Deseo y amor
Latidos al unísono: El sí quiero bajo el sol de Almería
—¡Enseñadme ese dedo ahora mismo o me da un parraque aquí en medio del puerto! —exclamó Lali, lanzándose prácticamente sobre la mano izquierda de Ana antes de que esta pudiera soltar su bolsa de deporte.
El reencuentro en Mallorca, apenas tres días después del regreso de Ibiza, era una explosión de hormonas y gritos de júbilo. Pat, Sa y David rodeaban a Ana en su cafetería favorita frente al mar, formando un círculo de expectación que atraía las miradas de los turistas.
—¡Por favor, que brilla más que el faro de Porto Pi! —añadió Pat, tapándose los ojos dramáticamente—. Ana, tía, cuéntalo todo. Pero todo. Desde el primer segundo en el islote hasta el último detalle indecente.
Ana se rió, sintiendo el peso reconfortante del anillo y, sobre todo, la plenitud que le ensanchaba el pecho.
—Fue... irreal —empezó Ana, mientras David le pedía un cava para celebrar—. Ferran lo tenía todo planeado. Yo venía muerta de la UCI, con ojeras hasta las rodillas, y de repente me veo en un jet privado camino a Formentera. Pero lo mejor no fue el lujo, chicas. Fue cómo me miró. Me dijo que yo era su calma en medio del ruido del fútbol.
—Yo ya lo sabía —soltó David con suficiencia, ganándose un golpe juguetón de Sa—. Fui el consultor oficial de joyería y logística. Ferran estaba tan nervioso que casi elige un diamante del tamaño de un balón de reglamento. Le tuve que decir: "Frena, Tiburón, que mi amiga tiene que poder mover la mano para poner vías en el hospital".
—Es que es increíble —suspiró Sa, mirando a Ana con ternura—. De no conoceros de nada a esto. La química que tenéis se huele desde aquí, pero lo vuestro ha ido mucho más allá de la atracción física. Se nota que te ha elegido de verdad, Ana.
—Lo ha hecho —confirmó Ana con voz suave—. Y yo a él. Por eso no queremos esperar. Queremos que la boda sea este verano, en Almería. Un enlace frente al mar, con nuestra gente, sin protocolos absurdos. Solo nosotros.
Los meses siguientes fueron un torbellino de preparativos entre Barcelona, Mallorca y Almería. Ana compaginaba sus turnos en la nueva clínica de Barcelona con la elección del vestido y las flores, mientras Ferran, en plena recta final de la temporada, aprovechaba cada minuto libre para involucrarse. No quería una boda de "futbolista" al uso; quería una fiesta que oliera a salitre y supiera a hogar.
El día de la boda, el sol de Almería caía dorado sobre un acantilado privado en el Cabo de Gata. El altar era sencillo: madera lavada por el mar y flores silvestres blancas. Ana, con un vestido de encaje ligero que dejaba su espalda al aire y resaltaba sus hombros tonificados por el CrossFit, caminaba hacia un Ferran que, por primera vez en su carrera, parecía haber perdido la compostura. Al verla, el delantero de la selección se llevó la mano a la boca, conteniendo las lágrimas.
David, que ejercía de maestro de ceremonias, dio paso a los votos. El silencio en el acantilado era absoluto, solo roto por el romper de las olas abajo.
—Ana —empezó Ferran, sacando un papel arrugado que delataba cuántas veces lo había leído—. Antes de conocerte, mi vida se medía en minutos de juego, en goles y en la presión de no fallar nunca. Vivía en una burbuja de cristal donde todo el mundo me admiraba, pero nadie me conocía de verdad. Entonces, tropecé contigo en Ibiza. Literalmente.
Los invitados rieron suavemente, y Ferran sonrió, buscando los ojos castaños de su prometida.
—Tú no viste al futbolista. Viste al chico que necesitaba un café y una conversación real. Me enseñaste que la verdadera valentía no está en marcar un gol en un Mundial, sino en entrar cada mañana en una UCI para luchar por vidas que no conoces. Eres mi refugio, mi cable a tierra y la persona que me hace querer ser mejor hombre, no mejor jugador. Prometo amarte en tus guardias interminables, prepararte el café cuando no puedas ni abrir los ojos y ser el equipo que nunca te deje sola en el campo de la vida. Te elijo hoy, mañana y siempre.
Ana, con las mejillas húmedas de emoción, tomó las manos de Ferran entre las suyas. Su voz, aunque firme, vibraba con un sentimiento que desbordaba el acantilado.
—Ferran —comenzó ella—, durante años viajé por el mundo buscando algo que me hiciera sentir completa. Buscaba ser elegida, ser la prioridad de alguien en un mundo que siempre me pedía dar más de lo que recibía. En mi trabajo aprendo cada día lo frágil que es la vida, lo rápido que puede apagarse un latido. Por eso, cuando te conocí, supe que no podía dejar pasar ni un segundo más sin estar a tu lado.
Ana hizo una pausa, apretando sus manos.
—Me enamoré de tu humildad, de cómo te ganas a mis amigos, de cómo respetas mi profesión y de la forma en que me miras cuando crees que no me doy cuenta. Eres el hombre que me ha dado la seguridad que nunca tuve y la pasión que nunca imaginé. Prometo ser tu calma cuando el estadio ruja, cuidarte cuando las lesiones duelan y recordarte siempre que, para mí, el gol más importante ya lo marcaste el día que me pediste que camináramos juntos. Te amo, Ferran.
—¡Ya podéis besaros antes de que me ponga a llorar yo también y arruine el maquillaje! —gritó David desde el atril, provocando una ovación cerrada.
El beso fue largo, intenso y cargado de toda la química que los había unido desde aquel primer encuentro accidental. Los invitados, entre los que se encontraban sus inseparables amigas Pat, Sa y Lali, además de compañeros de equipo y familiares, estallaron en aplausos mientras pétalos de buganvilla volaban sobre la pareja.
La fiesta posterior fue una oda al amor y al desenfreno. No hubo mesas numeradas de forma rígida, sino estaciones de comida almeriense y una pista de baile sobre la arena.
—¡Venga, Ferran, que el CrossFit tiene que servir para algo! —le gritó Tiago, que había viajado desde Mallorca con las chicas, mientras sonaba un tema de Bad Bunny.
Ferran no se hizo de rogar. Cogió a Ana por la cintura y la levantó en vilo, bailando con una agilidad que dejó claro que su conexión física seguía siendo eléctrica. En un rincón de la pista, Pat, Sa y Lali brindaban con David.
—¿Quién nos lo iba a decir? —comentó Pat, mirando a la pareja—. Ana buscaba un fin de semana de fiesta y amor intenso en Ibiza, y ha acabado con la boda del siglo y el hombre de sus sueños.
—Es que a veces el destino es muy listo —respondió Lali—. Solo necesitaban ese choque tonto para que todo encajara.
Entrada la madrugada, cuando la mayoría de los invitados ya estaban descalzos y la música se volvía más lenta, Ana y Ferran se escaparon un momento hacia la orilla, lejos de las luces. El sonido del mar en Almería era su propia melodía.
—¿Estás cansada, señora Torres? —susurró Ferran al oído de Ana, abrazándola por la espalda y apoyando la barbilla en su hombro.
—Ni un poco —respondió ella, girándose en sus brazos para rodearle el cuello—. Tengo la adrenalina por las nubes. Es mejor que cualquier turno de noche, te lo aseguro.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta de este momento? —preguntó él, rozando su nariz con la de ella.
—¿El qué?
—Que mañana no hay aviones, no hay prensa, no hay hospitales. Solo somos tú y yo, estrenando nuestra vida.
—Bueno —rio Ana, dándole un beso corto—, recuerda que David nos ha amenazado con despertarnos para desayunar churros antes de que nos vayamos de luna de miel.
—A David le daremos las llaves del coche y que se vaya a dar vueltas por el Cabo —dijo Ferran, volviendo a besarla con una intensidad que prometía que la noche no acabaría allí—. Ahora mismo, mi única prioridad eres tú.
Ana cerró los ojos, sintiendo el calor de Ferran y el latido rítmico de su corazón contra el suyo. Había viajado a Cerler, a Puerto Rico, a Tenerife y a Valencia, pero su verdadero viaje había terminado en los brazos del hombre que la hacía sentir respetada, amada y, por fin, plenamente elegida.
—Te quiero, Ferran —susurró ella contra sus labios.
—Te quiero, Ana. Para siempre.
Bajo el cielo estrellado de Almería, la enfermera y el futbolista sellaron su destino. Ya no eran dos desconocidos que chocaron en un puerto; eran un solo equipo, listos para jugar el partido más largo y hermoso de sus vidas. La química sexual seguía quemando, pero era el amor sentimental, ese que se cocina a fuego lento entre turnos de UCI y goles de victoria, lo que los mantendría unidos hasta el final de los tiempos.