Destino unido
Sombras sobre el pedestal
El aire en la Hunter School se había vuelto denso, cargado de un murmullo incesante que perseguía a Kurapika por cada pasillo, desde la biblioteca hasta el salón del consejo estudiantil. Para los estudiantes, la jerarquía social era una ley natural tan inmutable como la gravedad, y ver al vicepresidente —el epítome de la sofisticación y el intelecto— caminar de la mano con un alfa que vestía el uniforme desaliñado y cuya risa resonaba con demasiada fuerza, era una anomalía que no podían digerir.
—No lo entiendo —susurraba una omega de segundo año mientras Kurapika pasaba a su lado—. Chrollo Lucilfer es la perfección encarnada. ¿Cómo puede preferir a ese... delincuente?
Kurapika mantuvo la vista al frente, su expresión serena ocultando el fastidio que le provocaban esos comentarios. A su lado, Leorio parecía ignorar las miradas de desprecio, aunque Kurapika notaba cómo sus grandes manos se cerraban en puños dentro de los bolsillos cuando los insultos velados eran demasiado obvios.
—Ignóralos, Leorio —dijo Kurapika en voz baja, sin romper su paso elegante—. Sus opiniones carecen de fundamento lógico.
—Lo sé, lo sé —respondió Leorio, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Solo que me molesta que te juzguen a ti por estar conmigo. Eres demasiado para este lugar, y ellos actúan como si fueras un trofeo que perdí en una apuesta.
—No soy el trofeo de nadie —sentenció el rubio, deteniéndose frente a la puerta del salón de clases.
Desde el fondo del pasillo, Chrollo Lucilfer observaba la escena con una calma gélida. Había dejado de enviar flores y de invitar a Kurapika a eventos de la alta sociedad. En la superficie, parecía haber aceptado la derrota con la dignidad que se esperaba de un alfa dominante de su linaje. Pero Chrollo no aceptaba derrotas; simplemente cambiaba de estrategia. Para él, Kurapika no era una persona con voluntad, sino un elemento esencial en su esquema de orden y belleza que había sido "extraviado".
—La paciencia es una virtud, ¿no crees? —murmuró Chrollo para sí mismo, mientras veía a la pareja entrar al salón.
Esa misma tarde, la rutina de la escuela se vio sacudida por la llegada de una nueva estudiante de intercambio. Neon Nostrade entró al salón con el estruendo de una tormenta de confeti. Era una omega de cabello rosado, vestida con una versión modificada del uniforme que gritaba dinero y extravagancia. Su padre era un magnate con influencias oscuras, y su llegada no era una coincidencia, aunque solo Chrollo conocía los hilos que se habían movido para traerla desde su anterior internado.
—¡Leorio! —gritó Neon en cuanto puso un pie en el aula, ignorando por completo a la profesora.
Leorio, que estaba medio dormido sobre su escritorio, saltó en su asiento como si le hubieran arrojado agua fría. Su rostro, usualmente bronceado, se puso pálido en un instante.
—¿Neon? ¿Qué demonios haces aquí? —preguntó Leorio, su voz perdiendo toda su potencia habitual.
—¡Qué recibimiento tan frío para tu pequeña! —Neon corrió hacia él y, ante la mirada atónita de Kurapika y el resto de la clase, se colgó del cuello del alfa—. Te extrañé tanto después de que te expulsaran. Aquellas noches en la cabaña de mi padre... ¡fueron tan intensas! ¿Verdad que sí?
Un silencio sepulcral cayó sobre el salón. Kurapika sintió como si el suelo desapareciera bajo sus pies. Miró a Leorio, esperando una negación inmediata, una explicación lógica. Pero Leorio solo tartamudeaba, tratando de apartar a la chica con una torpeza que parecía culpabilidad.
—Neon, detente... eso fue... hace mucho —logró decir Leorio, lanzando una mirada aterrorizada a Kurapika—. Yo... ahora estoy en otra etapa.
—¡Ay, no seas tonto! —siguió Neon, acariciando la mandíbula de Leorio con familiaridad cínica—. Un alfa como tú no cambia sus instintos. Recuerdo muy bien cómo me decías que las omegas refinadas te aburrían, que preferías algo de fuego.
Kurapika se levantó de su asiento. Sus movimientos eran mecánicos, precisos. Guardó sus libros en el maletín con una calma que resultaba aterradora para quienes lo conocían.
—Vicepresidente, ¿a dónde va? —preguntó la profesora, nerviosa.
—Tengo asuntos del consejo que atender —respondió Kurapika. Su voz era un hilo de hielo que cortó el aire—. Con permiso.
Salió del salón sin mirar a Leorio, aunque sentía la mirada desesperada del alfa clavada en su espalda.
—¡Kurapika, espera! —Leorio salió corriendo tras él, dejando a Neon riendo en medio del salón.
Lo alcanzó en el jardín lateral, cerca de la fuente de piedra. El sol de la tarde bañaba al rubio, dándole una apariencia casi divina, pero sus ojos avellana estaban oscurecidos por una tormenta de desconfianza.
—¡Escúchame, por favor! —pidió Leorio, jadeando—. Neon es... fue alguien de mi pasado. Antes de que todo se fuera al traste, antes de mis padres... yo era un idiota, Kurapika. Salía con cualquiera, buscaba problemas, intentaba llenar un vacío con ruido. Pero no significa nada.
—Me dijiste que no tenías ataduras, Leorio —dijo Kurapika, girándose lentamente—. Me dijiste que querías ser honesto conmigo. ¿Por qué omitiste que tuviste una relación con la hija de uno de los hombres más peligrosos del país?
—¡Porque me avergüenza! —exclamó Leorio, golpeando suavemente su propio pecho—. Me avergüenza el tipo de persona que era antes de conocerte. Ella es parte de ese mundo de excesos que trato de dejar atrás. No te lo dije porque no quería que pensaras que sigo siendo ese tipo de alfa mujeriego y superficial.
Kurapika guardó silencio, analizando cada microexpresión en el rostro de Leorio. La sinceridad del alfa siempre había sido su mayor atractivo, y en ese momento, parecía genuinamente angustiado.
—Es el pasado, Kurapika —insistió Leorio, dando un paso hacia él—. Te lo juro por mi vida. Ahora solo me importas tú.
Kurapika suspiró, dejando que parte de su rigidez se disolviera.
—Solo... no me vuelvas a ocultar nada, Leorio. La confianza es un cristal muy fino en este lugar.
—Lo sé. Te lo prometo —dijo el alfa, intentando tomar su mano.
Kurapika se la permitió, pero la sombra de la duda ya se había instalado en un rincón de su mente. Una sombra que Chrollo Lucilfer se encargaría de alimentar.
Durante los días siguientes, Neon se convirtió en una presencia constante y molesta. Aparecía en los entrenamientos de Leorio, se sentaba en su mesa durante el almuerzo y lanzaba indirectas constantes sobre su "pasado salvaje". Leorio hacía todo lo posible por ignorarla, manteniéndose cerca de Kurapika, pero la presión social estaba aumentando. Los rumores decían que Leorio solo estaba con Kurapika para limpiar su imagen y que, tarde o temprano, volvería a los brazos de una omega de su "nivel" como Neon.
Una tarde, Kurapika recibió una nota anónima en su casillero: "Si quieres ver la verdad detrás de las promesas del médico, ve al pasillo de los laboratorios después de la última campana".
Kurapika sabía que era una trampa. Su intelecto le gritaba que Chrollo estaba detrás de esto. Pero el corazón de un omega enamorado es, a veces, más fuerte que su lógica. Se dirigió al lugar indicado, caminando con cautela.
Al doblar la esquina del pasillo sombrío, se detuvo en seco.
Leorio estaba allí, acorralado contra los casilleros por Neon. La chica lo tenía sujeto por la camisa, y antes de que Leorio pudiera reaccionar o apartarla, ella se puso de puntillas y lo besó con una intensidad desesperada. Desde el ángulo en que Kurapika estaba, parecía que Leorio no solo no la rechazaba, sino que la estaba sosteniendo por la cintura.
El mundo de Kurapika se fragmentó en mil pedazos. El aroma de Leorio, ese olor a madera y lluvia que tanto lo reconfortaba, ahora le parecía una señal de traición.
—¡Leorio! —la voz de Kurapika salió como un látigo.
Leorio empujó a Neon con tanta fuerza que la chica casi cae al suelo. Su rostro pasó de la sorpresa al horror absoluto al ver a Kurapika allí, con los ojos brillando con una intensidad escarlata que solo aparecía en momentos de emoción extrema.
—¡Kurapika! ¡No es lo que parece! Ella me emboscó, yo... —Leorio intentó acercarse, con las manos extendidas.
—No me toques —siseó Kurapika. El dolor en su voz era tan agudo que Leorio retrocedió como si le hubieran disparado—. Me hablaste de honestidad. Me hablaste de un nuevo comienzo. Y aquí estás, en los pasillos, con ella.
—¡Fue un plan! —gritó Leorio, señalando a Neon—. ¡Ella me citó diciendo que tenía algo importante sobre mis padres y luego apareció Chrollo por el otro lado diciendo...!
—¿Chrollo? —Kurapika soltó una risa amarga—. ¿Ahora vas a culpar al presidente de tus propias debilidades? Chrollo ha sido un caballero conmigo, incluso después de que lo rechacé. Él no necesita rebajarse a estos juegos.
—¡Es lo que él quiere que pienses! —desesperado, Leorio intentó tomar el brazo de Kurapika—. Kurapika, mírame. Sabes que te amo. Ella no significa nada.
Kurapika se soltó del agarre con una violencia inusual. Su rostro, antes lleno de vida gracias a Leorio, se había convertido nuevamente en la máscara de hielo del vicepresidente.
—Lo que sé, Leorio, es que eres ruidoso, problemático y, al parecer, un mentiroso —dijo Kurapika con una frialdad que helaba la sangre—. Me equivoqué al pensar que había algo noble en ti. Solo eres un alfa más que no sabe controlar sus impulsos.
—Kurapika... por favor...
—Se acabó, Leorio. No vuelvas a acercarte a mí. Si lo haces, usaré mi autoridad en el consejo para que tu estancia en esta escuela sea muy corta.
Kurapika dio media vuelta y caminó con paso firme, aunque por dentro sentía que se estaba desangrando. Leorio se quedó allí, de pie en el pasillo vacío, con el corazón destrozado y la rabia hirviendo en sus venas. Neon, a un lado, se acomodaba el cabello con una sonrisa triunfal.
—Te dije que él no te entendería, Leorio —ronroneó la chica—. Alguien tan "perfecto" no puede aceptar una mancha en su historial.
Leorio la miró con un odio puro.
—Vete al infierno, Neon. Tú y quienquiera que te haya pagado para esto.
Caminó en dirección opuesta, sin notar que, desde las sombras de la oficina del consejo, Chrollo Lucilfer observaba todo a través de las cámaras de seguridad. El alfa dominante apagó el monitor y se sirvió una taza de té con una calma imperturbable.
Unos minutos después, el sonido de unos nudillos golpeando la puerta rompió el silencio.
—Adelante —dijo Chrollo.
Kurapika entró. Sus ojos estaban ligeramente enrojecidos, pero su postura era impecable. Chrollo se levantó y se acercó a él, ofreciéndole un pañuelo de seda bordado con sus iniciales.
—Lo siento mucho, Kurapika —dijo Chrollo, su voz grave y aterciopelada destilando una compasión perfectamente ensayada—. Nadie merece ser engañado de esa manera, y menos alguien tan valioso como tú.
Kurapika aceptó el pañuelo, apretándolo entre sus dedos.
—Tenías razón, Chrollo —susurró el rubio, bajando la cabeza—. Fui un iluso al creer que alguien como él podía cambiar.
Chrollo puso una mano suave sobre el hombro de Kurapika. No fue un gesto invasivo, sino uno de apoyo, el tipo de contacto que un alfa dominante usa para marcar su territorio sin que la presa se dé cuenta del peligro.
—Todos cometemos errores de juicio cuando el corazón está involucrado —dijo Chrollo, guiándolo hacia un sofá—. Pero ahora estás a salvo. Yo me encargaré de que no tengas que lidiar con más distracciones vulgares. La Hunter School volverá a ser el lugar ordenado que siempre debió ser.
Kurapika se dejó caer en el asiento, sintiéndose agotado. El aroma de Chrollo —incienso, papel antiguo y un frío metálico— lo rodeó. No era cálido como el de Leorio, no se sentía como un hogar, pero en su estado de vulnerabilidad, se sentía como una fortaleza. Una fortaleza de la que no sabía si podría volver a salir.
Mientras tanto, en la azotea de la escuela, Leorio miraba hacia el horizonte, encendiendo un cigarrillo con manos temblorosas. Había perdido lo único que le daba esperanza en ese mundo gris, y sabía que Chrollo había ganado esta batalla. Pero mientras inhalaba el humo amargo, una chispa de la rebeldía que lo había caracterizado siempre volvió a encenderse en sus ojos.
—Esto no ha terminado, maldito engreído —gruñó Leorio hacia la nada—. Voy a recuperar a mi omega, aunque tenga que quemar esta escuela entera para demostrar la verdad.
La guerra en la Hunter School acababa de empezar, y el corazón de Kurapika era el premio en un juego donde la nobleza de un rebelde se enfrentaba a la perfección calculadora de un tirano. Y Kurapika, atrapado en el centro, empezaba a descubrir que el silencio de la perfección podía ser mucho más doloroso que el ruido de la verdad.