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Deseo Carnal

La Guerra de la Piel

El camino al Monte Sagiri era un peregrinaje hacia el patíbulo. Cada paso que Giyu Tomioka daba sobre la tierra compacta y familiar era un martillazo en el clavo de su propio ataúd. El aire, fresco y perfumado con el aroma de los cedros, se sentía espeso en sus pulmones, pesado con los fantasmas de risas infantiles y el eco metálico de katanas chocando. Iba a encontrarse con ella en su infierno personal, en el altar de su culpa. Y había aceptado.

¿Por qué?

La pregunta era un mantra inútil que rebotaba en el interior de su cráneo. La respuesta era una imagen: el rostro de Shinobu en el bosquecillo de bambú, sus ojos violetas ardiendo con una furia que era a la vez un veneno y un antídoto. «Que se jodan todos». La frase cruda, tan impropia de ella, se había clavado en su mente. Era una declaración de guerra, y en la soledad de su existencia, la idea de luchar junto a alguien, incluso en una guerra tan sucia y desesperada como esa, era una tentación a la que no podía resistirse.

Era débil. No contra demonios, no contra espadas. Era débil contra esa mujer. Su insistencia, sus besos depredadores que prometían un olvido momentáneo, su cuerpo… Su mente, en un acto de traición, lo arrastró de nuevo a la oscuridad del prado. La sensación de su piel esbelta bajo sus manos, la curva de sus pechos, más llenos y firmes de lo que su uniforme sugería, llenando sus palmas. Sus instintos animales, normalmente encadenados en las profundidades de su océano interior, se habían desatado. Y ahora, rugían pidiendo más. La vergüenza era un fuego helado, pero el deseo era un incendio forestal. Se dirigía a profanar el lugar más sagrado de su memoria, y una parte enferma de él lo anhelaba.

Shinobu, por su parte, caminaba con la precisión de un cazador acechando a su presa. Su rabia era un combustible limpio y eficiente. La humillación de la reunión, la mirada de pánico de Tanjiro, la helada decepción en los ojos de Kanao… todo ello se había cristalizado en una determinación gélida. No iba a parar. Parar era admitir la derrota, aceptar la etiqueta que le habían puesto: la mujer rota que busca consuelo en el sexo. No. Ella no buscaba consuelo. Buscaba poder. El poder de decidir, el poder de controlar su propia narrativa.

Citarlo en el Monte Sagiri había sido una crueldad calculada. Era el epicentro de la vulnerabilidad de Giyu. Si podía poseerlo allí, entre sus fantasmas, si podía hacer que su cuerpo respondiera al de ella por encima de los gritos de su pasado, entonces habría ganado. No contra él, sino contra el mundo que los observaba. Era una forma de reafirmar su pacto, de sellar su nueva alianza de desafío. Y si para borrar la vergüenza tenía que revolcarse en el placer hasta adormecer su conciencia, que así fuera. Sería su propia medicina amarga.

Lo encontró junto a la roca. La enorme roca partida en dos por un chico que debería haber estado vivo. La luna, casi llena, bañaba la escena con una luz plateada y fantasmal, haciendo que la cicatriz en la piedra pareciera una herida recién abierta. Giyu estaba de pie, de espaldas a ella, mirando el monumento a su fracaso. Su haori de dos patrones ondeaba suavemente con la brisa.

Shinobu no dijo nada. Se acercó en silencio, sus pasos amortiguados por la hierba. Se detuvo a su lado. El aire entre ellos vibraba, no con la tensión de un secreto, sino con la energía crepitante de una confrontación inminente.

—¿Vienes a hablar con ellos? —preguntó ella, su voz tranquila, pero con un filo de acero.

Giyu no se giró.

—Ellos no hablan. Solo miran.

—Bien —dijo Shinobu—. Entonces démosles algo que mirar.

Él finalmente la miró. Sus ojos azules eran dos pozos de agonía. Había duda, arrepentimiento, una súplica silenciosa para que se detuviera, para que no cruzaran esta última línea.

Shinobu ignoró la súplica. Dio un paso hacia él, invadiendo su espacio personal. Levantó una mano y la posó en su mejilla. Su piel estaba fría.

—Esto se ha vuelto demasiado, Shinobu —murmuró él, su voz un susurro ronco.

—No lo suficiente —replicó ella. Y entonces lo besó.

No fue un beso de consuelo. Fue un acto de posesión. Un beso depredador, como él había llegado a temer y desear. Sus labios se movieron contra los suyos con una exigencia feroz, su lengua buscando la de él, silenciando sus protestas antes de que pudieran formarse. Una de sus manos se deslizó por su cuello, sus dedos enredándose en su pelo, tirando ligeramente, forzándolo a inclinarse hacia ella.

Giyu se resistió por un instante. Un solo y patético instante. Los rostros de Sabito y su hermana parpadearon en su mente. Estaba deshonrando su memoria. Pero entonces la otra mano de Shinobu se deslizó por su pecho, sus uñas arañando ligeramente la tela de su uniforme, y el calor de su cuerpo se filtró a través de las capas de ropa, y su cerebro se apagó. El animal despertó.

Le devolvió el beso con una ferocidad que la sorprendió, su mano subiendo para agarrar su nuca, inclinándola hacia atrás. Sus bocas se encontraron en una batalla, una danza de dominación y sumisión. Ya no importaban los fantasmas, ni los aprendices decepcionados, ni los Pilares que juzgaban. Solo existía esto. El sabor de ella.

Se separaron, jadeando. La mirada de Shinobu era triunfante. Había ganado la primera escaramuza.

—¿Qué más tenemos que ocultar, Giyu? —susurró, usando su nombre de pila, un arma que rara vez desenfundaba—. Ya lo saben todo. «Colegas con derechos». «Sexo de consuelo». Las etiquetas ya están puestas. ¿Vamos a dejar que se pudran sobre nosotros o vamos a arrancarlas?

Sin esperar respuesta, comenzó a desabrochar su propio uniforme. Giyu observó, hipnotizado, cómo la tela se abría para revelar la pálida piel de su clavícula a la luz de la luna. Él también empezó a desvestirse, sus movimientos rígidos, mecánicos, pero impulsados por una necesidad que ya no podía negar.

La ropa cayó al suelo, formando un círculo profano alrededor de la base de la roca sagrada. Desnudos, enfrentados en la noche fría, eran solo dos cuerpos, dos almas despojadas de sus uniformes y sus títulos.

Shinobu sonrió, una sonrisa genuina y peligrosa. Se acercó y lo empujó suavemente hacia atrás hasta que su espalda chocó contra la fría superficie de la roca partida. El contacto helado lo hizo estremecerse.

—Quiero que te miren —susurró ella, sus labios rozando su oído—. Quiero que Sabito y tu hermana te vean. Quiero que vean que estás vivo. Que sientes. Que sangras. Que deseas.

Era la cosa más cruel y más amable que nadie le había dicho jamás.

Sus manos comenzaron a explorar su cuerpo, no con la furia de sus encuentros anteriores, sino con una deliberada y tortuosa lentitud. Sus dedos trazaron las cicatrices de su torso, cada una una historia de supervivencia que él se negaba a reconocer. Sus labios siguieron el mismo camino, besando, lamiendo, mordisqueando suavemente, reclamando cada centímetro de su piel para ella.

Giyu gruñó, su espalda arqueándose contra la roca. Su control, esa fortaleza que había construido durante años, se estaba desmoronando piedra a piedra. Cuando las manos de ella se deslizaron hacia abajo, rodeando su erección, su mente se quedó en blanco.

—Shinobu… —suplicó, sin saber qué pedía.

—Shhh —lo silenció ella—. Esta es mi guerra, Tomioka-san. Y tú eres mi arma más afilada.

Se arrodilló ante él. Giyu ahogó un grito, su mano se disparó para agarrar su cabello, pero no para detenerla. Para aferrarse. La visión de la Pilar del Insecto, la mujer más orgullosa y controladora que conocía, arrodillada ante él en la tierra sagrada de sus muertos, fue una sobrecarga sensorial. Era una blasfemia y una absolución. El placer que lo recorrió fue tan agudo, tan intenso, que bordeaba el dolor. Se sentía como si su alma estuviera siendo arrancada de su cuerpo, purgada de toda la culpa y la vergüenza, dejando solo una necesidad cruda y animal.

No duró mucho. Antes de que él pudiera perderse por completo, ella se detuvo. Se levantó, dejando su cuerpo temblando y su mente en ruinas.

—Mi turno —dijo simplemente.

Lo giró y lo empujó contra la roca, esta vez boca abajo. Ella se pegó a su espalda, sus pechos aplastándose contra sus omóplatos, sus caderas encajando contra las suyas. Giyu sintió la humedad de ella contra la parte baja de su espalda y casi se derrumba.

—No te muevas —le ordenó al oído.

Y entonces, usando la roca como apoyo para sus manos, ella se empaló sobre él desde atrás, guiándolo dentro de ella con una precisión experta. Giyu gritó, el sonido ahogado contra la piedra. La sensación era abrumadora, diferente a todo lo que habían hecho antes. Era primitivo, dominante. Él era el receptáculo de su desafío, de su furia.

Ella comenzó a moverse, un ritmo rápido y brutal. Cada embestida era un golpe contra el mundo. Cada gemido de ella era una maldición. Giyu estaba atrapado entre la roca fría y el cuerpo ardiente de ella, entre su pasado y su presente, un prisionero voluntario en la guerra de la piel. Sus manos arañaron la superficie de la roca, sus nudillos sangrando sin que él se diera cuenta. Las imágenes de sus encuentros pasaron por su mente: la violencia en el jardín, la desesperación en la cueva, la necesidad en el prado. Todo eso había sido un preludio. Esto era la culminación. Un acto de profanación tan absoluto que se convertía en una forma de purificación.

—Mírame… —jadeó ella en su oído, aunque él no podía—. Mírame reclamar lo que es mío.

Y Giyu lo hizo. Con los ojos de su mente, vio a la mujer que lo volvía loco, la única que podía atravesar sus defensas, montándolo como si fuera un corcel de guerra, su rostro contorsionado en una máscara de placer y furia, su cuerpo deslumbrante moviéndose contra el suyo bajo la mirada de la luna y los fantasmas.

El clímax los golpeó a ambos como un rayo, una explosión simultánea que los dejó sin aliento. El grito de ella fue agudo, el de él un gruñido profundo y animal. Por un instante, el universo se redujo a la sensación de sus cuerpos convulsionando juntos, unidos en un acto de rebelión mutua.

Luego, el silencio.

Shinobu se derrumbó sobre su espalda, su cuerpo temblando, su respiración un sollozo. Giyu permaneció inmóvil, su frente apoyada en la roca fría, sintiendo el goteo de la sangre de sus nudillos y el latido de su corazón resonando contra la piedra.

Se quedaron así durante un largo rato, dos estatuas profanas unidas a un altar sagrado.

Finalmente, Shinobu se apartó. El aire frío se sintió como una bofetada. Se vistieron en silencio, la magia rota, la cruda realidad volviendo a instalarse. El olor a sexo y a sangre se mezclaba con el de los cedros.

—¿Ves? —dijo Shinobu, su voz ronca, mientras se abrochaba el último botón—. Los fantasmas no dijeron nada.

Giyu se puso su haori, el peso familiar reconfortante y acusador al mismo tiempo. Miró la roca. La sangre de sus nudillos había dejado una pequeña mancha roja en la superficie gris. Una nueva cicatriz sobre una vieja herida.

—Ellos no ven lo que nosotros vemos, Shinobu —dijo finalmente, su voz vacía—. Ellos no ven un acuerdo.

—¿Y qué ven? —espetó ella, a la defensiva.

Giyu se giró para mirarla. La luz de la luna suavizaba las líneas de su rostro, pero sus ojos seguían siendo duros.

—Ven lo que ve Kanroji-san.

La mención de Mitsuri hizo que Shinobu se tensara.

—Kanroji-san es una romántica empedernida que ve amor hasta en las piedras. Sus opiniones son irrelevantes.

—Llamó a esto «Amor Prohibido» —continuó Giyu, ignorando su desdén, la palabra extraña y pesada en su boca—. Y tiene razón en una cosa. Está prohibido.

—No hay nada prohibido aquí —replicó Shinobu con frialdad—. Somos dos adultos solteros. No estamos rompiendo ninguna regla.

—Nosotros lo prohibimos —dijo Giyu, y la simple verdad de la frase los golpeó a ambos con la fuerza de un puñetazo.

Se hizo un silencio denso y pesado. Todas las etiquetas que se habían puesto —«eficiencia», «mecanismo de supervivencia», «guerra»— no eran más que eso: etiquetas. Excusas. Una forma de camuflar una verdad que era demasiado aterradora para enfrentar.

Lo que el resto veía no era una relación carnal. Veían dos almas atrapadas en un agujero que se negaban a salir. Veían a dos personas que se necesitaban de una manera que iba mucho más allá de la piel, pero que estaban tan aterrorizadas por esa necesidad que la reducían al único lenguaje que entendían: el del cuerpo, el del dolor, el de la supervivencia.

Ellos mismos habían construido la jaula y se habían encerrado dentro, llamándola refugio.

Shinobu desvió la mirada, incapaz de sostener la de él.

—Es tarde —dijo, su voz desprovista de su habitual mordacidad—. Tengo que volver.

No esperó respuesta. Se dio la vuelta y desapareció entre los árboles, su haori de mariposa tragado por la oscuridad.

Giyu se quedó solo, frente a la roca partida. El viento sopló, llevándose el último rastro del calor de ella. El frío de la montaña y el de su soledad volvieron a filtrarse en sus huesos.

Habían ganado su pequeña guerra. Habían desafiado al mundo y a los fantasmas. Habían sellado su pacto de rebeldía con sudor y sangre.

Pero mientras miraba la mancha roja en la piedra, Giyu Tomioka se dio cuenta de una verdad devastadora. Podían llamarlo guerra, podían llamarlo necesidad, podían llamarlo como quisieran. Pero al final del día, después de que los cuerpos se enfriaran y la rabia se disipara, solo quedaba una cosa.

El eco de una palabra que no se atrevían a pronunciar.

Amor.

Y esa palabra, en su mundo de muerte y deber, era el único demonio al que realmente temían.