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Digi-Elegida

Donde el Valor se Quiebra y la Sinceridad Sostiene

La normalidad era un traje que le quedaba grande, pero al menos se lo estaba probando. El apartamento de Taichi, que cuarenta y ocho horas antes era un santuario de su propia miseria, ahora bullía con una actividad doméstica casi cómica. Kari, con la autoridad de un sargento de intendencia, dirigía la operación de almacenamiento de los víveres. Cada producto tenía su lugar designado en la nevera o la despensa, y cualquier intento de Taichi de colocar algo en el sitio «equivocado» era recibido con un suspiro dramático y una corrección inmediata.

Mimi, por su parte, se había erigido como la supervisora de control de calidad, lo que en la práctica significaba que abría la bolsa de patatas fritas con sabor a wasabi y ternera y emitía veredictos con la seriedad de un crítico gastronómico.

—Mmmm… Interesante. Pica, pero tiene un fondo dulce. Aprobado —declaró, ofreciéndole una a Tai.

Él la aceptó, masticando lentamente. El sabor extraño y picante era una distracción bienvenida. Era absurdo. Estaba en su propia cocina, comiendo patatas fritas exóticas con su hermana organizando su vida y su amiga actuando como si estuvieran en un programa de catas. Era tan ridículamente normal que se sentía surrealista. Y por un instante, el peso en su pecho se aligeró lo suficiente como para poder respirar hondo.

—Bueno, creo que mi trabajo aquí ha terminado —anunció Kari una vez que el último brick de leche estuvo en la puerta de la nevera. Miró el resultado con orgullo—. Ahora tienes comida para al menos una semana. Y te llamaré cada noche para asegurarme de que has comido algo que no sea pizza o patatas.

—Sí, mamá —bromeó Tai, ganándose un suave codazo de su hermana.

—Aniki baka —murmuró ella, pero lo abrazó con fuerza—. Cuídate, ¿vale? De verdad.

—Lo haré —prometió él, y por primera vez, sintió que quizás no era una mentira completa.

Kari y Gatomon se despidieron, dejando un rastro de orden y la promesa de vigilancia fraternal. El apartamento quedó en un silencio repentino, solo roto por el crujido de Mimi al coger otra patata.

—Bueno, eso ha sido intenso —dijo ella, con la boca llena—. Tu hermana es una fuerza de la naturaleza.

—No tienes ni idea —sonrió Tai.

Se quedaron allí, en medio de la cocina ahora impecable y abastecida. La tarde se deslizaba perezosamente hacia el atardecer, y la luz dorada que entraba por la ventana pintaba rayas en el suelo de madera. Había una calma cómoda entre ellos, la calma de quienes han compartido una pequeña victoria.

—Gracias, Mimi —dijo él, su voz baja y seria—. Por hoy. Por ayer. Por… todo.

Mimi dejó la bolsa de patatas en la encimera y se giró para mirarlo. Se encogió de hombros, un gesto sencillo que restaba importancia a lo que para él había sido un salvavidas.

—No tienes que darme las gracias por ser tu amiga, Tai. Así es como funciona.

Estaba a punto de decir algo más, de intentar poner en palabras la inmensa gratitud que sentía, cuando su teléfono vibró sobre la mesa. El sonido, agudo y electrónico, fue una intrusión discordante en la paz que habían construido. Ambos miraron el aparato como si fuera una pequeña bomba a punto de estallar.

Con un movimiento lento, Tai lo cogió. En la pantalla, un nombre brillaba con una familiaridad que de repente le pareció peligrosa.

*Yamato Ishida.*

Y debajo, un mensaje corto: *«¿Estás libre? Necesito hablar contigo. Es importante.»*

El aire se escapó de los pulmones de Taichi. Importante. Esa palabra, viniendo de Yamato, siempre presagiaba un cambio tectónico. Podía significar un nuevo enemigo, una crisis en el Digimundo, o algo más personal. Y últimamente, las cosas personales dolían mucho más que cualquier monstruo digital. Sintió un nudo de hielo formándose en su estómago, un presagio envuelto en la familiaridad de un nombre amigo.

—¿Pasa algo? —preguntó Mimi, notando el sutil cambio en la atmósfera, la forma en que los hombros de Tai se tensaron.

—Es Yamato —respondió, su voz extrañamente plana—. Quiere que nos veamos. Dice que es importante.

Mimi asintió lentamente, sus ojos escrutando su rostro. No preguntó más. No le dijo que no fuera. Simplemente esperó, dándole el espacio para procesar. Esa era una de las cosas que estaba aprendiendo a apreciar de ella: su increíble capacidad para saber cuándo hablar y cuándo callar.

Tai tecleó una respuesta con dedos que de repente se sentían torpes. *«Estoy libre. Dónde y cuándo.»*

La respuesta fue casi instantánea. *«El parque de Inokashira. Cerca del lago. En una hora.»*

El parque de Inokashira. El lugar de tantas citas, de tantos paseos. El lugar donde Sora y él habían compartido helados y risas en un tiempo que parecía pertenecer a otra vida. La elección del lugar no podía ser una coincidencia. Era una puñalada involuntaria, o quizás una muy calculada.

—Tengo que ir —dijo, más para sí mismo que para ella.

—Claro que sí —respondió Mimi con una naturalidad que lo desarmó—. Es Matt. Es tu mejor amigo.

Se movió, comenzando a recoger sus cosas: su bolso, su teléfono. La idea de que se fuera, de quedarse solo de nuevo antes de enfrentarse a lo que fuera que Yamato tenía que decir, le provocó un pánico silencioso.

—No tienes que irte —soltó, las palabras tropezando al salir.

Ella se detuvo y le sonrió, una sonrisa suave y comprensiva.

—No me voy. Solo voy a dar una vuelta por el barrio mientras habláis. Cerca. Por si… por si luego te apetece tomar un helado. O gritarle al cielo. O lo que sea.

La oferta era tan simple y tan profundamente considerada que lo dejó sin palabras. No se ofrecía a esperarlo para cotillear. Se ofrecía a ser una red de seguridad, invisible pero presente.

—Suave —dijo él de repente.

Mimi parpadeó, confundida.

—¿Qué?

—El helado. Suave. Como el curry —aclaró, una media sonrisa temblando en sus labios.

Ella le devolvió la sonrisa, y esta vez, iluminó toda la habitación.

—Suave será. Ahora ve. No hagas esperar al futuro señor astronauta.

***

El sol de la tarde se filtraba a través de las hojas de los árboles, creando un mosaico danzante de luz y sombra en el sendero. El aire olía a hierba recién cortada y al agua del lago. Familias paseaban, parejas se susurraban secretos en los bancos, y unos niños reían mientras perseguían a las palomas. Era una escena de una felicidad tan perfecta y doméstica que a Tai le revolvió el estómago.

Los vio a lo lejos, cerca de la orilla. Yamato, con su habitual aire estoico, vestido con una chaqueta de cuero a pesar del calor. Y Sora, a su lado, con un vestido de verano de color melocotón que parecía absorber la luz del sol. Reían por algo que Yamato había dicho, y la imagen era tan idílica que parecía sacada de un anuncio.

A cada paso que daba hacia ellos, sentía que caminaba sobre cristales rotos. Cada músculo de su cuerpo le gritaba que diera media vuelta y corriera. Pero su emblema era el Valor, y a veces el valor no era más que la estúpida incapacidad de huir cuando deberías.

—Tai. Gracias por venir —dijo Yamato a modo de saludo. Su expresión era seria, pero sus ojos, fijos en Sora, delataban una felicidad profunda.

—Hola, Tai-kun —saludó Sora, su sonrisa un poco más tensa de lo normal, sus mejillas sonrosadas.

—Hola, chicos —logró decir, su voz sonando extrañamente lejana en sus propios oídos—. Bonito día.

Un silencio incómodo se instaló entre los tres. Un silencio que Tai conocía demasiado bien. Era el silencio que precedía a las malas noticias. O, en este caso, a noticias que para ellos eran maravillosas, pero que para él serían como sal en una herida abierta.

—Hay algo que queremos decirte —empezó Yamato, y tomó la mano de Sora.

*«Nosotros».* La palabra le golpeó como un objeto físico, sólida y pesada. Ya no eran Yamato y Sora. Eran un «nosotros». Una unidad de la que él era irrevocablemente ajeno.

Y entonces, lo vio.

No era algo obvio. Era un pequeño detalle, un destello de luz cuando la mano de Sora se movió. Un destello de plata y diamante en su dedo anular. Un universo de promesas contenido en un círculo de metal. Un anillo de compromiso.

El suelo pareció desaparecer bajo sus pies. El sonido de los niños riendo se desvaneció, reemplazado por un zumbido agudo en sus oídos. Su mundo, que ya se había agrietado con la pérdida de Agumon, ahora se hacía añicos. Este era el golpe final. La última puerta de su infancia cerrándose de golpe en su cara.

—Nos vamos a casar —dijo Sora, su voz un susurro feliz, pero sus ojos estaban fijos en él, buscando su reacción con una ansiedad apenas disimulada. Sabía. Por supuesto que sabía cómo le afectaría esto.

El tiempo se detuvo. En ese instante, Taichi sintió la abrumadora tentación de dejar que la máscara cayera. Dejarles ver el dolor, la devastación, la sensación de haber sido abandonado una vez más. Quería gritar, preguntarles cómo podían ser tan felices cuando su mundo estaba en ruinas.

Pero entonces, vio el rostro de Sora. La felicidad genuina luchando contra la preocupación por él. Vio a Yamato, su rival, su amigo, su hermano, mirándola con una devoción tan absoluta que era casi dolorosa de presenciar. Y el emblema que había definido su vida, el Valor, se transformó. No era el valor de luchar, sino el valor de ceder. El valor de no empañar la felicidad de las personas que más quería con su propia miseria.

Una sonrisa se abrió paso en su rostro. Se sintió como si estuviera doblando acero con sus músculos faciales, pero ahí estaba. Amplia. Genuina, a ojos de cualquiera que no pudiera ver la tormenta que se desataba tras sus ojos.

—¡Vaya! —exclamó, su voz sonando sorprendentemente firme y alegre—. ¡Eso es… increíble! ¡Felicidades! De verdad.

El alivio en el rostro de Sora fue inmediato y palpable. Sonrió, esta vez sin reservas, y se lanzó a abrazarlo. El abrazo fue breve, casi fraternal, pero el perfume de ella, el mismo que había asociado con la comodidad y el primer amor durante años, fue una tortura.

—Gracias, Tai-kun —susurró ella.

Cuando se apartó, Yamato dio un paso adelante y le puso una mano en el hombro. Su agarre era firme, sólido.

—Eres mi mejor amigo, Tai. Quería que fueras el primero en saberlo.

La frase, destinada a ser el mayor de los honores, fue la más cruel de las dagas. *Mejor amigo*. El título de consolación. El que observa desde la barrera mientras los demás juegan el partido de sus vidas. Le estaba diciendo que era indispensable, justo en el momento en que se sentía más reemplazable que nunca.

Asintió, la sonrisa todavía pegada a su rostro.

—Por supuesto, Matt. Me alegro por vosotros. Mucho.

Hablaron un poco más. Detalles sobre cómo Yamato se lo había pedido, lo nerviosos que estaban, planes vagos sobre una ceremonia pequeña. Tai participó, hizo las preguntas correctas, rio en los momentos adecuados. Fue la mejor actuación de su vida. Cada palabra era una mentira que servía a una verdad mayor: la felicidad de ellos.

Comparó su propia situación con la de Yamato. Él también había perdido a Gabumon. El mismo día, de la misma manera. Pero míralo ahora. Con su carrera en la NASA a punto de despegar, con la mujer que ambos habían amado a su lado, construyendo un futuro. Yamato había encontrado la manera de seguir adelante. De llenar el vacío.

Y él… él seguía estancado. Anclado al pasado, ahogándose en un presente vacío, aterrorizado por un futuro que no sabía cómo empezar a construir. Le faltaba Agumon. Le faltaba un propósito. Y ahora, se daba cuenta, le faltaba la esperanza infantil de que, de alguna manera, las cosas con Sora pudieran cambiar. Le faltaba… alguien.

Cuando finalmente se despidió, con promesas de celebrarlo pronto, sintió como si se estuviera arrancando una parte de sí mismo. Caminó sin rumbo, alejándose del lago, del parque, de la imagen de ellos dos de la mano, una silueta perfecta contra el atardecer.

No sabía a dónde iba. Sus pies se movían por pura memoria muscular. El sonido del tráfico se convirtió en un zumbido sordo, los colores de la ciudad se mezclaron en una acuarela gris. Su cuerpo se sentía pesado, cada paso una lucha, como si caminara por el fondo del océano. La sonrisa falsa se había desvanecido, dejando tras de sí una mueca de dolor.

Cayó de rodillas en medio de una acera concurrida, sin importarle la gente que se apartaba a su alrededor con miradas de extrañeza o alarma. El impacto de sus rodillas contra el hormigón fue un dolor agudo y real que, por un segundo, silenció el dolor de su corazón. Apoyó las manos en el suelo, su cabeza colgando, su cuerpo temblando con escalofríos que no tenían nada que ver con la temperatura.

El torbellino en su mente era ensordecedor. La imagen del anillo. La sonrisa de Sora. La mano de Yamato en su hombro. La cara de Agumon desvaneciéndose en datos dorados. Todo se mezclaba en un collage de pérdida y fracaso. Quería gritar, pero no le salía el aire. Quería llorar, pero sus ojos estaban secos y ardientes. Solo quería desaparecer. Desaparecer y aparecer al lado de Agumon, en algún lugar donde el tiempo no pasara y el dolor no existiera.

Y entonces, en medio de su colapso silencioso, sintió algo.

Unos brazos lo rodearon por la espalda. Unos brazos delgados pero firmes que lo sujetaron con una fuerza sorprendente, impidiendo que se derrumbara por completo. No hubo preguntas. No hubo exclamaciones de sorpresa. Solo el calor de un cuerpo contra el suyo, un ancla en su mar de desesperación.

El olor a flores y a algo dulce, el mismo olor de su apartamento. El tacto suave de un largo cabello rozándole la nuca.

Mimi.

No había hecho falta llamarla. No había hecho falta pedir ayuda. Ella simplemente estaba allí. Como había prometido. Cerca.

El dique se rompió.

Un sollozo desgarrador se abrió paso desde lo más profundo de su ser, un sonido animal de pura angustia. Se dejó caer hacia atrás, y ella lo sostuvo, absorbiendo su peso y su dolor. Escondió el rostro en su hombro y lloró. Lloró con la furia de un niño y la desesperación de un hombre. Las lágrimas que no había derramado por Agumon, las que había contenido por Sora, las que había reprimido por sí mismo, brotaron en un torrente incontrolable. Su cuerpo se sacudía con espasmos violentos, y ella solo lo abrazaba con más fuerza, susurrando palabras ininteligibles que no eran de consuelo, sino de pura y simple presencia. «Estoy aquí. Estoy aquí, Tai. No te vas a caer. Te sujeto.»

Él se aferró a ella, sus dedos agarrando la tela de su blusa como si fuera lo único sólido en un universo que se disolvía. Lloró hasta que no le quedaron fuerzas, hasta que los sollozos se convirtieron en jadeos temblorosos, hasta que su mente, agotada y vacía, se quedó en silencio.

No supo cuánto tiempo estuvieron así, arrodillados en una acera de Tokio, ajenos al mundo. Cuando finalmente levantó la cabeza, la noche había caído y las farolas proyectaban una luz anaranjada sobre ellos. Su rostro estaba húmedo y pegajoso, y el hombro de Mimi estaba empapado.

—Lo siento —murmuró, su voz rota.

—No —dijo ella con una suavidad feroz, su mano acariciando su pelo—. Nunca te disculpes por esto.

Se quedaron en silencio, el único sonido era su respiración entrecortada y el lejano murmullo de la ciudad. El corazón roto, la mente hecha un torbellino, los nervios a flor de piel… todo seguía ahí, pero ya no era un caos ensordecedor. El abrazo de Mimi había sido como el ojo de un huracán, un punto de calma en medio de la destrucción.

En esa calma, un pensamiento claro y afilado emergió de entre los escombros.

Quería desaparecer y estar con Agumon. Ese era su deseo, su anhelo más profundo. Volver al pasado, a la aventura, a la certeza. Eso era lo que *quería*.

Pero mientras sentía el latido del corazón de Mimi contra su espalda, el peso reconfortante de sus brazos, la realidad lo golpeó con una claridad que no había tenido en meses.

Querer no era lo mismo que necesitar.

Lo que quería era imposible, una fantasía de un niño que se negaba a crecer. Pero lo que necesitaba… lo que necesitaba era real. No necesitaba un billete de vuelta al pasado. Necesitaba a alguien con quien construir un futuro, por incierto y aterrador que fuera. Necesitaba a alguien que no huyera de su oscuridad, sino que se sentara en ella con él y le recordara que todavía había luz. Necesitaba a alguien que entendiera el lenguaje silencioso del dolor, que supiera que a veces el mejor consuelo no son las palabras, sino un abrazo en una acera fría.

Lo que necesitaba era una persona especial que estuviera con él en su vida.

Y esa persona… ya había llegado.