Destino
Resonancia de Sangre y Acero
El sol de la mañana se filtraba por las persianas de la habitación de Bakugo, creando un patrón de rayas doradas sobre el suelo de madera. Katsuki estaba sentado al borde de la cama, con la cabeza entre las manos y los codos apoyados en las rodillas. Apenas eran las seis de la mañana, pero el silencio del dormitorio era ensordecedor debido a lo que estaba experimentando.
Había tomado su supresor diario hacía apenas diez minutos, una pastilla azul pálido que debería haber adormecido sus sentidos y mantenido a raya su naturaleza de omega. Sin embargo, el medicamento se sentía como una gota de agua en un incendio forestal. Sus sentidos estaban disparados. Podía oír el zumbido de la electricidad en las paredes, el goteo de un grifo tres habitaciones más allá y, lo más perturbador de todo, podía sentir *eso*.
Una vibración constante en la base de su nuca, un tirón magnético que apuntaba directamente hacia el pasillo, tres puertas a la derecha. La habitación de Kirishima.
— Maldita sea —gruñó Bakugo, apretando los dientes hasta que le dolió la mandíbula—. Se supone que estas porquerías funcionan.
Se puso de pie, sintiéndose extrañamente ligero, casi mareado. No era la debilidad típica de un omega en celo; era una sobrecarga de conciencia. Sus propias feromonas, que normalmente olían a nitroglicerina y azúcar quemada, se sentían diferentes hoy. Había un matiz metálico, una chispa eléctrica que no recordaba haber tenido antes. Y lo peor era que, cada vez que exhalaba, su propio aroma parecía buscar desesperadamente el sándalo y el calor de Kirishima para estabilizarse.
En la habitación 405, Eijiro Kirishima no estaba en mejor estado. Estaba en medio de su rutina de flexiones matutinas, pero su ritmo era errático. Su piel se sentía demasiado tensa, sus músculos demasiado reactivos. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de Bakugo en el entrenamiento del día anterior —dominante, sudoroso y con esa mirada de fuego— se grababa en sus párpados.
Lo que más le desconcertaba era su olfato. Los alfas tenían un sentido del olfato agudo, pero esto era ridículo. Podía oler el cambio en Bakugo. No era solo el aroma habitual; era una nota nueva, una frecuencia que solo él parecía capaz de sintonizar. Era como si el aroma de Katsuki estuviera llamando específicamente a su sangre, pidiéndole que se activara, que protegiera, que *reclamara*.
— Concéntrate, Eijiro. Eres un hombre varonil. Controla tus instintos —se susurró a sí mismo, pero su voz sonó más grave de lo normal, con un deje de gruñido que lo asustó.
El encuentro en el desayuno fue el primer gran desafío. El comedor de la U.A. estaba lleno de estudiantes, ruido de platos y una cacofonía de olores. Para cualquier otro, era un lunes normal. Para ellos, era un campo de minas.
Bakugo estaba en la fila de la comida, manteniendo su expresión habitual de desprecio universal. Kaminari y Sero estaban a su lado, parloteando sobre un nuevo videojuego, pero Bakugo no escuchaba ni una palabra. Sus ojos estaban fijos en la entrada.
Cuando Kirishima entró, el aire pareció espesarse. Para Bakugo, fue como si alguien hubiera encendido un calefactor gigante en la habitación. El aroma del pelirrojo lo envolvió antes de que el alfa diera diez pasos. Era denso, reconfortante y tan jodidamente *suyo* que Bakugo tuvo que agarrar la bandeja con tanta fuerza que el plástico crujió.
Kirishima se acercó a la mesa del "Bakusquad" con una sonrisa que no llegaba a sus ojos, los cuales estaban inusualmente brillantes.
— ¡Buenos días, chicos! —saludó Kirishima. Su voz vibró en el aire, y Bakugo sintió un escalofrío recorrerle la columna.
— ¡Hey, Kirishima! Te ves... ¿cansado? —preguntó Sero, frunciendo el ceño—. Tienes las mejillas muy rojas.
— Estoy bien, solo entrené de más esta mañana —mintió Kirishima, sentándose justo al lado de Bakugo.
El contacto de sus hombros fue como una explosión controlada. Bakugo sintió que sus propias feromonas reaccionaban instantáneamente. Normalmente, los supresores mantenían su olor en un nivel neutro, pero ante la proximidad de Kirishima, su cuerpo decidió ignorar la química farmacéutica. Un aroma dulce, casi embriagador, empezó a emanar de los poros de Bakugo, filtrándose a través de su uniforme.
Kirishima inhaló profundamente sin poder evitarlo. Sus pupilas se dilataron y sus dedos se cerraron en puños sobre sus muslos. El aroma de Bakugo estaba mutando en respuesta a su presencia, volviéndose más suave, más invitante, una invitación silenciosa que solo un alfa vinculado podría descifrar.
— Bakugo... —susurró Kirishima, tan bajo que solo el rubio podía oírlo.
— Cállate y come, pelos de pincho —siseó Bakugo, aunque su voz carecía de su mordacidad habitual. Estaba luchando por no inclinarse hacia Kirishima.
— Tu olor... —continuó Kirishima, con la voz rota—. Los supresores no están haciendo nada. Puedo olerte desde aquí, y es... es demasiado.
Bakugo lo miró de reojo. Vio el sudor perlando la frente de Kirishima y la forma en que sus colmillos presionaban su labio inferior. Una oleada de poder y satisfacción recorrió a Bakugo. Su omega no se sentía sumiso; se sentía triunfante al ver el efecto que tenía sobre el alfa más fuerte que conocía. Pero también sentía miedo. Si esto seguía así, alguien se daría cuenta.
— Después del desayuno, en el gimnasio secundario. El que está vacío —ordenó Bakugo en voz baja—. Tenemos que hablar de esta mierda.
El trayecto hacia el gimnasio fue una tortura. Caminaban separados por un metro, pero la tensión entre ellos era casi visible, como electricidad estática en el aire. Cuando finalmente entraron y Bakugo cerró la puerta con llave, el silencio los golpeó.
— ¿Qué demonios nos está pasando? —estalló Bakugo, dándose la vuelta para encarar a Kirishima—. He tomado la dosis máxima permitida. Debería oler a nada, ¡a cartón mojado! Pero siento que mis hormonas están intentando atravesar mi piel para llegar a ti.
Kirishima se pasó una mano por el pelo, visiblemente agitado.
— No lo sé, Katsuki. Es como si... como si nuestras feromonas se hubieran reconocido. He leído sobre esto en clases de biología de castas, pero decían que era extremadamente raro, especialmente con supresores de grado militar como los de la U.A. Lo llaman "Resonancia".
— ¿Resonancia? Suena a una estupidez pseudocientífica —escupió Bakugo, aunque se acercó un paso más.
— Significa que nuestros instintos son tan compatibles que anulan los bloqueadores químicos cuando estamos cerca —explicó Kirishima, su voz volviéndose más profunda mientras Bakugo se acercaba—. Mi alfa no ve a un omega cualquiera. Te ve a ti. Y mi cuerpo está tratando de sincronizarse con el tuyo. Por eso mi olor cambia cuando estás cerca, se vuelve más... territorial.
Bakugo gruñó, pero no retrocedió. Al contrario, acortó la distancia hasta que sus pechos casi se tocaban. El calor que emanaba de Kirishima era una droga.
— Es una distracción —dijo Bakugo, aunque su respiración se estaba volviendo errática—. En el entrenamiento de hoy, casi no pude concentrarme porque podía sentir dónde estabas en cada segundo sin siquiera mirar. Si un villano nos ataca y estoy más pendiente de tu jodido aroma que del combate, estamos muertos.
Kirishima extendió una mano, dudando, pero finalmente la posó en la cintura de Bakugo. El rubio no lo apartó; de hecho, soltó un suspiro tembloroso y dejó caer su frente contra el hombro del alfa.
— Lo sé —dijo Kirishima, rodeándolo con sus brazos, ofreciéndole ese refugio que solo él podía dar—. Pero no podemos luchar contra esto fingiendo que no existe. Si intentamos ignorarlo, la presión va a estallar en el peor momento. Tenemos que aprender a manejarlo.
— ¿Y cómo sugieres que hagamos eso, genio? —preguntó Bakugo contra su cuello, inhalando el aroma a sándalo que ahora era tan intenso que le hacía dar vueltas la cabeza.
— Tenemos que dejar que los instintos se calmen en un ambiente controlado —sugirió Kirishima, acariciando suavemente la espalda de Bakugo—. Si nos permitimos este contacto, si dejamos que nuestros aromas se mezclen un poco cada día, tal vez el cerebro deje de entrar en modo de pánico cada vez que nos vemos en clase. Es como... crear una tolerancia.
Bakugo se separó un poco para mirarlo a los ojos. Sus ojos rojos estaban nublados por el deseo, pero también por una determinación feroz.
— ¿Me estás diciendo que necesito "dosis" de ti para funcionar? —Bakugo soltó una risa seca y carente de humor—. Qué patético.
— No es patético, Katsuki. Es ser compañeros —Kirishima le dedicó una sonrisa suave, una que siempre lograba desarmar las defensas del rubio—. Incluso los héroes más fuertes necesitan un ancla. Tú eres la mía. Deja que yo sea la tuya.
Bakugo guardó silencio durante un largo minuto. Podía sentir el pulso de Kirishima a través de sus manos, un ritmo constante y poderoso que parecía calmar el caos en su propio pecho. Sus instintos de omega, que habían estado gritando por atención toda la mañana, empezaron a ronronear de satisfacción. La cercanía del alfa no lo debilitaba; lo estabilizaba.
— Está bien —cedió Bakugo, agarrando el frente de la camiseta de Kirishima—. Pero esto no sale de aquí. Si alguien hace un comentario sobre mi olor o sobre por qué estamos tan cerca, los haré explotar.
— Entendido —rio Kirishima, atrayéndolo de nuevo hacia sí—. Pero, Bakugo... hay algo más.
— ¿Qué ahora?
— Tu olor... ha cambiado otra vez —Kirishima hundió la nariz en el cabello rubio de Bakugo, inhalando profundamente—. Ya no es solo pólvora. Ahora huele a... flores de cerezo y algo picante. Es increíble. Y mis instintos me dicen que es porque te sientes seguro conmigo.
Bakugo se puso rojo hasta las orejas y le dio un puñetazo flojo en el hombro.
— Cállate, maldito alfa cursi. No te acostumbres a esto.
— Demasiado tarde —susurró Kirishima.
Se quedaron así por un tiempo, permitiendo que la "resonancia" hiciera su trabajo. Poco a poco, la urgencia frenética en su sangre comenzó a disminuir, reemplazada por una calma profunda y sólida. Sus aromas se entrelazaron, creando una burbuja invisible que los protegía del resto del mundo.
Sin embargo, sabían que esto era solo el comienzo. La U.A. no era un lugar diseñado para los lazos de casta profundos; era una academia de héroes. Y mientras sus cuerpos aprendían a navegar esta nueva conexión, tendrían que ser más cuidadosos que nunca.
— Tenemos clase de rescate en diez minutos —dijo Bakugo, aunque no hizo ningún movimiento para soltarse.
— Lo sé. Aizawa nos va a matar si llegamos tarde.
— Que lo intente.
Finalmente se separaron, ajustándose los uniformes y tratando de recuperar sus máscaras de compostura. Pero algo había cambiado permanentemente. Había un hilo invisible, una frecuencia compartida que los mantenía unidos incluso cuando cruzaron la puerta del gimnasio y se dirigieron al edificio principal.
Al entrar al aula, Aizawa los observó con su habitual mirada cansada, pero sus ojos se detuvieron un segundo más de lo normal en ellos. Como alfa experimentado, Aizawa notó el cambio en el aire, la forma en que el ambiente alrededor de Bakugo y Kirishima parecía vibrar con una energía nueva. Pero no dijo nada. En su lugar, simplemente suspiró y comenzó la clase.
Durante la lección, Bakugo se encontró garabateando en su cuaderno, pero su mente estaba en otra parte. Podía sentir a Kirishima sentado tres filas atrás. Ya no era una distracción irritante; era una presencia constante, como el latido de su propio corazón. Por primera vez, ser un omega no se sentía como una lucha contra su propia naturaleza, sino como una parte de un rompecabezas que finalmente había encontrado su pieza faltante.
Kirishima, por su parte, se sentía más enfocado que nunca. La ansiedad de la mañana había desaparecido, reemplazada por una claridad mental absoluta. Sabía que Bakugo estaba ahí, sabía que estaba bien, y eso le permitía concentrarse en sus estudios con una intensidad renovada.
Sin embargo, el peligro de su situación no tardó en manifestarse. En el descanso, mientras caminaban por el pasillo, un grupo de estudiantes de segundo año pasó a su lado. Uno de ellos, un alfa con una actitud algo arrogante, se detuvo y olfateó el aire.
— Vaya, ¿quién dejó salir a un omega en pre-celo? —se burló el chico, mirando directamente hacia donde estaban Bakugo y Kirishima—. El olor es tan fuerte que casi puedo saborearlo.
El mundo pareció detenerse. Bakugo sintió una oleada de furia ciega, pero antes de que pudiera generar una sola chispa, Kirishima se interpuso.
La transformación fue instantánea. El Kirishima amable y suave desapareció, reemplazado por un alfa cuya presencia se volvió tan pesada y afilada como el diamante. Su endurecimiento se activó parcialmente en su cuello y brazos, y sus ojos se volvieron dos brasas rojas de pura amenaza.
— Sigue caminando —dijo Kirishima. Su voz no fue un grito, sino un rugido bajo que hizo que los cristales de las ventanas cercanas vibraran.
El estudiante de segundo año palideció, retrocediendo instintivamente ante la pura dominación física que Kirishima estaba proyectando. No era solo fuerza; era el instinto de un alfa protegiendo lo que era suyo, una fuerza de la naturaleza que no aceptaba desafíos.
— Solo... solo era una broma, hombre —tartamudeó el chico antes de darse la vuelta y alejarse a toda prisa.
Kirishima permaneció en tensión unos segundos más, su aroma a sándalo volviéndose amargo y punzante por la agresión. Luego, sintió una mano firme en su hombro.
— Oye, pelos de pincho. Relájate —la voz de Bakugo era tranquila, casi suave—. Puedo defenderme solo, ¿recuerdas?
Kirishima exhaló un largo suspiro, su cuerpo relajándose y volviendo a su estado normal. Se giró hacia Bakugo, con una mirada de disculpa.
— Lo siento, Katsuki. Fue... instintivo. No pude evitarlo cuando dijo eso sobre ti.
Bakugo lo miró fijamente. Por un momento, el orgullo del omega quiso protestar, decir que no necesitaba protección. Pero al ver la devoción en los ojos de Kirishima, la forma en que el alfa todavía estaba temblando ligeramente por el esfuerzo de controlar su agresión, Bakugo sintió algo diferente.
— No te disculpes por ser un idiota protector —dijo Bakugo, dándole un empujón juguetón—. Pero la próxima vez, déjame al menos volarle la cara antes de que lo asustes.
Kirishima sonrió, y la tensión en el aire se disipó.
— Trato hecho.
Caminaron hacia la siguiente clase, conscientes de que la "resonancia" no solo los hacía más fuertes juntos, sino que también los hacía más visibles. Tendrían que aprender a equilibrar sus instintos con las reglas de la sociedad, a ser héroes antes que alfa y omega. Pero mientras se miraban, una cosa quedó clara: no importaba lo que dijeran los supresores o las leyes de las castas. En el caos de sus vidas, habían encontrado una verdad innegable.
Eran cenizas y ámbar, explosión y roca. Y juntos, eran imparables.