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Destino

Sinfonía de Pólvora y Sándalo

El amanecer en la Academia U.A. solía traer consigo el sonido de las alarmas y el ajetreo de los estudiantes preparándose para ser los mejores. Sin embargo, en la habitación de Katsuki Bakugo, el tiempo parecía haberse detenido en un bucle de calor sofocante y una necesidad que no conocía límites. El celo de un omega, especialmente uno cuya naturaleza era tan volátil como la suya, no era algo que se desvaneciera con unas pocas horas de contacto. Era una tormenta que exigía ser agotada hasta la última chispa.

Katsuki despertó con la sensación de que sus venas todavía transportaban fuego líquido. Se movió entre las sábanas revueltas, sintiendo el cuerpo sólido de Kirishima a su lado. El alfa todavía dormía, pero incluso en la inconsciencia, su brazo rodeaba la cintura de Bakugo con una posesividad instintiva. El aroma de Eijiro, ese sándalo profundo que ahora estaba mezclado con el almizcle del esfuerzo y la satisfacción, golpeó a Katsuki con la fuerza de un impacto físico.

Su omega rugió de nuevo. No era suficiente. Nunca parecía ser suficiente.

— Despierta, pelos de pincho —susurró Bakugo, su voz era un hilo ronco que apenas recordaba a sus gritos habituales.

Kirishima abrió los ojos lentamente. Sus pupilas todavía estaban dilatadas, una señal de que su propio sistema seguía en alerta roja debido a la proximidad del omega. Al ver a Bakugo —despeinado, con la piel marcada por pequeños hematomas y los ojos brillando con una urgencia renovada—, el alfa sintió que su control, ya de por sí frágil, se desmoronaba por completo.

— Katsuki... —Kirishima acercó su nariz al cuello del rubio, inhalando la embriagadora mezcla de azúcar quemada y feromonas de celo—. Todavía estás ardiendo. Creí que la fiebre había bajado.

— No ha bajado una mierda —gruñó Bakugo, sentándose a horcajadas sobre él y agarrando sus muñecas contra el colchón—. Mi cuerpo quiere más. Y tú también, no intentes negarlo. Puedo oler tu deseo desde el otro lado del pasillo, alfa imbécil.

Kirishima soltó un gruñido bajo, un sonido que venía desde lo más profundo de su pecho. Sus músculos se tensaron, endureciéndose instintivamente bajo la piel.

— Si seguimos, no vamos a poder salir de aquí en todo el día —advirtió Eijiro, aunque sus manos ya estaban subiendo por los muslos de Bakugo, buscando el contacto directo—. Aizawa vendrá a buscarnos.

— Que venga —desafió Bakugo, inclinándose para morder el lóbulo de la oreja de Kirishima—. Que vea lo que pasa cuando sus estúpidos supresores fallan. No me importa nadie más que tú ahora mismo. Haz que me calle, Kirishima. Hazlo ya.

El encuentro que siguió fue una batalla de voluntades y piel. No hubo delicadeza, porque ninguno de los dos la quería. Bakugo exigía con cada movimiento, con cada arañazo en la espalda de Kirishima, reclamando su lugar no como un omega sumiso, sino como un igual que tomaba lo que necesitaba. Kirishima, por su parte, se entregó a su instinto protector y dominante, envolviendo a Bakugo en una fuerza que solo su Quirk de endurecimiento podía proporcionar, permitiéndole ser el ancla en medio de la explosión.

El aire en la habitación se volvió tan denso que era difícil respirar. Los sonidos de la habitación —el roce de las sábanas, los jadeos entrecortados y el eco de los nombres susurrados como oraciones— crearon una burbuja donde el resto del mundo no existía. Para Bakugo, cada toque de Kirishima era como una descarga eléctrica que calmaba el picor insoportable de sus nervios. Para Kirishima, Bakugo era el centro de su universo, la única misión que importaba.

Horas más tarde, cuando el sol ya estaba en lo más alto del cielo, el agotamiento físico finalmente superó a la urgencia química. El celo no había terminado del todo, pero la intensidad salvaje había dado paso a una languidez pesada y cálida.

— Tenemos que movernos —dijo Kirishima, aunque no hizo el menor esfuerzo por levantarse. Estaba tumbado de espaldas, con Bakugo apoyado contra su pecho, ambos cubiertos por una manta fina—. El entrenamiento de la mañana terminó hace horas. Aizawa debe estar a punto de tirar la puerta abajo.

Bakugo soltó un bufido, aunque sus dedos jugaban distraídamente con el cabello rojo de Kirishima, que ahora estaba libre de gel y caía suavemente sobre su frente.

— Que lo intente. Le volaré la cara si interrumpe mi descanso.

— Katsuki, hablo en serio —Kirishima suspiró, besando la sien del rubio—. El olor en esta habitación... es imposible de ignorar. Cualquiera que pase por el pasillo sabrá lo que ha pasado. Los bloqueadores de las puertas son buenos, pero no son mágicos.

Bakugo se tensó, la realidad de su situación empezando a filtrarse a través de la neblina del celo. Odiaba la idea de ser el centro de los chismes, de que la gente viera su "condición" antes que sus habilidades como héroe. Pero al mismo tiempo, sentía una extraña calma. No se arrepentía de nada.

— Está bien —cedió Bakugo, levantándose con un gruñido de dolor por el cansancio muscular—. Vamos a ducharnos. Huelo a ti... y tú hueles a mí. Es asqueroso y... y no está mal.

Kirishima sonrió, esa sonrisa brillante que siempre lograba calmar los demonios de Katsuki.

— Es el mejor olor del mundo.

Después de una ducha rápida donde el contacto seguía siendo constante, casi magnético, ambos se vistieron con sus uniformes escolares, aunque Bakugo se aseguró de subirse el cuello de la camisa lo más posible para ocultar las marcas que Kirishima había dejado en su nuca. No eran marcas de unión permanentes —todavía no estaban listos para ese compromiso legal y biológico—, pero eran marcas de propiedad que tardarían días en desaparecer.

Salieron de la habitación con cautela. El pasillo estaba extrañamente silencioso, hasta que llegaron a la zona común de los dormitorios. Allí, sentados en los sofás, estaban sus compañeros de clase. El ambiente se volvió gélido en cuanto pusieron un pie en la sala.

Mina Ashido fue la primera en levantar la vista, sus ojos se abrieron de par en par. Iida, que estaba a punto de dar un discurso sobre la puntualidad, se quedó con la boca abierta, las palabras muriendo en su garganta. Todos podían sentirlo: el aura de "pertenencia" que emanaba de ellos dos. El aroma de Bakugo y Kirishima ya no eran dos entidades separadas; estaban entrelazados de una manera que gritaba que algo fundamental había cambiado.

— Chicos... —comenzó Kaminari, rascándose la nuca con incomodidad—. Aizawa-sensei dijo que... bueno, que en cuanto aparecieran, fueran directamente a la sala de profesores.

Bakugo no miró a nadie. Mantuvo la cabeza alta, sus ojos fijos en la salida.

— Ya lo sabemos, idiota —escupió, aunque su voz no tenía el veneno habitual.

Kirishima puso una mano en la espalda de Bakugo, un gesto de apoyo público que hizo que varios compañeros intercambiaran miradas de asombro. Caminaron hacia el edificio principal de la U.A. en silencio. La tensión era diferente ahora; no era la tensión del deseo, sino la de la incertidumbre.

Al llegar a la sala de profesores, no solo estaba Aizawa. Recovery Girl también los esperaba, sentada en su silla giratoria con una expresión de preocupación profesional. Aizawa estaba apoyado contra la pared, con los brazos cruzados y sus ojos cansados clavados en ellos.

— Tomen asiento —dijo Aizawa. Su voz era plana, pero no había rastro de su habitual irritación. Era la voz de un profesor enfrentándose a un problema lógico complejo.

Bakugo y Kirishima se sentaron en el sofá frente al escritorio. Katsuki se sentía expuesto, como si estuviera bajo un microscopio, pero la presencia de Kirishima a su lado, con sus rodillas rozándose, le daba la fuerza necesaria para no explotar.

— Supongo que saben por qué están aquí —continuó Aizawa—. Los sensores de feromonas de los dormitorios detectaron un pico de actividad en el ala de Bakugo. La concentración de hormonas omega fue lo suficientemente alta como para activar una alerta silenciosa.

Bakugo apretó los dientes.

— Mis supresores fallaron —dijo, cortante—. Tomé la dosis, pero no sirvió de nada.

— No fallaron por defecto del medicamento, Bakugo —intervino Recovery Girl, acercándose con una tableta digital—. He revisado sus historiales médicos y los análisis de sangre que les tomamos el mes pasado. Lo que ustedes están experimentando es un fenómeno de resonancia de casta. Es extremadamente inusual en individuos que no están vinculados formalmente, pero ocurre cuando dos quirks y dos naturalezas biológicas son excepcionalmente compatibles.

Kirishima asintió, apretando la mano de Bakugo por debajo del nivel de la mesa.

— Lo sentimos, sensei —dijo Kirishima con sinceridad—. Intentamos controlarlo, pero... fue superior a nosotros. No queríamos causar problemas en la academia.

Aizawa suspiró, pasándose una mano por el rostro.

— El problema no es el "incidente" en sí. Los celos ocurren, y la U.A. tiene protocolos para ello. El problema es su futuro como héroes. Bakugo, eres un omega con un potencial increíble, pero si tu cuerpo decide ignorar los supresores cada vez que Kirishima está a menos de diez metros, eso te convierte en un blanco fácil en el campo de batalla. Y tú, Kirishima, como alfa, podrías perder el juicio si él está en peligro.

— ¡Eso no pasará! —exclamó Bakugo, golpeando la mesa—. ¡Puedo controlarme! Soy más fuerte que cualquier instinto de mierda.

— Los hechos de las últimas veinticuatro horas dicen lo contrario —replicó Aizawa fríamente—. No pudieron ni siquiera llegar a clase.

El silencio que siguió fue pesado. Bakugo quería gritar, quería decirles que no tenían derecho a juzgar su conexión, pero sabía que Aizawa tenía razón desde el punto de vista táctico. Un héroe que no puede controlar sus instintos es un héroe muerto.

— ¿Qué es lo que proponen? —preguntó Kirishima, sintiendo el miedo de que intentaran separarlos.

Recovery Girl suspiró.

— No vamos a separarlos. Eso solo empeoraría la resonancia. Sus cuerpos ahora buscan la proximidad del otro para estabilizarse. Si los alejamos, entrarían en un estado de estrés biológico que afectaría su rendimiento y su salud mental.

— En su lugar —añadió Aizawa—, vamos a cambiar su régimen. Bakugo, pasarás a unos supresores experimentales de liberación lenta que se activan mediante contacto dérmico con tu alfa. Y Kirishima, tendrás que asistir a sesiones de control de instintos con Present Mic o conmigo. Necesitan aprender a usar esa conexión como una ventaja, no como una debilidad.

Bakugo parpadeó, procesando la información.

— ¿Están diciendo que... tenemos que estar juntos para que los supresores funcionen?

— Básicamente —dijo Recovery Girl con una pequeña sonrisa—. La resonancia significa que sus sistemas se han sincronizado. Kirishima actúa como un regulador para tu omega, Bakugo. Si él está cerca y su vínculo es estable, tus hormonas no entrarán en pánico. Necesitan lo que llamamos "anclaje".

Kirishima sintió un alivio tan grande que casi se echa a llorar. Miró a Bakugo y vio que el rubio también estaba procesando la noticia. La escuela no los estaba castigando; los estaba ayudando a navegar por lo que eran.

— Sin embargo —advirtió Aizawa, levantándose—, esto conlleva una responsabilidad. Si detecto que esta... "situación" interfiere con sus estudios o con su entrenamiento de combate, los pondré en regímenes separados sin importar lo que digan sus instintos. ¿Entendido?

— ¡Entendido, sensei! —dijo Kirishima con entusiasmo, levantándose y haciendo una reverencia.

Bakugo se levantó más despacio, mirando a Aizawa a los ojos.

— Gracias... supongo.

— Salgan de aquí —dijo Aizawa, señalando la puerta—. Y por el amor de Dios, ventilen esa habitación. El olor en los pasillos es insoportable.

Salieron de la oficina con una sensación de ligereza que no habían sentido en semanas. Al caminar por el pasillo, ya no tenían que fingir que no pasaba nada. Ya no tenían que luchar contra la corriente.

— Así que... soy tu anclaje —dijo Kirishima, rodeando los hombros de Bakugo con su brazo mientras caminaban de regreso a los dormitorios.

— No te lo creas tanto, pelos de pincho —replicó Bakugo, aunque no se apartó—. Solo significa que eres mi batería recargable. Nada más.

— Sí, claro. Lo que tú digas, Katsuki.

Al llegar a los dormitorios, el Bakusquad los estaba esperando en la entrada. Mina tenía una sonrisa de oreja a oreja, y Kaminari parecía listo para soltar mil chistes malos. Bakugo se preparó para gritarles, para decirles que se metieran en sus asuntos, pero Kirishima le apretó la mano suavemente.

— Deja que lo sepan —susurró Eijiro—. No tenemos nada de qué avergonzarnos.

Bakugo suspiró, relajando los hombros. Miró a sus amigos, luego a Kirishima, y finalmente al futuro que se extendía ante ellos. Un futuro donde era el omega más fuerte, no a pesar de su alfa, sino gracias a él.

— Escuchen, extras —gritó Bakugo, llamando la atención de todos—. Kirishima y yo... tenemos una situación de resonancia. A partir de ahora, estaremos más tiempo juntos por "prescripción médica". Si alguno tiene un problema con eso, que venga a decírmelo a la cara para que pueda explotarlo.

El silencio duró un segundo antes de que Mina soltara un grito de alegría y Kaminari empezara a aplaudir.

— ¡Ya era hora! —exclamó Sero—. ¡Llevamos meses oliendo su tensión sexual, esto es un alivio para todos!

Bakugo se puso rojo, pero antes de que pudiera lanzar una explosión, Kirishima lo atrajo hacia sí y lo besó en la mejilla frente a todos.

— ¡Vamos a ser el mejor equipo de héroes de la historia! —declaró Kirishima con orgullo.

Y mientras sus amigos los rodeaban con preguntas y bromas, Bakugo sintió que el fuego en su interior finalmente encontraba su lugar. Ya no era un incendio que amenazaba con consumirlo; era una brasa constante, protegida por la roca inamovible que era Eijiro Kirishima.

En el mundo de los héroes, la fuerza venía de muchas formas. Y ellos acababan de descubrir que la suya residía en la resonancia de dos corazones que, a pesar de las castas y las reglas, habían decidido latir al mismo ritmo. La pólvora y el sándalo, la explosión y la calma. Juntos, no solo eran manejables; eran invencibles.

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