Descendientes: heredero de dos reinas
Trampas de Azúcar y Corazones de Hielo
La biblioteca de Auradon era demasiado silenciosa para mi gusto. El olor a pergamino viejo y cera de vela me recordaba a las historias que la Reina Roja solía contar sobre los días de gloria antes de la barrera, pero aquí, ese aroma se sentía domesticado. Estaba sentado en un rincón apartado, con las piernas cruzadas sobre una mesa de caoba, cuando el grupo de Mal apareció.
Caminaban con una coordinación forzada. Mal encabezaba la marcha, con su mandíbula apretada y ese brillo de desesperación en los ojos que intentaba ocultar tras una máscara de rebeldía. Evie la seguía, jugueteando con sus dedos, mientras Carlos y Jay intercambiaban miradas nerviosas. Se detuvieron frente a mí, bloqueando la luz de la lámpara.
—Necesitamos tu ayuda, Crimson —soltó Mal sin preámbulos. Su voz era un hilo de tensión—. Y no me mires así. Sabes que no te lo pediría si no fuera necesario.
Cerré el libro que estaba fingiendo leer y los observé con una lentitud que sabía que la irritaba.
—¿La gran hija de Maléfica pidiendo favores al "principito de corazones"? —Me bajé de la mesa, ajustando los puños de mi chaqueta roja—. Esto debe de ser importante. ¿O es que finalmente te diste cuenta de que tu plan de robar la varita es un suicidio táctico?
—Sabemos lo que hacemos —intervino Jay, dando un paso adelante, pero Mal lo detuvo con un gesto—. El problema es la seguridad de la coronación. Ben llevará a su pareja al palco real. Es el único lugar desde donde tendremos una oportunidad clara de llegar al Hada Madrina sin que los guardias nos detengan antes de parpadear.
—Y como tú eres el que mejor se mueve entre la realeza... —Evie forzó una sonrisa esperanzadora—, pensamos que podrías ser tú quien esté al lado de Ben.
Me eché a reír. Fue una risa seca, carente de humor.
—¿Quieren que seduzca al futuro rey de Auradon para que puedan jugar a los ladrones? —Me acerqué a Mal, quedando a escasos centímetros de su rostro—. Accederé bajo una condición: cada uno de ustedes me deberá un favor. Un favor que cobraré cuando yo decida, sin preguntas y sin excusas. Si aceptan, yo me encargo de Ben.
Mal apretó los dientes, pero después de mirar a sus amigos, asintió con rigidez.
—Hecho. ¿Cómo piensas hacerlo? Ben es... amable, pero no es idiota.
—Déjenme eso a mí —respondí, aunque en mi mente ya estaba trazando el siguiente movimiento—. Pero necesitaremos un empujón. Ben tiene una voluntad fuerte, y su relación con Luis es un obstáculo que ustedes ni siquiera comprenden.
Esa misma tarde, nos encerramos en la cocina de los dormitorios. El ambiente estaba cargado con el olor a chocolate y vainilla, pero el ingrediente principal no estaba en ninguna estantería de Auradon. Saqué un pequeño frasco con un líquido que brillaba con un tono rosado neón, un extracto que José había destilado de las flores del País de las Maravillas antes de que yo me fuera.
—Una galleta —dije, observando cómo Evie mezclaba la masa—. Solo una. El amor es una enfermedad, y esta es la cura para su fidelidad.
Lo que yo no sabía, y lo que mi escudo mental no pudo detectar en ese momento, era que el Príncipe Luis de Arendelle no era un observador pasivo. Mientras nosotros horneábamos traiciones, Luis ya había tejido su propia red. Temiendo que los hijos de los villanos intentaran manipular la mente de Ben, Luis había usado un antiguo encantamiento de protección de su linaje, una bendición de hielo que actuaba como un cristal protector alrededor del corazón de Ben, haciendo que cualquier magia externa resbalara sin dejar rastro.
Cuando le entregué la galleta a Ben al día siguiente, cerca de las taquillas, lo hice con una sonrisa ensayada. Él me miró con esos ojos cálidos, aceptando el dulce con una confianza que casi me hizo sentir una punzada de culpa. Casi.
—Pruébala, Ben —le dije, apoyándome contra la taquilla—. Es una receta familiar.
Él le dio un mordisco. Esperé a que sus ojos se nublaran, a que el brillo de la poción tomara el control. Pero Ben no cambió. Su mente permaneció clara, protegida por el frío escudo de Luis. Sin embargo, Ben era un político nato. Sintió el intento de intrusión mágica y, en un instante de brillantez compartida con su novio (quien le había advertido sobre esto la noche anterior), decidió que la mejor forma de mantener a sus "invitados" bajo vigilancia era dándoles exactamente lo que querían.
—Crimson... —susurró Ben, fingiendo un ligero mareo antes de enfocar su mirada en mí con una intensidad teatral—. Nunca me había fijado en lo rojo que es tu cabello. Es... hipnótico.
El plan culminó en el campo de juego de "Tourney". Tras ganar el partido, Ben saltó sobre el podio, arrebatándole el micrófono al locutor ante la mirada atónita de toda la escuela.
—¡Denme una C! ¡Denme una R! —gritó, mientras comenzaba a sonar la música de la banda—. ¡Did I mention that I’m in love with you!
Lo vi bailar, cantar y señalarme frente a cientos de personas. Mi corazón, el que juré que estaba bajo llave, dio un vuelco violento. Sabía que era la poción. Sabía que era un truco. Pero ver al sol de Auradon declarando su devoción por un monstruo de la Isla me hizo sentir algo que no podía clasificar.
Más tarde esa noche, en la privacidad de sus aposentos, Ben se dejó caer en su silla mientras Luis salía de las sombras, con una sonrisa gélida pero divertida.
—Debo admitir que tu actuación fue... excesiva —dijo Luis, acercándose para masajear los hombros de Ben—. "Did I mention"? Realmente te gusta el drama.
—Tenía que ser creíble, Luis —respondió Ben, tomando la mano de su novio y besándola—. Crimson es inteligente. Si solo hubiera dicho "me gustas", habría sospechado. Pero ahora cree que me tiene bajo su control.
—Y mientras él cree eso, nosotros lo traemos hacia nuestro lado —añadió Luis, sus ojos brillando con una determinación posesiva—. No solo es la pieza que falta en nuestro reino, Ben. Es la pieza que falta en nosotros. Lo quiero aquí, con nosotros, cuando la corona esté sobre tu cabeza.
—Lo tendremos —prometió Ben.
Pasaron los días y la farsa continuó. Ben me pidió una cita oficial, y aunque mi mente me gritaba que era peligroso, accedí. Me llevó al Lago Encantado, un lugar que parecía sacado de un sueño que yo nunca me habría permitido tener. El agua era cristalina y el aire olía a magia antigua y flores silvestres.
Comimos en silencio sobre una manta de picnic. Ben hablaba de sus sueños para Auradon, de cómo quería romper las barreras, no solo la de la Isla, sino las que separaban a las personas. Yo lo escuchaba, sintiendo cómo mis propios muros se agrietaban.
—¿Por qué me miras así, Crimson? —preguntó él, dejando de lado su racimo de uvas.
—Porque no entiendo cómo puedes ser tan... tú —respondí, apartando la mirada—. En la Isla, la esperanza es un veneno. Aquí, parece ser tu combustible.
Ben se levantó y caminó hacia la orilla del lago.
—A veces hay que saltar para saber si puedes nadar —dijo, y sin más, se lanzó al agua con ropa y todo.
Me quedé sentado, observando las ondas en la superficie. El silencio se prolongó. Un minuto. Dos. El pánico empezó a reptar por mi garganta.
—¿Ben? —llamé, pero no hubo respuesta.
Me levanté, caminando hacia la orilla. Mi reflejo en el agua parecía el de un extraño. Empecé a cantar en voz baja, una melodía que no sabía que conocía, una confesión al aire que nadie debía escuchar.
—If only I knew what my heart was telling me... —susurré, sintiendo una opresión en el pecho—. Don't know what I'm feeling... Is this just a dream?
No podía saltar. No podía mojarme y perder el control. Cerré los ojos, extendí mi mano y sentí el tirón de la magia en mis venas. No era la magia del tiempo, sino esa energía pura y carmesí que heredé de mi linaje. El agua del lago se agitó y, con un movimiento ascendente de mi brazo, hice que una columna de agua elevara a Ben hasta la orilla.
Él tosió, empapado, pero sus ojos estaban fijos en los míos. No había rastro de la poción, solo una claridad aterradora.
—Me sacaste —dijo él, recuperando el aliento—. No saltaste, pero me salvaste.
—No iba a dejar que el futuro rey muriera en mi cita —respondí, intentando recuperar mi frialdad—. Sería malo para mi currículum.
Ben se acercó, ignorando el hecho de que estaba goteando sobre mis botas caras. Me tomó de las manos, y por primera vez, no sentí el deseo de apartarme.
—Crimson... ¿me amas? —preguntó. No era la pregunta de un chico bajo un hechizo. Era la pregunta de un hombre que buscaba una verdad.
—No sé lo que es el amor, Ben —respondí con sinceridad, sintiendo cómo mis ojos brillaban con ese rojo intenso—. En mi mundo, el amor es una moneda de cambio o una debilidad que te mata.
—Entonces deja que yo te enseñe —susurró él.
Se inclinó y me besó. Fue un beso que sabía a agua de lago y a una promesa prohibida. Por un segundo, el tiempo se detuvo. No porque yo lo controlara, sino porque el universo entero pareció contener el aliento. Mi escudo mental no se rompió, pero se volvió transparente. Sentí su calor, su sinceridad, y por un momento, dejé de ser el hijo de la Reina Roja para ser simplemente Crimson.
Cuando regresé a mi habitación esa noche, mi mente era un caos de señales contradictorias. Me senté frente al espejo y activé la conexión con la Isla. Las imágenes de mis amigos aparecieron, borrosas y distantes.
—¿Crimson? ¿Qué pasa? —preguntó la voz de Moon—. Te ves... diferente.
—El plan sigue en marcha —dije, aunque mi voz carecía de la firmeza habitual—. Ben está... convencido. La coronación será nuestra oportunidad.
—Más te vale —gruñó Raúl—. Los Hook están empezando a hacer preguntas. Dicen que te has vuelto blando en la ciudad de las luces.
—Nadie se vuelve blando aquí, Raúl —corté la comunicación con un gesto brusco.
Me miré al espejo. Mis ojos tenían esas fracturas doradas que aparecían cuando mi magia del tiempo estaba inestable. Odiaba sentirme así. Odiaba que Ben hubiera encontrado una grieta en mi armadura.
Mientras tanto, en la habitación del príncipe, la escena era muy distinta. Ben se estaba cambiando de ropa cuando Luis entró, cerrando la puerta con llave tras de sí.
—¿Y bien? —preguntó Luis, sentándose en la cama—. ¿Cómo fue la gran cita en el lago?
Ben se giró, con una expresión que mezclaba la victoria con algo mucho más profundo.
—Casi lo perdemos, Luis. Cantó... pensó que no lo escuchaba, pero lo hice. Está sufriendo, está luchando contra sí mismo en cada paso que da.
Luis se levantó y caminó hacia Ben, rodeando su cintura con los brazos. El frío natural de Luis calmó el calor residual que Ben aún sentía por el beso en el lago.
—¿Te besó? —preguntó Luis en un susurro contra su cuello.
—Lo besé yo —corrigió Ben—. Y respondió. Luis, no es solo la poción o el plan. Realmente hay algo en él que nos pertenece. Siento que si no lo traemos con nosotros, Auradon nunca estará completo.
Luis asintió, besando la mejilla de Ben antes de guiarlo hacia la cama.
—Entonces seguiremos adelante. Mañana empezaremos a preparar el terreno para la coronación. Crimson creerá que nos está manipulando, pero para cuando se dé cuenta de la verdad, ya estará demasiado unido a nosotros como para escapar.
Se acostaron juntos, Ben envuelto en los brazos de Luis, compartiendo un espacio donde los secretos y el deseo se entrelazaban. En el silencio de la noche, ambos soñaron con un trono que no tenía dos asientos, sino tres, y con un chico de ojos carmesí que finalmente dejaría de contar los segundos para empezar a vivirlos.
En mi habitación, me quedé despierto mucho tiempo después de que las luces se apagaran, tocando mis labios con los dedos y preguntándome si el tiempo realmente podía curar todas las heridas, o si simplemente nos daba más espacio para sangrar. El reloj en mi cintura hizo un último "tic", marcando el final de mi inocencia y el comienzo de una guerra que no estaba seguro de querer ganar.