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Digi-Elegida

Donde la Sinceridad Encuentra Compañía

El silencio en el apartamento de Mimi era diferente. Era un silencio elegido, tejido con la luz tenue de una lámpara de sal del Himalaya y el aroma a lavanda de un difusor. Su espacio era un reflejo de ella: ordenado, lleno de vida con macetas de un verde vibrante en cada rincón, y con un toque de color en los cojines y las mantas cuidadosamente dobladas sobre un sofá de lino blanco. Era el polo opuesto al mausoleo de penumbra y polvo en el que se había convertido el hogar de Taichi.

Anoche, al volver a casa, la quietud la había recibido como una vieja amiga. Pero tras haber estado inmersa en la atmósfera opresiva del apartamento de Tai, ahora la sentía distinta. Más frágil.

Palmon dormitaba sobre sus piernas, un bulto cálido y familiar. Su respiración era apenas un susurro, y Mimi acariciaba con la yema del dedo el borde de la flor rosa que coronaba su cabeza. Sobre la mesita de centro, junto a una taza de té a medio beber, descansaba su Digivice. El dispositivo rosa, que había sido un símbolo de aventura y conexión, ahora parecía un reloj de arena. La luz que parpadeaba en su interior, un pulso constante y rítmico, ya no era una promesa de poder ilimitado, sino un recordatorio de que cada segundo contaba.

Miedo.

Sí, ella también lo sentía. Era una corriente helada que le recorría la espalda en los momentos más inesperados. Al ver a Palmon tropezar y reírse de sí misma, al compartir un helado en un día caluroso, al acurrucarse juntas viendo una película. El pensamiento era un veneno: *¿cuánto tiempo nos queda?*

Ver a Taichi roto, despojado de esa energía inagotable que siempre lo había definido, había dado forma y rostro a ese miedo. Ya no era una posibilidad abstracta y lejana. Era una realidad tangible y devastadora. Era el rostro de su amigo, surcado por lágrimas que no había sabido cómo contener. Era el vacío en una esquina de su salón. La idea de que Palmon pudiera desaparecer de su vida de la misma manera… la idea le provocaba náuseas. Sentía un pánico tan profundo que amenazaba con ahogarla.

Pero entonces, sus ojos se posaron en el ordenador portátil cerrado sobre el sofá. Dentro de esa máquina estaba su vida, su futuro. «Mimi’s Goods», su pequeña empresa que había crecido más allá de sus sueños más locos. Los pedidos que tenía que preparar, los nuevos proveedores con los que debía contactar en Tailandia, la campaña de marketing para la nueva línea de productos de belleza orgánicos. La vida no se detenía. Exigía movimiento, decisiones, planes.

No estaba lista. Por supuesto que no lo estaba. Nadie podía estarlo para algo así. Sabía que Taichi no lo estaba, y probablemente Yamato tampoco, por muy estoico que pareciera. Era parte de crecer, esa palabra cruel y tramposa. Crecer significaba aceptar que las cosas más hermosas no duraban para siempre. Pero también significaba tener la fortaleza para seguir construyendo, para seguir plantando flores aun sabiendo que algún día se marchitarían.

Con una delicadeza infinita, apartó a Palmon y se levantó. Caminó hasta su escritorio, encendió el ordenador y miró la lista de tareas pendientes. No, no iba a dejar que el miedo la paralizara. Viviría cada momento con Palmon con toda la intensidad que pudiera, y construiría un futuro tan brillante que, cuando llegara la oscuridad, aún quedara algo de luz.

Y no iba a dejar que Tai se hundiera en esa oscuridad solo. Se lo había prometido a él, y en el silencio de su apartamento, se lo prometió a sí misma.

***

Al día siguiente, el sol del mediodía bañaba Tokio con una luz brillante y optimista que casi parecía una burla. Mimi se miró una última vez en el espejo del ascensor. Llevaba unos vaqueros cómodos, una blusa de flores y unas zapatillas blancas. En su bolso de tela, había metido dos botellas de agua y una barrita de cereales, un instinto casi maternal que la hizo sonreír. Estaba nerviosa, una sensación extraña para ella. No era la persona que solía tomar las riendas en situaciones emocionales. Ese siempre había sido el rol de Sora, o la lógica implacable de Izzy. Ella era la que aportaba ligereza, la que hacía reír a todos con un comentario tonto. Pero ayer había descubierto una faceta de sí misma que no conocía: una calma y una determinación que surgían cuando alguien a quien quería estaba sufriendo de verdad.

El ascensor se detuvo en el piso de Tai y las puertas se abrieron con un suave zumbido. Caminó por el pasillo, sus pasos resonando ligeramente en el silencio. Ya casi llegaba a la puerta 502 cuando una voz familiar la detuvo.

—¿Mimi-san?

Mimi se giró. A unos metros de distancia, con la misma expresión de incertidumbre con la que seguramente ella misma había llegado el día anterior, estaba Hikari Kamiya. A su lado, sentada pulcramente sobre su hombro, Gatomon la observaba con sus grandes ojos azules.

La hermana menor de Tai parecía más madura de lo que Mimi recordaba. La inocencia infantil había sido reemplazada por una serena preocupación que le era muy familiar.

—Kari-chan. Hola —saludó Mimi, una pequeña sonrisa formándose en sus labios—. Qué coincidencia.

—Sí… —Kari se acercó, sus ojos fijos en la puerta del apartamento de su hermano—. Estaba preocupada. No ha estado respondiendo a mis mensajes ni a las llamadas de mamá.

Gatomon movió la punta de su cola, inquieta.

—Su olor es diferente —maulló la Digimon, su voz siempre con un matiz de sabiduría felina—. Huele a lluvia estancada y a recuerdos viejos.

Mimi asintió, comprendiendo perfectamente la extraña pero acertada descripción.

—Está pasando por un momento muy difícil, Kari-chan. Estuve aquí ayer.

Los ojos de Kari se abrieron con una mezcla de alivio y un torrente de preguntas silenciosas. Alivio porque su hermano no estaba completamente solo, y preguntas sobre cuán malo era en realidad.

—Me siento tan inútil —confesó la chica más joven, su voz un susurro cargado de frustración—. Cada vez que le pregunto, él solo… pone su cara de hermano mayor valiente. Me dice que está bien, que solo está cansado. Pero sé que es mentira. Puedo sentirlo. Su luz… está muy opaca.

Mimi sintió una punzada en el pecho. La conexión de Kari con las fuerzas de la luz y la oscuridad le daba una percepción que los demás no tenían. Debía ser doloroso sentir el sufrimiento de su hermano de una forma tan visceral. Por un instante fugaz, una chispa de envidia la atravesó. Kari era más joven. Su contador, el de su vínculo con Gatomon, seguramente tenía más tiempo en la cuenta atrás. Tenía más años de esa certeza, de esa compañía. Reprimió el pensamiento casi al instante. Era un sentimiento egoísta e inútil. Ahora no se trataba de ella.

—No es tu culpa —dijo Mimi con suavidad, dando un paso más cerca—. Está intentando protegerte, como siempre ha hecho. Pero a lo mejor… a lo mejor ahora mismo no necesita que lo protejan. Quizás solo necesita gente que se siente con él en la oscuridad, sin intentar encender la luz a la fuerza.

Palmon, que había asomado la cabeza por el bolso de Mimi, intervino con su característica lógica simple.

—¡Y que le traiga pizza! ¡La pizza de ayer ayudó mucho!

La tensión en los hombros de Kari se disipó un poco y una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro. Mimi le devolvió la sonrisa.

—Palmon tiene razón. A veces, las soluciones más simples son las mejores.

Se quedaron en silencio por un momento, unidas en el pasillo por una preocupación compartida.

—Tú también lo sientes, ¿verdad? —preguntó Kari de repente, su mirada bajando hacia el Digivice que colgaba de su cinturón.

Mimi no necesitó preguntar a qué se refería. Siguió su mirada y luego posó la mano inconscientemente sobre su propio bolso, donde guardaba el suyo.

—Sí —admitió en voz baja—. A veces, miro a Palmon y el miedo es tan grande que parece que no puedo respirar.

—Yo intento no pensar en ello —continuó Kari—. Pero está ahí. Como un zumbido de fondo. Ver a Taichi y a Matt… lo hizo real.

Era la primera vez que Mimi hablaba de ello en voz alta con otra persona que no fuera Palmon. Y descubrir que Kari, la portadora de la Luz, sentía la misma y oscura aprensión, fue extrañamente reconfortante. No estaban solas en su miedo.

—Pero no podemos dejar que ese miedo nos impida vivir —dijo Mimi, su voz cobrando una nueva firmeza, como si al decirlo en voz alta se convenciera a sí misma—. O que nos impida ayudarle a él a vivir de nuevo.

Kari levantó la vista, y en sus ojos violetas Mimi vio un destello del mismo valor que caracterizaba a su hermano. Asintió, su decisión solidificándose.

—Tienes razón. Entremos juntas.

Mimi extendió la mano y presionó el timbre. El sonido resonó en el pasillo. Esperaron. Un segundo, dos, diez. Mimi estaba a punto de volver a llamar cuando oyeron el sonido de la cerradura al girar.

La puerta se abrió, y apareció Taichi.

Se le notaba que acababa de ducharse; su pelo rebelde estaba húmedo y olía a jabón. Llevaba una camiseta gris limpia y unos vaqueros. Su mirada pasó de la sorpresa al ver a Mimi a una sorpresa aún mayor al ver a su hermana a su lado.

—¿Mimi…? ¿Kari? ¿Qué hacéis las dos aquí? —Su voz era un poco ronca, pero más clara que el día anterior.

Antes de que pudiera añadir algo más, Kari se lanzó hacia delante y lo abrazó con una fuerza que desmentía su delgada complexión.

—¡Aniki baka! (¡Hermano tonto!) —exclamó, su voz ahogada contra el pecho de él—. ¿Por qué no respondías a mis llamadas? ¡Mamá y yo estábamos muy preocupadas!

Tai se quedó rígido por un instante, claramente tomado por sorpresa, pero luego sus brazos rodearon a su hermana y le devolvió el abrazo, una mano acariciando torpemente su pelo.

—Lo siento… Estaba…

—Estaba preparándose para nuestro paseo —intervino Mimi, entrando en el apartamento con una sonrisa radiante. Levantó la bolsa de tela como prueba—. He traído refuerzos.

Tai levantó la vista por encima de la cabeza de Kari, su expresión una mezcla indescifrable de vergüenza, agobio y algo que parecía… ¿alivio?

El apartamento era un mundo aparte comparado con el de ayer. Las cortinas estaban abiertas de par en par, inundando el salón con la luz del mediodía. Las cajas de pizza habían desaparecido, y la manta del sofá estaba doblada. No estaba impecable, pero estaba habitado. Vivo.

Un pequeño paso, pensó Mimi con una oleada de orgullo. Había abierto las cortinas.

Kari finalmente lo soltó, pero solo para empezar a inspeccionarlo con ojos críticos.

—Estás más delgado —decretó, antes de marchar con decisión hacia la cocina. Gatomon saltó de su hombro y la siguió con un ágil movimiento—. ¡No tienes nada en la nevera! ¡Solo agua y una botella con una salsa de aspecto sospechoso!

—Es salsa de soja, Kari… —murmuró Tai, pasándose una mano por la nuca.

—¡Pues no puedes vivir a base de salsa de soja!

Mimi se rió suavemente, dejando su bolso en el sofá. Palmon saltó fuera y se acercó a Gatomon, que ya estaba olfateando el rincón vacío donde solía estar la cama de Agumon.

—No te preocupes, Kari-chan —dijo Mimi, atrayendo la atención de todos—. Por eso vamos a salir a comer después de nuestro paseo. Invito yo.

Tai abrió la boca para protestar, probablemente para decir que no tenía hambre, que no quería salir, que estaba bien. Pero se encontró atrapado entre la mirada preocupada y ligeramente mandona de su hermana y la sonrisa alegre e innegociable de Mimi. La fuerza combinada era, al parecer, abrumadora. Suspiró, derrotado.

—Un paseo… —repitió, como si probara las palabras—. Vale. Un paseo suena… bien.

La cara de Kari se iluminó. Mimi le dedicó un guiño cómplice.

Gatomon se acercó a Tai y se frotó contra su pierna.

—Hoy hueles un poco más a ti —dijo, y luego añadió con seriedad—. Pero sigues necesitando más sol. Estás muy pálido.

Tai esbozó la primera sonrisa genuina que Mimi le veía en mucho tiempo. Se agachó y rascó a Gatomon detrás de las orejas.

—Gracias, Gatomon. Lo tendré en cuenta.

—¡Genial! —exclamó Mimi, aplaudiendo una vez—. Entonces está decidido. Ponte unos zapatos, Tai-san, que nos vamos a la aventura.

La palabra «aventura» flotó en el aire por un segundo. Solía significar mundos digitales, monstruos temibles y batallas por el destino del universo. Hoy, significaba caminar por un parque y comer en un restaurante. Quizás, pensó Mimi, esta era la clase de aventuras que necesitaban ahora.

Mientras Tai se calzaba las zapatillas, Mimi observó la dinámica. Kari ya estaba planeando en voz alta qué tipo de comida sería más nutritiva para él, mientras Gatomon y Palmon cuchicheaban en un rincón, probablemente intercambiando sus propias observaciones sobre el estado de los humanos.

Se había formado algo en ese pequeño apartamento. Un pequeño y frágil ecosistema de apoyo. El día anterior, ella había sido una visitante solitaria intentando perforar un muro de dolor. Hoy, eran un pequeño equipo. La calidez familiar de Kari y la sinceridad práctica de Mimi se complementaban, creando una red de seguridad alrededor de Tai que parecía más fuerte que la suma de sus partes.

—Estoy listo —anunció Tai, cogiendo sus llaves de un cuenco junto a la puerta.

Por un instante, su mirada se desvió hacia el rincón ahora bañado por el sol. El espacio vacío donde Agumon debería haber estado, esperando con impaciencia, moviendo la cola inexistente. El dolor seguía ahí, una punzada aguda y familiar en su pecho. Mimi lo vio en el sutil endurecimiento de su mandíbula, en la forma en que sus ojos perdieron el brillo por un segundo.

Pero esta vez, no se dejó arrastrar por él. Respiró hondo, y cuando su mirada se encontró con la de Mimi, había una nueva determinación en ella.

—Vamos —dijo.

Kari se colocó a un lado de él y Mimi al otro. Palmon y Gatomon se adelantaron, como una pequeña vanguardia.

Cuando Taichi abrió la puerta y la luz del sol lo golpeó de lleno, no se sintió solo. El peso de su propia pena no había desaparecido, pero ya no lo llevaba él solo sobre los hombros. A su lado, sentía la presencia firme de su hermana y la calidez inesperada de su amiga.

No era el valor intrépido del líder de los Niños Elegidos. No era la fuerza para enfrentarse a un Apocalymon. Era algo más tranquilo, más humano. Era la fuerza para dar un paso fuera de su puerta, hacia la luz del día.

Y por primera vez en mucho tiempo, Taichi Kamiya sintió que, aunque el camino por delante era desconocido y aterrador, no tendría que caminarlo completamente solo. La sinceridad de una amiga había encontrado compañía, y en esa unión, había una promesa silenciosa de que, paso a paso, encontrarían el camino de vuelta a la vida.