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Deseo Carnal

El Sabor a Ceniza y Glicina

La noticia cayó sobre la Sede del Cuerpo de Cazadores de Demonios con la brutalidad de una hoja de verdugo. Silenciosa, afilada e irrevocable. Kyojuro Rengoku, el Pilar de la Llama, cuyo espíritu era tan brillante y cálido como el sol del mediodía, había caído en batalla contra la Tercera Luna Superior.

La reunión de emergencia de los Pilares fue un funeral sin cuerpo. El aire en la finca Ubuyashiki, normalmente sereno, estaba cargado con una electricidad estática de dolor, incredulidad y una furia apenas contenida. Sanemi Shinazugawa temblaba, sus venas marcadas en el cuello y las sienes, sus nudillos blancos por la fuerza con que apretaba los puños. Obanai Iguro, encaramado en su árbol, parecía más una serpiente a punto de atacar que un hombre. Gyomei Himejima lloraba en silencio, sus enormes manos unidas en oración, las cuentas de su rosario tintineando con cada sollozo que sacudía su cuerpo.

Y luego estaban ellos.

Shinobu Kocho mantenía su sonrisa. Era su arma, su escudo, su máscara. Pero esa noche, la sonrisa era una fina grieta en una pieza de porcelana a punto de estallar. Sus ojos violetas, normalmente vivaces y astutos, parecían pozos sin fondo. Cada vez que alguien mencionaba el nombre de Rengoku, su sonrisa se tensaba una fracción de milímetro, un detalle imperceptible para la mayoría, pero no para el hombre que estaba de pie al otro lado de la sala.

Giyu Tomioka era una estatua de granito en medio de un terremoto emocional. Su rostro, como siempre, era una pizarra en blanco, su expresión impasible. No ofrecía palabras de consuelo ni exclamaciones de ira. Simplemente existía, un pilar de silencio en el torbellino de la pena. Pero bajo la impasible superficie del océano, las corrientes eran turbulentas. El haori de Rengoku, tan vibrante, ahora imaginado manchado de sangre. Su voz estentórea, gritando "¡Delicioso!" ante cualquier comida, ahora silenciada para siempre. La pérdida de otro compañero, otro espíritu más brillante y digno que él, se asentaba en su pecho como una losa de plomo helado. ¿Por qué Rengoku? ¿Por qué no él? La vieja y venenosa pregunta resurgió con una fuerza renovada.

Sus miradas se encontraron a través de la habitación por un instante fugaz. No hubo reconocimiento, ni un gesto. Fue un choque silencioso de dos soledades. En los ojos de ella, él vio el reflejo de su propia desesperación, enmascarada por una furia que ardía tan caliente como las llamas extintas de Rengoku. En los ojos de él, ella vio un abismo de culpa tan profundo que amenazaba con tragárselo entero. Ambos apartaron la vista al mismo tiempo, como si el contacto visual fuera una quemadura.

La reunión terminó. El patrón, frágil pero sereno, les dio palabras de aliento y les recordó su deber. Proteger a la humanidad. Vencer a Muzan. La muerte de Rengoku no sería en vano. Las palabras eran necesarias, pero se sentían huecas, como ecos en una catedral vacía.

Mientras los demás Pilares se dispersaban, cada uno para lidiar con su dolor a su manera —ira, oración, entrenamiento brutal—, Shinobu se dirigió de inmediato a la Finca Mariposa. Tenía heridos que atender. Tanjiro Kamado, el chico que había sobrevivido al encuentro, estaba allí, gravemente herido, junto a sus compañeros. El deber era un ancla bienvenida en un mar de caos.

Giyu, por su parte, caminó sin rumbo fijo por los terrenos de la sede antes de tomar el camino hacia su propia finca. La noche era joven, pero se sentía increíblemente vieja, cargada con el peso de una vida arrebatada demasiado pronto.

***

La Finca del Agua era un mausoleo de silencio esa noche. El murmullo del arroyo no era relajante, sino un lamento fúnebre. El viento entre los bambúes no era un susurro, sino el siseo de los fantasmas. Giyu se sentó en el *engawa*, la Nichirin desenvainada sobre sus rodillas, la hoja de un azul profundo reflejando la pálida luz de una luna enfermiza.

No podía meditar. La calma de la Respiración del Agua se le escapaba. Cada vez que cerraba los ojos, no veía la superficie tranquila de un lago, sino el rostro sonriente y ensangrentado de Rengoku. Oía su voz resonando en su mente, no sus palabras exactas, sino la pura fuerza vital que contenían. "¡Enciende la llama de tu corazón, Tomioka!".

Una risa amarga y silenciosa se formó en la garganta de Giyu. ¿Su corazón? Su corazón era un trozo de hielo a la deriva en un océano de culpa. No había llama que encender allí. Solo el frío eterno del arrepentimiento del superviviente.

Se levantó, incapaz de soportar la quietud. Caminó por su casa vacía, los pasos resonando en los pasillos desiertos. Cada habitación era un recordatorio de su aislamiento. Era un lugar diseñado para una persona, un santuario de soledad que él mismo había construido. Y esa noche, las paredes se estaban cerrando sobre él. La soledad, su vieja compañera, se sentía como un enemigo.

El estrés. La angustia. La maldita necesidad de pisar tierra firme cuando sentía que se ahogaba.

No podía quedarse allí.

Sin pensarlo dos veces, enfundó su espada, se ajustó el haori y salió de su finca, moviéndose con la velocidad y el sigilo de una sombra. No tenía un destino claro en mente, solo la necesidad primordial de escapar del silencio. Sus pies, sin embargo, parecían tener una voluntad propia. Lo llevaron por caminos familiares en la oscuridad, hacia el único otro lugar donde el silencio a veces podía ser roto. Hacia la Finca Mariposa.

***

En la Finca Mariposa, el ambiente era de una eficiencia sombría. Aoi Kanzaki y las niñas más pequeñas, Sumi, Kiyo y Naho, trabajaban con los ojos enrojecidos pero con manos firmes. La noticia había llegado también allí, y el dolor era palpable. Rengoku había sido una presencia solar en sus visitas ocasionales.

Shinobu era el ojo de la tormenta. Se movía entre los heridos con una gracia imperturbable, su voz un bálsamo suave y tranquilizador. Había atendido las heridas de Tanjiro, escuchando su relato entrecortado y febril sobre la batalla, sobre la fuerza abrumadora de Akaza, sobre las últimas palabras de Rengoku. Con cada palabra del chico, el veneno en las venas de Shinobu parecía volverse más puro, más letal. El odio era una bestia agazapada en su pecho, arañando para salir. Pero ella sonreía.

—Has luchado bien, Kamado-kun —le dijo, ajustando sus vendajes—. Ahora descansa. La recuperación también es parte de la batalla.

Cuando por fin todos los pacientes estuvieron estables y las tareas de la noche asignadas, Shinobu se retiró a su laboratorio personal. El olor a químicos y hierbas medicinales era penetrante, un contraste agudo con el aroma a glicinas del jardín. Se sentó ante su mesa de trabajo, rodeada de morteros, probetas y frascos de vidrio llenos de líquidos de colores siniestros. Miró sus manos. Manos que curaban. Manos que también podían matar con una velocidad y precisión aterradoras.

La imagen de su hermana mayor, Kanae, apareció en su mente. Su sonrisa gentil, su creencia de que algún día humanos y demonios podrían coexistir. Una idea tan hermosa, tan ingenua. Tan muerta como ella. Rengoku, a su manera, compartía esa pureza de espíritu, esa creencia inquebrantable en el bien. Y ahora, él también estaba muerto.

El mundo no tenía lugar para los puros de corazón. Solo los rotos, los vengativos, los que estaban dispuestos a convertirse en monstruos para cazar a otros monstruos, parecían sobrevivir.

Un ruido, apenas un susurro de tela contra una hoja, la sacó de su trance. No se sobresaltó. Levantó la vista hacia la ventana abierta que daba a una parte aislada del jardín trasero.

Giyu Tomioka estaba allí, de pie junto a un viejo cerezo sin flores, su figura casi fusionada con las sombras. No había entrado. Simplemente esperaba, como un barco perdido esperando ver la luz de un faro.

Shinobu se levantó, sus movimientos fluidos. Salió de su laboratorio y caminó por el pasillo silencioso hacia el jardín. La noche era fría, y el aire olía a tierra húmeda y a las flores medicinales que cultivaba. Se detuvo a varios pasos de él.

No hubo "Ara, ara, Tomioka-san". No hubo burlas sobre su soledad. Las máscaras se habían guardado esa noche. Eran demasiado pesadas para llevarlas.

Se miraron en un silencio denso, cargado de todo lo que había pasado. El rostro de Giyu, bajo la luz de la luna, parecía tallado en mármol, pero sus ojos azul lapislázuli eran una tormenta contenida. Vio la sonrisa ausente en el rostro de Shinobu, reemplazada por una fatiga tan profunda que parecía haberle robado el color de la piel. Vio el temblor casi imperceptible en sus manos.

—No deberías estar aquí —dijo ella, su voz baja y rasposa, despojada de su habitual melodía.

—No podía estar allí —respondió él, su voz un murmullo grave que el viento casi se llevó.

Entendió. Su finca silenciosa. Su soledad aplastante. Ella asintió lentamente.

—Nadie vendrá a esta parte del jardín —dijo, no como una advertencia, sino como una declaración de hechos. Una invitación tácita—. Están todos demasiado ocupados… llorando.

Giyu dio un paso hacia ella. Y otro. Hasta que solo un aliento los separó. El frío que emanaba de él pareció chocar con el aura de furia helada que la rodeaba a ella. Eran dos inviernos colisionando.

—Lo siento —murmuró él.

No estaba claro por qué se disculpaba. ¿Por la muerte de Rengoku? ¿Por su propia supervivencia? ¿Por estar allí, en su santuario, con esa necesidad cruda y egoísta en sus ojos?

Shinobu soltó una risa seca, un sonido roto y carente de alegría.

—No lo sientas, Tomioka-san. Sentir es un lujo. Y ahora mismo, no produce más que dolor.

Levantó la mano y, en lugar de la caricia vacilante de otras noches, sus dedos se cerraron con fuerza en la tela de su uniforme, justo sobre su corazón. Fue una exigencia.

Su respuesta fue inmediata. Su mano cubrió la de ella, sus dedos apretando los suyos, y la atrajo hacia la oscuridad más profunda del jardín, detrás de un pequeño cobertizo donde se guardaban herramientas de jardinería. Lejos de cualquier ventana. Lejos de cualquier mirada indiscreta.

La empujó contra la pared de madera del cobertizo, el impacto sordo resonando en la quietud. Sus bocas no se encontraron, se estrellaron. Fue un beso de castigo, un choque de dientes y labios desesperados. Sabía a cenizas, a la amargura del duelo, al sabor metálico del miedo. Era un intento furioso de borrar el mundo, de silenciar los gritos en sus cabezas con una sobrecarga sensorial.

Esta vez no había un ritual de desvestirse lentamente. Era un frenesí. Las manos de Giyu rasgaron prácticamente los botones del uniforme de ella, mientras Shinobu desataba el cinturón de él con una urgencia febril, su katana cayendo al suelo con un ruido metálico que a ambos les pareció obscenamente alto.

La ropa fue arrancada, no doblada. El haori de él, la memoria de sus amigos, fue arrojado sin miramientos a un lado. El haori de mariposa de ella, la memoria de su hermana, corrió la misma suerte, quedando como un espectro pálido sobre la hierba húmeda.

La piel desnuda contra la áspera madera del cobertizo, el frío de la noche una caricia helada y dolorosa. El cuerpo de Giyu cubrió el de ella, un peso aplastante y, extrañamente, reconfortante. Cada toque era duro, casi violento. Sus manos no acariciaban, se aferraban a su carne como si temiera que se desvaneciera. Sus dedos se clavaron en sus caderas, en su espalda, dejando marcas que florecerían como moratones oscuros al día siguiente.

Shinobu le devolvió el castigo. Sus uñas, cortas pero afiladas, se hundieron en la musculosa espalda de él, arañando la piel, dibujando líneas rojas que brillaban a la luz de la luna. No era un acto de pasión, era un anclaje. Le dolía, pero el dolor físico era un punto de enfoque, una distracción bienvenida del torbellino en su mente.

—Dime que lo sientes —jadeó ella contra su boca, entre besos salvajes.

—Lo siento —gruñó él, su aliento caliente en su piel.

—Dime que lo odias.

—Lo odio.

—Dime que quieres que todo termine.

Él no respondió con palabras. En su lugar, la levantó, sus piernas rodeando su cintura, y la embistió con una fuerza que le robó el aliento. Fue una respuesta más elocuente que cualquier palabra. Sí, quería que todo terminara. La guerra, la muerte, la culpa, el dolor insoportable de seguir respirando cuando otros, mejores que él, ya no podían.

Cada movimiento era una batalla. Una batalla contra la imagen de Akaza, sonriendo sádicamente. Una batalla contra el recuerdo del pecho perforado de Rengoku. Una batalla contra la sonrisa vacía de Shinobu. Una batalla contra su propia e inútil existencia.

Se movían con una sincronía brutal, no como amantes, sino como dos combatientes en un abrazo mortal. Los gemidos de Shinobu no eran de placer, eran de agonía, de liberación, sonidos guturales que se rompían en su garganta. La respiración de Giyu era la de un hombre que corre por su vida, entrecortada y desesperada.

Perder a otro compañero. La revelación de que los demonios más poderosos estaban moviéndose. La certeza de que nunca podrían vivir una vida plena. El deseo de que todo esto acabara. Era un torbellino en sus mentes, y este acto, este violento ritual, era el ojo del huracán. Un momento de caos absoluto que, paradójicamente, traía una especie de claridad.

No tenían mucho que perder. Ya habían perdido a las personas que más les importaban. Su hermana. Su mejor amigo. Sus familias. Solo les quedaba ceder. Ceder al deseo carnal latente entre ambos, usar sus cuerpos como instrumentos para infligir y recibir un dolor que eclipsara el dolor del alma.

Dolia. Cada toque de Giyu que bordeaba la brutalidad, cada vez que Shinobu clavaba sus uñas en su espalda como si quisiera arrancarle el corazón. Dolia. Pero dolía más estar vivo en este mundo de mierda. Al menos, en estos momentos, era una embriaguez, un veneno que combatía otro veneno, un fuego que luchaba contra otro fuego.

El clímax los golpeó como una ola gigante, una explosión que no fue de éxtasis sino de aniquilación. Un borrado momentáneo. Shinobu gritó contra el hombro de Giyu, un sonido ahogado, mitad sollozo, mitad alarido. Giyu se tensó por completo, un gruñido profundo escapando de su pecho mientras su mente se quedaba en blanco por un glorioso y bendito segundo.

Y luego, todo se detuvo.

***

Cayeron al suelo, sobre la hierba húmeda y fría, en un enredo de miembros temblorosos y sudorosos. Giyu permaneció sobre ella, su peso una manta pesada, su rostro enterrado en el hueco de su cuello. Su respiración agitada era lo único que rompía el silencio.

No se apartó de inmediato. Esta vez era diferente. El pacto de una transacción limpia y sin emociones se había roto por la cruda violencia del dolor que los había unido. Permaneció allí, sintiendo el rápido latido del corazón de Shinobu contra su pecho, sintiendo el temblor que recorría su pequeño cuerpo.

Ella no lo apartó. Envolvió sus brazos alrededor de su cuello, no en un abrazo tierno, sino en un agarre desesperado, como si temiera que si lo soltaba, se desintegraría en un millón de pedazos de ira y pena.

Yacieron así, en el suelo frío, durante un tiempo incontable. Dos supervivientes aferrándose a los restos del naufragio. La adrenalina se desvaneció, dejando tras de sí un agotamiento profundo y doloroso. El frío de la tierra comenzó a filtrarse en sus huesos.

Fue Shinobu quien rompió el hechizo. Su agarre se aflojó.

—Me estás aplastando, Tomioka-san —murmuró, su voz ronca y sin inflexiones.

Giyu se apartó de ella, rodando a su lado sobre la hierba. El aire nocturno golpeó su piel sudorosa, haciéndolos estremecer. No se miraron. Ambos contemplaban el cielo oscuro, salpicado de estrellas indiferentes. La luna se había escondido de nuevo.

—No nos queda haori para taparnos —dijo ella, con un atisbo de su habitual ironía, pero sonaba hueco, forzado.

—El frío es bueno —contestó él—. Nos recuerda que seguimos aquí.

Shinobu giró la cabeza para mirarlo. Su perfil, recortado contra la oscuridad, era severo e inmóvil.

—¿Es eso algo bueno? ¿Seguir aquí? —preguntó, la pregunta flotando en el aire como humo—. Rengoku-san… él merecía seguir aquí. Kanae merecía seguir aquí.

Giyu cerró los ojos. El nombre de Sabito resonó en su mente.

—Lo sé.

No había nada más que decir. Era la verdad fundamental y cruel de sus vidas.

Se quedaron en silencio de nuevo. Pero este silencio era diferente al de otras noches. No era la calma pactada antes del acto, ni el vacío profesional de después. Era un silencio pesado, compartido, una comunión de dolor que no necesitaba palabras.

Finalmente, Shinobu se incorporó, sus movimientos lentos, como si cada articulación le doliera. Su cuerpo menudo, cubierto de arañazos y la suciedad de la hierba, parecía increíblemente frágil bajo el cielo nocturno. Comenzó a buscar su ropa en la oscuridad.

Giyu se sentó también y la observó. Vio cómo recogía su uniforme, cómo sus dedos temblaban ligeramente al intentar abrochar los botones. Se levantó, recogió el haori de mariposa del suelo y se lo tendió. Estaba húmedo y frío.

Ella lo tomó sin decir nada, envolviéndose en él. Luego, Giyu recogió el suyo. El rojo y el patrón geométrico. La mitad de su hermana. La mitad de Sabito. La culpa que vestía todos los días.

Se vistieron en un silencio casi reverente. Cada prenda que volvía a su sitio era una armadura que se reconstruía, pero las grietas eran visibles.

Cuando ambos estuvieron vestidos de nuevo, se enfrentaron. Giyu dio un paso y, rompiendo una regla no escrita que había existido entre ellos durante meses, levantó la mano y apartó un mechón de pelo que se había pegado a la mejilla húmeda de Shinobu. Sus dedos rozaron su piel. Fue un toque sorprendentemente suave.

Shinobu se quedó inmóvil, sus grandes ojos fijos en los de él. Por un instante, la Pilar del Insecto desapareció por completo. Solo quedaba una mujer joven, abrumada por el peso del mundo.

—Tomioka-san… —susurró, y su nombre sonó como una pregunta para la que no tenía respuesta.

Él retiró la mano, como si se hubiera quemado. La distancia regresó, pero el espacio entre ellos se sentía diferente, cargado con la electricidad de esa caricia inesperada.

—Fue una… noche difícil —dijo él, las palabras torpes, inadecuadas.

Shinobu recompuso su expresión. Una sombra de su sonrisa habitual tiró de las comisuras de sus labios, pero no llegó a sus ojos.

—Todas las noches son difíciles, ¿no crees? —replicó, su voz recuperando un poco de su tono ligero, aunque sonaba forzado—. Gracias por la… compañía. Ha sido… intenso.

Se dio la vuelta para marcharse, para volver al mundo de la luz y las sonrisas falsas. Pero se detuvo. Sin girarse, habló por encima del hombro.

—Ten cuidado —dijo, y no había rastro de burla en su voz. Era un ruego suave, casi inaudible—. Por favor.

Y con eso, se alejó, su haori de mariposa meciéndose en la oscuridad hasta que desapareció dentro de la finca.

Giyu se quedó solo en el jardín. El lugar donde habían estado yacía aplastado en la hierba, un círculo oscuro en la tierra. El aire olía a ella, a glicinas y a la furia de su dolor. Levantó su mano, la que la había tocado, y la miró. Aún podía sentir el calor de su piel contra sus dedos fríos.

Esta noche, el consuelo no había sido efímero. No se había desvanecido. Se había transformado en algo más, algo que no entendía y que, francamente, le asustaba más que cualquier demonio. Era un dolor compartido, una conexión forjada en la desesperación más absoluta.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar, alejándose de la Finca Mariposa, volviendo a su propio silencio. Pero esta noche, el silencio no se sentía tan vacío. Llevaba consigo el eco de sus gritos, el fantasma de su tacto, el peso de su ruego.

El sabor a ceniza persistía en su boca, un recordatorio amargo de la pérdida que los había unido. Pero ahora, se mezclaba con otro sabor. El de las glicinas. Y Giyu Tomioka, el hombre que se creía un océano congelado, no supo decir cuál de los dos era más venenoso.