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Digi-Elegida

Donde los Ecos Tienen Nombres Propios

La calma era un animal herido que se había refugiado en el apartamento 502. Respiraba de forma superficial, con un temblor constante bajo la piel, siempre a punto de huir al menor ruido. Habían pasado cuatro días desde el ataque de los GranKuwagamon, cuatro días en los que Taichi y Mimi habían intentado reconstruir la frágil normalidad que se había convertido en su hogar. Comían juntos, estudiaban en silencio y por las noches se aferraban el uno al otro en la oscuridad, como si temieran que el amanecer trajera consigo más monstruos sacados de sus pesadillas.

Taichi había abandonado sus libros de historia. En su lugar, había cubierto la mesa del comedor con mapas de Tokio, viejos informes de batalla que Izzy le había enviado y notas garabateadas en servilletas. Buscaba un patrón, una lógica en la locura del enemigo. Devimon, Kuwagamon. El mal puro y el terror primigenio. El inicio de todo. Si la hipótesis de una guerra psicológica era correcta, el siguiente movimiento del enemigo debía seguir esa cronología del trauma. ¿Etemon y su humor sádico? ¿Myotismon y la invasión de su propio mundo? Cada posibilidad era un clavo más en el ataúd de su tranquilidad.

—No puedes seguir así —dijo Mimi una tarde, colocando una taza de té humeante junto a su mano—. Apenas duermes. Te estás consumiendo.

Taichi levantó la vista de un diagrama que mostraba los puntos de aparición de los portales. Sus ojos estaban enrojecidos, su mandíbula tensa.

—Este tipo… quienquiera que sea… está jugando una partida de ajedrez y nosotros somos las piezas. Pero conoce todos nuestros movimientos pasados. Es como luchar contra un fantasma que sabe dónde vas a tropezar antes de que des el paso.

—Entonces tropezaremos juntos —respondió ella, sentándose a su lado y pasando un brazo por sus hombros—. No estás solo en este tablero, Tai.

Él se apoyó en ella, dejando que el calor de su cuerpo disipara una fracción del frío que se había instalado en sus huesos. Tenía razón. No estaba solo. Pero la sensación de impotencia era un veneno lento. Él era el líder, el del emblema del Valor. Y por primera vez en su vida, el valor no parecía ser suficiente. El valor no podía predecir el siguiente movimiento de un enemigo sin rostro.

Fue entonces cuando el portátil de Taichi emitió el agudo pitido de una videoconferencia entrante. En la pantalla, el rostro de Izzy apareció, más pálido y tenso de lo habitual.

—Reunión de emergencia. Todos. Ahora.

En menos de un minuto, la pantalla se dividió en una docena de recuadros. Kari y Takeru, sentados juntos en el sofá de su casa. Ken y Yolei, cada uno en su propio apartamento pero con una expresión de preocupación compartida. Daisuke, desde la cocina de su restaurante, todavía con el delantal puesto. Cody, desde su escritorio de estudio. Todos estaban allí. La nueva y la vieja guardia, unidas por una amenaza que desdibujaba las líneas generacionales.

—He conseguido algo —dijo Izzy, su voz desprovista de preámbulos—. O, mejor dicho, algo me ha conseguido a mí. He estado intentando reforzar nuestros cortafuegos desde el ataque, y he detectado una señal anómala intentando penetrar nuestra red. Una señal muy, muy antigua.

Izzy compartió su pantalla. Lo que vieron fue un torbellino de estática, un caos de píxeles blancos y negros que recordaba a un televisor sin sintonizar. Pero en medio del ruido, una silueta comenzó a formarse. Una figura humana, alta y delgada, con un pelo azul inconfundible y una túnica extraña.

—Gennai… —susurró Taichi, y el nombre recorrió la llamada como una descarga eléctrica.

La imagen se estabilizó por una fracción de segundo. Vieron el rostro de Gennai, pero no era el joven apuesto que recordaban de sus últimas aventuras. Parecía más viejo, cansado, como si el peso de mundos estuviera sobre sus hombros. Sus labios se movían, pero el sonido que llegaba era un amasijo de ruido blanco y palabras rotas.

—…niños… chosen… ¡peligro!… —la voz era un eco metálico, distorsionado hasta ser casi irreconocible—. …no es real… una… prisión de…

La imagen se desgarró. La silueta de Gennai se estiró y se contrajo como si estuviera siendo absorbida por un agujero negro.

—…recuerdos… ¡distorsión!… ¡El pasado no…!

—¡Gennai! —gritó Taichi, inclinándose hacia la pantalla, un gesto inútil—. ¡Gennai, ¿qué pasa?!

Por un último y aterrador instante, el rostro de Gennai llenó la pantalla, sus ojos muy abiertos por el pánico.

—¡No confiéis en vuestros…!

La conexión se cortó con un chasquido violento, dejando solo la pantalla negra y el eco de una advertencia incompleta.

El silencio que siguió fue más pesado que cualquier explosión.

—Una prisión de recuerdos —repitió Ken en voz baja, su rostro una máscara de concentración—. Coincide con tu teoría, Taichi. El enemigo está usando nuestro pasado como una cárcel.

—«No es real» —añadió Kari, abrazándose a sí misma—. Dijo que no era real. ¿Qué significa eso? ¿Que los Digimon que vimos no eran los auténticos Devimon o GranKuwagamon?

—Quizás son copias. Ecos —sugirió Izzy, tecleando a una velocidad endiablada—. Recreaciones de datos basadas en nuestros propios recuerdos, manifestados a través de los portales. Eso explicaría por qué son psicológicamente tan efectivos. Son, literalmente, nuestros demonios personales.

—Y la advertencia final —dijo Takeru, su rostro sombrío—. «No confiéis en vuestros…». ¿Nuestros qué? ¿Ojos? ¿Instintos? ¿Recuerdos?

La pregunta quedó flotando en el aire, cargada de un veneno paralizante. Si no podían confiar en sus propios recuerdos, ¿en qué podían confiar? Su historia compartida, sus batallas, sus victorias… todo quedaba en entredicho.

Fue Mimi quien rompió la espiral de paranoia.

—En nosotros —dijo con una firmeza que hizo que todos la miraran—. No podemos confiar en nuestros recuerdos, ¿de acuerdo? Confiemos los unos en los otros. Confiemos en lo que estamos viendo y sintiendo aquí y ahora. Gennai intentó advertirnos de una trampa. No caigamos en ella dudando de todo lo que somos.

Sus palabras fueron un bálsamo, un ancla en la tormenta de dudas. Taichi la miró con una oleada de admiración. Siempre era ella. La que encontraba la verdad más simple y poderosa en medio del caos.

Pero antes de que nadie pudiera responder, una nueva alerta parpadeó en la pantalla de Izzy. Una llamada entrante, con un identificador que hizo que el joven genio se tensara.

—Un momento —dijo Izzy—. Es… es Meiko Mochizuki.

El nombre trajo consigo otro fantasma. Meicoomon. La tragedia, la infección, la pérdida. Meiko, la chica de las gafas que había amado a su compañera hasta el doloroso final.

Izzy aceptó la llamada y un nuevo recuadro apareció en la pantalla. La imagen de Meiko era temblorosa, como si estuviera grabando con su teléfono mientras caminaba. Su pelo estaba desordenado, su rostro pálido y surcado de lágrimas secas. Sus ojos, detrás de sus grandes gafas, estaban desorbitados por el terror.

—¡Izzy-san! ¡Tenías que verlo! ¡Tenías que creerme! —su voz era un hilo agudo, a punto de romperse.

—Meiko, cálmate —dijo Izzy, su tono profesional luchando por imponerse a la alarma—. ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?

—¡No, no estoy bien! ¡Nadie está bien! —sollozó—. Estaba volviendo a casa, cerca del río… y apareció. Una de esas cosas. Una grieta en el aire. Como… como un arañazo en el mundo.

La descripción heló la sangre de Taichi. No era un portal. Era una grieta. Algo orgánico, incorrecto.

—No era grande —continuó Meiko, su respiración entrecortada—. Y no salió nada de ella. Estaba… vacía. Pero pude ver dentro. Y había algo…

Se detuvo, tragando saliva, como si las palabras se negaran a salir.

—¿Qué viste, Meiko-san? —preguntó Mimi con una suavidad infinita.

Meiko la miró a través de la pantalla, y sus ojos se llenaron de lágrimas frescas.

—La vi a ella —susurró, y el dolor en esa simple frase fue una daga para todos los que la escucharon—. Vi a Mei. A Meicoomon.

Un suspiro colectivo recorrió la llamada.

—Pero no era ella —gimió Meiko, su cuerpo temblando violentamente—. Era… un reflejo. Un reflejo horrible, como en un espejo roto. Su pelaje estaba enmarañado y sucio, de un color gris enfermizo. Sus garras eran más largas, negras y retorcidas. Y sus ojos… —su voz se quebró en un sollozo desgarrador—. Tenía sus ojos, Tai-san. Pero estaban vacíos. Llenos de… de odio. Me miraba desde el otro lado de la grieta, y no había amor. Solo odio. Como si me culpara. Como si quisiera… hacerme daño.

Taichi sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Esto era nuevo. Esto era mil veces peor. El enemigo no solo estaba recreando a sus villanos. Estaba profanando la memoria de sus compañeros caídos.

—Mei… —continuó Meiko, su voz apenas un murmullo—. Arañaba el interior de la grieta, como un animal en una jaula, intentando salir. Y emitía un sonido… no su maullido. Un gruñido bajo y gutural. Y entonces… desapareció. La grieta se cerró. Pero la vi. ¡Lo juro! ¡Era ella, pero no era ella!

La llamada de Meiko terminó poco después, con Izzy prometiéndole que investigarían y rogándole que se quedara en casa, a salvo. Pero el daño ya estaba hecho. La revelación de Meiko había cambiado la naturaleza de la guerra. Ya no se trataba de estrategia y patrones. Se había vuelto visceral, personal y cruel de una forma que nunca habrían imaginado.

Y entonces, ocurrió.

El sistema de Izzy, que había permanecido en silencio, comenzó a emitir una cascada de pitidos. Alertas. Docenas de ellas. Cientos.

—¿Qué demonios…? —murmuró Izzy, sus dedos volando sobre el teclado.

Compartió su pantalla de nuevo. Lo que vieron fue un mapa del mundo, cubierto de puntos rojos que parpadeaban como una plaga. Y junto al mapa, una avalancha de mensajes inundaba su servidor seguro.

—Son ellos —dijo Izzy, su voz teñida de incredulidad—. Son todos los demás.

Hizo clic en un mensaje. Era de Wallace, en Estados Unidos.

«Izzy, soy Willis. Algo extraño está pasando. Apareció una grieta en mi patio trasero. Dentro, vi a Lopmon. Pero estaba… mal. Sus ojos eran rojos. Me miraba como si quisiera matarme. Duró solo un segundo. ¿Qué está pasando?».

Otro clic. Catherine, de Francia.

«Izzy-kun, c'est moi, Catherine. Un cauchemar. J'ai vu Floramon. Elle était fanée, morte, mais elle bougeait. Elle essayait de m'atteindre à travers une sorte de miroir brisé…».

Otro. Michael, el amigo americano de Mimi.

«Izzy, man, you gotta see this. Betamon. Showed up in a crack in the sky over my office. Looked like a zombie version. Freaked me out. Call me.»

Mensajes de Australia, de México, de Alemania, de Rusia. Niños Elegidos de todo el mundo, todos de la misma «generación perdida» de *Last Evolution*. Todos los que habían visto a sus compañeros desvanecerse en una cascada de datos. Todos informando de lo mismo: grietas localizadas. Reflejos horribles y llenos de odio de sus amigos perdidos.

Era una tortura psicológica a escala global.

Taichi se quedó mirando el mapa del mundo, los puntos rojos parpadeando como heridas abiertas en el planeta. La prisión de recuerdos de Gennai. No era solo para ellos. Era para todos los que habían sufrido su misma pérdida. El enemigo no estaba atacando a los Niños Elegidos. Estaba atacando el duelo. Estaba convirtiendo el amor y la pérdida en un arma de terror.

La comprensión lo golpeó con la fuerza de un ataque de nivel Mega, dejándolo sin aire, su mente tambaleándose por la magnitud de la crueldad.

—Todos… —dijo en voz alta, su voz ronca, atrayendo la atención de todos en la llamada—. No es solo Meiko. Es… todos los que perdimos a nuestros compañeros.

El peso de esa frase se asentó sobre ellos. Vio a Mimi, cuya mano había volado instintivamente a su Digivice, sus nudillos blancos. Vio a Kari y Takeru, cuyas expresiones revelaban que estaban pensando en el futuro, en el día en que Patamon y Gatomon también se fueran. La amenaza ya no era un eco del pasado. Era una sentencia sobre su futuro.

Pero fue el siguiente pensamiento el que le robó el aliento. Un pensamiento tan obvio, tan aterrador, que no podía creer no haberlo conectado antes.

Todos los que habían perdido a sus compañeros.

Su mirada se cruzó con la de Takeru en la pantalla. Y vio la misma realización, el mismo horror puro, reflejado en los ojos de su amigo.

El aire se volvió espeso, pesado, imposible de respirar. Las voces de la llamada se desvanecieron en un zumbido sin sentido. El mundo se redujo a un solo nombre, a una sola cara. A su mejor amigo. A su hermano.

—Yamato… —la palabra salió de sus labios como un trozo de cristal roto.

El silencio que siguió fue absoluto, un vacío que absorbió todo el sonido, toda la luz.

Yamato.

Gabumon se había ido.

La implicación cayó sobre ellos con el peso de una montaña. En algún lugar de Tokio, quizás en su propio apartamento, quizás en la calle, quizás mientras ensayaba con su banda, Yamato Ishida estaba siendo atormentado. En ese mismo instante, una grieta podría estar abriéndose frente a él. Y desde el otro lado, una versión grotesca de Gabumon, el amigo leal y tímido que había sido su otra mitad, lo estaría mirando con ojos llenos de odio.

Taichi sintió que el estómago se le revolvía. El dolor por la pérdida de Agumon, un dolor que había aprendido a llevar como una cicatriz, se reabrió de golpe, sangrando de nuevo. Pero esta vez, estaba magnificado por la empatía, por la imagen mental de su mejor amigo soportando esa tortura en solitario. Yamato, siempre tan estoico, tan reacio a mostrar debilidad. ¿Estaría pidiendo ayuda? ¿O estaría sufriendo en silencio, creyendo que era una alucinación, un castigo personal?

—Oh, no… —susurró Kari, sus manos cubriendo su boca—. Matt…

La guerra había dejado de ser sobre ellos, sobre el pasado, sobre los monstruos. Ahora se trataba de sus amigos. De su familia. El enemigo no solo estaba desenterrando sus demonios. Estaba creando nuevos demonios a partir de sus ángeles caídos.

Taichi se alejó de la pantalla, retrocediendo hasta que su espalda chocó contra la pared. Se deslizó hasta el suelo, sus piernas incapaces de sostenerlo. La habitación comenzó a dar vueltas. La cara de Yamato. La cara de Sora, que estaría a su lado, impotente. La cara de Gabumon, retorcida por el odio. Y la cara de Agumon. La cara de su propio amigo, su compañero, su hermano.

¿Y si le hubiera pasado a él? ¿Y si, en las profundidades de su depresión, una grieta se hubiera abierto en su apartamento para mostrarle a un Agumon monstruoso, culpándolo, odiándolo? La idea era tan insoportable que casi le hizo gritar. Probablemente lo habría destrozado. Lo habría matado.

Y eso era exactamente lo que el enemigo quería.

Levantó la vista y se encontró con los ojos de Mimi. Ella se había arrodillado frente a él, su rostro una mezcla de miedo y una determinación feroz. Palmon estaba a su lado, temblando.

—Tenemos que encontrarlo —dijo Taichi, su voz un murmullo roto—. Tenemos que encontrar a Yamato. Ahora.

No era una sugerencia. Era un juramento.

La partida de ajedrez había terminado. El enemigo había tirado el tablero y había decidido apuñalar a las piezas por la espalda. Y Taichi Kamiya, el chico que había aprendido a ser un estratega, sintió que la vieja furia, la furia protectora del líder, volvía a arder en sus venas.

Podían atacar su pasado. Podían profanar sus recuerdos. Podían enviarle todos los monstruos del infierno. Pero nadie, absolutamente nadie, iba a torturar a su mejor amigo y a salirse con la suya.

La guerra se había vuelto personal. Y el Valor acababa de encontrar una nueva y aterradora razón para luchar.