Descendientes: heredero de dos reinas
El Retorno del Rey de Corazones y la Sombra del Sombrerero
—No es una petición, Ben, es una necesidad estratégica —dije, ajustando los gemelos de oro con forma de pica que adornaban mis puños.
Me encontraba en el despacho real, una estancia que olía a madera de cedro y a la pesada responsabilidad de una corona que aún se sentía nueva. Ben estaba sentado tras el escritorio, con Luis apoyado en el respaldo de su silla, su sola presencia enfriando la habitación lo justo para mantenerme alerta. Había pasado un año desde que la barrera se rompió y Maléfica fue reducida a una lagartija. Un año en el que Auradon había intentado, con torpeza, integrar a los hijos de los villanos.
—Entiendo tu punto, Crimson —respondió Ben, entrelazando sus dedos sobre la mesa—. Pero traer a más chicos de la Isla requiere logística, seguridad y, sobre todo, la aprobación del consejo. Ya tenemos a Mal, Evie, Jay y Carlos. Y por supuesto, a tus amigos que trajiste poco después.
—Mis amigos son una cosa, Ben —repliqué, caminando hacia el gran ventanal que daba a los jardines—. Pero hay talento desperdiciado en ese basurero. Si queremos que la reforma de Auradon sea real, no podemos elegir solo a los "arrepentidos". Necesitamos a los que tienen potencial.
Luis se enderezó, sus ojos azul hielo fijos en mi nuca.
—Lo que Crimson quiere decir —intervino Luis con esa voz aterciopelada que siempre me erizaba la piel— es que prefiere tener a sus piezas cerca. Es un jugador de ajedrez, Ben. Y en la Isla se quedaron algunas de sus mejores torres.
Me giré, dedicándole a Luis una sonrisa afilada. Él me conocía demasiado bien. Nuestra relación era un baile extraño; un triángulo de fuego, sol e invierno que aún no terminaba de cuajar debido a las distancias que yo mismo imponía.
—Traeré a quien yo decida —declaré—. Y como gesto de buena voluntad hacia la "facción de las princesas", Evie me ha pedido que traiga a una niña, Dizzy, la hija de Drizella. Parece que tiene talento con las tijeras y el tinte.
Ben suspiró, pero asintió.
—Está bien. Tienes el permiso real y una escolta de guardias. Pero Crimson... ten cuidado. La Isla no es la misma desde que te fuiste. Harry Hook no ha dejado de causar problemas.
—Harry es un perro que ladra mucho pero muerde poco cuando ve el látigo —respondí con frialdad, aunque el nombre hizo que mi reloj de bolsillo diera un vuelco involuntario—. Partiré mañana.
El viaje de regreso a la Isla de los Perdidos fue surrealista. Cruzar el puente mágico en una limusina blindada, escoltada por caballeros de Auradon, se sentía como una bofetada a mi propio pasado. Cuando las ruedas tocaron el pavimento agrietado y sucio de la Isla, el olor a pescado podrido y humedad me golpeó como un viejo enemigo.
La gente se amontonaba en las calles, observando el vehículo con una mezcla de odio y envidia. Me bajé frente a la tienda de curiosidades de la zona centro, donde sabía que mi círculo interno me esperaba. Raúl Facilier fue el primero en salir de las sombras, con su sombra bailando a su alrededor con una alegría macabra.
—Miren quién regresó de entre los santos —dijo Raúl, haciendo una reverencia burlona—. Te ves... caro, Crimson. Demasiado caro para este fango.
—Menos charla, Raúl —dije, abrazándolo brevemente—. ¿Están todos listos? No tengo mucho tiempo antes de que los guardias se pongan nerviosos.
Mariela, José y Moon aparecieron tras él. Se veían igual de peligrosos, pero había un cansancio en sus ojos que solo la Isla podía provocar. Les entregué los documentos de transferencia.
—Nos vamos —les dije—. Pero antes, tengo que pasar por la peluquería de Lady Tremaine.
Caminamos por los callejones, mi presencia silenciando a los maleantes que solían dominar estas calles. Cuando entramos en "Curl Up & Dye", la pequeña Dizzy estaba barriendo restos de cabello mientras tarareaba una canción de Auradon. Al verme, sus ojos se abrieron como platos y soltó la escoba.
—¿Eres tú? ¿El príncipe Crimson? —preguntó con voz temblorosa.
—Evie te manda saludos, pequeña —dije, agachándome para estar a su altura—. Y me ha pedido que te lleve a un lugar donde los colores no se borran con la lluvia. ¿Vienes?
La niña chilló de alegría y corrió a buscar sus cosas. Sin embargo, al salir de la tienda, el ambiente había cambiado. La calle estaba bloqueada por un grupo de piratas. En el centro, con su garfio brillando bajo la luz mortecina, estaba Harry Hook.
—Vaya, vaya —dijo Harry, su voz cargada de un rencor ácido—. El Rey de Corazones vuelve a su antiguo reino. ¿Viniste a recoger tus juguetes, Crimson? ¿O viniste a pedirme perdón de rodillas?
Me puse frente a mis amigos, sintiendo cómo la magia del tiempo vibraba en mis venas, deseando congelar el aire en sus pulmones.
—Harry —dije con una calma que lo enfureció más—. Estás bloqueando mi camino. Y hoy no tengo paciencia para tus dramas de despechado.
—¡Me abandonaste por un príncipe de azúcar! —rugió, dando un paso adelante—. ¡Me dejaste aquí mientras tú te revolcabas en seda!
—Te dejé porque me traicionaste —le recordé, mis ojos volviéndose de un rojo incandescente—. Y ahora, apártate antes de que te borre de la cronología de este mundo.
Harry dudó. Vio la escolta de Auradon, vio a mis amigos listos para la batalla y, sobre todo, vio la oscuridad en mis ojos que superaba a la de cualquier villano de la Isla. Escupió al suelo y se hizo a un lado, pero sus ojos prometieron una venganza que el tiempo no olvidaría.
Regresamos a Auradon. Pero mi estancia allí fue breve.
Apenas una semana después de instalar a mis amigos y a Dizzy, mi tía, la Reina Blanca, envió un mensaje urgente. El País de las Maravillas estaba en crisis. Sin un gobernante firme, las tierras se estaban sumiendo en un caos de sinsentido absoluto. Como su único heredero legítimo, era mi deber asumir el trono.
—Tienes que ir, Crimson —dijo Ben esa noche en el balcón del palacio—. Es tu derecho de nacimiento. Y Auradon necesita una alianza fuerte con las Maravillas.
—Estaré lejos, Ben —dije, sintiendo por primera vez una opresión en el pecho al pensar en dejarlo—. Lejos de ti. Lejos de Luis.
Luis se acercó, tomando mi rostro entre sus manos frías.
—El tiempo es relativo para nosotros, ¿recuerdas? —susurró—. Ve. Reclama tu reino. Nosotros te esperaremos aquí. Y cuando regreses, no serás solo un invitado en Auradon, serás un Rey entre Reyes.
Me fui al día siguiente a través del espejo.
El País de las Maravillas era un delirio de colores, lógica invertida y criaturas imposibles. Durante un año entero, mi vida se convirtió en una sucesión de juicios absurdos, batallas contra monstruos de naipes y la reconstrucción de un palacio que parecía hecho de nubes y cristal. Mi tía me guio con paciencia, enseñándome que la explosividad de mi madre podía ser canalizada en una autoridad justa.
Me convertí en el Rey Crimson. Mi corona era de platino con rubíes, y mi trono estaba rodeado de relojes que marcaban todas las horas del mundo a la vez.
Pero la soledad era mi constante compañera.
Cada noche, después de las audiencias, me encerraba en mis aposentos y activaba el espejo de comunicación. Las imágenes de Ben y Luis aparecían, trayéndome un pedazo de la normalidad que tanto extrañaba.
—Hoy Dizzy diseñó los uniformes para el equipo de esgrima —me contaba Ben, luciendo cada vez más maduro, con la corona de Auradon siempre cerca—. Son rojos, Crimson. Creo que te extraña tanto como nosotros.
—Y aquí ha empezado a nevar —añadía Luis, mostrándome a través del espejo cómo los jardines de Auradon se cubrían de blanco—. He creado una escultura de hielo en el patio central. Es un corazón con un reloj en el centro. Los estudiantes creen que es arte, pero yo sé que es un faro para que encuentres el camino de vuelta.
—Pronto —les prometía yo, tocando la superficie fría del cristal—. El consejo de las Maravillas finalmente ha aceptado el tratado de comercio. Solo necesito estabilizar la frontera con el Bosque de los Susurros y regresaré.
—Te amamos, Crimson —decía Ben, y Luis asentía a su lado con una mirada cargada de un deseo que el espejo no lograba mitigar.
—Y yo a ustedes —respondía, aunque la palabra "amor" todavía se sentía como un hechizo poderoso que no terminaba de dominar.
El año pasó entre saltos temporales y responsabilidades reales. Aprendí a usar mi magia para restaurar bosques quemados por el fuego de dragón y para detener el tiempo en momentos de peligro inminente. Mi memoria perfecta guardaba cada detalle de nuestras conversaciones nocturnas, cada gesto de Ben, cada mirada de Luis. Eran mi ancla en un mundo donde todo tendía a desaparecer.
Un día, mientras caminaba por los jardines de té con Alina, que había venido de visita como embajadora, ella me miró con curiosidad.
—Has cambiado, Crimson —dijo ella, ajustando su vestido celeste—. Ya no pareces un chico de la Isla intentando sobrevivir. Pareces... un Rey que ha encontrado su propósito.
—El propósito es fácil, Alina —respondí, mirando hacia el horizonte donde el cielo cambiaba de púrpura a naranja en segundos—. Lo difícil es equilibrar lo que soy con lo que ellos necesitan que sea.
—Ben y Luis no necesitan que seas nada más que tú mismo —replicó ella—. Por cierto, ¿has oído las noticias? Mal y Ben están organizando una nueva misión de rescate. Quieren traer a más chicos, pero esta vez de forma masiva.
Sentí un escalofrío. Sabía que eso significaba que la Isla se quedaría vacía de los "buenos", dejando solo a los más peligrosos. Y sabía que Harry Hook no se quedaría sentado viendo cómo el mundo avanzaba sin él.
Esa noche, la llamada fue diferente. Ben se veía tenso.
—Crimson, ha llegado el momento —dijo—. La ceremonia de graduación de la primera generación de la Isla es en un mes. Queremos que estés aquí. No como embajador, sino como parte de la familia real. Queremos hacer oficial lo nuestro ante todo el mundo, sin cámaras que se apaguen ni secretos.
—¿Estás seguro, Ben? —pregunté, sintiendo que el reloj en mi cintura latía al unísono con mi corazón—. Auradon apenas está aceptando a los villanos. Un triunvirato romántico entre dos reyes y el soberano de las Maravillas... podría causar una revolución.
Luis apareció en pantalla, su expresión más seria que nunca.
—Que la cause, entonces —dijo Luis—. Estamos cansados de esperarte en las sombras, Crimson. El trono de Auradon y el de Arendelle están listos para sostenerse junto al tuyo.
Cerré los ojos, sintiendo la magia del País de las Maravillas vibrar a mi alrededor. Había cumplido mi promesa a mi tía. Había estabilizado mi reino. Era hora de volver a casa.
—Estaré allí en tres días —declaré—. Preparen el carruaje más grande que tengan. El Rey de Corazones regresa a Auradon, y esta vez, no pienso dejar que el tiempo se nos escape.
Cuando corté la comunicación, me quedé mirando mi reflejo. Mi cabello rojo era más intenso, mis ojos brillaban con una sabiduría antigua y mi porte era el de un hombre que no temía a nada. Había pasado de ser un reencarnado confundido a un villano de la Isla, y de ahí a un monarca de leyenda.
Caminé hacia el gran espejo del salón del trono. Extendí mi mano y la superficie de cristal se onduló como el agua. Al otro lado, podía ver los campos verdes de Auradon y el castillo que una vez odié y que ahora deseaba con todo mi ser.
—Prepárate, Auradon —susurré, mientras las fracturas doradas en mis ojos se expandían—. Porque el tiempo de los secretos ha terminado.
Crucé el umbral, sintiendo cómo la realidad se plegaba a mi voluntad. El viaje de un año llegaba a su fin, pero la verdadera historia, la que escribiríamos los tres juntos, apenas estaba por comenzar. Y sabía, con la certeza de quien controla los segundos, que esta vez, el final feliz no sería un cuento de hadas, sino una realidad forjada en hielo, fuego y el latido incesante de un corazón que finalmente había encontrado su lugar.