Deseo Carnal
Sinfonía para un Secreto Expuesto
La palabra que mejor describía a Giyu Tomioka y Shinobu Kocho en el campo de batalla era «sinfonía». Una extraña y letal sinfonía de agua y veneno. Los demás Pilares lo habían notado, incluso Oyakata-sama lo había comentado una vez con su habitual y serena sabiduría. Donde la fuerza bruta de Giyu, como una ola imparable, abría una brecha en la defensa de un demonio, la velocidad fulminante de Shinobu se colaba por esa grieta, inyectando su veneno mortal con la precisión de un cirujano. Sus respiraciones, tan dispares en su naturaleza, se complementaban en un baile de muerte que dejaba poco espacio para la supervivencia del enemigo.
Eran una máquina de matar perfectamente engrasada. Eficientes. Centrados. Implacables.
La misión actual era un testimonio de esa capacidad. Llevaban tres días rastreando a un demonio en el denso y antiguo bosque que se extendía al pie del Monte Natagumo, una zona aún marcada por la energía residual de la batalla contra la familia de Rui. El demonio no era una Luna, ni siquiera particularmente fuerte, pero era astuto. Se mimetizaba con la corteza de los árboles, se movía sin hacer ruido y utilizaba el terreno laberíntico para desgastarlos.
—Está jugando con nosotros —siseó Shinobu, limpiando la sangre negra de la punta de su Nichirin en una hoja—. Sabe que estamos aquí. Disfruta de la cacería.
Estaban agazapados en la rama de un árbol colosal, el dosel tan espeso que la luz del día apenas se filtraba en motas danzantes. El aire era húmedo, pesado con el olor a musgo y descomposición.
—Se está cansando —respondió Giyu, su voz un murmullo grave. Sus ojos azules escrutaban las sombras de abajo, imperturbables—. Sus movimientos son más lentos. Cometerá un error.
—Ara, ara, Tomioka-san, qué optimista —replicó ella, su tono ligero contrastando con la tensión del momento—. Quizás solo está esperando a que muramos de aburrimiento. Tu compañía es ciertamente un arma letal en ese aspecto.
Giyu no respondió, acostumbrado a sus puyas. Eran parte de su propio y retorcido ritual, el preludio a la batalla. La burla de ella era una forma de afilar sus sentidos, de mantener la mente alerta. Y su silencio, una forma de anclarse, de no dejarse llevar por la frustración.
Pasaron otras dos horas en un silencio casi absoluto, solo roto por el goteo del agua desde las hojas y el zumbido de los insectos. Entonces, Giyu se movió. No hubo una señal, ni una palabra. Simplemente se dejó caer de la rama con la fluidez del agua, su haori ondeando tras él. Shinobu lo siguió un instante después, sus pies apenas rozando el suelo.
El demonio, una criatura grotesca con extremidades como ramas secas, había cometido su error. Se había detenido a devorar un jabalí, confiado en la quietud del bosque.
La batalla fue breve y brutal. La Undécima Postura de Giyu, Calma, neutralizó el ataque desesperado del demonio, creando un espacio de quietud absoluta a su alrededor. Y en ese instante de vulnerabilidad, la Danza de la Libélula de Shinobu encontró su marca. Seis estocadas, demasiado rápidas para ser vistas, se hundieron en el cuello y el torso del demonio.
La criatura se tambaleó, sus ojos llenos de incredulidad.
—Imposible… sois… tan…
No terminó la frase. El veneno de glicina hizo su trabajo, disolviendo su cuerpo desde dentro hacia fuera hasta que solo quedó un montón de ceniza y un uniforme de cazador que había pertenecido a su última víctima.
El silencio que siguió fue profundo y pesado. La sinfonía había terminado. Solo quedaban los dos intérpretes, de pie en medio del escenario de muerte, sus pechos subiendo y bajando mientras recuperaban el aliento.
Estaban agotados. Tres días de tensión constante, de sueño intermitente y de raciones escasas habían hecho mella. La noche caía rápidamente, tiñendo el bosque de púrpuras y negros profundos. Volver a la sede les llevaría al menos un día de viaje a pie.
Giyu enfundó su espada.
—Busquemos refugio. Una cueva.
Shinobu asintió, sin molestarse en discutir. El frío de la noche ya empezaba a calar, y la humedad del bosque lo hacía más penetrante. Encontraron una pequeña caverna escondida detrás de una cascada, un lugar que olía a tierra húmeda y a piedra. Era pequeña, apenas lo suficientemente grande para dos personas, pero seca y protegida del viento.
Giyu encendió una pequeña hoguera con pericia, sus movimientos económicos y precisos. El fuego crepitó, arrojando sombras danzantes sobre las paredes de roca y tiñendo sus rostros de un cálido color naranja. Se sentaron en silencio, cada uno en un lado del fuego, el espacio entre ellos cargado de una tensión que no tenía nada que ver con los demonios.
El pacto. El ritual. Tres noches por semana por misión. Esta misión había durado más de tres noches. La necesidad, esa hambre primaria que ambos intentaban suprimir con deber y sarcasmo, estaba allí, acechando bajo la superficie.
Shinobu se quitó una parte de su uniforme para revisar un corte en su brazo, una herida superficial que el demonio le había hecho en un descuido. Limpió la herida con un antiséptico de su pequeño botiquín, su rostro impasible ante el escozor.
Giyu la observaba desde el otro lado del fuego. La luz de las llamas jugaba en su perfil, suavizando los ángulos de su rostro, haciendo que sus ojos violetas parecieran charcos de amatista líquida. Vio el ligero temblor en sus manos, no por el frío, sino por el agotamiento y la adrenalina que se desvanecía.
—Es increíble que aún no hayamos acabado matándonos el uno al otro, Tomioka-san —dijo ella de repente, su voz más baja de lo habitual, desprovista de su falsa alegría.
—Nuestra coordinación es buena —respondió él, su tono plano.
Ella soltó una risita sin humor, un sonido seco que se perdió en el crepitar del fuego.
—No me refiero a las misiones —dijo, y sus ojos se encontraron por encima de las llamas. Hizo un gesto vago con la mano, un movimiento que los abarcaba a ambos, a la cueva, al secreto que colgaba entre ellos—. Me refiero a *esto*.
Giyu se quedó en silencio durante un largo rato, su mirada fija en el fuego como si buscara una respuesta en las llamas danzantes. Shinobu esperó, curiosa. Era raro que él intentara verbalizar su… acuerdo. Normalmente, todo se desarrollaba en un silencio tácito.
—Es… eficiente —dijo él finalmente.
Shinobu parpadeó. Una vez. Dos veces. La palabra quedó suspendida en el aire, tan fuera de lugar, tan absurda, que por un momento pensó que había oído mal.
—¿Eficiente? —repitió, y su voz subió una octava, teñida de una incredulidad casi cómica—. ¿Acabas de describir nuestro… pasatiempo… como «eficiente»?
Él la miró, su expresión tan seria como siempre, sin captar la ironía.
—Satisface una necesidad. Sin complicaciones. Nos permite seguir concentrados en el trabajo. Es un método eficiente para gestionar el estrés.
Shinobu lo miró fijamente, con la boca ligeramente abierta. ¿Cómo era posible? ¿Cómo podía este hombre, que la había tenido desnuda y temblando en sus brazos en noches de desesperación y dolor, reducirlo todo a una palabra tan fría, tan clínica? ¿Cómo podía seguir siendo un océano de hielo incluso cuando hablaba de la única cosa que parecía derretirlo, aunque fuera por unas pocas horas?
Una carcajada brotó de sus labios. No fue su risita habitual, la de las campanillas de viento. Fue una carcajada genuina, profunda, un poco histérica. Se echó hacia atrás, apoyándose en la pared de la cueva, riendo hasta que las lágrimas asomaron a sus ojos.
—¡Eficiente! —exclamó entre jadeos—. Por todos los dioses, Tomioka-san, eres increíble. Eres una maravilla de la apatía.
Giyu la observó, una arruga casi imperceptible formándose entre sus cejas. Estaba confundido.
La risa de Shinobu se calmó, pero una sonrisa genuina, una que no había aparecido en mucho tiempo, permaneció en sus labios. Se secó una lágrima del rabillo del ojo.
—De acuerdo, Tomioka-san —dijo, su voz aún temblando de risa contenida—. Seamos eficientes, entonces.
Se levantó y, con una lentitud deliberada, rodeó el fuego. Se detuvo frente a él. Giyu levantó la vista, su cuerpo tenso. Ella se arrodilló, quedando a su altura. La tensión entre ellos era tan espesa que se podía cortar con una katana.
—Estoy cansada, Tomioka-san —susurró, su sonrisa desvaneciéndose, reemplazada por una vulnerabilidad que rara vez dejaba ver—. Estoy tan cansada de sonreír.
Él no dijo nada. Simplemente levantó una mano y, con la misma lentitud, la colocó en su mejilla. Su pulgar rozó la piel bajo su ojo. El gesto era tan inesperado, tan tierno en comparación con la brutalidad de su último encuentro, que Shinobu contuvo el aliento.
Esa fue toda la invitación que necesitaron.
El ritual comenzó. Pero esta noche, teñido por la absurda palabra «eficiente», fue diferente. Había una lentitud, una deliberación que no había existido antes. Se desvistieron sin la urgencia febril de otras noches, sus movimientos eran los de dos personas agotadas que buscan un consuelo familiar. Las prendas cayeron al suelo de la cueva, unidas en un montón desordenado.
Cuando sus pieles se tocaron, el frío de la piedra contra el calor de sus cuerpos, fue un alivio. Se tumbaron en el suelo de la cueva, sobre el haori de él, la única barrera contra la dura roca. Sus cuerpos se encontraron con una familiaridad que bordeaba la ternura. No hubo besos desesperados, solo la presión de sus labios, un reconocimiento silencioso.
Se movían juntos, un ritmo lento y constante, como las mareas. Era menos una tormenta y más un oleaje profundo y poderoso. Cada empuje, cada roce, no era para borrar el mundo, sino para reafirmar su existencia en él. Los sonidos que llenaban la cueva no eran de agonía, sino suspiros profundos, el sonido de la tensión desvaneciéndose.
Para Giyu, la palabra «eficiente» resonaba en su cabeza. Sí, esto era eficiente. Era el único método que conocía para calmar las voces de los fantasmas. Pero mientras sentía el cuerpo de Shinobu moverse bajo el suyo, el calor de su piel, el aroma a glicina y sudor, una nueva palabra, no deseada y peligrosa, intentó abrirse paso en su mente. *Necesario*.
Para Shinobu, la ironía de la situación era casi abrumadora. Aquí estaba, siendo «eficiente» con el hombre más ineficiente socialmente del planeta. Pero mientras sus dedos se enredaban en su cabello negro, mientras sentía la fuerza contenida en sus músculos, no pudo evitar pensar que, quizás, en su extraña y rota lógica, él tenía razón. Esto funcionaba. Les permitía seguir adelante un día más.
El clímax llegó no como una explosión, sino como una liberación silenciosa. Una ola que los arrastró a la orilla, dejándolos sin aliento y en paz. Cayeron en un silencio profundo, sus cuerpos entrelazados, escuchando el eco de sus corazones en la pequeña cueva.
***
Mitsuri Kanroji tarareaba una melodía alegre mientras saltaba de rama en rama, su largo cabello rosa y verde ondeando tras ella como cintas de colores. Oyakata-sama le había pedido que fuera como refuerzo. Tomioka-san y Shinobu-chan llevaban demasiado tiempo fuera en una misión que debería haber sido simple. Y ella, por supuesto, se había ofrecido voluntaria de inmediato. ¡Adoraba a Shinobu-chan! Era tan pequeña y mona, ¡aunque a veces daba un poco de miedo! Y Tomioka-san… bueno, era muy callado y guapo, como un príncipe de un cuento de hadas oscuro. ¡Se preocupaba por sus compañeros, claro que sí!
Su corazón latía con una mezcla de emoción y preocupación. ¡El amor entre compañeros era el más puro de todos! ¡Protegerse unos a otros, apoyarse!
Encontró el rastro de la batalla fácilmente. El olor a ceniza de demonio y a la sangre que aún no se había secado del todo. ¡Oh, no! ¿Estaban heridos? Aceleró el paso, su corazón latiendo con más fuerza.
—¡Shinobu-chan! ¡Tomioka-san! —gritó, su voz resonando en el silencioso bosque—. ¡Soy yo, Mitsuri! ¿Estáis bien?
No hubo respuesta. Siguió el rastro, que la llevó hacia el sonido de una cascada. El olor a demonio era más débil aquí, casi desaparecido. Pero había otro olor… el del antiséptico de Shinobu. ¡Bien! Eso significaba que estaban vivos y probablemente curando sus heridas.
Se acercó a la cascada, su sonrisa aliviada. El sonido del agua era muy fuerte. Quizás no la habían oído.
—¿Hola? —dijo, acercándose a la cortina de agua.
Fue entonces cuando oyó algo más. Un sonido que no encajaba. No era un grito de dolor, ni el sonido de una conversación. Era… un suspiro. Un suspiro largo y profundo, seguido de un murmullo bajo y gutural.
La curiosidad, una de las facetas más peligrosas del amor según su propia filosofía, se apoderó de ella. Pensando que quizás uno de ellos estaba gravemente herido y el otro intentaba consolarlo, apartó con cuidado una parte de la cortina de agua para mirar dentro de la cueva.
Y su cerebro se cortocircuitó.
Lo que vio no era a un Pilar cuidando de otro. Lo que vio… no tenía sentido.
A la luz parpadeante de una pequeña hoguera, vio dos figuras. Desnudas. Enredadas en el suelo sobre el haori de Giyu. La piel pálida y llena de cicatrices de Tomioka-san contrastaba con la figura más pequeña y delicada de Shinobu-chan, que estaba acurrucada contra su pecho. La cabeza de ella descansaba en el hueco de su hombro, y el brazo de él la rodeaba, posesivo, incluso en la quietud del después. El haori de mariposa de Shinobu estaba tirado a un lado, junto al resto de su ropa y la de Giyu, en un montón íntimo y desordenado.
El aire había abandonado los pulmones de Mitsuri. Su rostro, normalmente sonrosado, pasó del blanco al rojo más intenso en cuestión de segundos. Su mandíbula, literalmente, cayó.
*¿Qué?*
*¿Pero… pero cómo?*
*¡Si se odian! Bueno, no se odian, pero Shinobu-chan siempre se está burlando de él y Tomioka-san nunca le dice nada y… y…*
Su mente, un torbellino de corazones y pensamientos románticos, intentó encontrar una explicación. ¿Era un amor secreto? ¿Un amor prohibido y apasionado que solo podía florecer en la oscuridad, lejos de las miradas de los demás? ¡Era tan trágico! ¡Tan romántico! ¡Tan… caliente! El vapor casi le sale por las orejas.
Pero no parecía romántico. La atmósfera en la cueva, incluso desde fuera, no se sentía como el amor que ella conocía, ese sentimiento cálido y burbujeante. Se sentía… desolado. Como dos náufragos aferrándose el uno al otro en medio de un océano helado. Vio las marcas de arañazos en la espalda de Giyu, aún rojas. Vio un moratón oscuro formándose en la cadera de Shinobu. Esto no era un cuento de hadas. Esto era algo más crudo. Más oscuro.
Retrocedió un paso, tropezando con una piedra suelta. Un pequeño grito ahogado escapó de sus labios.
¡*Clack*!
El sonido de la piedra que pateó al caer resonó en la entrada de la cueva, anormalmente alto sobre el rugido de la cascada.
Dentro de la cueva, las dos figuras se congelaron.
Giyu, cuya cabeza había estado apoyada en la de Shinobu, se levantó de golpe. Su cuerpo se tensó como un resorte, su instinto de cazador tomando el control antes que su mente. Sus ojos azules, normalmente tranquilos, se abrieron de par en par, fijos en la entrada de la cueva.
Shinobu se movió una fracción de segundo después. Se incorporó, intentando cubrirse con lo que tenía más a mano, que resultó ser el brazo de Giyu. Su rostro, que segundos antes había estado relajado en un raro momento de paz, se transformó en una máscara de hielo y furia. Sus ojos violetas se estrecharon, convirtiéndose en dos fragmentos de amatista letales. La Pilar del Insecto, en toda su aterradora gloria, había regresado.
Mitsuri, todavía en el suelo donde había caído, se tapó la boca con ambas manos, sus ojos tan abiertos como platos. El momento se alargó, denso y pesado. El sonido del agua, el crepitar del fuego, el latido atronador del corazón de Mitsuri en sus oídos.
Los tres Pilares se quedaron mirando, atrapados en un cuadro imposible. El Pilar del Amor, en el suelo, con el rostro en llamas. El Pilar del Agua, desnudo y expuesto, su estoicismo hecho añicos, revelando al hombre vulnerable y horrorizado que había debajo. Y la Pilar del Insecto, una pantera acorralada, lista para matar para proteger el último secreto que le quedaba.
Fue Shinobu quien rompió el silencio. Su voz, cuando habló, no fue un susurro. Fue el crujido del hielo.
—Kanroji-san.
No era una pregunta. Era una sentencia.
Giyu, por su parte, hizo algo que Mitsuri nunca había visto antes. Desvió la mirada. Un rojo oscuro y vergonzoso trepó por su cuello hasta sus orejas. Se sentía más desnudo, más expuesto, en ese momento que en cualquier batalla de su vida.
Mitsuri se levantó de un salto, haciendo una reverencia tan profunda que su cabeza casi golpeó sus rodillas, todo sin dejar de mirar al suelo.
—¡Lo siento! ¡Lo siento muchísimo! —balbuceó, las palabras atropellándose—. ¡No vi nada! ¡Bueno, sí vi, pero no quería ver! ¡Oyakata-sama me envió porque estabais tardando y me preocupé y seguí el rastro y oí un ruido y pensé que estabais heridos! ¡Juro que no diré nada! ¡Mi boca es una tumba! ¡El amor secreto es algo sagrado! ¡Aunque esto no parecía muy…! ¡Ay, lo siento, hablé de más!
La voz de Shinobu la cortó, tan afilada como el aguijón de su espada.
—Tomioka-san. Vístete.
Era una orden. Giyu se movió con una rigidez casi robótica, alcanzando su ropa sin mirar ni a Shinobu ni a la entrada de la cueva.
Mitsuri seguía en su reverencia, temblando de pies a cabeza. Había tropezado con algo que no debía, había abierto una puerta que debía permanecer cerrada para siempre. Había visto la tormenta bajo la calma del océano y el veneno bajo la sonrisa de la mariposa.
Y ahora, los tres tendrían que lidiar con las consecuencias.