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Deseo Carnal

Cenizas de la Intimidad

El amanecer después de la tormenta no trae la paz. Trae una claridad cruel, una luz que expone los escombros. Para Giyu Tomioka, el prado dorado no era más que un recuerdo borroso, una mancha de calor en el vasto y helado océano de su existencia. El ritual, que antes era un ancla, se había convertido en un lastre. La necesidad, antes una sed, ahora era un veneno que él mismo se administraba. Caminaba por los terrenos de la sede, la luz matutina demasiado brillante, cada sonido demasiado nítido. Se sentía desollado.

Y entonces lo vio.

Tanjiro Kamado estaba entrenando con una katana de madera, su rostro serio y concentrado. El sudor perlaba su frente, su respiración era un siseo constante. Al ver a Giyu, se detuvo de inmediato, la disciplina grabada en sus movimientos. Hizo una reverencia perfecta.

—¡Tomioka-san! ¡Buenos días!

Giyu se preparó para la interacción. Su repertorio era limitado. Un asentimiento. Quizás una palabra. Era lo habitual. Lo que no fue habitual fue la reacción de Tanjiro.

En el instante en que los ojos de Giyu se encontraron con los suyos, el joven cazador se estremeció como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Un olor agrio y punzante a pánico emanó de él, tan potente que Giyu casi retrocedió un paso. Los ojos de Tanjiro se abrieron de par en par, pero no lo miraban a él, sino a un punto por encima de su hombro, a la pared, al suelo, a cualquier lugar menos a su rostro.

—¡L-lo siento! —balbuceó, haciendo una segunda reverencia, esta vez tan profunda que su cabeza casi tocó sus rodillas—. ¡No quería interrumpir! ¡Perdón por existir! ¡Ya me voy!

Y sin esperar respuesta, Tanjiro se dio la vuelta y huyó. No caminó deprisa. Corrió. Corrió como si una Luna Superior lo persiguiera, sus sandalias golpeando la tierra en un ritmo frenético y desesperado.

Giyu se quedó inmóvil, la mano a medio levantar en un gesto abortado de saludo. Se quedó mirando el camino vacío por el que el chico había desaparecido. ¿Qué había sido eso? Estaba acostumbrado al odio, al desprecio de Sanemi, a la indiferencia de la mayoría. Estaba acostumbrado a que la gente lo encontrara raro, distante. Pero esto… esto era nuevo.

No era odio. No era miedo a su fuerza. Era… vergüenza. La vergüenza de Tanjiro. Y, por reflejo, la suya propia. El chico no había podido mirarlo a la cara. No porque fuera un Pilar temible, sino porque había visto algo que no debía, algo que lo había manchado. Había visto al hombre roto bajo el haori, al náufrago desesperado aferrándose a su trozo de madera en mitad de la noche.

La sensación fue peor que cualquier insulto de Shinobu, peor que cualquier puñetazo de Sanemi. Fue una humillación silenciosa y absoluta. La mirada de un chico bueno y honesto le había dicho, sin una sola palabra, que era patético.

Un frío que no tenía nada que ver con la mañana se instaló en sus huesos. Estaba jodido. Profunda e irrevocablemente jodido.

***

En la Finca Mariposa, el veneno de la paranoia tenía un sabor diferente, más dulce y doméstico, pero no menos letal. Shinobu Kocho, maestra de las toxinas y las sonrisas, sentía cómo su propio control se disolvía como azúcar en ácido.

Kanao estaba barriendo las hojas del patio. Sus movimientos eran precisos, eficientes, como siempre. Pero algo estaba roto. Su postura era rígida, sus hombros encogidos, como si esperara un golpe. Desde aquella noche, la chica que luchaba por encontrar su propia voz había vuelto a ser un eco silencioso.

—Kanao —dijo Shinobu, su voz melódica y suave, una herramienta perfectamente afilada para desarmar—. Has estado muy diligente hoy. ¿Por qué no descansas un poco? Puedes ayudar a Aoi a preparar el almuerzo.

Kanao se sobresaltó, casi dejando caer la escoba. Se giró, sus grandes ojos violetas fijos en el suelo. Asintió. Solo asintió. No hubo un «Sí, Maestra», ni siquiera el movimiento de labios que a veces precedía a una palabra. Solo un movimiento de cabeza robótico.

Shinobu dio un paso más cerca.

—¿Estás bien, Kanao? Pareces… distraída.

La chica asintió de nuevo, más rápido esta vez. Su cuerpo entero temblaba ligeramente. Shinobu, con su visión casi de insecto para los detalles, vio el recuerdo parpadear en los ojos de Kanao. Vio la imagen del prado, el destello de la piel desnuda a la luz de la luna, el movimiento rítmico que su mente inocente apenas podía procesar. Vio el horror, la confusión y, lo peor de todo, la desilusión.

La rabia que sintió Shinobu fue tan fría y pura que por un momento temió que el aire a su alrededor se congelara. No era rabia hacia Kanao. Era una furia autodirigida, una ira helada hacia su propia debilidad, su propia imprudencia. Uzui podía burlarse. Iguro podía juzgar. Eran sus iguales. Podía devolverles el golpe. Pero Kanao… Kanao era su responsabilidad. Era la hermana pequeña que había elegido, la semilla de un futuro que ella misma nunca tendría. Y había permitido que esa niña viera la parte más sucia, más desesperada y más fea de su alma.

Había manchado su propia memoria en la mente de la persona que más importaba.

—Bien —dijo Shinobu, su sonrisa convirtiéndose en una fina línea de hielo—. Continúa con tu trabajo, entonces.

Se dio la vuelta y se alejó, cada paso una afirmación de un control que ya no poseía. En el santuario de su laboratorio, se apoyó contra la puerta, su respiración entrecortada. El olor a glicinas y productos químicos ya no era reconfortante. Era el olor de su jaula.

La mirada de Kanao, vacía y aterrorizada, era un espejo. Y en él, Shinobu no veía a la Pilar del Insecto. Veía a una mujer patética, esclava de una necesidad que la estaba consumiendo.

Estaba jodida. Y lo peor era que había arrastrado a su propia familia al fango con ella.

***

El trío de detectives se había convertido en un trío de conspiradores traumatizados. Se reunían en rincones oscuros, hablando en susurros, como si el mero hecho de nombrar lo que habían visto pudiera invocarlos.

—Todavía puedo olerlo —murmuró Tanjiro, sentado en el suelo del dojo vacío, abrazando sus rodillas—. El olor… no era de amor. El amor huele a sol, como el que tiene Nezuko. Esto olía a… a medicina amarga. A algo que tomas porque lo necesitas para sobrevivir, aunque sepa horrible.

—Y el sonido… —gimió Zenitsu, cubriéndose los oídos como si todavía pudiera escucharlo—. No era un sonido feliz. Era el sonido de dos personas ahogándose. Hacían ruido para no oír el silencio de su propia soledad. ¡Es el sonido más triste que he oído en mi vida!

Kanao, que rara vez hablaba, los miraba a ambos, su rostro pálido.

—La vi —dijo, su voz apenas un hilo—. Vi su rostro. El de mi maestra. No estaba sonriendo. No parecía feliz. Parecía… que le dolía. Pero no se detenía.

Se hizo un silencio pesado, lleno de la comprensión colectiva de que habían tropezado con una herida profunda y purulenta.

—No podemos decir nada —dijo finalmente Tanjiro, su voz llena de una gravedad adulta—. Esto no es nuestro secreto. Les haríamos más daño.

—¿Más daño? —chilló Zenitsu—. ¡Casi muero de un ataque al corazón! ¡Mi inocencia ha sido mancillada! ¡Ahora cada vez que vea a Tomioka-san, solo podré pensar en sus… en sus musculosos glúteos! ¡Es una maldición!

Tanjiro lo ignoró, su mirada fija en Kanao.

—Tenemos que actuar con normalidad. Como si no supiéramos nada. Es lo único que podemos hacer para protegerlos.

Kanao asintió lentamente. Actuar con normalidad. Era una orden que entendía. Pero, ¿cómo se actúa con normalidad cuando la imagen de tu heroína, desnuda y rota en los brazos del hombre más silencioso del mundo, está grabada a fuego en tu cerebro?

Era una tarea imposible. Y los días siguientes se convirtieron en una comedia de errores trágica y dolorosa. Tanjiro huía de Giyu. Kanao se congelaba ante Shinobu. Y Zenitsu emitía pequeños chillidos de pánico cada vez que los dos Pilares estaban en la misma habitación.

Su «normalidad» era un faro de neón parpadeante que gritaba: «¡SABEMOS VUESTRO SUCIO Y TRISTE SECRETO!».

***

La reunión de Pilares fue convocada por el propio Oyakata-sama. Una nueva información sobre los movimientos de las Lunas Superiores. La atmósfera en la sala ya era tensa por la naturaleza del asunto, pero la presencia de Giyu y Shinobu añadía una capa de hielo quebradizo.

Entraron por separado, con minutos de diferencia. Giyu tomó su lugar habitual en el rincón más alejado, convirtiéndose en parte de la sombra. Shinobu se sentó cerca de Mitsuri, su sonrisa tan brillante y artificial como una flor de cera. El espacio entre ellos era un campo de batalla silencioso.

Tengen Uzui hizo su entrada, extravagante como siempre, sus esposas siguiéndolo a una distancia respetuosa.

—¡Saludos, camaradas! —tronó, sus ojos recorriendo la sala—. ¡Qué ambiente tan extravagantemente sombrío! ¿Alguien ha muerto y no me he enterado? Ah, no, esperad. Es solo la tensión sexual no resuelta. O resuelta de forma muy poco extravagante, según me han dicho.

Mitsuri se puso roja como un tomate. Obanai, a su lado, siseó como su serpiente, su mano en la empuñadura de su espada. Giyu no se movió, pero una vena latió en su sien. La sonrisa de Shinobu se tensó una fracción de milímetro.

—Ara, ara, Uzui-san —dijo, su voz goteando un dulce veneno—. Siempre tan sutil como un martillo. Quizás deberías concentrar tu energía en algo más productivo. Como pulir tus espadas. O tu ego.

—¡Mi ego es impecable, querida Kocho! —rió Tengen—. Al contrario que la discreción de otros.

Fue en ese momento cuando Tanjiro fue llamado a la sala para dar un breve informe sobre su última misión. Entró, hizo una reverencia a Oyakata-sama, y comenzó a hablar. Cuando terminó, Oyakata-sama le hizo un gesto para que tomara asiento. El único espacio disponible estaba cerca de Giyu.

El pánico en el rostro de Tanjiro fue palpable. Miró el espacio vacío, luego a Giyu, y luego al espacio vacío de nuevo, como si estuviera calculando la trayectoria de un salto mortal sobre un foso de lava. Optó por la ruta más larga posible, prácticamente pegándose a la pared opuesta, rodeando a Sanemi (quien le gruñó) y a Gyomei, para finalmente sentarse, casi fuera de la habitación.

El silencio que siguió fue atronador.

Giyu sintió que todos los ojos de la sala se posaban en él. Sintió el juicio, la curiosidad, la lástima. Sintió la mirada divertida de Tengen, la furiosa de Obanai, la confundida de Mitsuri. Y sintió la de Shinobu, una mirada que no pudo descifrar, pero que quemaba.

Quería que la tierra se abriera y se lo tragara.

La reunión continuó, pero Giyu no escuchó una palabra. Solo era consciente del espacio vacío a su lado, un testimonio de su fracaso. Y del olor a pánico y culpa que emanaba de Tanjiro desde el otro lado de la habitación.

Cuando la reunión terminó y todos comenzaron a dispersarse, Shinobu se acercó a él. Era la primera vez que lo hacía voluntariamente en público en semanas.

—Bosque de bambú. En diez minutos —susurró, su voz desprovista de toda emoción, antes de alejarse y mezclarse con la multitud.

Era una orden. Una citación. Iban a tener la conversación que ambos habían estado evitando.

***

El bosquecillo de bambú era su sala de crisis no oficial. El viento siseaba a través de los altos tallos, creando una cortina de sonido que amortiguaba el mundo exterior. Giyu llegó primero. Shinobu apareció unos minutos después, moviéndose como un fantasma entre las sombras verdes.

Se quedaron de pie, a varios metros de distancia, sin mirarse.

—Los chicos lo saben —dijo Giyu. No era una pregunta. Era el epitafio de su intimidad.

—Lo sé —respondió Shinobu, su voz cortante—. La actuación de Kamado-kun en la reunión fue digna de un teatro kabuki. Y Kanao… Kanao ya no me mira a los ojos.

—Esto es lo peor —murmuró Giyu, pasando una mano por su rostro. Era un gesto de derrota tan profundo que dolió físicamente—. Que ellos lo sepan. Es peor que Uzui.

—Por supuesto que es peor —replicó ella, girándose para enfrentarlo. Su rostro era una máscara de furia fría—. Uzui es un idiota ruidoso que se alimenta del drama. Iguro es un amargado que nos desprecia de todos modos. ¡Pero ellos! Ellos son niños. Y ahora nos miran como… como si fuéramos monstruos. O peor, como si fuéramos dignos de lástima.

Las etiquetas que los otros Pilares les habían puesto flotaban entre ellos, venenosas y reduccionistas. Para Mitsuri, eran «dos almas rotas buscando refugio», una tragedia romántica que podía llorar. Para Obanai, «dos personas tristes que sucumbían al deseo sexual», una debilidad moral que merecía desprecio. Y para Uzui, la más cruda y quizás la más honesta: «un par de calenturientos».

Se habían convertido en un chisme. En un espectáculo. Y sus aprendices, sus legados, estaban en primera fila.

—Deberíamos parar —dijo Giyu, la voz ronca—. Esto se ha ido de las manos. Está causando demasiado daño.

Shinobu soltó una risa. Un sonido seco, sin humor, que se cortó abruptamente.

—¿Parar? ¿Ahora? —se acercó a él, sus ojos violetas ardiendo con una intensidad febril—. ¿Y darles la razón? ¿Admitir que lo que hacemos está mal, que somos vergonzosos? ¿Dejar que Uzui gane? ¿Dejar que la mirada de lástima de Kanroji se convierta en la verdad? ¡No!

Golpeó su pecho con un dedo, un toque sorprendentemente fuerte para su pequeño tamaño.

—Esto ya no se trata solo de consuelo, Tomioka-san. ¿No lo entiendes? ¡Esto ahora es una guerra! Nos han acorralado, nos han juzgado y nos han sentenciado. Parar ahora es rendirse. Es dejar que nos definan.

Giyu la miró, aturdido por la ferocidad de su lógica retorcida. Vio la desesperación bajo la ira, el orgullo herido que se negaba a doblegarse. Y entendió. Para ella, el pacto se había transformado. Ya no era una medicina secreta. Era su última línea de defensa.

—No quiero su lástima —dijo él, haciéndose eco de sus propios pensamientos.

—Entonces no se la des —replicó Shinobu, su voz bajando a un susurro conspirador y peligroso—. Levanta la cabeza. Ignóralos. Que miren. Que susurren. Que piensen lo que quieran. Y nosotros… nosotros seguiremos. Pero no a escondidas como criminales avergonzados. Seguiremos porque es nuestro derecho. Porque lo necesitamos. Y que se jodan todos.

La vulgaridad en sus labios fue tan chocante, tan fuera de lugar, que Giyu se quedó sin aliento. Pero en esa palabra cruda, encontró una extraña y liberadora verdad.

Que se jodan todos.

El mundo ya los había juzgado. Su silencio y su sonrisa ya eran motivo de escrutinio. ¿Qué importaba añadir el sexo a la lista de sus pecados?

Shinobu vio el cambio en sus ojos, la resignación dando paso a una nueva y sombría determinación.

—Nuestro acuerdo, nuestras reglas —repitió las palabras que ella misma le había dicho, convirtiéndolas en un nuevo mantra.

Asintió lentamente. Una vez.

El pacto no estaba roto. Se había reforjado en el fuego del juicio público, más duro, más frío y mucho más peligroso. Ya no era un refugio. Era un arma. Un acto de desafío mutuo contra un mundo que se creía con derecho a mirar.

—Esta noche —dijo Shinobu, su voz ahora tranquila, casi de negocios—. El viejo santuario en el Monte Sagiri. Nadie se atreve a ir allí. Demasiados fantasmas.

Giyu simplemente asintió de nuevo. El Monte Sagiri. El lugar donde todo comenzó y terminó para él. El lugar donde los fantasmas de sus amigos eran más ruidosos. Era una elección cruel. Y perfecta.

Shinobu se dio la vuelta para marcharse, pero se detuvo.

—Y Tomioka-san.

—¿Sí?

—La próxima vez que veas a Kamado-kun —dijo, sin girarse—, no huyas de su mirada. Sosténsela. Hasta que sea él quien la aparte. No le debemos nuestra vergüenza.

Con eso, desapareció entre el bambú, dejando a Giyu solo con el siseo del viento y el peso de su nueva y desafiante alianza.

La intimidad había muerto, reducida a cenizas por demasiadas miradas. Pero de esas cenizas, algo nuevo y terrible estaba naciendo. Una sociedad de dos, unidos no por el consuelo, sino por el rencor. Y esa noche, en el lugar más sagrado y doloroso de su pasado, iban a sellar su nuevo pacto con la única ceremonia que conocían: el sonido de la piel contra la piel, no como un susurro de alivio, sino como un grito de guerra.