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Descendientes: heredero de dos reinas

El Retorno de la Reina de Corazones y el Latido del Invierno

El espejo de mi habitación en el palacio del País de las Maravillas no era una simple superficie de cristal; era una herida abierta en la realidad que yo mismo mantenía con el pulso constante de mi magia. Crucé el umbral sintiendo la presión familiar del vacío, ese segundo de nada absoluto donde el tiempo se detiene y mi memoria perfecta registra cada átomo de mi ser recomponiéndose. Al otro lado, el aire de Auradon me recibió con su pesadez dulce y el aroma a lluvia reciente.

No aparecí en el gran salón, ni en los jardines donde los guardias habrían dado la alarma. Aparecí exactamente donde mi corazón, y no mi reloj, me dictaba: en los aposentos privados de Ben y Luis.

La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por el resplandor azulino de las esculturas de hielo de Luis que nunca se derretían y la luz dorada de unas velas que agonizaban en el candelabro. El silencio fue roto por el siseo de mi capa de seda roja al rozar el suelo. Me quedé allí, de pie, con la corona de rubíes todavía pesando sobre mi frente, observando a las dos figuras que se incorporaron de un salto desde la cama de dosel.

—¿Crimson? —La voz de Ben era un susurro quebrado, cargado de una incredulidad que me dolió en el pecho.

Se veía más fuerte, más regio, pero sus ojos castaños conservaban esa vulnerabilidad que solo mostraba ante nosotros. A su lado, Luis se puso en pie con la rapidez de un lince. Su torso estaba desnudo, revelando una piel pálida que parecía emitir su propio frío, y su cabello rubio platino caía desordenado sobre sus ojos azul hielo.

—Dijiste tres días —dijo Luis, y su voz vibró con una tensión que hizo que el aire de la habitación se cargara de electricidad estática—. Has tardado un año y tres días, Crimson.

—El tiempo en las Maravillas es caprichoso —respondí, dando un paso hacia la luz. Me quité los guantes negros, dejando ver mis manos, las manos de un rey que había aprendido a gobernar y a destruir—. Pero he vuelto. Y no pienso volver a irme.

Ben no esperó. Cruzó la distancia que nos separaba en dos zancadas y me rodeó con sus brazos, hundiéndose en el hueco de mi cuello. Su calor era abrumador, un sol que amenazaba con derretir mis defensas de un solo golpe. Sentí sus manos temblar contra mi espalda, aferrándose a mi chaqueta como si temiera que fuera una alucinación temporal.

—No tienes idea de lo que ha sido este lugar sin ti —murmuró Ben contra mi piel—. La corona pesa el doble cuando no estás para recordarme por qué la llevo.

Luis se acercó por detrás, envolviéndonos a ambos. Su frío chocó contra el calor de Ben, y yo quedé atrapado en el medio, en ese punto de equilibrio perfecto que solo nosotros tres podíamos crear. Sentí sus labios gélidos en mi nuca, un contraste que me hizo soltar un gemido ahogado.

—Estamos necesitados de ti, Crimson —susurró Luis, y su mano descendió por mi pecho, desabrochando con destreza los botones de mi chaleco—. Necesitados de tu fuego, de tu arrogancia... de todo lo que nos hace sentir vivos.

—Entonces dejen de hablar —dije, girándome en sus brazos para capturar los labios de Ben en un beso que sabía a desesperación y a un año de soledad contenida.

El encuentro fue un estallido de caos controlado. No hubo la delicadeza de los príncipes de cuento, sino la ferocidad de tres hombres que habían estado incompletos demasiado tiempo. Ben me empujó hacia la cama, sus manos arrancando mi ropa con una urgencia que rayaba en lo salvaje. Yo respondí con la misma intensidad, usando un breve pulso de mi magia para congelar el tiempo de los cerrojos de la puerta, asegurándome de que nadie, ni siquiera un guardia real, pudiera interrumpir nuestro santuario.

Luis me reclamó desde atrás, sus dedos trazando líneas de escarcha sobre mis costillas mientras sus labios devoraban mis hombros. Ben estaba frente a mí, sus ojos oscurecidos por un deseo que ya no intentaba ocultar tras la diplomacia. Éramos un torbellino de extremidades, de jadeos sincronizados y de una pasión que quemaba más que el fuego de dragón.

—Eres nuestro —gruñó Ben, enterrando su rostro en mi pecho mientras sus caderas se movían contra las mías con un ritmo frenético—. Rey de las Maravillas o hijo de la Isla, no me importa. Eres la parte de mi alma que me faltaba.

—Y la mía —añadió Luis, cuya voz era ahora un rugido bajo mientras nos uníamos en un acto que desafiaba cualquier ley de Auradon—. No volverás a cruzar ese espejo sin nosotros, Crimson. Te ataremos a este mundo con cadenas de hielo y oro si es necesario.

El sexo fue desenfrenado, alocado, una danza de poder donde los tres nos turnábamos para dominar y ser dominados. En ese espacio, yo no era el estratega frío ni el monarca distante; era simplemente Crimson, entregándome al calor de Ben y al frío de Luis, permitiendo que mi escudo mental se desmoronara por completo. Las fracturas doradas en mis ojos brillaron con una intensidad cegadora cuando el clímax nos alcanzó a los tres al mismo tiempo, un estallido de magia y placer que pareció detener el reloj del universo por un segundo eterno.

Horas más tarde, cuando la respiración de los tres se había calmado y el sudor se enfriaba en nuestros cuerpos entrelazados, me quedé mirando el techo del dosel. Ben dormitaba con la cabeza apoyada en mi hombro, y Luis trazaba círculos perezosos en mi palma con sus dedos fríos.

—Esto va a cambiarlo todo —susurré, rompiendo el silencio—. Mañana, cuando cruce las puertas del gran salón, el consejo verá que ya no soy solo un aliado.

—Que miren —respondió Luis, entornando los ojos—. Somos los reyes de este lugar. Si no pueden aceptar que el corazón de Auradon late al ritmo de tres, entonces no merecen ser gobernados.

Sin embargo, la paz duró poco. Apenas el sol empezó a filtrarse por las pesadas cortinas, un golpe frenético sonó en la puerta, rompiendo el hechizo de tiempo que yo había colocado. Era la voz de Evie, cargada de un pánico que me hizo sentar de golpe en la cama.

—¡Ben! ¡Luis! ¡Crimson, si estás ahí, abre! —gritaba ella—. ¡Es Mal! ¡Se ha ido!

Me vestí con movimientos mecánicos, mi mente recuperando su frialdad estratégica en segundos. Cuando abrimos la puerta, Evie estaba allí, con el maquillaje corrido y una nota arrugada en la mano.

—No pudo soportarlo más —sollozó Evie, entregándole el papel a Ben—. La presión de ser la "perfecta princesa de la corte", los ataques de Audrey, el Día de la Familia... Se siente como una impostora. Ha regresado a la Isla.

Ben leyó la nota, su rostro palideciendo. Luis se acercó a él, poniendo una mano en su hombro para estabilizarlo.

—Dice que no pertenece aquí —murmuró Ben, mirando hacia la ventana—. Que Auradon es una jaula de oro y que prefiere ser un monstruo libre que una reina prisionera.

—Sabía que esto pasaría —dije, cruzando los brazos sobre mi pecho—. Mal es fuego, Ben. Y tú intentaste apagarla con protocolos y vestidos de seda. No se puede domesticar a un dragón simplemente dándole una corona.

—Tenemos que ir a buscarla —declaró Ben, recuperando su determinación—. No puedo dejarla allí sola, no ahora que Uma y Harry están buscando cualquier debilidad para atacar.

—Iremos —asentí, y mis ojos brillaron con una luz peligrosa—. Pero no iremos como diplomáticos. Iremos como lo que somos. Tú eres el Rey, Luis es el invierno, y yo... yo soy el que conoce cada sombra de esa Isla.

El viaje se organizó en tiempo récord. No podíamos llevar una limusina real; necesitábamos pasar desapercibidos, o al menos lo más posible en un lugar donde nuestras caras eran carteles de "se busca". Carlos y Jay se unieron a nosotros, sus rostros marcados por una mezcla de lealtad y miedo.

—¿Estás listo para volver, Crimson? —preguntó Jay mientras preparábamos las motos que Carlos había modificado—. Harry te está esperando. Y no creo que quiera darte una bienvenida con té y pasteles.

—Que espere —respondí, ajustando mi chaqueta de cuero roja, una versión más táctica y agresiva de mi vestimenta real—. Harry Hook es un fantasma de mi pasado. Y yo ya no vivo en el pasado.

Cruzamos la barrera al atardecer. El cambio de atmósfera fue instantáneo; la luz dorada de Auradon fue reemplazada por la penumbra perpetua y el aire viciado de la Isla. Dejamos las motos ocultas cerca de los muelles y nos adentramos en el territorio de Maléfica.

—Está en su viejo escondite —dijo Evie, señalando hacia el edificio en ruinas que una vez llamaron hogar—. Puedo sentirlo.

Subimos las escaleras oxidadas en silencio. Cuando entramos, Mal estaba de espaldas, pintando un grafiti en la pared. Al escuchar nuestros pasos, se giró con un spray en la mano, sus ojos brillando con un verde desafiante que no habíamos visto en meses.

—Váyanse —dijo ella, su voz cortante—. No pertenezco a su mundo de té y modales. Aquí es donde las cosas son reales.

—Mal, por favor —dio un paso adelante Ben, extendiendo la mano—. Cometí errores, lo sé. Pensé que darte todo lo que Auradon ofrece sería suficiente, pero me olvidé de quién eres tú.

—¿Quién soy yo, Ben? —lo interrumpió ella con una risa amarga—. Soy la hija de la peor villana de la historia. No soy una reina. Soy un desastre.

—Todos somos desastres, Mal —intervine, dando un paso al frente. Ella me miró, y por un segundo, vi la sorpresa en sus ojos al notar que yo estaba allí—. Mírame. Soy el Rey de las Maravillas y paso mis noches en una cama con dos hombres mientras planeo cómo mantener la paz en un reino que se rige por la locura. La perfección es una mentira que Auradon inventó para no tener miedo de lo que hay en el espejo.

Mal bajó el brazo, pero su expresión no se suavizó.

—No es tan fácil, Crimson. Uma tiene la varita... bueno, tiene una copia, pero está ganando poder. Si me quedo aquí, puedo contenerla. Si vuelvo, ella destruirá la barrera y llevará la guerra a sus puertas.

—Entonces lucharemos —dijo Luis, y pequeños cristales de hielo empezaron a formarse en sus nudillos—. No vinimos aquí para pedirte permiso para protegerte, Mal. Vinimos a llevarte a casa.

Justo cuando Mal iba a responder, un sonido de pasos pesados y risas burlonas resonó en el pasillo. La puerta se abrió de golpe y una figura alta, con un sombrero pirata y un garfio que goteaba agua salada, entró en la habitación. Detrás de él, Gil y un grupo de piratas nos rodearon.

—Vaya, vaya —dijo Harry Hook, balanceando su garfio con una elegancia psicópata. Sus ojos se clavaron en los míos, ignorando por completo al Rey de Auradon—. El Rey de Corazones ha vuelto al fango. Y esta vez, parece que trajo a sus dos mascotas favoritas.

Sentí a Ben y a Luis tensarse a mi lado, pero yo di un paso al frente, dejando que mi magia del tiempo empezara a ralentizar los latidos de mi corazón para enfocar mi visión.

—Harry —dije, y mi voz era tan fría que incluso Luis pareció sorprendido—. Te advertí que no te cruzaras en mi camino de nuevo.

—¿Y qué vas a hacer, principito? —preguntó Harry, acercándose hasta que la punta de su garfio rozó el cuello de mi chaqueta—. ¿Vas a usar tus truquitos de magia? Aquí no tienes a tu tía blanca para protegerte. Aquí solo estás tú y el desprecio que te tengo.

—Aquí solo estoy yo —repetí, y en un movimiento más rápido de lo que el ojo humano podía seguir, le arrebaté el garfio de la mano y lo estampé contra la pared, usando una pequeña distorsión temporal para multiplicar la fuerza del impacto—. Y yo soy más de lo que jamás podrás entender.

Harry retrocedió, sujetándose la mano, con una mezcla de dolor y una excitación retorcida en el rostro.

—Uma te quiere ver, Mal —dijo Harry, escupiendo sangre—. Y a ti también, Crimson. Dice que tiene algo que te pertenece. Algo que dejaste atrás cuando te fuiste a jugar a los castillos.

—¿Y qué sería eso? —pregunté, aunque en el fondo de mi mente, mi memoria perfecta ya estaba conectando los puntos.

—Tu corona —respondió Harry con una sonrisa malévola—. La de verdad. La que tu madre escondió antes de que la atraparan. Uma la tiene. Y si la quieres de vuelta, tendrás que venir a buscarla al "Fish and Chips".

Harry y sus piratas se retiraron, dejando un silencio denso en la habitación. Mal nos miró, su resolución flaqueando ante la mención de la corona de la Reina Roja.

—Es una trampa —dijo Jay—. Uma sabe que no podemos resistirnos a un desafío así.

—Por supuesto que es una trampa —respondí, ajustando mi reloj de pulsera—. Pero Uma ha cometido un error fundamental. Ella cree que estamos aquí para jugar según sus reglas.

Me giré hacia Ben y Luis. Ambos me miraban con una confianza absoluta, una que me daba más poder que cualquier deseo concedido por un ser superior.

—Ben, tú y los demás quédense con Mal. Necesitan hablar y decidir qué tipo de reina quiere ser ella. Luis, tú vienes conmigo. Vamos a tener una pequeña charla con la capitana del mar.

—Crimson, es peligroso —advirtió Ben, tomándome de la mano.

—Lo sé —respondí, dándole un beso rápido antes de dirigirme a la salida—. Pero es hora de que la Isla recuerde por qué el Rey de Corazones es el único al que realmente deberían temer. Vamos, Luis. Tenemos una cita con el pasado.

Salimos al aire viciado de la noche, listos para enfrentar lo que fuera que Uma hubiera preparado. Sabía que la batalla por la Isla acababa de empezar, y que esta vez, el tiempo no estaría de parte de nuestros enemigos. Ben se quedó atrás con Mal, iniciando la conversación que definiría el futuro de Auradon, mientras Luis y yo nos perdíamos en las sombras del muelle, dos reyes de mundos distintos unidos por un mismo corazón de cristal y fuego.