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Destino unido

Sombras de terciopelo y acero

La Hunter School no dormía cuando se trataba de un escándalo de tal magnitud. En menos de veinticuatro horas, la imagen de Leorio Paladiknight había pasado de ser la de un "rebelde con causa" a la de un simple oportunista que había jugado con los sentimientos del vicepresidente. Los pasillos murmuraban, las redes sociales de la escuela ardían y, en el centro de aquel torbellino, Kurapika Kurta intentaba mantener los fragmentos de su dignidad unidos con una voluntad de hierro.

Kurapika se encontraba en la oficina del consejo estudiantil, revisando presupuestos que no lograba comprender del todo porque las palabras bailaban frente a sus ojos. El aroma de Chrollo —ese incienso persistente y frío— impregnaba la habitación. El presidente estaba sentado frente a él, observándolo con una paciencia que resultaba casi asfixiante.

—Kurapika, estás forzando la vista —dijo Chrollo con suavidad, cerrando la carpeta del rubio—. Deja que yo me encargue de esto. Deberías descansar.

—Estoy bien, Chrollo —respondió Kurapika, aunque su voz sonaba hueca—. El trabajo es la mejor forma de no pensar en... trivialidades.

—No son trivialidades si te causan este dolor —insistió el alfa dominante, levantándose para rodear el escritorio. Se detuvo a una distancia respetuosa, pero su presencia llenaba el vacío—. He estado investigando un poco, Kurapika. No por curiosidad malsana, sino porque me preocupas.

Kurapika levantó la mirada, sus ojos avellana empañados por una fatiga emocional evidente.

—¿Investigando qué?

Chrollo sacó una tableta de su maletín y deslizó un par de archivos.

—Leorio Paladiknight no es solo un chico con un pasado difícil. Sus registros en las escuelas anteriores muestran un patrón. Neon Nostrade no fue la única. Hubo otras omegas, Kurapika. Siempre elegía a las más brillantes o a las de mejor posición, las usaba para escalar o para obtener beneficios académicos y luego las desechaba cuando la situación se complicaba. Lo que viste en el pasillo no fue un error; fue su naturaleza.

Kurapika sintió una punzada en el pecho, como si un alfiler de hielo se hubiera clavado en su corazón.

—Él me dijo que quería ser médico... por sus padres —susurró el rubio.

Chrollo soltó un suspiro condescendiente.

—Es una historia conmovedora, ideal para ganarse la confianza de alguien tan noble como tú. Pero me temo que ya te ha reemplazado en sus prioridades. Mis fuentes dicen que anoche se le vio en un club nocturno con un grupo de omegas de la zona sur. Para él, tú solo fuiste un desafío, un juego de seducción que terminó cuando lo descubrieron.

Kurapika cerró los ojos con fuerza. La imagen de Leorio ayudando al niño en el patio, o confesando sus sueños bajo la lluvia, empezó a distorsionarse, manchada por las palabras venenosas de Chrollo. ¿Había sido todo una actuación? La duda, una vez plantada, crecía como una maleza negra.

—Acepta mi invitación para la gala benéfica de este viernes —dijo Chrollo, tomando la mano de Kurapika entre las suyas. Sus dedos estaban fríos, pero su agarre era firme—. Deja que la escuela vea que el vicepresidente no se deja abatir por alguien inferior. Sal con conmigo, Kurapika. No como un compromiso, sino como una forma de recuperar tu lugar.

Kurapika miró la mano de Chrollo. No sentía el calor eléctrico que sentía con Leorio, pero sentía seguridad. Y en ese momento, el dolor era tan grande que solo quería algo que lo mantuviera en pie.

—Está bien —aceptó Kurapika, con la mirada perdida—. Saldré contigo, Chrollo.

La noticia de que el "Príncipe" y el "Ángel" de la Hunter School finalmente eran una pareja oficial se propagó como un incendio forestal. Durante los días siguientes, se les vio caminar juntos por los jardines, almorzar en el comedor privado de los alumnos distinguidos y compartir lecturas en la biblioteca. Para el resto del mundo, era la imagen de la perfección. Para Kurapika, era un entumecimiento constante.

Leorio, por su parte, estaba viviendo su propio infierno. Intentó interceptar a Kurapika una docena de veces. Lo esperó en la entrada de la escuela, en su casillero, incluso fuera de su dormitorio. Pero Kurapika siempre estaba escoltado por Chrollo o por miembros del consejo que le impedían el paso.

—¡Kurapika, solo un minuto! —gritó Leorio una mañana, siendo retenido por dos guardias de seguridad en el vestíbulo—. ¡Esa chica mintió! ¡Chrollo la trajo aquí! ¡Por favor, mírame!

Kurapika se detuvo un segundo, su espalda tensa bajo el uniforme elegante. Chrollo, a su lado, le puso una mano en la cintura, un gesto posesivo que quemó a Leorio por dentro.

—No pierdas tu tiempo con él, Kurapika —murmuró Chrollo lo suficientemente alto para que el alfa rubio lo oyera—. La desesperación es el último refugio de los mentirosos.

Kurapika no se giró. Siguió caminando, su rostro impasible, aunque por dentro sus entrañas se retorcían al oír la voz rasposa de Leorio quebrarse.

El viernes por la tarde, el ambiente en la escuela era eléctrico. Chrollo había organizado una pequeña recepción previa a la gala en el salón principal. Kurapika vestía un traje de corte alternativo, elegante y entallado, que resaltaba su figura esbelta. Chrollo estaba a su lado, luciendo como el dueño del mundo.

Cuando la música suave llenaba el aire y los estudiantes admiraban a la pareja "perfecta", la puerta principal del salón se abrió de golpe.

Leorio entró. No vestía traje, sino su uniforme habitual, pero su mirada era la de un hombre que no tenía nada más que perder. Sus ojos azabache estaban inyectados en sangre por la falta de sueño y la rabia.

—¡Lucilfer! —rugió Leorio, su voz silenciando la música y las conversaciones—. ¡Deja de esconderte detrás de tus guardias y de tus mentiras!

Chrollo suspiró con fingido cansancio y dio un paso al frente, manteniendo a Kurapika detrás de él.

—Paladiknight, tu falta de modales es proporcional a tu falta de intelecto. Retírate antes de que llame a la policía por allanamiento.

—¡Sé lo que hiciste! —gritó Leorio, acercándose con pasos pesados—. ¡Sé que le pagaste a Neon para que viniera! ¡Sé que inventaste esos informes sobre mi pasado! ¡Eres un cobarde que no puede ganar nada si no es manipulando a la gente!

Chrollo sonrió de forma gélida, una expresión que solo Kurapika, desde su posición, pudo ver por completo. Era una sonrisa de triunfo absoluto.

—Kurapika ha elegido, Leorio. Él prefiere la estabilidad y la clase a... lo que sea que tú llames vida. Acéptalo. Eres basura de la calle, y él es una joya que nunca debiste tocar.

Leorio no pudo más. La visión de Chrollo burlándose de él, sumada al dolor de ver a Kurapika mirándolo con lástima y desprecio, hizo que su control se rompiera. Se lanzó hacia adelante con un grito de furia, su puño derecho cargado con toda la frustración de la semana.

Chrollo, entrenado en artes marciales desde niño, se preparó para esquivar y contraatacar con una precisión letal. Sabía exactamente dónde golpear para humillar al alfa ruidoso frente a todos.

—¡Deténganse! —gritó Kurapika.

En un acto de puro instinto, Kurapika se interpuso entre ambos. No pensó en las consecuencias; solo quería que la violencia cesara, que el caos que Leorio traía a su vida se detuviera de una vez por todas.

Pero el movimiento fue demasiado rápido. Leorio ya había lanzado el golpe y no pudo frenar el impulso. Chrollo, al ver a Kurapika cruzarse, intentó apartarlo bruscamente para que no interfiriera en su contraataque. El resultado fue un desastre de fuerzas encontradas.

El puño de Leorio no llegó a impactar con toda su fuerza en el rostro de Kurapika, pero el empujón lateral de Chrollo hizo que el rubio perdiera el equilibrio y cayera hacia atrás, golpeándose la sien contra el borde afilado de una mesa de mármol decorativa.

El sonido del impacto fue seco, terrible.

Kurapika cayó al suelo como una muñeca de trapo. Un hilo de sangre carmesí comenzó a deslizarse por su frente, contrastando violentamente con su cabello rubio y su piel pálida. Sus ojos se cerraron de inmediato.

—¡Kurapika! —el grito de Leorio fue un lamento desgarrador.

El alfa se desplomó de rodillas al lado del omega, sus manos temblando tanto que no se atrevía a tocarlo. El pánico lo inundó, borrando toda su rabia.

—No, no, no... ¡Kurapika, despierta! ¡Lo siento! ¡Por favor, abre los ojos! —sollozaba Leorio, su voz quebrada por el terror.

Chrollo se quedó de pie, mirando la escena con una expresión de calculada sorpresa. Su mente ya estaba trabajando: ¿cómo podía usar este accidente para hundir definitivamente a Leorio?

—¡Llamen a una ambulancia! —ordenó Chrollo a los presentes, aunque su voz carecía de la urgencia emocional de Leorio—. ¡Paladiknight, aléjate de él! ¡Mira lo que has hecho! ¡Casi lo matas!

Leorio no escuchaba. Solo podía ver la sangre de Kurapika, la misma sangre que recordaba de sus padres, del accidente que le arrebató todo. El trauma se activó en su cerebro como una alarma ensordecedora. Estaba paralizado, su respiración se volvió errática mientras intentaba desesperadamente sentir el pulso en el cuello fino del rubio.

—Yo no quería... yo solo quería que supiera la verdad... —balbuceaba Leorio, con las lágrimas corriendo por sus mejillas.

Kurapika soltó un quejido débil, sus pestañas temblaron. Abrió los ojos lentamente, pero su mirada estaba desenfocada, perdida.

—¿Leorio...? —susurró con un hilo de voz.

—¡Aquí estoy, aquí estoy! —Leorio finalmente se atrevió a tomar su mano, apretándola con una ternura desesperada.

Kurapika lo miró, y por un segundo, a pesar del dolor y la confusión del golpe, vio la verdad. Vio el terror puro en los ojos de Leorio, una emoción que alguien que solo está "jugando" nunca podría fingir. Vio al chico que quería ser médico para salvar vidas porque no pudo salvar las de quienes amaba.

Chrollo se inclinó, intentando apartar la mano de Leorio de la de Kurapika.

—Kurapika, no hables. La ambulancia viene en camino. Este delincuente te ha lastimado, pero yo me encargaré de que pague por ello —dijo Chrollo, su tono volviendo a ser el del protector perfecto.

Kurapika sintió el aroma de Chrollo cerca de él. Por primera vez, ese aroma a incienso y metal le resultó repulsivo. Se sentía como una jaula de oro. Miró a Leorio, cuyo rostro estaba deformado por el dolor y la culpa, y luego a Chrollo, que permanecía impecable incluso en medio del desastre.

—Vete... —susurró Kurapika.

—¿Qué? —Chrollo frunció el ceño, confundido—. Kurapika, estás confundido por el golpe...

—Vete, Chrollo —dijo Kurapika con un poco más de fuerza, apartando su mano del alcance del presidente—. Tú... tú causaste esto. Lo veo ahora.

Leorio sollozó, tapándose la boca con la otra mano. Kurapika volvió su mirada hacia el alfa alto y desaliñado que seguía de rodillas a su lado.

—Leorio... eres un idiota ruidoso —murmuró el rubio, y una pequeña, casi imperceptible sonrisa apareció en sus labios ensangrentados—. El peor médico del mundo si dejas que tus pacientes se mueran de susto antes de tratarlos.

—¡Voy a ser el mejor, te lo juro! —exclamó Leorio, aferrándose a su mano como si fuera su único anclaje al mundo—. ¡Solo no te mueras, por favor, no me dejes!

Los paramédicos entraron al salón en ese momento, rompiendo la burbuja de tensión. Se llevaron a Kurapika en una camilla, y Leorio intentó subir a la ambulancia con él. Los guardias de la escuela intentaron detenerlo por orden de Chrollo, pero Leorio los apartó con una fuerza nacida de la desesperación absoluta.

—¡Es mi omega! —rugió Leorio, y por primera vez, su voz de alfa dominante resonó con una autoridad que hizo que incluso los guardias retrocedieran—. ¡Si alguien intenta separarme de él, lo mataré!

Chrollo observó cómo la ambulancia se alejaba, sus luces rojas y azules tiñendo el edificio de la Hunter School. Estaba solo en la entrada, su traje perfecto ahora manchado con una gota de la sangre de Kurapika que había saltado durante la caída.

Se limpió la mancha con el pañuelo de seda, su rostro volviendo a una máscara de indiferencia absoluta. Había perdido. No porque Leorio fuera más fuerte o más inteligente, sino porque había algo en la caótica y ruidosa humanidad de ese alfa que él nunca podría replicar.

—Qué desperdicio —murmuró Chrollo, tirando el pañuelo sucio al suelo—. Era una pieza tan hermosa.

En el hospital, horas después, Kurapika despertó en una habitación silenciosa. Tenía un vendaje en la cabeza y el cuerpo le pesaba, pero el dolor agudo había desaparecido. A su lado, sentado en una silla demasiado pequeña para su tamaño, Leorio estaba profundamente dormido. Tenía la cabeza apoyada en el borde de la cama y todavía sostenía la mano de Kurapika, incluso en sueños.

Kurapika observó el rostro de Leorio. Estaba pálido, con ojeras profundas, y su uniforme estaba arrugado y manchado. No era elegante, no era refinado, y definitivamente no era lo que la sociedad de la Hunter School esperaba para él.

Pero mientras Kurapika acariciaba con el pulgar los nudillos ásperos de Leorio, sintió un calor que ninguna gala benéfica ni ningún presidente perfecto podría darle jamás. Era el calor de alguien que estaba dispuesto a ser un villano, un tonto o un delincuente, con tal de no dejarlo solo en la oscuridad.

—Idiota —susurró Kurapika con ternura, cerrando los ojos para descansar finalmente, sabiendo que, por primera vez, estaba exactamente donde pertenecía.