Deseo y amor
Bajo el cielo de las Pitiusas
El rugido del motor del avión privado apenas era un susurro comparado con el estruendo de los pensamientos de Ana. Estaba sentada en uno de los sillones de cuero crema, con su libro electrónico olvidado en el regazo. Había intentado leer una novela de suspenso para calmar los nervios, pero las palabras bailaban ante sus ojos sin sentido. Su mente estaba a kilómetros de distancia, específicamente en el hombre que la esperaba al aterrizar.
Hacía apenas unas horas estaba en la UCI, rodeada de alarmas de ventiladores mecánicos, el olor aséptico del hospital y la presión constante de mantener a alguien con vida. Ahora, el contraste era casi violento. De las zapatillas de hospital a las sandalias de diseño; de la bata blanca a un vestido de lino que dejaba al descubierto sus hombros bronceados.
Cuando el avión tocó tierra en Ibiza, el corazón de Ana dio un vuelco. Al bajar por la escalerilla, el calor húmedo de la isla la envolvió como un abrazo familiar, pero fue la figura apoyada contra un todoterreno negro lo que la hizo detenerse en seco. Ferran llevaba una camiseta blanca básica que resaltaba su físico atlético y unas gafas de sol oscuras, pero en cuanto la vio, una sonrisa amplia y genuina iluminó su rostro.
Corrió hacia ella, ignorando cualquier protocolo, y la levantó en vilo antes de que pudiera decir una palabra.
—Dime que no es un sueño que por fin estés aquí —susurró él contra su oído, bajándola lentamente pero manteniendo sus manos firmes en su cintura.
—Si lo es, no me despiertes —respondió Ana, rodeando su cuello con los brazos—. He tenido una semana de locos, Ferran. Tres noches seguidas en la clínica y luego el hospital...
—Olvídate de las guardias, de los pacientes y de los turnos —la interrumpió él, besando su frente con ternura—. Este fin de semana solo existes tú. Y yo, si me dejas.
Subieron al coche y Ferran condujo hacia una villa privada en la zona de Es Cubells, lejos del bullicio de los turistas y los paparazzi. El trayecto fue una mezcla de risas y manos entrelazadas sobre la palanca de cambios. Ana le contó sobre el último entrenamiento de CrossFit y cómo Tiago casi las mata con un WOD de burpees, mientras Ferran le explicaba, con una humildad que seguía sorprendiéndola, lo extraño que era ser reconocido en cada esquina tras el Mundial.
—A veces solo quiero ser el chico de Foios que juega a la pelota —confesó él mientras entraban en la propiedad—. Y contigo, Ana, siento que soy ese chico. No el "tiburón", ni el goleador. Solo Ferran.
La villa era un sueño de arquitectura ibicenca moderna, con paredes blancas y una piscina infinita que parecía fundirse con el azul del Mediterráneo. Pero a Ana no le importaba el lujo. Le importaba la forma en que Ferran la miraba mientras dejaba sus maletas en la habitación. Era una mirada de hambre, sí, pero también de una admiración profunda que la hacía sentirse pequeña y gigante a la vez.
—¿Tienes hambre? He pedido que nos traigan algo de cena japonesa, sé que te encanta —dijo él, acercándose por detrás mientras ella admiraba las vistas desde la terraza.
—Me conoces demasiado bien para llevar tan poco tiempo hablando —rio ella, girándose en sus brazos.
—He prestado atención a cada detalle, Ana. Sé que prefieres el café con leche de avena, que te relaja leer antes de dormir y que tu mejor amigo David es la única persona a la que le confías tus secretos —hizo una pausa, acortando el espacio entre sus rostros—. Quiero ser esa persona también.
La cena fue relajada, compartiendo confidencias bajo las estrellas. Ana habló de su deseo de sentirse respetada y elegida, de cómo en Almería siempre sintió que buscaba algo que no llegaba, y de cómo Mallorca le había dado la independencia pero no la plenitud emocional. Ferran la escuchaba con una intensidad casi clínica, como si estuviera memorizando cada palabra.
—Toda mi vida he corrido detrás de un objetivo —dijo Ferran, dejando los palillos a un lado—. El próximo partido, el próximo gol, el próximo contrato. Pero cuando te vi en aquel muelle, por primera vez, quise detenerme. No quería correr hacia ningún lado si no era hacia ti.
La química sexual, que había estado latente como una brasa encendida durante toda la cena, finalmente estalló cuando se levantaron para ir a la zona de los sofás exteriores. Ferran la tomó de la mano y, con un movimiento suave pero decidido, la atrajo hacia él.
—Ana... no he dejado de pensar en esto desde Mallorca —susurró, su aliento rozando sus labios.
—Entonces deja de pensar —respondió ella, cerrando la distancia.
El beso fue una explosión. No era el beso exploratorio de la cala; era un reclamo. Ana sintió la fuerza de Ferran, la potencia de un atleta de élite combinada con una delicadeza que la desarmaba. Sus manos se perdieron en el pelo castaño de ella, mientras Ana exploraba la firmeza de su espalda, sintiendo cada músculo bajo la tela fina de su camiseta.
Se trasladaron a la habitación principal casi sin romper el contacto físico. La luz de la luna entraba por los grandes ventanales, bañando la estancia en un tono plateado. Ferran se detuvo un momento, mirándola a los ojos con una seriedad que la estremeció.
—Eres preciosa, Ana. Y no hablo solo de fuera.
—Ferran... —ella intentó hablar, pero él la silenció con un beso en el cuello que la hizo arquear la espalda.
—Déjame cuidarte esta noche. Has pasado demasiado tiempo cuidando a los demás.
Lo que siguió fue una danza de piel contra piel que superó cualquier expectativa que Ana pudiera haber tenido. La conexión física era eléctrica, una sintonía perfecta de movimientos y deseos, pero lo que realmente la conmovió fue la entrega emocional. Ferran la tocaba como si fuera de cristal, pero con una pasión que la hacía arder. En el clímax de su encuentro, Ana se sintió, por primera vez en sus treinta años, absolutamente elegida. No era una opción, no era un pasatiempo. Era la prioridad de alguien.
Horas más tarde, Ana estaba acurrucada contra el pecho de Ferran, escuchando el latido rítmico de su corazón. El silencio de la noche ibicenca solo era interrumpido por el sonido lejano de las olas.
—¿En qué piensas? —preguntó él, acariciando los reflejos rubios de su melena.
—En que hace una semana estaba llorando de agotamiento en el vestuario del hospital y ahora estoy aquí —admitió ella con sinceridad—. Y en que me da miedo que esto sea demasiado intenso para ser real.
Ferran se incorporó sobre un codo, obligándola a mirarlo.
—Escúchame bien. Lo que siento por ti no es un capricho de verano. Sé que nuestras vidas son mundos opuestos. Tú salvas vidas de verdad, yo solo meto goles. Tú tienes tus turnos y yo mis viajes. Pero si tú quieres, vamos a hacer que funcione.
—¿Incluso con el Camino de Santiago en septiembre? —bromeó ella, tratando de aligerar la carga emocional.
—Incluso con eso —rio él—. Ya te he dicho que te llamaré cada noche. Y si me dejas, quizá te espere en la Plaza del Obradoiro con un masaje para esos pies de enfermera.
Ana sonrió, sintiendo una calidez que no tenía nada que ver con el clima de la isla.
—Mañana quiero que vayamos a Formentera —dijo Ferran, volviendo a tumbarse y atrayéndola hacia sí—. Tengo un barco alquilado. Solo nosotros. Quiero que bailemos, que comamos en la playa y que te olvides de que el mundo existe.
—Me parece el mejor plan del mundo. Pero con una condición.
—La que quieras.
—Nada de fútbol, nada de hospitales. Solo Ferran y Ana.
—Hecho.
Al día siguiente, el Mediterráneo les regaló su mejor versión. El agua turquesa de Formentera era el escenario perfecto para su burbuja. Pasaron el día saltando desde la cubierta del barco, buceando entre posidonias y compartiendo besos salados bajo el sol. Ana se sentía vibrante, llena de una energía que el gimnasio nunca le había dado. Era la energía de estar enamorada.
Mientras almorzaban en un chiringuito escondido, Ana recibió un mensaje de David, su mejor amigo.
"¿Sigues viva? ¿O el futbolista te ha secuestrado en su mundo de lujo?"
Ana miró a Ferran, que en ese momento estaba intentando, sin mucho éxito, quitarle la piel a una gamba con elegancia, terminando por reírse de sí mismo y usando las manos.
—Es David —dijo ella, guardando el móvil—. Dice que si me has secuestrado.
—Dile que sí —respondió Ferran, robándole un beso rápido—. Dile que no pienso devolverte hasta que me asegure de que no te vas a olvidar de mí cuando vuelvas a Mallorca.
—Eso es imposible, Ferran Torres.
La tarde cayó mientras navegaban de vuelta a Ibiza. El cielo se tiñó de violetas y naranjas, y Ana se sintió invadida por una paz profunda. Por fin, después de años de viajes buscando algo externo, se dio cuenta de que lo que necesitaba estaba en esa conexión, en ese respeto mutuo y en esa química que los consumía.
—¿Sabes? —dijo ella, apoyada en la barandilla del barco—. Este año he viajado a muchos sitios. Cerler, Puerto Rico, Tenerife... Pero creo que este es el primer viaje en el que no quiero volver a casa.
Ferran se colocó detrás de ella, rodeando su cintura con sus brazos fuertes.
—Entonces no vuelvas todavía. Quédate en mi mundo un poco más.
—Tengo turno el lunes a las ocho, Ferran. La UCI no espera.
—Lo sé —suspiró él, besando su hombro—. Y eso es lo que más me gusta de ti. Que eres real. Que tienes una vida que te apasiona tanto como a mí la mía. Pero mañana aún es domingo. Y pienso aprovechar cada segundo.
Esa noche, de vuelta en la villa, la fiesta que Ana había deseado vivir en Ibiza se convirtió en una celebración privada. Pusieron música a todo volumen, bailaron en el salón como si nadie los viera —porque, de hecho, nadie los veía— y terminaron bañándose en la piscina bajo la luz de la luna llena.
—Ana —dijo él, mientras flotaban en el agua templada—, prometo que esto es solo el principio. No me importa la distancia, ni los horarios, ni lo que diga la prensa si nos pillan. Te elijo a ti.
Ana sintió que las últimas barreras de su corazón terminaban de caer. Aquella enfermera de Almería, que se dejaba la piel en cada turno y que solo quería ser amada de verdad, finalmente había encontrado su puerto.
—Y yo te elijo a ti, Ferran. Con goles y sin ellos.
El fin de semana estaba llegando a su fin, pero para ellos, el partido más importante de sus vidas acababa de empezar. Y a juzgar por la forma en que se miraban, ninguno de los dos estaba dispuesto a perder. La intensidad de Ibiza los había unido, pero era la promesa de lo cotidiano, de los mensajes tras las guardias y los reencuentros furtivos, lo que realmente los mantenía a flote. Ana sonrió, cerrando los ojos mientras Ferran la estrechaba contra él en el agua. El Camino de Santiago estaba cerca, pero sentía que ya había llegado a su destino.