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Deseo y amor

Bajo el cielo de las mil y una noches

El traslado a Barcelona había sido un torbellino de emociones, cajas de mudanza y una adaptación frenética a una nueva UCI, pero seis meses después, Ana sentía que finalmente había encajado todas las piezas de su rompecabezas. Vivir con Ferran no era como salir con una estrella de fútbol; era, sorprendentemente, como vivir con su mejor amigo, solo que uno que la miraba con una devoción que a veces la hacía temblar.

Era un viernes de mayo, y el aire de Barcelona empezaba a oler a verano anticipado. Ana acababa de terminar un turno de mañana especialmente intenso. Había pasado siete horas estabilizando a un paciente postquirúrgico y lo único que deseaba era quitarse el pijama sanitario, ducharse y dormir diez horas seguidas. Sin embargo, al entrar en el ático que compartían, se encontró con una nota pegada en el espejo del recibidor.

"Ponte el vestido azul, el que te compraste en aquel viaje a Tenerife y que tanto me gusta. Un coche te recoge a las siete. No acepto un 'estoy cansada' por respuesta, enfermera. Confía en mí."

Ana sonrió a su reflejo, aunque sus ojeras decían lo contrario. Ferran tenía esa capacidad de leerla incluso cuando no estaba presente. Se duchó, dejando que el agua caliente se llevara el estrés del hospital, y se puso el vestido de seda azul que resaltaba sus mechas rubias y el tono de su piel. A las siete en punto, un coche oscuro la esperaba en la puerta.

—¿A dónde vamos, Marcos? —preguntó Ana al chófer, a quien ya conocía de los trayectos al estadio.

—Órdenes estrictas de no soltar prenda, señorita Ana —respondió él con una sonrisa cómplice por el espejo retrovisor—. Solo le diré que el destino es uno de sus favoritos.

El coche no se detuvo en ningún restaurante de lujo del Paseo de Gracia, ni en el puerto. En lugar de eso, tomó la carretera hacia el aeropuerto. Ana frunció el ceño, confundida. ¿Un viaje improvisado? ¿A estas horas? Cuando llegaron a la terminal de aviación privada, Ferran la esperaba al pie de la escalerilla de un pequeño jet, con una camisa de lino entreabierta y esa mirada de "tengo un secreto" que tanto la desarmaba.

—¿Ferran? ¿Qué es todo esto? —preguntó ella mientras él la tomaba de la mano para ayudarla a subir—. Mañana tengo turno de tarde, no podemos irnos muy lejos.

—Mañana no tienes turno, Ana —dijo él, besándole la palma de la mano—. Hablé con tu supervisora hace un mes. Te has quedado sin días libres de tanto doblar turnos, así que te he robado el fin de semana.

—¿Me has robado? —rio ella, dejándose guiar al interior del avión, donde esperaba una botella de champán frío y música suave—. ¿Y a dónde me llevas, secuestrador?

—A donde empezó todo. O casi.

El vuelo fue corto, apenas cuarenta minutos que pasaron entre risas y confidencias. Cuando aterrizaron, el olor a salitre y pino no dejó lugar a dudas. Estaban en Ibiza. Pero no era la Ibiza de las discotecas ni la del puerto bullicioso. Un helicóptero los trasladó en pocos minutos a un islote privado frente a la costa de Formentera, un lugar que parecía sacado de una postal de fantasía.

Al bajar, Ana se quedó sin aliento. El islote estaba iluminado por cientos de farolillos de papel que flotaban en el aire, sujetos por hilos invisibles, creando un camino de luz hacia una cena servida en la misma arena blanca. La luna llena se reflejaba en el agua, que estaba tan calma que parecía un espejo de plata.

—Ferran, esto es... es demasiado —susurró Ana, sintiendo que el corazón le latía con fuerza—. Parece una película.

—No es una película, Ana —dijo él, deteniéndose frente a la mesa decorada con flores blancas y velas—. Es nuestra realidad. O al menos, la que quiero que sea a partir de ahora.

Cenaron bajo las estrellas, compartiendo platos que recordaban sus mejores momentos: sushi como en su primera noche en la villa, un vino blanco de Almería que Ferran había buscado específicamente, y de postre, unas fresas que trajeron a la memoria su primer desayuno juntos en Mallorca.

—¿Recuerdas lo que me dijiste en el Monte do Gozo? —preguntó Ferran, dejando la copa sobre la mesa y levantándose para rodearla.

—Te dije muchas cosas, Ferran. Estaba medio alucinando por el cansancio —bromeó ella, aunque el tono de él la puso en alerta.

—Me dijiste que habías pasado toda tu vida viajando para encontrar algo que estaba en un choque accidental en un muelle —él la tomó de las manos y la ayudó a levantarse—. Yo he pasado mi vida corriendo hacia una meta, pensando que el éxito era un número en un marcador. Pero desde que te conocí, mi única meta es llegar a casa y ver tus zapatos de CrossFit en la entrada.

Ana sintió que las lágrimas empezaban a nublar su vista. Ferran la guio hacia la orilla del agua, donde la espuma lamía suavemente sus pies descalzos.

—Ana, eres la mujer más fuerte que he conocido —continuó él, con la voz volviéndose más profunda y vibrante—. Admiro cómo cuidas a los desconocidos en la UCI con la misma pasión con la que me cuidas a mí. Admiro tu independencia, tu risa y hasta tu mal humor cuando sales de una guardia de noche.

—Ferran, me vas a hacer llorar y me he puesto rímel del caro —intentó bromear ella, pero la voz le tembló.

—Llora si quieres, pero escúchame bien —él se detuvo y, con una lentitud que pareció detener el tiempo, se arrodilló sobre la arena blanca de Formentera—. No quiero ser solo el chico que te manda mensajes de madrugada. No quiero ser solo el que te espera en la meta del Camino de Santiago. Quiero ser el que camine contigo todos los días, los buenos, los malos y los de guardia doble.

Ferran sacó una pequeña caja de terciopelo azul del bolsillo de su pantalón. Al abrirla, un diamante solitario captó la luz de la luna con una intensidad cegadora.

—Ana, enfermera de Almería, mujer de mi vida... ¿me harías el honor de elegirme a mí, todos los días, para siempre? ¿Quieres casarte conmigo?

El silencio que siguió solo fue interrumpido por el sonido del mar. Ana sentía que el oxígeno le faltaba, no por un problema respiratorio de los que veía en el hospital, sino por una sobredosis de felicidad. Miró a Ferran, al hombre que el mundo veía como un ídolo pero que ella conocía en su vulnerabilidad, en su generosidad y en su amor incondicional.

—Sí —logró decir, casi en un susurro, antes de repetirlo con más fuerza—. ¡Sí, Ferran! ¡Mil veces sí!

Él se levantó de un salto y la estrechó contra su pecho, haciéndola girar en el aire mientras ella reía y lloraba a la vez. Le puso el anillo en el dedo, un círculo de luz que sellaba una promesa nacida entre turnos de hospital y estadios llenos.

—¡Ha dicho que sí! —gritó Ferran hacia la inmensidad del mar, como si necesitara que el universo entero se enterara de su victoria más importante.

—¡Shhh, que vas a despertar a los peces! —rio Ana, abrazándolo por el cuello y buscando sus labios.

El beso que compartieron en ese islote de Formentera fue distinto a todos los anteriores. No era solo pasión, no era solo química; era pertenencia. Era el sello de dos mundos que habían chocado por azar para fusionarse en uno solo.

—¿Sabes qué es lo mejor de todo esto? —preguntó Ana, apoyando la cabeza en su hombro mientras miraban el horizonte.

—¿El anillo? ¿El helicóptero? —bromeó él, besándole la sien.

—No —respondió ella seriamente—. Lo mejor es que, después de tantos viajes y tantas decepciones, por fin no tengo que buscar más. He llegado a mi destino.

—Y yo he encontrado a mi capitana —dijo Ferran, abrazándola con más fuerza—. Por cierto, David lo sabe todo. Ha estado ayudándome con la logística del anillo y del viaje.

—¡Lo mato! —exclamó Ana—. Me ha estado enviando mensajes sobre el turno del lunes como si nada.

—Es un buen cómplice —rio Ferran—. Y prepárate, porque ha dicho que si no es el padrino, filtrará a la prensa tus fotos roncando después del Camino de Santiago.

Pasaron el resto de la noche en una cama balinesa instalada frente al mar, hablando de cómo sería su boda: una mezcla de la elegancia de Barcelona, la alegría de Almería y, por supuesto, un toque de la magia de Ibiza.

—¿Crees que Tiago nos dejará saltarnos el entrenamiento para la luna de miel? —preguntó Ana, ya más relajada entre sus brazos.

—Si no nos deja, me lo llevo al gimnasio y lo reto a un partido —respondió Ferran—. Pero ahora mismo, no me importa nada más que esto. Tú, yo y este anillo que te queda mejor de lo que imaginé.

La química sexual que siempre los había definido estalló de nuevo bajo la luz de la luna, pero esta vez con una ternura nueva, una entrega que solo nace cuando sabes que la persona que tienes al lado es tu hogar. Ferran la amó con una lentitud reverencial, como si cada centímetro de su piel fuera un territorio sagrado que ahora, finalmente, podía llamar suyo por derecho propio.

Al amanecer, mientras el sol empezaba a teñir de rosa el Mediterráneo, Ana miró su mano. El diamante brillaba con la primera luz del día, recordándole que no había sido un sueño.

—Ferran —susurró ella, despertándolo con un beso suave.

—¿Mmm? —respondió él, atrayéndola de nuevo hacia el calor de su cuerpo.

—Gracias por elegirme. Por hacerme sentir que soy la prioridad, incluso cuando el mundo entero te está mirando a ti.

Ferran abrió los ojos, esos ojos que habían visto estadios vibrar, pero que solo se iluminaban así por ella.

—Gracias a ti por dejarte encontrar, Ana. Ahora, descansa. Tienes un fin de semana entero por delante en el que tu única guardia es estar a mi lado.

Y allí, en el silencio de Formentera, Ana cerró los ojos, sabiendo que el viaje más emocionante de su vida no acababa de terminar, sino que acababa de empezar. El "Tiburón" había marcado el gol definitivo, y ella, la enfermera que siempre cuidaba de todos, finalmente había encontrado a alguien que cuidaría de su corazón para siempre.

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