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Digi-Elegida

Donde el Miedo Viste un Rostro Amado

El silencio en la videoconferencia era un agujero negro que devoraba el aire de una docena de habitaciones a lo largo de Tokio. El nombre de Yamato, pronunciado por Taichi, pendía en el espacio digital como una sentencia de muerte. Cada rostro en la pantalla reflejaba una faceta distinta del mismo horror: la incredulidad en Daisuke, la fría comprensión en Ken, el pánico apenas contenido en Yolei y, sobre todo, la angustia pura y desnuda en los ojos de Takeru.

—Takeru —dijo Taichi, y su propia voz le sonó lejana, como si viniera del otro lado de un túnel—. Llámalo. Ahora mismo.

No hubo necesidad de más explicaciones. Takeru asintió, su rostro una máscara pálida y tensa. Desapareció de su recuadro en la pantalla, dejando a Kari sola en el sofá, abrazando a Gatomon con una fuerza que debía de ser dolorosa.

Los minutos que siguieron fueron los más largos de la vida de Taichi. El resto del grupo permanecía en la línea, nadie se atrevía a colgar, como si romper esa conexión digital fuera a romper el último hilo de esperanza. Taichi se había levantado del suelo, pero seguía apoyado contra la pared, sintiendo el frío del yeso a través de su camisa. Mimi estaba a su lado, su mano firmemente en la suya, un ancla en el mar embravecido de su pánico.

Finalmente, el recuadro de Takeru volvió a iluminarse. Estaba solo, y su expresión era indescifrable.

—Ha contestado —dijo, y un suspiro colectivo de alivio recorrió la llamada—. Está bien.

La tensión en el pecho de Taichi se aflojó, pero solo un poco.

—¿Le has contado…?

—Todo —confirmó Takeru, pasándose una mano por el pelo—. Al principio pensó que era una broma de mal gusto. Luego, cuando oyó mi voz, supo que iba en serio. Dijo que no había visto nada, que no había sentido nada. Pero…

Takeru vaciló, su mirada perdida en algún punto fuera de la cámara.

—¿Pero qué, T.K.? —preguntó Daisuke, impaciente.

—Pero su voz… sonaba como en los viejos tiempos. Cuando intentaba ser fuerte por mí. Estaba intentando ser el hermano mayor, diciéndome que no me preocupara, que estaría bien, que se cuidaría. Pero lo conozco. Está asustado. Y está intentando ocultarlo, lo que lo hace aún peor. Le he pedido que venga, que se quede con Kari y conmigo, pero se ha negado. Ha dicho que tiene que… estar solo para pensar.

La frase cayó como una losa. Yamato, el lobo solitario, refugiándose en su propia soledad justo cuando más necesitaba a la manada. Era tan típico de él, y tan peligrosamente estúpido.

—Le he hecho prometer que me llamará si algo, cualquier cosa, por pequeña que sea, sucede —concluyó Takeru, su voz quebrada—. Pero todos sabemos cómo es.

Sí. Todos lo sabían.

—No podemos obligarle —dijo Ken, su voz grave y reflexiva—. Presionarle solo hará que se aleje más. Tenemos que confiar en él. Pero tenemos que estar preparados. Izzy, ¿puedes ponerle un localizador a su teléfono? Discreto. Solo para saber dónde está.

—Ya lo he hecho —respondió Izzy sin levantar la vista de su teclado—. Y he configurado una alerta prioritaria vinculada a sus datos biométricos a través de su reloj inteligente. Si su ritmo cardíaco se dispara de forma anómala, lo sabremos al instante.

La fría eficiencia de Izzy era, a su manera, reconfortante. Pero no podía disipar la imagen que ahora atormentaba a Taichi: Yamato, solo en su apartamento, mirando cada sombra con recelo, cada crujido del edificio un presagio de la monstruosidad que podría estar a punto de manifestarse.

La conversación derivó hacia la naturaleza del enemigo. La comparación con Menoa Bellucci surgió de forma natural, pero fue descartada con la misma rapidez.

—Menoa estaba rota por el dolor —dijo Mimi, su voz clara y precisa en medio de la confusión—. Lo que hizo fue terrible, pero nació de un deseo retorcido de preservar algo que amaba. Quería crear un paraíso artificial donde nadie tuviera que decir adiós. Era un egoísmo nacido de la nostalgia y el trauma.

—Esto es diferente —asintió Taichi, su mente aferrándose al análisis como a un salvavidas—. Esto no es nostalgia. Es profanación. Menoa quería congelar el tiempo. Quienquiera que esté detrás de esto quiere usar el tiempo como un arma, convertir nuestros recuerdos más felices en instrumentos de tortura. No hay amor aquí. Ni siquiera uno retorcido. Solo hay odio. Puro y metódico.

—Un odio que nos conoce íntimamente —añadió Ken—. Que conoce la tragedia personal de Meiko, la pérdida de Wallace, la de todos los demás. Esta no es una base de datos de nuestros enemigos. Es una base de datos de nuestro dolor.

La llamada terminó sin soluciones, solo con un plan de acción vago y desesperado: vigilar, esperar y rezar. Cada uno volvió a su vida, pero la vida ya no era la misma. La paz había sido expuesta como lo que era: una fina capa de hielo sobre un océano oscuro y helado. Y ahora, el hielo se estaba agrietando.

Los días siguientes fueron una lenta tortura. Taichi intentó volver a sus estudios, pero las palabras de los libros de historia se mezclaban con las advertencias de Gennai. Cada teoría sobre la guerra psicológica parecía una burla directa a su situación actual. Pasaba la mayor parte del tiempo frente al televisor, viendo las noticias con el volumen bajo, como un vigía esperando el primer signo de una flota enemiga en el horizonte.

Y la flota llegó. No con un solo barco, sino con una invasión constante y desgarradora.

Un día, las noticias mostraron imágenes de un incendio masivo en un complejo industrial en las afueras de la ciudad. De entre las llamas, surgió una figura esquelética envuelta en fuego azul, un SkullMeramon. Taichi vio a Paildramon y a Silphymon luchando contra él, sus ataques de energía iluminando el cielo nocturno. No era un Digimon salvaje confundido. Se movía con una malevolencia deliberada, intentando hacer estallar los tanques de almacenamiento de productos químicos, buscando causar la máxima destrucción. Era malvado por instinto.

Otro día, el pánico se desató en la Bahía de Tokio. Un ferry casi había zozobrado, no por una tormenta, sino por una serpiente metálica gigantesca que había surgido de las profundidades. MetalSeadramon. Taichi contuvo el aliento al ver a Shakkoumon crear un escudo protector alrededor del barco mientras Imperialdramon se enzarzaba en una batalla brutal con el soberano oscuro del océano. Cada coletazo de MetalSeadramon no buscaba solo derrotar a su oponente, sino hundir el ferry, ahogar a los inocentes.

Era un caos total, una guerra de desgaste. Daisuke y los demás luchaban con una valentía que llenaba a Taichi de un orgullo inmenso, pero también de una profunda sensación de impotencia. Eran bomberos intentando apagar un incendio forestal mientras un pirómano invisible seguía prendiendo nuevos fuegos por todas partes. Y él, Taichi, el antiguo líder, estaba sentado en su sofá, observando. Un veterano viendo las batallas de una nueva generación en una pantalla de plasma.

El miedo, que había sido un compañero constante pero manejable, empezó a crecer, a mutar. Ya no era solo el miedo por sus amigos o por el mundo. Se volvió hacia adentro, convirtiéndose en un terror íntimo y paralizante.

La idea le carcomía.

Una noche, después de que Mimi y Palmon se hubieran ido a dormir, Taichi se quedó en el salón a oscuras, solo con el resplandor de las luces de la ciudad filtrándose por la ventana. El apartamento estaba en silencio, un silencio que de repente se sentía expectante, amenazador.

Cerró los ojos y la imagen que había estado reprimiendo con todas sus fuerzas acudió a él, nítida y detallada, como si la estuviera proyectando en el interior de sus párpados.

Se imaginó una grieta, fina como un cabello, apareciendo en la pared de enfrente. Un arañazo en la realidad. La grieta no se abriría con un estruendo, sino en silencio, ensanchándose lentamente como una sonrisa maligna. Y desde la oscuridad del otro lado, una silueta familiar daría un paso hacia la luz.

Agumon.

Pero no su Agumon. El color naranja de su piel estaría desvaído, manchado de un gris ceniciento, como la carne de una fruta que se ha podrido desde dentro. Sus garras, normalmente cortas y romas, serían largas, afiladas y negras, goteando una sustancia oscura. Y sus ojos… sus grandes ojos verdes, siempre llenos de una lealtad y un afecto infantiles, serían dos pozos de pura malevolencia, de un rojo inyectado en sangre. La pupila, una rendija vertical, como la de un reptil.

El monstruo abriría la boca, no para decir «¡Tai!» con alegría, sino para revelar una hilera de dientes afilados como agujas. Y de esa garganta saldría su nombre, pero distorsionado, un gruñido bajo y acusador. *«Taaaaai…»*. Un sonido que no hablaría de amistad, sino de abandono. Un sonido que diría: *«Me dejaste ir. Me dejaste desaparecer. Y ahora, he vuelto para ti»*.

Taichi abrió los ojos de golpe, su corazón martilleando contra sus costillas con la fuerza de un ataque de Martillo Vulcánico. Estaba sudando frío, temblando incontrolablemente. Se llevó una mano al pecho, intentando forzar al aire a entrar en sus pulmones. El aire olía a miedo.

Era la profanación definitiva. El enemigo no solo usaría a sus villanos del pasado. Usaría a su mejor amigo, el recuerdo más puro y sagrado de su vida, y lo convertiría en la encarnación de su peor pesadilla. El amor, retorcido hasta convertirse en la forma más cruel de odio.

Ese miedo lo consumía. Lo vaciaba por dentro, dejando solo una cáscara temblorosa. La idea de que, en cualquier momento, sin previo aviso, esa visión pudiera hacerse realidad, le robaba las fuerzas. ¿Cómo podría luchar contra eso? ¿Cómo podría pedirle a nadie que atacara una versión monstruosa de Agumon? Él no podría. Se quedaría paralizado, destrozado, exactamente como el enemigo quería.

Se levantó y caminó como un sonámbulo hasta la ventana, mirando la ciudad que se extendía bajo sus pies. Tantas luces. Tantas vidas. Y él no podía protegerlas. Ni siquiera podía protegerse a sí mismo de los fantasmas de su propia mente. El Valor. Qué broma tan cruel. Su emblema debería ser el Miedo.

Sintió una presencia a su espalda y se tensó, un terror irracional apoderándose de él por una fracción de segundo.

—¿Tai?

La voz de Mimi era suave, un susurro en la oscuridad. Se giró y la vio allí, de pie en el umbral del pasillo, con Palmon a sus pies, mirándolo con una preocupación que le partió el alma. No llevaba su habitual pijama de seda, sino una de las viejas camisetas de Taichi, que le quedaba enorme.

—No podías dormir —dijo ella. No era una pregunta.

Él negó con la cabeza, incapaz de hablar. Sentía que si abría la boca, solo saldría un grito.

Ella se acercó a él, lenta, como si se acercara a un animal herido. No le preguntó qué le pasaba. No le dijo que todo iría bien. Simplemente se paró frente a él, y en la penumbra del apartamento, levantó la mano y la posó en su mejilla. Su piel estaba fría y húmeda por el sudor.

—Lo sé —susurró ella, y en esas dos palabras, él oyó una comprensión tan profunda, tan absoluta, que sintió que las rodillas le flaqueaban.

Ella lo sabía. Sabía exactamente lo que estaba pensando, la imagen que lo estaba torturando. Porque ella también tenía miedo. El parpadeo de su Digivice era un recordatorio constante de que su propio adiós se acercaba. Este enemigo no solo atacaba su pasado, sino también el futuro de ella.

Mimi no hizo nada más que tomar su mano. Su mano era cálida, firme. Sus dedos se entrelazaron con los de él, un simple gesto que era un universo de consuelo. No intentó tirar de él, ni llevarlo a ninguna parte. Simplemente se quedó allí, sosteniéndolo, anclándolo al presente, a la realidad de esa habitación, a la solidez de su tacto.

—No estás solo, Tai —dijo, su voz un murmullo contra la tormenta que rugía en su cabeza—. Esta vez no. No te vas a ahogar en esto. No mientras yo esté aquí.

Palmon se acercó y se frotó contra su pierna, un pequeño gesto de apoyo. Levantó la vista hacia él y le sonrió, una sonrisa simple y sin complicaciones. No había miedo en sus ojos, solo una confianza inquebrantable en Mimi, y por extensión, en él. Era un recordatorio silencioso de lo que era la verdadera lealtad, un contrapunto perfecto a la versión de pesadilla que su mente había conjurado.

Taichi la miró. A Mimi. A la mujer que había desmantelado sus defensas, que había entrado en el mausoleo de su vida y había abierto las ventanas para que entrara la luz. La que lo había visto en su punto más bajo, llorando en una acera de Tokio, y no había huido. La que ahora se enfrentaba a su terror más profundo sin vacilar.

Se dio cuenta de que había estado esperando el golpe. Había estado esperando a que la grieta se abriera, a que el monstruo apareciera. Había estado tan concentrado en el miedo a la oscuridad que se había olvidado de la luz que tenía justo delante.

Mimi se puso de puntillas y lo besó.

No fue un beso de pasión, ni uno de consuelo. Fue un beso de desafío. Un beso que sabía a promesa y a pólvora. Sus labios se encontraron con los suyos con una firmeza, una determinación que era a la vez una declaración y un juramento. Fue un beso que decía: *«Que venga. Que venga el miedo, que venga la oscuridad, que venga el pasado. No nos importa. Porque estamos juntos en esto. Tu miedo es mi miedo. Tu fuerza es mi fuerza»*.

Cuando se separaron, sus frentes quedaron apoyadas la una contra la otra. El temblor en el cuerpo de Taichi había cesado. El aire en sus pulmones ya no era gélido. La imagen del Agumon monstruoso seguía allí, al acecho en las esquinas de su mente, pero ya no tenía el mismo poder. Había sido despojada de su arma más potente: la soledad.

—Saldremos de esta —dijo ella, su aliento cálido contra sus labios—. Siempre lo hacemos. Puede que seamos más viejos, puede que estemos más cansados, pero seguimos siendo nosotros. El Valor y la Sinceridad. Es una combinación bastante difícil de superar.

Él sonrió, una sonrisa genuina que nació en lo más profundo de su ser, una pequeña llama de su antiguo yo parpadeando en la oscuridad.

—Sí —susurró, su voz por fin firme—. Sí, lo es.

La besó de nuevo, esta vez con más suavidad, con una gratitud infinita. Era un beso que sellaba el pacto. Un pacto forjado no en la victoria, sino en la vulnerabilidad compartida.

El enemigo que les esperaba era cruel, metódico y conocía cada una de sus debilidades. La guerra que se avecinaba sería la más dura de sus vidas, una batalla librada en el terreno minado de sus propios corazones. Y el miedo… el miedo seguiría ahí, esperando su momento para atacar.

Pero mientras sostenía a Mimi en sus brazos, con Palmon a sus pies, en el santuario de su hogar, Taichi Kamiya supo una cosa con una certeza absoluta.

Podría tener miedo. Pero nunca más volvería a estar solo en la oscuridad. Y esa, se dio cuenta, era la forma más pura de valor que existía.