Destino
El Rugido del Diamante
La semana posterior al incidente de la resonancia había sido, cuanto menos, extraña. La U.A. había adaptado su rutina, y aunque Bakugo detestaba la idea de ser tratado como alguien que necesitaba "cuidados especiales", la realidad biológica era innegable. Los nuevos supresores de contacto funcionaban, pero requerían que Kirishima estuviera cerca, muy cerca, para mantener el equilibrio químico de Katsuki.
Sin embargo, había un efecto secundario que nadie había previsto. Mientras que Bakugo se había estabilizado, el instinto de Kirishima estaba mutando. Ser el "anclaje" de un omega tan poderoso y volátil como Bakugo estaba despertando algo en el pelirrojo que siempre había estado dormido bajo capas de amabilidad y caballerosidad.
Era una tarde de entrenamiento libre en el Gimnasio Gamma. El aire estaba cargado de estática y el eco de las explosiones de Bakugo resonaba contra las paredes reforzadas. Kirishima estaba allí, como siempre, observando desde la distancia de seguridad, pero sus ojos rojos no tenían su brillo habitual de admiración. Estaban oscuros, fijos en la silueta de Katsuki con una intensidad depredadora.
Bakugo aterrizó tras una maniobra aérea, jadeando. El sudor le corría por la nuca y su aroma, a pesar de los parches, empezaba a filtrarse: una nota punzante de nitroglicerina que buscaba desesperadamente una respuesta. Se giró hacia Kirishima, esperando la sonrisa de dientes afilados y el pulgar hacia arriba de siempre.
—¿Qué pasa, pelos de pincho? —ladró Bakugo, secándose el sudor con el antebrazo—. Pareces un pasmarote ahí parado. ¿Te has quedado petrificado o qué?
Kirishima no respondió de inmediato. Se levantó lentamente del banco. Su postura había cambiado; sus hombros estaban más anchos, su espalda más recta, y emanaba una presión que Bakugo solo había sentido en alfas de alto rango o en villanos peligrosos.
—Estás forzándote demasiado, Katsuki —dijo Kirishima. Su voz no era la habitual, alegre y jovial. Era un barítono profundo, una vibración que pareció golpear directamente en el centro del pecho de Bakugo.
—¡No me digas qué hacer! —replicó Bakugo, aunque sintió un escalofrío involuntario—. Todavía me queda energía para diez rondas más. ¡Ven aquí y pelea!
Kirishima caminó hacia él. No era el trote amistoso de un compañero de entrenamiento; era el paso medido de alguien que va a reclamar territorio. A medida que se acercaba, su aroma a sándalo se transformó, volviéndose denso, ahumado y cargado de una autoridad que hizo que el omega de Bakugo diera un vuelco.
—Dije que es suficiente —repitió Kirishima, deteniéndose a escasos centímetros de Bakugo.
Katsuki, acostumbrado a ser quien dictaba el ritmo de cualquier interacción, intentó empujarlo por el pecho.
—¡Quítate de mi camino, idiota!
Pero Kirishima no se movió. Ni un milímetro. En lugar de eso, atrapó la muñeca de Bakugo con un movimiento tan rápido que el rubio ni siquiera tuvo tiempo de generar una chispa. El agarre era firme, absoluto, y la piel de Kirishima estaba parcialmente endurecida, fría y sólida como el diamante.
—Suéltame —siseó Bakugo, pero su voz flaqueó. La mirada de Kirishima era abrasadora. No había duda, no había timidez. Era el rugido silencioso de un alfa dominante que finalmente había aceptado su papel.
—No —dijo Kirishima. Dio un paso más, invadiendo el espacio personal de Bakugo hasta que sus pechos chocaron—. Estás agotado. Tu olor está empezando a volverse amargo por el esfuerzo. Mi trabajo es cuidarte, y ahora mismo, cuidarte significa hacer que te detengas.
Bakugo sintió una oleada de rabia, pero bajo esa rabia, algo mucho más primario estaba despertando. Su instinto de omega, ese que siempre había luchado por dominar, estaba ronroneando ante la fuerza bruta de Kirishima. Era una sensación aterradora y embriagadora a la vez.
—¿Crees que puedes mandarme solo porque te dieron un pase VIP a mi cuello? —desafió Bakugo, intentando zafarse, pero Kirishima lo atrajo hacia sí, pegándolo a su cuerpo endurecido.
—Puedo y lo haré —respondió Kirishima. Inclinó la cabeza, acercando sus labios al oído de Bakugo—. Porque eres mío, Katsuki. Y no voy a dejar que te rompas solo por tu orgullo.
El uso de ese tono, esa posesividad absoluta, fue como un martillazo en las defensas de Bakugo. Sus piernas se sintieron pesadas, y por un momento, el deseo de ceder fue casi insoportable. Pero él era Bakugo Katsuki; él no se rendía.
—¡Maldito...! —Bakugo intentó lanzar una explosión con su mano libre, pero Kirishima fue más rápido. Lo giró con una fuerza sorprendente y lo inmovilizó contra una de las columnas de cemento del gimnasio.
Bakugo quedó atrapado entre el frío cemento y el calor abrasador de Kirishima. El alfa apoyó ambas manos a los lados de la cabeza de Bakugo, acorralándolo. La presión de las feromonas de Kirishima era ahora tan fuerte que el aire parecía vibrar. Era un instinto dominante raro, uno que Kirishima había reprimido por miedo a asustar a su amigo, pero que la resonancia había liberado finalmente.
—Mírame —ordenó Kirishima.
Bakugo apretó los dientes, mirando hacia un lado, con el rostro encendido de furia y vergüenza.
—¡Que te jodan!
Kirishima gruñó. Fue un sonido animal, gutural, que resonó en el gimnasio vacío. Agarró la barbilla de Bakugo con una mano, obligándolo a levantar la vista. Sus ojos rojos estaban fijos, las pupilas casi inexistentes.
—Dije que me mires.
Bakugo finalmente lo miró. Lo que vio no fue al chico amable que siempre le traía agua después de entrenar. Vio a un alfa que estaba listo para marcar su territorio contra el mundo entero. Y lo más sorprendente fue que Bakugo no sintió miedo. Sintió una chispa de excitación que le recorrió la columna.
—¿Esto es lo que quieres? —susurró Bakugo, su respiración volviéndose errática—. ¿Quieres jugar a ser el jefe?
—No estoy jugando, Katsuki —dijo Kirishima, su voz suavizándose pero manteniendo ese filo de acero—. He sido paciente. He dejado que tú pongas todas las reglas. Pero la resonancia va en ambos sentidos. Tú necesitas mi calma, pero yo necesito tu fuego. Y no voy a dejar que ese fuego se consuma solo porque eres demasiado testarudo para admitir que necesitas descansar.
Kirishima deslizó su mano desde la barbilla de Bakugo hasta su cuello, rodeándolo con una firmeza que no llegaba a doler, pero que dejaba claro quién tenía el control en ese momento. Sus pulgares acariciaron la zona donde se encontraba la glándula de aroma, justo encima del parche inhibidor.
Bakugo soltó un jadeo, su espalda arqueándose contra la columna.
—Eijiro... —el nombre salió como una súplica, algo que Katsuki nunca habría permitido en público.
—Eso es —ronroneó Kirishima, acercando su rostro al de Bakugo hasta que sus narices se rozaron—. Cede un poco. Solo por hoy. Déjame ser el que te sostenga.
La lucha interna en Bakugo fue breve. Su orgullo seguía ahí, intacto, pero su cuerpo estaba gritando por la dominación de Kirishima. Era una liberación. Por una vez, no tenía que ser el más fuerte, el más ruidoso, el que siempre estaba en guardia. Con Kirishima así, podía permitirse simplemente ser.
Bakugo dejó caer la cabeza hacia atrás, exponiendo su garganta en un gesto de sumisión involuntaria que hizo que Kirishima inhalara con fuerza.
—Haz lo que quieras, idiota —murmuró Bakugo, aunque sus manos se aferraron a los antebrazos de Kirishima, buscando más contacto.
Kirishima no perdió el tiempo. Hundió la cara en el cuello de Bakugo, pero no hubo la suavidad de otras veces. Mordisqueó la piel sensible, marcándola con sus colmillos sin llegar a romper la piel, reclamando cada centímetro de su omega. Bakugo soltó un gemido que resonó en todo el gimnasio, sus dedos enterrándose en los músculos de Kirishima.
—Eres mío —susurró Kirishima contra su piel, su voz cargada de una satisfacción primitiva—. Mío para proteger, mío para cuidar.
—Y tú eres mi alfa —respondió Bakugo, recuperando un poco de su fuego—. Más te vale estar a la altura, porque si te ablandas, te patearé el trasero.
Kirishima se separó un poco, mirándolo con una sonrisa que ya no era solo amable, sino también depredadora y segura.
—No voy a ablandarme, Katsuki. He descubierto que me gusta mucho más este lado de nuestra relación.
Kirishima soltó el agarre, pero no se alejó. En lugar de eso, pasó un brazo por la cintura de Bakugo y lo atrajo hacia su costado, manteniéndolo firme mientras caminaban hacia la salida del gimnasio. Bakugo, aunque seguía refunfuñando, no hizo ningún intento por soltarse. Se apoyó pesadamente en Kirishima, permitiendo que el alfa cargara con parte de su peso.
Cuando salieron al pasillo, se encontraron con Kaminari y Ashido, que iban de camino a las duchas.
—¡Hey, chicos! ¿Cómo fue el entre...? —Kaminari se detuvo en seco, sus ojos saltando de Bakugo a la mano de Kirishima que lo sujetaba con firmeza, y luego a la expresión inusualmente dominante del pelirrojo.
Mina soltó un silbido bajo, con una sonrisa pícara.
—Vaya, Kirishima. Parece que alguien finalmente tomó las riendas.
Kirishima no se sonrojó. No se disculpó. Simplemente asintió con la cabeza, manteniendo su mirada firme.
—Bakugo está cansado. Vamos a los dormitorios —dijo Kirishima. Su voz tenía ese tono de autoridad que no admitía discusión.
Kaminari parpadeó, totalmente desconcertado por el cambio de actitud de su amigo.
—Ah... claro, hombre. Nos vemos luego.
Bakugo, por su parte, le lanzó una mirada asesina a Kaminari, pero no dijo nada. Se dejó guiar por Kirishima, disfrutando en secreto de la forma en que los demás estudiantes se apartaban instintivamente al sentir el aura del alfa.
Una vez en la seguridad de la habitación de Bakugo, la tensión dominante de Kirishima se suavizó, pero no desapareció del todo. Ayudó a Bakugo a quitarse el equipo de héroe con una eficiencia silenciosa, sus manos siempre manteniendo contacto con la piel del rubio.
—¿Vas a estar así todo el tiempo ahora? —preguntó Bakugo, sentándose en la cama mientras Kirishima le traía una toalla limpia.
Kirishima se sentó a su lado, pasando un brazo por sus hombros y atrayéndolo hacia su pecho.
—Solo cuando sea necesario —respondió Kirishima, besando la frente de Bakugo—. Pero no voy a volver a disculparme por mis instintos, Katsuki. Si tú eres fuego, yo tengo que ser la montaña que lo contiene. Es la única forma en que esto funciona.
Bakugo gruñó, acomodándose en el abrazo. Su omega estaba finalmente en paz, saturado por el aroma y la presencia de su alfa.
—Montaña de mierda —murmuró Bakugo, aunque cerró los ojos y se relajó por completo—. Pero supongo que no está mal. Al menos así no tengo que aguantar tus disculpas constantes por cada pequeña cosa.
—Me alegra que lo entiendas —dijo Kirishima, su voz volviendo a ser cálida, pero con ese nuevo matiz de seguridad absoluta—. Ahora, vas a dormir un poco. Y no es una sugerencia.
—Sí, señor —ironizó Bakugo, pero no opuso resistencia cuando Kirishima lo ayudó a tumbarse y se acomodó a su lado, envolviéndolo en un abrazo protector.
Esa noche, mientras la luna iluminaba la habitación, la U.A. dormía tranquila. Pero en la habitación 402, el equilibrio había cambiado para siempre. Kirishima había aceptado su naturaleza dominante, no como una forma de someter a Bakugo, sino como la herramienta necesaria para ser el compañero que el omega más fuerte del mundo necesitaba.
Bakugo, por su parte, había descubierto que ceder ante Kirishima no lo hacía débil. Al contrario, le permitía ser aún más fuerte, sabiendo que tenía un ancla que nunca cedería, sin importar cuán grandes fueran sus explosiones.
La resonancia ya no era un problema médico que resolver; era la sinfonía perfecta de dos almas que habían encontrado su lugar en el mundo. El diamante había aprendido a contener el fuego, y el fuego había encontrado, por fin, un hogar donde arder sin destruir nada.