Destino
El Velo Quebrado y el Rugido del Instinto
El silencio en los dormitorios de la U.A. durante el fin de semana solía ser un alivio, pero para Katsuki Bakugo, el silencio era ahora un enemigo que amplificaba cada latido de su corazón. Estaba encerrado en su habitación, con el aire acondicionado al máximo, pero el sudor frío empapaba su camiseta. Sentía una presión punzante en el bajo vientre y una irritabilidad que rozaba la locura.
Alargó la mano hacia la mesita de noche y volcó el frasco de supresores. Estaba vacío. Había tomado el doble de la dosis permitida en las últimas cuarenta y ocho horas, intentando sofocar la marea que subía por su garganta, pero su cuerpo de omega simplemente había devorado la química sin inmutarse. La "Resonancia" con Kirishima no solo había anulado los bloqueadores de olor; había actuado como un catalizador, adelantando su ciclo y rompiendo todas las barreras artificiales.
— Maldita sea... maldita sea todo —gruñó, enterrando la cara en la almohada.
El olor a caramelo quemado y feromonas dulces era tan denso en la habitación que casi podía verse como una neblina. Era una señal de socorro biológica, un grito que atravesaba las paredes y que, sabía perfectamente, llegaría a una nariz específica.
A tres puertas de distancia, Eijiro Kirishima estaba de rodillas en el suelo de su habitación, aferrado a las sábanas. Sus encías sangraban ligeramente porque sus colmillos habían crecido más de lo normal, rasgando el tejido blando. El aroma de Bakugo no era solo una fragancia ahora; era una cuerda que tiraba de su espina dorsal, obligándolo a ponerse en pie.
— No puedo... no debo —se dijo a sí mismo, con la voz quebrada por un gruñido—. Él me matará si entro ahí... pero si no voy...
Kirishima sabía que el celo de un omega sin protección, especialmente uno tan poderoso como Bakugo, podía ser físicamente doloroso. La fiebre, los calambres, la desorientación. Su instinto de alfa, ese que siempre había sido amable y protector, se estaba volviendo posesivo y violento ante la idea del sufrimiento de Katsuki.
Se puso en pie, sus movimientos eran erráticos. Sus ojos rojos brillaban con una intensidad animal. Cruzó el pasillo en un estado de trance, ignorando las reglas, ignorando el sentido común. Se detuvo ante la puerta de Bakugo. El olor aquí era embriagador, una mezcla de nitroglicerina y algo profundamente floral que lo hizo tambalearse.
No llamó. No hubo necesidad. La cerradura hizo clic desde adentro. Bakugo sabía que estaba allí.
Al entrar, el calor lo golpeó como una explosión física. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz mortecina que se filtraba por las cortinas. Bakugo estaba hecho un ovillo en medio de la cama, rodeado de mantas que había intentado organizar en un nido improvisado, un comportamiento instintivo que el rubio odiaría admitir en condiciones normales.
— Te dije... que no vinieras —la voz de Bakugo fue un susurro ronco, desprovisto de su habitual arrogancia.
— Mentiroso —respondió Kirishima, cerrando la puerta tras de sí. El sonido del pestillo cerrándose resonó como una sentencia—. Tu olor me está llamando desde hace una hora. Estás sufriendo, Katsuki.
Kirishima se acercó lentamente, con las palmas de las manos abiertas, tratando de mostrar sumisión a pesar de que su aura de alfa estaba reclamando cada centímetro de oxígeno en el cuarto. Bakugo levantó la vista. Sus ojos estaban empañados por la fiebre y sus labios estaban entreabiertos, buscando aire.
— Los supresores... no sirvieron para nada —dijo Bakugo, apretando los puños sobre las sábanas—. Es esta mierda de la resonancia. Mi cuerpo cree que eres mi alfa y ha decidido ignorar la medicina. Me duele, Eijiro. Me duele todo.
Kirishima sintió un pinchazo de angustia en el pecho. Se sentó en el borde de la cama, estirando una mano para tocar la frente de Bakugo. La piel quemaba.
— Estoy aquí —susurró Kirishima, dejando que su aroma a sándalo fluyera sin restricciones para envolver al omega—. No voy a hacer nada que no quieras, pero necesito ayudarte a bajar la fiebre.
— Cállate y... y solo acércate —Bakugo se arrastró hacia él, agarrando la camiseta de Kirishima con una fuerza desesperada—. No quiero que seas amable ahora. Mi omega está volviéndose loco. Necesito... necesito que me marques, aunque sea sin morder. Necesito tu olor encima de mí.
Kirishima lo rodeó con sus brazos, subiéndolo a su regazo. Bakugo escondió el rostro en el hueco del cuello del alfa, inhalando con tal desesperación que parecía que se le iba la vida en ello. El contacto físico actuó como un bálsamo instantáneo. Los temblores de Bakugo empezaron a ceder, reemplazados por una languidez pesada.
— Eres tan cálido —murmuró Bakugo, su aliento caliente contra la piel de Kirishima—. Odio esto. Odio depender de alguien así.
— No es dependencia, Katsuki —dijo Kirishima, acariciando el cabello rubio con una ternura infinita mientras sus propios instintos luchaban por no morder esa nuca tan expuesta—. Es química. Es lo que somos. Incluso el héroe número uno necesita un lugar donde caer.
— Si se lo dices a Deku, te haré pedazos —amenazó Bakugo, aunque el efecto se perdió cuando restregó su mejilla contra el pecho de Kirishima, buscando impregnarse de su esencia.
— Prometido —rio suavemente el pelirrojo, aunque su risa sonó más como un ronroneo vibrante.
El ambiente se volvió denso. Kirishima podía sentir la humedad de la piel de Bakugo a través de la ropa, y el deseo empezó a transformarse en algo más difícil de controlar. Sus instintos de alfa le gritaban que reclamara, que cubriera al omega, que se asegurara de que nadie más pudiera olerlo jamás. Pero Kirishima era, ante todo, un hombre que respetaba a su compañero.
— Katsuki —dijo Kirishima, forzándose a mantener la voz estable—, si nos quedamos así, no podré detenerme. Los supresores de alfa también están fallando. Mi instinto quiere... quiere que nos vinculemos.
Bakugo se separó lo suficiente para mirarlo a los ojos. El rubio vio la lucha interna en Kirishima, vio el brillo salvaje en sus pupilas y la forma en que sus manos temblaban por el esfuerzo de no ser demasiado brusco. Lejos de asustarse, Bakugo sintió una chispa de desafío.
— ¿Y quién dijo que quería que te detuvieras? —desafió Bakugo, con una sonrisa pequeña y peligrosa—. Soy un omega, Kirishima, pero no soy una víctima. Si vamos a hacer esto, si vamos a romper las reglas de la escuela y de la biología, lo haremos a mi manera.
— ¿A tu manera? —preguntó Kirishima, con la garganta seca.
— Sí. No te atrevas a ser delicado. No quiero que me cuides como si fuera de cristal. Quiero que me demuestres por qué eres el único alfa que puede estar a mi lado sin que lo reduzca a cenizas.
Kirishima sintió que algo dentro de él se rompía. La última pizca de control racional se desvaneció, reemplazada por una devoción ardiente. Agarró a Bakugo por la nuca, no con violencia, sino con una firmeza posesiva, y lo besó.
El beso fue una colisión de fuego y roca. Sabía a sal, a sudor y a una necesidad que había estado contenida durante meses. Bakugo respondió con la misma intensidad, sus manos trepando por la espalda de Kirishima, sus uñas enterrándose en la piel endurecida del alfa. Era una lucha por el dominio que ninguno quería ganar, una danza de poder donde la entrega era el máximo acto de fuerza.
— Tú... —jadeó Bakugo entre besos—, maldito pelos de pincho... eres el único... el único.
— Y tú eres el mío —respondió Kirishima, su voz ahora un rugido bajo y constante—. Siempre has sido tú, Katsuki.
Kirishima comenzó a lamer la glándula de aroma en el cuello de Bakugo, un gesto que hizo que el omega soltara un gemido agudo que habría avergonzado al rubio en cualquier otra circunstancia. Pero aquí, en la seguridad de su habitación, con el mundo exterior reducido a nada, Bakugo se permitió sentir. Se permitió ser vulnerable porque sabía que las manos que lo sostenían eran las más fuertes del mundo.
El celo avanzó como una tormenta. Horas de contacto febril, de susurros rotos y de una unión que iba mucho más allá de lo físico. No era solo sexo; era una amalgama de sus almas a través de sus castas. Kirishima usó su Quirk de endurecimiento no para atacar, sino para resistir la intensidad de las explosiones accidentales de Bakugo cuando el placer se volvía demasiado, siendo el único capaz de soportar la fuerza bruta del omega.
En algún momento de la madrugada, la fiebre finalmente rompió. Bakugo estaba tumbado sobre el pecho de Kirishima, ambos cubiertos por una fina capa de sudor, sus respiraciones sincronizadas en el silencio de la habitación. El aroma en el cuarto se había estabilizado, convirtiéndose en algo nuevo: una fragancia equilibrada de madera ahumada y flores dulces.
— ¿Sigues vivo, idiota? —preguntó Bakugo, con la voz apenas audible.
Kirishima soltó una risa cansada y le dio un beso en la coronilla.
— Estoy mejor que nunca. Aunque creo que vamos a necesitar una excusa muy buena para explicar por qué no iremos al entrenamiento de mañana.
— Diremos que nos intoxicamos con algo —gruñó Bakugo, acomodándose mejor—. O simplemente les diré que se metan en sus asuntos si preguntan por qué huelo a ti desde un kilómetro de distancia.
Kirishima se puso serio por un momento, acariciando el hombro de Bakugo.
— Katsuki... lo que pasó... la resonancia. Esto significa que no podemos volver a los supresores normales. No van a funcionar más. Tendremos que hablar con Recovery Girl o con Aizawa.
Bakugo guardó silencio. La idea de exponer su "debilidad" ante los profesores le revolvía el estómago, pero al mirar a Kirishima, al sentir la conexión inquebrantable que ahora los unía, el miedo desapareció.
— Lo sé —admitió Bakugo—. Pero no es su asunto cómo manejamos nuestra casta. Si la U.A. quiere héroes fuertes, tendrán que aceptar que nosotros funcionamos mejor así.
— Juntos —añadió Kirishima.
— Juntos —repitió Bakugo, cerrando los ojos.
El sol empezó a asomar por el horizonte, marcando el inicio de un nuevo día, pero para ellos, era el inicio de una realidad completamente distinta. Los supresores habían fallado, las reglas se habían doblado y el secreto que intentaban guardar ya no era un secreto, sino una marca invisible en sus pieles.
Bakugo se quedó dormido con el sonido del corazón de Kirishima como canción de cuna. Por primera vez en su vida, no sentía que tenía que luchar contra el mundo para demostrar su valor. Porque tenía a su alfa, y su alfa lo tenía a él. Y en ese equilibrio perfecto entre la explosión y la resistencia, Katsuki Bakugo finalmente encontró la paz que su orgullo siempre le había negado.
Kirishima se quedó despierto un poco más, velando el sueño de su omega. Sabía que el camino por delante sería difícil. La sociedad tenía prejuicios, la escuela tenía normas y el mundo de los héroes era implacable. Pero mientras observaba el rostro relajado de Bakugo, supo que no había villano ni ley biológica que pudiera separarlos.
Habían desafiado a la química y habían ganado. Y eso, pensó Kirishima mientras cerraba los ojos, era lo más varonil que había hecho en toda su vida.