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Deseo y amor

El eco de la realidad y el latido de lo eterno

El lunes por la mañana en el Hospital Son Espases tenía un sonido muy distinto al de las olas rompiendo contra el casco de un yate en Formentera. El pitido rítmico de los monitores, el siseo de los respiradores y el murmullo constante del personal de enfermería eran la banda sonora de la vida de Ana. A las ocho y diez, ya estaba enfundada en su pijama azul, con el pelo recogido en una coleta tirante y el café de máquina —que sabía a plástico comparado con el que Ferran le había preparado el día anterior— quemándole la lengua.

Sus compañeras la miraban con curiosidad. Había algo diferente en ella. No era solo el bronceado perfecto de Ibiza, sino una luz en la mirada que ni siquiera las ojeras del turno de noche lograban apagar.

—Ana, tienes una cara de haber dormido poco y haber disfrutado mucho que no puedes con ella —le soltó Elena, su compañera de la UCI, mientras revisaban los carros de medicación—. ¿Qué tal ese finde? ¿Mucha fiesta en Pachá?

Ana sonrió para sus adentros, recordando que su "fiesta" había sido mucho más privada y electrizante que cualquier discoteca.

—Mucha desconexión, Elena. Justo lo que necesitaba —respondió con evasivas, mientras ajustaba la dosis de noradrenalina de un paciente en el box cuatro.

No podía decirles que el hombre que aparecía en todas las noticias deportivas le había enviado un mensaje a las siete de la mañana diciendo: "Ya te echo de menos. Mi cama parece un desierto sin ti".

A media mañana, durante su descanso de quince minutos, Ana se refugió en el vestuario. Sacó el móvil y el corazón le dio un vuelco. Tenía un vídeo de Ferran. En él, se le veía en el gimnasio de la ciudad deportiva, sudado, con el pelo alborotado y una sonrisa traviesa.

—Mira lo que me haces hacer, Ana —decía él en el vídeo, señalando las pesas—. Estoy intentando igualar tus marcas de CrossFit para que cuando volvamos a vernos no me dejes en ridículo delante de Tiago. Que tengas un buen turno, valiente. Te quiero.

Ese "te quiero" la dejó sin aliento. Era pronto, era una locura, pero se sentía tan real como la presión arterial que acababa de medir. Ana le respondió rápidamente antes de que la llamaran por una urgencia.

—"Céntrate en tu entrenamiento, Tiburón. Mis pacientes te necesitan concentrado porque yo hoy estoy en las nubes por tu culpa. Cuidado con las lumbares".

La semana transcurrió en un desdoblamiento constante. Ana vivía entre dos mundos: el dolor y la fragilidad de la UCI, y la intensidad febril de sus conversaciones con Ferran. Hablaban por FaceTime a horas intempestivas. Él la acompañaba virtualmente mientras ella cenaba un yogur a las tres de la mañana en un pasillo vacío, y ella le escuchaba contar sus dudas sobre el próximo partido contra el Atlético de Madrid.

El viernes, tras un turno doble que la dejó exhausta, Ana llegó a su piso en Palma y se encontró con un paquete en la puerta. No eran flores esta vez. Era una caja de una tienda de montaña de alta gama. Dentro había unas botas de senderismo profesionales, ligeras y con una nota escrita a mano.

"Para el Camino de Santiago. No quiero que nada te duela en septiembre. David me ha dado tu talla (me ha costado un soborno en forma de entradas VIP, por cierto). Úsalas este finde para domarlas. Te veo en tres días. No acepto un no por respuesta".

Ana se rió, abrazando las botas. Ferran no solo la elegía a ella; estaba empezando a formar parte de su mundo, incluso ganándose a su mejor amigo.

El domingo, Ferran jugaba en Madrid. Ana, que nunca había sido una gran seguidora del fútbol más allá de los grandes torneos, se encontró sentada en el sofá de su casa con David, con el corazón en un puño.

—Tía, estás coladita —le dijo David, dándole un empujón con el hombro mientras abrían unas cervezas—. Mírate, estás sudando más que él y todavía no ha empezado el partido.

—Es que no es solo el futbolista, David —suspiró Ana, ajustándose los calcetines de CrossFit—. Es cómo me escucha. El otro día le conté lo de aquel paciente que perdimos en urgencias y no intentó consolarme con frases hechas. Se quedó en silencio conmigo. Sabe estar presente.

—Bueno, y que está como un tren también ayuda, no nos engañemos —bromeó David—. Pero me cae bien. Se nota que le importas. El soborno de las entradas fue un detalle, pero que me preguntara si eres de las que se rozan los talones al caminar para elegir las botas... eso es nivel experto.

Cuando Ferran marcó el gol en el minuto ochenta y cinco, Ana saltó del sofá gritando como una loca. Lo vio señalar a la cámara y hacer un gesto que nadie entendió: se tocó la muñeca, como si estuviera tomando el pulso.

—¡Lo ha hecho por ti! —gritó David—. ¡El gesto de la enfermera!

El teléfono de Ana vibró apenas diez minutos después de que terminara el partido.

—¿Lo has visto? —la voz de Ferran sonaba agitada, aún con la adrenalina del campo.

—¿El gol o el gesto de loco de las pulsaciones? —rio ella, sintiendo que las lágrimas le escocían los ojos.

—Todo. Era para ti, Ana. Para que sepas que, aunque haya ochenta mil personas gritando, mi pulso solo se acelera cuando pienso en ti. Oye, tengo un par de días libres. El club nos ha dado descanso. Estoy yendo al aeropuerto.

—¿A Mallorca? —preguntó ella, sintiendo un nudo de emoción en la garganta.

—A Mallorca. Prepárate, porque quiero ir a ese sitio de CrossFit contigo mañana. Quiero ver de qué estás hecha, enfermera.

El lunes por la mañana, el box de CrossFit estaba casi vacío. Tiago, el entrenador y novio de una de las amigas de Ana, los esperaba con una sonrisa de oreja a oreja. Sabía quién era el acompañante de Ana, pero en el mundo del deporte, el respeto se ganaba con sudor, no con fama.

—Bueno, Ferran, bienvenido —dijo Tiago, señalando la pizarra con un entrenamiento infernal—. Ana dice que eres bueno, pero aquí no hay fueras de juego. Vamos a ver esos pulmones.

Fue una hora de intensidad pura. Ana y Ferran entrenaron codo con codo. Ella, con su técnica depurada y su resistencia de hierro forjada en turnos de doce horas; él, con su potencia explosiva y su competitividad innata. Se picaban, se animaban con la mirada y, en los momentos de descanso, el roce de sus manos sudorosas era más íntimo que cualquier caricia en la cama.

Al terminar, ambos acabaron tirados en el suelo, jadeando, con el pecho subiendo y bajando al unísono.

—Vale... —logró decir Ferran, buscando la mano de Ana en el suelo—, oficialmente... eres una bestia. Me has ganado en los remos.

—Es lo que tiene... no tener un equipo de fisios... que te cuiden 24 horas —respondió Ana, riendo entre dientes mientras recuperaba el aliento—. Aquí solo estamos mis piernas y yo.

—Y yo —corrigió él, girando la cabeza para mirarla—. Siempre yo.

Después del entrenamiento, decidieron pasar el día en la Sierra de Tramuntana. Querían estrenar las botas de Ana y disfrutar del anonimato que ofrecían los senderos de piedra. Caminaron durante horas, hablando de sus miedos más profundos. Ana le confesó su temor a que la fama de él terminara por asfixiar la sencillez de lo que tenían.

—Tengo miedo de ser "la novia de" y dejar de ser Ana —dijo ella, sentada en una roca con vistas al mar desde lo alto de un acantilado.

Ferran se sentó a su lado y le tomó la cara con ambas manos.

—Nunca serás "la novia de". Si acaso, yo seré "el chico que tuvo la suerte de que Ana lo eligiera". Escúchame, sé que mi mundo es un circo a veces. Pero lo que tenemos aquí, en esta montaña, en tu piso pequeño, en los mensajes de madrugada... eso es lo real. Lo demás es ruido. Y si el ruido sube, nos pondremos tapones.

—¿Y el Camino de Santiago? —preguntó ella—. David y yo nos vamos en dos semanas. Son muchos días desconectada.

—Iré a verte —dijo él con una seguridad pasmosa—. No me importa dónde estés. Si estás en una pensión en mitad de Galicia o durmiendo en un albergue, encontraré la forma de aparecer. No voy a dejar que camines sola, Ana. Ni literal, ni figuradamente.

La química entre ellos no hacía más que crecer. Ya no era solo el deseo físico —que seguía siendo voraz y los llevaba a buscarse en cada rincón—, sino una complicidad que parecía de años. Ferran se interesaba por los protocolos de la UCI, le pedía que le enseñara a distinguir un ritmo sinusal en un electrocardiograma, y ella escuchaba sus análisis tácticos como si fueran la cosa más fascinante del mundo.

Esa noche, en el piso de Ana, la pasión volvió a estallar con una fuerza renovada. No había el lujo de la villa de Ibiza, solo las sábanas de algodón de Ana y el sonido de la ciudad de Palma de fondo. Pero para ellos, era el paraíso. Ferran la recorrió con una lentitud desesperante, memorizando cada peca de su espalda, cada curva de sus caderas tonificadas.

—Eres mi calma, Ana —susurró él contra su piel, mientras sus cuerpos se entrelazaban en un ritmo perfecto—. En medio de toda la locura del fútbol, tú eres lo único que me hace sentir en casa.

—Y tú eres mi adrenalina —respondió ella, atrayéndolo más hacia sí—. La que me hace recordar que estoy viva fuera del hospital.

A la mañana siguiente, Ferran tuvo que marcharse temprano para volver a los entrenamientos. Ana lo acompañó a la puerta, sintiendo ya el vacío de su ausencia.

—Dos semanas para el Camino —recordó él, dándole un beso corto pero intenso—. Úsalas para prepararte, porque voy a echarte tanto de menos que voy a tener que marcar tres goles por partido para liberar energía.

—Prométeme que te cuidarás —dijo ella, ajustándole el cuello de la sudadera—. No quiero tener que ingresarte en mi UCI por sobreesfuerzo.

—Prometido. Te quiero, Ana.

Cuando la puerta se cerró, Ana se quedó un momento en silencio. Su vida había cambiado por completo en menos de un mes. Seguía siendo la enfermera de Almería que vivía en Mallorca, seguía teniendo turnos de noche y seguía yendo al CrossFit con sus amigas. Pero ahora, había un hilo invisible que la conectaba con alguien que la hacía sentir la mujer más especial del planeta.

Los días siguientes fueron un torbellino. Ana trabajó más que nunca para dejar sus turnos cubiertos antes de las vacaciones de septiembre. David estaba emocionado, enviándole listas de qué llevar en la mochila y fotos de las etapas del Camino.

—¿Estás lista para los ampollas y el pulpo a feira? —le preguntó David por teléfono.

—Estoy lista para todo, David. Pero sobre todo, estoy lista para ver si Ferran cumple su promesa.

—Ese chico está más pillado que un ventilador de tu hospital, Ana. Va a aparecer en Galicia aunque tenga que ir corriendo desde Barcelona.

El día antes de empezar el Camino de Santiago, Ana recibió una última sorpresa. Un mensaje de Ferran con una reserva de hotel en Santiago de Compostela para la fecha en la que ella terminaría su ruta.

"No voy a poder hacer el camino contigo por el calendario de liga, pero la última etapa... la última etapa la caminaremos juntos. Te espero en el Monte do Gozo. No acepto réplicas. Camina mucho, disfruta de David y piensa en mí".

Ana guardó el móvil en la mochila, se calzó sus botas nuevas y se miró al espejo. Ya no era la mujer que buscaba ser elegida. Era la mujer que había sido encontrada por alguien que no tenía miedo de demostrar lo que sentía. El Camino de Santiago no era solo una ruta de peregrinaje; para ella, era el preludio de una vida que nunca se habría atrevido a soñar.

—Buen camino, Ana —se dijo a sí misma, con una sonrisa que no le cabía en la cara.

La aventura apenas estaba comenzando, y Ferran Torres, el chico que había dado la victoria a España, estaba a punto de marcar el gol más importante de su vida: el que le aseguraría un futuro al lado de la enfermera que le había enseñado que el amor, al igual que la salud, es lo único por lo que realmente vale la pena luchar.

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