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Digi-Elegida

Donde un Paseo Pesa Más que Mil Batallas

La luz del sol era casi agresiva. Después de días de penumbra autoimpuesta, el mundo exterior asaltó los sentidos de Taichi con una intensidad abrumadora. El aire olía a asfalto caliente, a los gases de los coches y al aroma dulce y fugaz de una panadería cercana. La cacofonía de la vida urbana —el murmullo de las conversaciones, el rugido de un autobús, el lejano ulular de una sirena— era un ruido que había olvidado que existía. Parpadeó, como un animal de cueva sacado a la fuerza a la superficie.

—Bueno, ¿qué esperabas? ¡Es un día precioso! —exclamó Mimi a su lado, su voz un faro de alegría en medio del caos sensorial—. Perfecto para la Operación: Sacar a Tai de su Cueva.

—Mimi, no creo que debamos llamarlo así —la reprendió suavemente Kari, al otro lado de Taichi, aunque una pequeña sonrisa delataba su diversión.

—¿Por qué no? Es pegadizo —replicó Mimi, mientras Palmon y Gatomon corrían delante de ellas por la acera, persiguiendo una hoja que el viento arrastraba. Las dos Digimon se movían con una alegría despreocupada que a Tai le pareció de otro universo.

—No te esfuerces demasiado, aniki —dijo Kari, su voz baja y llena de una preocupación que le apretó el corazón a Tai—. Solo camina. Nosotros nos encargamos del resto.

«El resto». Esa frase resonó en su cabeza. Antes, «el resto» significaba trazar un plan de ataque, coordinar a los demás Niños Elegidos, ser la punta de lanza. Ahora, significaba decidir si girar a la izquierda o a la derecha en la siguiente esquina. Se sentía extrañamente inútil, un general sin ejército ni guerra que librar.

—Oye, ¿y si aparece un Digimon? —murmuró, más por costumbre que por verdadera preocupación. La idea de una batalla le parecía agotadora.

Mimi se detuvo y lo miró, sus ojos castaños serios por un momento.

—Si aparece un Digimon —dijo con una firmeza inesperada—, llamaremos a Daisuke o a Takeru. Hoy no. Hoy es un día de tranquilidad. Para ti. Para nosotros. ¿Entendido?

Kari asintió, apoyando la moción.

—Tienen a Veemon y a Patamon. Pueden manejarlo. Hoy, tu único enemigo es decidir qué quieres comer.

Tai se quedó en silencio. Tenía sentido, por supuesto. Daisuke y el resto de la nueva generación habían asumido el manto. Pero oírlo en voz alta fue como la confirmación oficial de su jubilación forzosa. Ya no era la primera línea de defensa. Era un civil. Un civil con demasiados recuerdos.

Siguieron caminando, con Mimi marcando un ritmo animado y Kari adaptándose al paso más lento y vacilante de su hermano. Hablaban de cosas sin importancia: el último episodio de una serie de televisión, el nuevo sabor de helado de una tienda famosa, los planes de Izzy para una nueva actualización de la red. Tai apenas participaba, limitándose a asentir o a emitir monosílabos. Su mente era un mar revuelto bajo una superficie en calma. Cada rostro en la multitud, cada sonido, cada olor, era un recordatorio de un mundo que seguía girando sin él, y sin Agumon.

—¡Aquí! —anunció Mimi de repente, señalando un pequeño local con un toldo a rayas rojas y blancas—. Conozco este sitio. ¡La mejor pizza del barrio! Y no es una cadena. Es de un señor mayor que amasa la masa él mismo.

El interior era pequeño y acogedor. Olía a ajo, a orégano y a la madera del horno de leña que crepitaba en un rincón. Solo había unas pocas mesas de madera, y en las paredes colgaban fotos en blanco y negro de paisajes italianos. Era el tipo de lugar que Agumon habría adorado, ruidoso y con un olor delicioso a comida. La punzada de dolor fue tan aguda y repentina que Tai tuvo que apoyarse en el respaldo de una silla.

—¿Estás bien, aniki? —susurró Kari, su mano encontrando su brazo.

Él asintió, forzando una respiración profunda.

—Sí. Solo… el olor. Es bueno.

Se sentaron en una mesa junto a la ventana. Mimi, sin consultar, pidió una pizza grande de pepperoni, una margherita y una jarra de refresco de cola.

—Ayer te gustó la de pepperoni —explicó, como si necesitara justificar su decisión—. Y la margherita es por si acaso. Nunca se puede fallar con un clásico.

Cuando las pizzas llegaron, humeantes y con el queso burbujeando, un recuerdo casi olvidado emergió en la mente de Tai. El sabor. No era exactamente igual, pero había un eco fantasma en su paladar, un recuerdo del sabor de la carne que cocinaban en hogueras improvisadas en el Digimundo. Comida que no venía en paquetes, sino que se cazaba o se encontraba. Comida que Agumon devoraba con un entusiasmo que hacía que todo supiera mejor.

Cortó un trozo y se lo llevó a la boca. El sabor del queso derretido, la acidez de la salsa de tomate, el toque salado del pepperoni. Comió en silencio, mecánicamente al principio, pero luego con un hambre que no sabía que tenía. El vacío en su estómago comenzó a llenarse, aunque el del pecho seguía intacto.

Su mirada se perdió en la calle, pero no veía los coches ni a la gente. Veía una isla flotante en un cielo de datos. Veía un desierto con cables de teléfono que no llevaban a ninguna parte. Veía una pirámide invertida y un castillo oscuro coronado por un vampiro. Devimon, Etemon, Myotismon, los Dark Masters, Apocalymon. La letanía de sus cicatrices y triunfos desfiló por su mente. Eran tiempos peligrosos, aterradores, pero también eran simples. Había un enemigo claro, un objetivo definido. Sobrevivir. Proteger a sus amigos. Volver a casa.

Una parte de él, una parte que le avergonzaba admitir, se había quedado allí, en ese pasado digital. Una parte de él anhelaba esa claridad, esa sensación de propósito que ahora le faltaba tan desesperadamente. Se sentía como un veterano de guerra sentado en un café suburbano, incapaz de reconciliar la intensidad de su pasado con la banalidad de su presente.

—Oye, Tai.

La voz de Mimi lo sacó de su trance. Ella lo miraba, no con lástima, sino con una curiosidad genuina. Había dejado su porción de pizza a medio comer.

—¿Te acuerdas de la carne que cocinaba Agumon? —preguntó suavemente—. Siempre se quemaba un poco por fuera, pero por dentro estaba perfecta.

Tai tragó el nudo que se le había formado en la garganta.

—Sí —logró decir—. Y siempre se quejaba de que yo no sabía hacer el fuego bien.

—¡Y de la vez que intentamos pescar con una liana y Palmon se enredó entera! —rió Mimi, y Palmon, desde el suelo, hizo un ruidito de protesta.

—O cuando Gatomon nos guio por toda la ciudad de Myotismon —añadió Kari, rascando la cabeza de su compañera, que ronroneó satisfecha—. Pensé que nunca saldríamos de esa niebla.

Hablaron del pasado. No de las pérdidas, no de los sacrificios, sino de los momentos absurdos, de las pequeñas victorias, de la camaradería forjada en el fuego. Recordaron el canto espantoso de Etemon, la obsesión de Gomamon con los peces, la primera vez que vieron a Angemon digievolucionar. Por primera vez en semanas, Tai habló de esos tiempos no con el peso del duelo, sino con la ligera melancolía de la nostalgia. Eran historias de guerra contadas entre camaradas, un lenguaje que solo ellos entendían. Y por un rato, el peso en su pecho se aligeró, reemplazado por la calidez de los recuerdos compartidos.

***

—¡Definitivamente no puedes vivir a base de pizza! —decretó Kari una hora más tarde, mientras empujaba a Tai hacia la entrada de un supermercado.

—Pero estaba buena… —protestó él débilmente.

—Estaba buena, sí. Pero tu nevera parece un desierto ártico. Necesitas fruta. Verduras. Proteínas —enumeró Kari, cogiendo un carrito de la compra con la determinación de una madre en misión.

Mimi se rió.

—Déjala, Tai. Cuando Kari-chan se pone en modo hermana mayor, no hay quien la pare. Además, tiene razón. Vamos, yo te compraré helado. Conozco una marca japonesa increíble con trocitos de mochi.

El supermercado era otro asalto sensorial, pero esta vez diferente. Las luces fluorescentes eran blancas y uniformes, eliminando todas las sombras. El aire era frío y olía a productos de limpieza y a la mezcla de mil alimentos envasados. Un hilo musical insípido sonaba por los altavoces. Era el epítome de la normalidad mundana. Y en ese momento, a Tai le pareció el lugar más extraño del mundo.

Kari tomó el control, empujando el carrito por los pasillos con una eficiencia asombrosa mientras Mimi y Tai la seguían como dos niños perdidos.

—Necesitas leche, huevos, pan… ¿Te gusta el yogur? Cogeré algunos por si acaso. Y arroz. Un japonés no puede vivir sin arroz.

Tai se limitaba a asentir, empujando el carrito ahora que Kari se lo había cedido para poder alcanzar un paquete de tofu. Se sentía como un espectador en su propia vida. Estaban comprando comida para él, llenando su nevera vacía, organizando su existencia desmoronada. Una parte de él estaba inmensamente agradecida. Otra se sentía patéticamente incapaz.

Mimi, por su parte, parecía disfrutar de la expedición. Iba de un lado a otro, cogiendo bolsas de patatas fritas con sabores extraños, galletas con forma de animal y barritas de chocolate.

—¡Mira, Tai! ¡Sabor a wasabi y ternera! ¡Tenemos que probarlas! —decía, lanzando una bolsa al carrito—. ¡Y estas son de edición limitada de flor de cerezo!

Su entusiasmo era tan genuino y contagioso que Tai se encontró sonriendo a pesar de sí mismo. Era como tener un hada del azúcar revoloteando a su alrededor, llenando su mundo gris con estallidos de color y calorías.

Llegaron a la sección de frutas y verduras. El aire olía a tierra húmeda y a la frescura verde de las hortalizas. Kari examinaba unos tomates con la concentración de un cirujano, mientras Mimi intentaba hacer malabares con dos manzanas. Tai esperaba pacientemente, sus ojos vagando sin rumbo por los montones de productos. Pimientos rojos, lechugas verdes, cebollas doradas…

Y entonces, la vio.

Una patata.

Estaba en un cajón de madera, entre docenas de sus compañeras ovaladas y marrones. Pero esta era diferente. Deforme, llena de bultos, con una protuberancia que se curvaba hacia arriba y dos hendiduras oscuras que parecían ojos. Su forma redondeada y rechoncha…

*Agumon.*

El mundo se detuvo. El hilo musical se desvaneció. Las voces de Mimi y Kari se convirtieron en un zumbido lejano. Todo lo que existía era esa estúpida patata en ese estúpido cajón. Su forma era un eco grotesco y doloroso de la cabeza de su compañero. La cabeza que tantas veces había acariciado, la cabeza que se había apoyado en su regazo mientras veían la televisión, la cabeza que había desaparecido en una tormenta de datos dorados.

El dolor no fue una punzada. Fue una ola, un tsunami que lo barrió y lo arrastró a las profundidades.

Crecer.

Esa era la palabra. La maldita palabra. Era la culpable de todo.

*Si no hubiera crecido…*

El pensamiento lo golpeó con la fuerza de un puñetazo. Si su potencial no hubiera florecido, si no se hubiera convertido en un adulto, su vínculo no se habría agotado. Agumon seguiría con él. Seguiría correteando por su apartamento, pidiendo comida, llamándolo «Tai» con esa voz suya, ronca y familiar. No estaría aquí, en este supermercado esterilizado, mirando una patata y sintiendo que su alma se partía en dos.

*Si no hubiera crecido…*

No sentiría este miedo paralizante hacia el futuro. Un futuro que se extendía ante él como un lienzo en blanco, vasto y aterrador. Sin Agumon, no sabía qué pintar en él. Todos los demás tenían sus colores, sus pinceles. Yamato y Sora tenían su amor. Izzy su intelecto. Mimi su creatividad. Él solo tenía el vacío.

*Si no hubiera crecido… si… si me hubiera quedado en el Digimundo cuando tenía 11 años…*

El pensamiento fue una blasfemia, una traición a todo por lo que habían luchado. Pero en la oscuridad de su mente, floreció como una flor venenosa. Si se hubiera quedado allí, en ese mundo de peligros y maravillas, nada de esto habría pasado. Seguiría siendo un Niño Elegido para siempre. Su vínculo sería eterno. Nunca habría tenido que enfrentarse a la pérdida, a la soledad, a la aplastante normalidad de ser un adulto que ya no tenía un propósito. Habría sido un Peter Pan digital, un niño eterno en una aventura sin fin. Y no estaría sufriendo así. No estaría tan roto.

Su respiración se volvió superficial. Las luces del supermercado parecieron intensificarse, volviéndose cegadoras. Sintió un sudor frío en la nuca. El carrito se sentía increíblemente pesado en sus manos. Quería soltarlo, salir corriendo, huir de todo. De la patata, del supermercado, de su vida.

—¿Tai?

La voz era suave, pero cortó la espiral de pánico como un cuchillo.

—¿Tai? ¿Curry suave o picante?

Parpadeó. La imagen de la patata se disolvió, reemplazada por el rostro de Mimi. Estaba a su lado, sosteniendo dos cajas de curry roux, una verde y una roja. Su expresión era de simple curiosidad, pero sus ojos… sus ojos lo veían. No veían al líder, ni al héroe, ni al hermano mayor. Veían al chico que estaba a punto de desmoronarse en el pasillo de las verduras.

La miró. Realmente la miró, quizás por primera vez en años. No a la Mimi que recordaba, la niña caprichosa que se quejaba del calor y de los bichos. Vio a la mujer que tenía delante. La forma en que su largo cabello caía sobre sus hombros, el brillo inteligente en sus ojos, la pequeña arruga de preocupación entre sus cejas. La chica alegre y a veces llorona, sí, pero ahora con una capa de fortaleza y empatía que él nunca había notado.

Y entonces, la realización lo golpeó con la misma fuerza que el dolor de antes, pero esta vez, fue una fuerza que lo ancló en lugar de ahogarlo.

Izzy estaba ocupado construyendo el futuro. Joe estaba ocupado salvando vidas. Sora y Yamato estaban ocupados construyendo su propia vida juntos. Takeru y Daisuke eran la nueva guardia. Su madre y su hermana se preocupaban, pero él siempre les levantaba un muro, el muro del «hermano mayor valiente».

Pero Mimi…

Mimi, con su empresa de éxito y su vida independiente, se había tomado el tiempo. Había llamado a su puerta. Había limpiado sus platos. Lo había abrazado mientras se rompía. Le había traído pizza. Lo había sacado a rastras de su apartamento y lo había hecho recordar entre risas. Y ahora estaba aquí, en un supermercado, preguntándole sobre qué tipo de curry le gustaba, como si fuera la decisión más importante del mundo. No intentaba arreglarlo. No le daba discursos sobre seguir adelante. Simplemente… estaba. Estaba con él. Compartiendo el peso.

Todos tenían sus propias vidas, sus propios problemas, sus propias cuentas atrás con sus compañeros. Lo sabía, y no los culpaba. Pero joder, cómo necesitaba a alguien querido con él en estos momentos. Cómo necesitaba que alguien se sentara en silencio a su lado, en medio de la banalidad de un supermercado, y le preguntara si prefería el curry suave o el picante.

Una oleada de gratitud tan intensa que casi le dolió recorrió su cuerpo, desplazando la marea de desesperación.

Sus labios se movieron, su voz un murmullo ronco.

—Suave —dijo, su mirada fija en la de ella—. El suave está bien.

Mimi sonrió, una sonrisa genuina que le llegó a los ojos.

—Buena elección. El picante a veces es demasiado.

Lanzó la caja verde al carrito y siguió caminando, como si nada extraordinario hubiera pasado.

Pero para Taichi, todo había cambiado. El camino por delante seguía siendo un lienzo en blanco, aterrador en su inmensidad. El espacio vacío a su lado seguía doliendo con una ausencia física. Pero la oscuridad de su mente ya no era absoluta.

Allí, bajo las luces fluorescentes de un supermercado cualquiera, la mano de una amiga le había ofrecido un pincel. Pequeño, simple, pero era un comienzo. Y el color que le ofrecía no era el rojo brillante del valor, sino el verde suave y reconfortante de la sinceridad.