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demon slayer SSBBW

El Banquete de las Doce Rosas

La atmósfera en la mansión del Jefe Doragon’eiji ya no se medía en metros cuadrados, sino en la densidad de la suavidad que lo ocupaba todo. El aire estaba tan saturado de los efluvios de la mantequilla clarificada, la miel de montaña y el vapor de las aguas termales que respirar se sentía como beber un sorbo de almíbar tibio. En el centro de este santuario de opulencia, Mitsuri, Shinobu y la joven Nezuko formaban una cordillera humana de proporciones inimaginables. Sus cuerpos, ahora tan vastos que los límites entre una y otra se habían desdibujado, reposaban sobre una base reforzada de tatamis y futones de seda.

Mitsuri era el epicentro de esta abundancia. Sus pechos, que alguna vez fueron motivo de admiración, se habían expandido hasta convertirse en dos colosales orbes de carne elástica que descansaban pesadamente sobre su vientre, el cual a su vez se derramaba hacia los lados como una marea de masa de pan leudada. A su derecha, Shinobu Kochō había perdido cada rastro de su antigua fragilidad; su figura era ahora una estructura de curvas compactas y profundas, con muslos tan anchos que cada uno requería su propio séquito de asistentes para ser masajeado. Y entre ellas, Nezuko, la pequeña demonio que había florecido bajo el cuidado de la aldea, se mecía en un letargo de satisfacción, con su nuevo y generoso peso integrándose perfectamente en el abrazo de sus hermanas mayores.

— Mis señoras —la voz de Lady Gasuto rompió el silencio arrullador—, el Jefe desea que esta tarde sea recordada como el cenit de la prosperidad de nuestra aldea. No es suficiente con que estén satisfechas; él quiere que alcancen la plenitud absoluta.

Gasuto hizo una señal con la mano. Las puertas correderas se abrieron de par en par, y diez mujeres de la aldea, elegidas por su fuerza y su destreza en el arte del servicio, entraron en la habitación. Cada una portaba bandejas de plata que crujían bajo el peso de manjares que parecían desafiar las leyes de la naturaleza: cuencos de arroz con láminas de oro comestible, costillares glaseados en frutas del bosque, y pirámides de pasteles de crema tan altos que rozaban el techo.

— ¿Más? —murmuró Mitsuri, su voz saliendo como un suspiro entre sus mejillas rellenas—. Gasuto, querida, apenas puedo sentir mis propios dedos bajo todo este cariño que nos han dado.

— No necesitan mover ni un dedo, Lady Mitsuri —respondió Gasuto, acercándose al centro del grupo—. Estas diez mujeres están aquí para ser sus manos. Hoy, ustedes solo tienen que existir y recibir.

Las diez asistentes se dividieron. Cuatro se dirigieron a Mitsuri, tres a Shinobu y tres a Nezuko. El ritual comenzó de inmediato. No era una cena ordinaria; era una alimentación asistida, una coreografía de devoción carnal.

— Por favor, abra la boca, Lady Mitsuri —susurró una de las asistentes, acercando una cuchara de madera cargada con una crema de castañas espesa y dulce.

Mitsuri obedeció, sus ojos verdes entornándose de placer mientras el sabor inundaba sus sentidos. Al mismo tiempo, otra asistente usaba sus manos para masajear suavemente la garganta de la Hashira, ayudando al tránsito de la comida, mientras dos más sostenían sus brazos, acariciando la piel tensa y suave que ahora cubría sus bíceps.

— Es... es demasiado bueno —gimió Mitsuri, sintiendo cómo su estómago, ya monumental, se expandía un poco más bajo la presión constante de la comida—. Siento que voy a flotar.

A su lado, Shinobu estaba experimentando algo similar. Las tres mujeres asignadas a ella trabajaban con una precisión casi quirúrgica. Una le ofrecía trozos de carne tierna que se deshacía al contacto, mientras las otras dos mantenían sus manos ocupadas, masajeando cada dedo y cada pliegue de sus muñecas.

— Es fascinante —dijo Shinobu, su voz espesa por la comida—. Mi mente médica me dice que esto es imposible, pero mi cuerpo... mi cuerpo solo quiere más. Gasuto, estas especias... me hacen sentir que nunca he comido antes.

— Son el secreto de la aldea, Lady Shinobu —respondió Gasuto—. Engañan al cuerpo para que olvide la saciedad y solo recuerde el deseo.

Nezuko, en el centro, era la más entusiasta. A pesar del bambú en su boca, que las asistentes retiraban momentáneamente para introducirle bocados de mochi de fresa y dulces de judía roja, la joven demonio emitía sonidos de pura felicidad. Sus ojos rosados brillaban con una luz nueva. Cada vez que una asistente le acariciaba el vientre —una tarea que ahora requería ambas manos debido a su circunferencia—, Nezuko se agitaba con un deleite infantil, hundiendo sus pies en la suavidad de las piernas de Mitsuri.

— ¡Miren a la pequeña! —rio Mitsuri, aunque el movimiento hizo que su pecho se sacudiera con una pesadez que le cortó el aliento por un segundo—. ¡Nezuko-chan es la que más disfruta!

— Ella sabe lo que es bueno —comentó una de las asistentes de Shinobu, mientras presionaba un pastel de miel contra los labios de la antigua Hashira del Insecto—. Todas ustedes son el orgullo de los herreros. Verlas así, tan grandes, tan llenas de vida... es lo que nos da fuerzas para seguir forjando.

El festín continuó durante horas. Las diez mujeres se movían como sombras blancas alrededor de las tres montañas de color rosa y púrpura. No había descanso. En cuanto un cuenco se vaciaba, otro aparecía. Las manos de las asistentes estaban en constante contacto con la piel de las tres mujeres: sosteniendo sus mandíbulas, acariciando sus cuellos, masajeando sus abdómenes para hacer espacio para el siguiente plato.

— Me siento... tan pesada —susurró Mitsuri, su voz volviéndose apenas un hilo—. Siento que si el mundo se acabara ahora mismo, yo simplemente seguiría aquí, comiendo y siendo feliz.

— Ese es el veneno del dulce olvido, Mitsuri-chan —respondió Shinobu, cerrando los ojos mientras una asistente le limpiaba una gota de almíbar de la comisura de los labios—. Y debo admitir que es mucho más efectivo que cualquier toxina que yo haya creado jamás.

Gasuto se acercó a Nezuko y le acarició la mejilla, que ahora era tan redonda que casi ocultaba sus orejas.

— ¿Te gusta, pequeña? ¿Te sientes feliz?

Nezuko respondió con un ronroneo profundo, un sonido que vibró a través de la carne de Mitsuri y Shinobu. Sus manos, que ahora tenían hoyuelos en los nudillos, se cerraron sobre las manos de las asistentes que la alimentaban, instándolas a no detenerse. La pequeña demonio había encontrado su propósito: ser el receptáculo de toda la abundancia de la aldea.

— Es increíble —dijo Doragon’eiji, entrando en la habitación y observando el espectáculo—. Diez mujeres trabajando sin descanso y apenas pueden seguirles el ritmo.

El Jefe se acercó y se sentó al borde del mar de seda que formaban sus esposas. Extendió una mano y tocó el muslo de Mitsuri. La piel estaba caliente, vibrante de energía calórica.

— ¿Estás satisfecha, mi amor? —preguntó él.

— Nunca... —respondió Mitsuri, abriendo los ojos con dificultad—. Creo que nunca estaré satisfecha del todo, esposo. Siempre hay lugar para un poco más de tu amor... y de estos pasteles.

Doragon’eiji rio y tomó una de las bandejas, ofreciéndole él mismo un trozo de fruta escarchada.

— Entonces seguiremos. La aldea tiene suministros para años, y yo tengo toda la eternidad para ver cómo florecen.

Las diez asistentes redoblaron sus esfuerzos. La habitación se convirtió en una vorágine de tacto y sabor. Mitsuri sentía las manos de las mujeres por todas partes: en su espalda, en sus hombros, en la inmensa extensión de sus caderas. Era una estimulación constante que la mantenía en un estado de euforia sensorial. Ya no era una persona; era una experiencia, un monumento vivo a la indulgencia.

Shinobu, por su parte, se había dejado llevar por completo. Su resistencia inicial se había evaporado meses atrás, pero hoy, bajo el cuidado de las diez asistentes, había alcanzado un nuevo nivel de sumisión al placer. Dejaba que las mujeres manipularan su cuerpo, que la alimentaran a la fuerza cuando su propia fatiga la hacía dudar, y que celebraran cada nuevo pliegue de su figura con susurros de admiración.

— Es tan suave... —decía una de las mujeres mientras masajeaba el brazo de Shinobu—. Parece que su piel estuviera hecha de pétalos de flores.

— Y su corazón late con tanta calma —añadía otra, apoyando su oído contra el pecho de Mitsuri—. Es el sonido de una aldea que ya no tiene miedo.

Nezuko, en medio de todo, era el pegamento que las mantenía unidas. Sus manos buscaban constantemente el contacto con sus hermanas. Apretaba la carne de Mitsuri, se hundía en el costado de Shinobu, y las tres compartían un calor que no venía del sol, sino de la combustión interna de miles de calorías transformándose en pura felicidad carnal.

— Me gusta... —logró decir Mitsuri, sus palabras arrastradas por la somnolencia—. Me gusta que me toquen así... me gusta que no me dejen parar... me gusta ser así de grande para ustedes.

— Y a nosotras nos gusta cuidarlas, Lady Mitsuri —respondió Gasuto, haciendo una señal para que trajeran la última ronda de postres: grandes fuentes de helado de nieve con jarabe de arce caliente—. Ustedes son nuestro descanso.

Al final de la tarde, las diez mujeres se retiraron, exhaustas por el esfuerzo físico de alimentar y masajear a las tres colosales damas. Gasuto y Doragon’eiji se quedaron solos con ellas. La habitación estaba en silencio, salvo por el sonido de las respiraciones pesadas y rítmicas de las tres esposas.

Mitsuri, Shinobu y Nezuko estaban ahora tan llenas, tan masajeadas y tan ungidas en aceites que brillaban bajo la luz de las lámparas como si fueran estatuas de porcelana viva. Sus cuerpos ocupaban cada rincón de los futones, desbordándose hacia el suelo en cascadas de suavidad.

— Míralas, Gasuto —dijo Doragon’eiji, acariciando la cabeza de Nezuko—. Son perfectas.

— Lo son, mi Señor. Y lo mejor es que mañana... mañana volverán a tener hambre.

Mitsuri, en el borde del sueño, escuchó esas palabras y sonrió. Sí, mañana habría más. Más comida, más manos acariciándola, más peso sobre su cuerpo y más amor de su esposo y sus hermanas. Se hundió en la suavidad de Shinobu y Nezuko, sintiendo cómo sus tres corazones latían al unísono, pesados y felices, perdidos en el festín eterno de la Aldea de los Herreros.

La Hashira del Amor cerró los ojos, sintiendo el peso reconfortante de su propio cuerpo sobre sí misma, una carga que ya no era una molestia, sino su mayor tesoro. Y mientras el sueño la envolvía, solo pudo pensar en el sabor de la miel y en la calidez de las manos que nunca, nunca la dejarían ir.

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