Descendientes: heredero de dos reinas
Hielo, Oro y Corazones Rotos
La limusina se deslizaba sobre el puente de luz mágica con una suavidad que me resultaba insultante. En la Isla, cada bache era un recordatorio de que estábamos vivos; aquí, el silencio del motor y el aroma a cuero nuevo se sentían como una anestesia. Observé de reojo a los demás. Carlos y Jay se peleaban por dulces como animales hambrientos, mientras que Evie se retocaba el maquillaje con una ansiedad mal disimulada. Mal, por su parte, miraba por la ventana con esa expresión de superioridad que siempre me había dado ganas de bostezar.
Yo simplemente acariciaba el reloj roto en mi cintura. Podía sentir la barrera debilitándose, el zumbido de la magia pura de Auradon filtrándose por las rendijas de la ventana. Mi escudo mental vibró, una muralla de obsidiana invisible que protegía mis pensamientos de cualquier intrusión. No permitiría que este lugar me ablandara.
—Cálmense —dije, y mi voz cortó el aire como una guillotina—. Parecen muertos de hambre. Tengan un poco de dignidad, aunque sea por hoy.
Carlos se detuvo con un trozo de chocolate a medio camino de la boca, asintiendo con un respeto que rayaba en el temor. Mal me lanzó una mirada asesina, pero no dijo nada. Sabía que, en una pelea de voluntades, mi calma siempre terminaba por asfixiar su fuego.
Cuando el vehículo se detuvo frente a la Academia Auradon, el estruendo de la banda de música y los gritos de bienvenida me golpearon como una bofetada física. Bajé de la limusina con la espalda recta, cada movimiento calculado para proyectar una elegancia que ellos no esperaban de un "villano".
Frente a nosotros estaba el Hada Madrina, con su sonrisa de azúcar y sus ojos que pretendían ver bondad en todas partes. Y a su lado, el Príncipe Ben. Era exactamente como lo imaginaba: cabello castaño perfecto, una mandíbula que gritaba "futuro rey" y una mirada tan llena de esperanza que resultaba irritante. Pero mi atención se desvió hacia el chico que estaba un paso por detrás, intentando mantener una distancia protocolaria.
Era Luis de Arendelle. Su piel era tan pálida que parecía brillar bajo el sol de la tarde, y sus ojos azul hielo se clavaron en los míos con una intensidad que me hizo tensar los dedos dentro de mis guantes. Sentí un tirón extraño en mi pecho, una chispa de reconocimiento que mi escudo mental trató de sofocar de inmediato.
—Bienvenidos a la Academia Auradon —dijo el Hada Madrina, agitando sus manos—. Soy el Hada Madrina, la directora.
—¿La del "Bibbidi-Bobbidi-Boo"? —preguntó Mal con sarcasmo.
—La misma —respondió ella, manteniendo la sonrisa aunque sus ojos vacilaron un segundo al verme.
Ben dio un paso al frente, extendiendo la mano hacia nosotros.
—Es un honor tenerlos aquí. Soy Ben.
—Príncipe Ben —corrigió una chica de azul que parecía tener un palo de escoba por columna vertebral. Audrey, la hija de la Bella Durmiente. Su aura era tan superficial que casi podía oler el perfume barato de su inseguridad.
—Ben está bien —insistió él, y luego sus ojos se posaron en mí—. Tú debes de ser Crimson.
—Crimson Red Heart —respondí, ignorando su mano extendida y haciendo una leve inclinación de cabeza, más burlona que respetuosa—. Supongo que mi reputación me precede, Príncipe.
Ben parpadeó, sorprendido por mi frialdad, pero antes de que pudiera responder, Luis dio un paso al frente. El aire a su alrededor se enfrió notablemente, un fenómeno que solo yo parecí notar gracias a mi sensibilidad mágica.
—Soy Luis —dijo él, y su voz era como el cristal chocando contra el mármol—. Espero que su estancia aquí sea... reveladora.
—No lo dudes —murmuré, sosteniéndole la mirada hasta que él fue el primero en apartarla.
Tras una breve y tediosa introducción, Ben nos dejó a cargo de Doug, el hijo de Tontín, un chico que parecía estar a un segundo de sufrir un colapso nervioso. Nos guio por los pasillos, explicando horarios y reglas que no tenía intención de seguir. Nos habló de la clase de "Bondad Inicial Correctiva", un nombre que me hizo soltar una risa seca.
—¿Bondad correctiva? —pregunté, arqueando una ceja—. ¿Planean enseñarnos a sonreír hasta que nos duelan los músculos o simplemente a pedir perdón por existir?
Doug tartamudeó algo ininteligible y nos dejó frente a nuestras habitaciones. Me despedí de los demás con un gesto vago. Sabía que Mal y su grupo estaban planeando algo para esa misma noche; sus susurros sobre la varita del Hada Madrina eran tan discretos como un elefante en una cristalería. No me importaba. Si querían jugar a los espías y fallar miserablemente, era su problema. Yo tenía mis propios planes.
Esa noche, cuando el silencio se apoderó del castillo, salí de mi cuarto. No necesitaba llaves ni sigilo físico. Cerré los ojos y sentí el flujo del tiempo a mi alrededor. Con un pensamiento, envolví mi cuerpo en una distorsión temporal, una capa de invisibilidad que desviaba la luz y el sonido. Para cualquiera que pasara por el pasillo, yo simplemente no existía.
Caminaba por los jardines traseros, disfrutando de la libertad de usar mi magia sin el peso de la barrera de la Isla, cuando escuché voces. Eran bajas, cargadas de una tensión que reconocería en cualquier mundo. Me acerqué, oculto por las sombras de los rosales.
Eran Ben y Luis.
—No podemos seguir así, Luis —decía Ben, su voz llena de una frustración que no mostraba en público—. Estoy cansado de los secretos, de las miradas rápidas en los pasillos. Voy a ser coronado rey. Quiero que estés a mi lado, no dos pasos atrás.
—Sabes que no es tan fácil —respondió Luis, y pude ver cómo la escarcha comenzaba a cubrir las hojas de los rosales cercanos a sus pies—. Mi madre... el consejo... Auradon espera una reina, Ben. No están listos para nosotros.
—A la mierda con lo que esperen —replicó Ben, acercándose a él y tomándolo por los hombros—. Te amo. Pero siento que... que nos falta algo. Como si nuestra relación fuera un círculo que no termina de cerrarse.
Luis suspiró, apoyando la frente contra el hombro de Ben.
—Yo también lo siento. Es como si hubiera un hueco que no podemos llenar solos.
Se quedaron en silencio un momento, y luego, el beso empezó. Fue desesperado, hambriento, como si intentaran fundirse el uno en el otro para olvidar el mundo exterior. Mis ojos se abrieron de par en par. No por el acto en sí —la Isla me había enseñado que la moralidad era un lujo de los ricos—, sino por la intensidad de la magia que emanaba de ellos. El calor de Ben y el frío de Luis chocaban, creando una energía vibrante que me atraía de una forma que no podía explicar.
Me quedé allí, observando cómo la situación escalaba, cómo sus ropas se volvían un estorbo y cómo se entregaban el uno al otro sobre la hierba, bajo la luz de la luna. Era crudo, real y dolorosamente hermoso. Sentí una punzada de envidia, no por el placer, sino por la conexión. Recordé a Harry, recordé la traición, y sentí cómo mi corazón, ese búnker de hielo, crujía bajo la presión.
Me alejé antes de que terminaran, borrando mis huellas con un leve giro de mi reloj.
A la mañana siguiente, la clase de Bondad Inicial Correctiva fue un desfile de hipocresía. El Hada Madrina intentaba enseñarnos sobre el altruismo usando situaciones hipotéticas que daban risa.
—Si encuentran un bebé abandonado, ¿qué hacen? —preguntó ella con esperanza.
—¿A o B? —respondió Jay con una sonrisa burlona—. ¿Lo vendo o lo uso de cebo?
Me mantuve en silencio al fondo del aula, observando a Mal intentar ganarse a Jane, la hija del Hada Madrina. Era patético. Mal buscaba poder a través de la fuerza bruta y los trucos de magia de su madre; yo buscaba el poder a través de la comprensión de las debilidades ajenas.
Al terminar la clase, nos enviaron al campo de juegos. Mal se alejó con Jane, probablemente para seguir con su manipulación, y yo decidí explorar por mi cuenta. No llegué muy lejos antes de ser interceptado.
—¡Crimson! ¡Por las barbas de mi padre, eres tú!
Me giré para ver a un chico con un sombrero de copa ridículamente inclinado y una sonrisa que ocupaba media cara. Theo Hatter. A su lado estaban Elliot White, revisando obsesivamente un reloj de bolsillo, y Nyx Cheshire, que parecía estar flotando más que caminando.
—Theo —dije, permitiendo que una pequeña sonrisa, casi imperceptible, asomara a mis labios—. Veo que Auradon no ha logrado quitarte la excentricidad.
—¿Quitarla? ¡La han alimentado con té y pasteles! —exclamó Theo, tomándome del brazo—. Debes venir con nosotros. Alina está organizando una merienda. Dice que tienes mucho que contarnos sobre "el otro lado del espejo".
Me dejaron en una mesa circular bajo un sauce llorón. Alina Kingsleigh, la hija de Alicia, estaba sentada a la cabecera, sirviendo té con una calma que contrastaba con el caos de sus amigos.
—Crimson —dijo ella, sus ojos azules analizándome con una curiosidad que no era hostil—. Me alegra que Ben haya tenido el valor de traerte. Mi madre siempre dijo que el País de las Maravillas quedó incompleto cuando tu tía fue exiliada.
—Mi tía no fue exiliada, Alina —respondí, aceptando una taza de té—. Fue derrotada. Hay una diferencia. Pero me sorprende que me recibas tan bien, considerando que se supone que soy el villano de tu historia.
—Las historias las escriben los que se quedan con la pluma —replicó ella con un guiño—. Y yo prefiero escribir mi propia versión.
Pasamos un rato hablando. Eran diferentes al resto de Auradon; tenían esa chispa de locura que solo los que han estado cerca del País de las Maravillas poseen. Pero la paz no duró mucho.
—Vaya, parece que el grupo de los raros tiene un nuevo integrante.
Me tensé. Luis caminaba hacia nosotros, solo. Su presencia hizo que el aire se volviera gélido de inmediato. Theo y los demás se despidieron rápidamente, sintiendo la tensión, dejándome a solas con el príncipe de hielo.
—¿Me estás siguiendo, Luis? —pregunté, sin levantarme.
Él se detuvo frente a mí, sus ojos azul claro brillando con una luz peligrosa.
—Este es mi reino, Crimson. Yo no sigo a nadie. Pero me pregunto qué hace alguien como tú con los Kingsleigh.
—Busco compañía inteligente. Algo que parece escasear por aquí —respondí, levantándome lentamente.
Luis dio un paso hacia mi espacio personal. Podía oler el frío en su aliento, una mezcla de menta y nieve.
—Eres arrogante —susurró él—. Y peligroso. Siento algo en ti, Crimson. Algo que no debería estar aquí.
—¿Y qué es eso? —pregunté, bajando la voz, dejando que mi aura roja chocara contra su frío.
—Poder. Un poder que no pertenece a un hijo de villano.
Estábamos tan cerca que podía ver el reflejo de mi propio reloj en sus pupilas. La tensión era casi eléctrica, una mezcla de desconfianza y una atracción oscura que ninguno quería admitir.
—Crimson, Luis, ¿está todo bien?
Ben apareció, caminando hacia nosotros con una sonrisa preocupada. Luis retrocedió de inmediato, recuperando su compostura real como si nada hubiera pasado.
—Solo le daba la bienvenida a nuestro invitado, Ben —dijo Luis, aunque sus ojos no dejaron los míos—. Crimson tiene una forma muy... particular de ver el mundo.
—Me lo imagino —dijo Ben, poniéndose entre nosotros y colocando una mano en el hombro de Luis—. Crimson, espero que te estés adaptando. Si necesitas algo, lo que sea, no dudes en pedirlo.
—Lo tendré en cuenta, Príncipe —respondí con una inclinación de cabeza—. Ahora, si me disculpan, tengo cosas que atender.
Me alejé sin mirar atrás, sintiendo sus ojos clavados en mi espalda. Mi corazón latía con una fuerza que odiaba. No podía permitirme esto. No después de lo que Harry me había hecho. El amor era una debilidad, una cadena que te arrastraba al fondo del océano.
Mientras tanto, en el campo, Ben y Luis observaban cómo la figura de rojo desaparecía entre los edificios de la escuela.
—Es él, Ben —murmuró Luis, su voz temblando levemente—. Es la pieza que faltaba. Lo sentí cuando estábamos cerca. Mi magia... reaccionó a la suya de una forma que nunca había sentido.
Ben asintió, su expresión volviéndose inusualmente seria.
—Yo también lo sentí. Es como si el sol y el hielo hubieran encontrado su centro. Pero él está cerrado, Luis. Tiene muros alrededor de su corazón que harían que la barrera de la Isla pareciera papel.
Luis apretó los puños, y pequeños cristales de hielo cayeron de sus dedos a la hierba.
—No me importa. Lo quiero, Ben. Lo queremos. Y si tenemos que romper esos muros ladrillo a ladrillo, lo haremos.
Ben miró hacia donde se había ido Crimson, una determinación oscura reemplazando su habitual amabilidad.
—Pase lo que pase, Luis. No importa lo que tengamos que hacer. Crimson Red Heart será nuestro.
En mi habitación, ajeno a su declaración de guerra emocional, saqué el espejo que me conectaba con mis amigos. Las caras de Raúl, Mariela, José y Moon aparecieron en la superficie cristalina.
—¿Cómo va todo en el fango? —pregunté, recuperando mi máscara de frialdad.
—Mal y los suyos se han ido, así que hemos tomado el control de los suministros de agua en el norte —dijo Raúl con una sonrisa de tiburón—. Los chicos de Harry intentaron protestar, pero Moon les recordó quién tiene la mano más pesada ahora.
—Bien —dije, mirando por la ventana hacia las luces de Auradon—. Mantengan la presión. Aquí las cosas se están poniendo... interesantes.
Cerré la conexión y me dejé caer en la cama. El reloj en mi cintura hizo un pequeño "tic", un sonido que solo yo podía oír. El tiempo se estaba moviendo, y por primera vez en mi vida, no estaba seguro de si podía controlarlo. Pero una cosa era segura: si Ben y Luis pensaban que yo era una presa fácil para sus juegos de príncipes, estaban a punto de descubrir por qué incluso en la Isla, nadie se atrevía a desafiar al Rey de Corazones.