que nunca terminaba, en una aldea que las adoraba como el trono de carne y seda sobre el cual descansaba su eternidad.