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Dolor y Culpa

Anclas en la Tormenta

Los días que siguieron a la catarsis en el dojo se instalaron en una nueva y frágil normalidad. El aire entre Yuji y Nobara había cambiado. Ya no estaba cargado con la tensión de una verdad no dicha, sino con el peso silencioso de una verdad compartida. Yuji volvió a sonreír, a hacer bromas tontas y a devorar tazones de ramen como si no hubiera un mañana. Para un observador casual, era el mismo chico de siempre. Pero Nobara, ahora, veía la diferencia.

La sonrisa ya no era una máscara de plástico duro, sino más bien de papel fino. Se arrugaba en los bordes. A veces, en medio de una comida, su mirada se perdía en el fondo del tazón y sus palillos se detenían en el aire por un segundo de más. Durante los entrenamientos, su ferocidad ya no parecía desesperada, sino enfocada, aunque en ocasiones, tras un golpe particularmente fuerte, cerraba los ojos y respiraba hondo, como si contuviera una ola.

No volvieron a hablar de aquella noche. No había necesidad. El pacto era tácito. Él ya no tenía que fingir que no le dolía, y ella ya no tenía que fingir que no lo veía. A cambio, ella le concedía el espacio para llevar su dolor como mejor sabía, interviniendo solo cuando la carga amenazaba con aplastarlo. Megumi, desde su periferia observadora, también pareció notar el cambio. La arruga de preocupación en su frente se suavizó ligeramente, reemplazada por una vigilancia silenciosa. Confiaba en el juicio de Nobara, en su capacidad para manejar la situación con la sutileza de un martillazo cuando era necesario, y ahora, aparentemente, con una delicadeza que lo sorprendía.

Era una noche de viernes, húmeda y pesada. La lluvia había estado amenazando con caer todo el día, dejando el aire denso y expectante. El trío había decidido saltarse el entrenamiento extra para tener una noche de películas en la sala común. Habían arrastrado el sofá más grande frente al televisor y se habían aprovisionado con un arsenal de aperitivos salados y bebidas gaseosas. La elección de la película, tras una acalorada discusión, había sido una cinta de acción estadounidense de bajo presupuesto, llena de explosiones inverosímiles y diálogos absurdos. Era perfecta. No requería pensar.

—¡No tiene sentido! —exclamó Yuji, con la boca llena de palomitas—. ¿Por qué iba a saltar del helicóptero hacia el tren en marcha si el tren va en la dirección contraria a su objetivo?

—Porque se ve genial, idiota —replicó Nobara, sin apartar la vista de la pantalla, robando un puñado de patatas fritas de la bolsa que Megumi sostenía—. Es la regla número uno de las películas de acción. La lógica es secundaria al factor "cool".

—Sigue siendo estúpido —murmuró Yuji, aunque una sonrisa tiraba de sus labios.

Megumi no dijo nada, pero soltó un leve resoplido que podría interpretarse como diversión. Estaba sentado en el extremo del sofá, con las rodillas pegadas al pecho, la bolsa de patatas apoyada sobre ellas. Observaba la película con una concentración impasible, como si estuviera analizando las tácticas de combate del protagonista.

Pasó una hora así. Comentarios sarcásticos de Nobara, exclamaciones de Yuji y el silencio contemplativo de Megumi, una extraña sinfonía que se había convertido en su banda sonora. La película era un torbellino de persecuciones de coches, tiroteos y frases lapidarias. Ruido. Mucho ruido glorioso y sin sentido que llenaba el espacio y mantenía a raya los pensamientos más oscuros.

A mitad de la segunda película de la maratón improvisada, Megumi se removió. Bostezó, tratando de disimularlo tras una mano.

—Me voy a dormir —anunció, poniéndose de pie con la rigidez de quien ha estado demasiado tiempo en una misma posición.

—¿Ya? ¡Pero si ahora viene la parte en la que se infiltra en la base del volcán! —protestó Yuji.

—He visto suficientes explosiones por hoy —dijo Megumi, con una media sonrisa cansada—. Además, mañana tenemos entrenamiento temprano. No seáis muy ruidosos.

Dejó la bolsa de patatas, ahora casi vacía, sobre la mesa y se dirigió hacia la puerta. Antes de salir, su mirada se posó en Yuji y luego en Nobara por un instante. Fue un vistazo rápido, pero Nobara entendió el mensaje. *Os lo dejo a vosotros. Cuídale.* Ella asintió casi imperceptiblemente, un gesto que él captó antes de desaparecer por el pasillo.

La sala se sintió de repente más grande y silenciosa, a pesar del estruendo que seguía saliendo de los altavoces. Ahora solo eran ellos dos. Yuji se había desparramado un poco más en el sofá, ocupando el espacio que Megumi había dejado libre. Nobara se acurrucó en su esquina, abrazando un cojín.

Continuaron viendo la película en un silencio más cómodo. Los comentarios de Yuji se hicieron menos frecuentes a medida que avanzaba la noche. Nobara notó que sus parpadeos eran cada vez más largos y lentos. La cabeza se le inclinaba hacia un lado, para luego enderezarse con una pequeña sacudida.

—Si tienes sueño, vete a la cama —dijo ella en voz baja durante una pausa en la acción.

—No, estoy bien —murmuró él, frotándose los ojos—. Quiero saber si desactiva la bomba nuclear con un clip y un chicle.

Nobara rodó los ojos, pero una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro. Unos diez minutos después, el suave y rítmico sonido de la respiración de Yuji se unió a la banda sonora de la película. Se había quedado dormido, con la cabeza apoyada en el respaldo del sofá y la boca ligeramente abierta.

En la luz parpadeante de la pantalla, parecía más joven, vulnerable. La tensión habitual en su mandíbula se había disipado, y su rostro, en reposo, estaba desprovisto de cualquier máscara. Era solo Yuji. Por un momento, Nobara sintió una punzada de ternura. Era bueno verlo descansar de verdad, aunque fuera en un sofá incómodo.

Dejó que la película siguiera su curso, bajando un poco el volumen para no despertarlo. El protagonista acababa de encontrar la bomba. El temporizador digital marcaba cinco minutos. Tensión fabricada, predecible. Fácil.

Fue entonces cuando lo notó.

Un ligero temblor en la mano de Yuji, que descansaba sobre su regazo. Al principio, fue un espasmo casi imperceptible, como el de alguien que sueña que se cae. Nobara no le dio importancia. Pero el temblor no cesó. Se extendió por su brazo, sutil pero persistente. Su ceño se frunció en un gesto de dolor, incluso en la inconsciencia.

Nobara se inclinó un poco hacia él, la película olvidada. El temblor se intensificó. Ahora era todo su cuerpo el que se estremecía, pequeños y violentos espasmos que sacudían su figura en el sofá. De sus labios empezaron a escapar sonidos. Murmullos ahogados, rotos.

—No... por favor...

Nobara sintió un escalofrío. Su corazón empezó a latir con fuerza contra sus costillas. Se acercó más, tratando de descifrar las palabras que se atropellaban en un susurro febril.

—Lo siento... lo siento tanto... —gemía él, la voz cargada de una angustia tan palpable que era casi física—. Mi culpa... todo...

Su rostro se contrajo. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos cerrados, trazando caminos silenciosos por sus sienes y perdiéndose en su pelo. Se estaba disculpando en sueños. Reviviendo el infierno una y otra vez, incluso en el único lugar donde se suponía que debía encontrar refugio.

Shibuya. Sukuna. Nanami. Mahito.

Los nombres no necesitaban ser pronunciados. Estaban grabados en cada temblor, en cada sollozo ahogado. Estaba atrapado. Una pesadilla de la que no podía despertar porque estaba hecha de sus propios recuerdos. Verlo así, tan indefenso, tan roto por dentro, despertó en Nobara una furia fría y protectora. Era una crueldad insondable que un chico que había sacrificado tanto tuviera que seguir pagando el precio incluso en sus sueños.

—¡Nanamin! —El grito fue ahogado, un desgarro en su garganta que la hizo estremecerse—. No... no me dejes...

Su mano se crispó en un puño, las uñas clavándose en la tela del pantalón. Su cuerpo se arqueó ligeramente en el sofá, como si intentara escapar de un dolor invisible.

Nobara no podía soportarlo más. Dejarlo en esa tortura no era una opción.

—Itadori —llamó en voz baja, posando una mano con cuidado en su hombro.

Él no reaccionó, demasiado profundo en su terror personal.

—Yuji.

Su voz fue más firme esta vez. Lo sacudió suavemente.

—¡Yuji, despierta!

Él se despertó con una violenta bocanada de aire, como si hubiera estado conteniendo la respiración bajo el agua. Sus ojos se abrieron de golpe, desorbitados y llenos de un pánico ciego. Se incorporó de golpe en el sofá, con la respiración entrecortada y el cuerpo tenso, listo para luchar o huir. Por un segundo, la miró sin verla, con la mirada perdida en los horrores de los que acababa de ser arrancado. El sudor le perlaba la frente y le pegaba el pelo a la piel.

—¿K-Kugisaki? —tartamudeó, su voz ronca. Parpadeó varias veces, tratando de enfocar. La pantalla del televisor, donde el héroe ahora celebraba su victoria, se reflejaba en sus pupilas dilatadas—. ¿Qué...?

El mecanismo de defensa se activó casi al instante. La confusión en su rostro fue reemplazada por una estudiada despreocupación. Se pasó una mano por la cara, secándose las lágrimas y el sudor en un solo gesto brusco. Forzó una risa, un sonido hueco y áspero.

—Joder, qué locura. Debí de quedarme frito —dijo, evitando su mirada y fijándola en la televisión—. Vaya sueño más raro he tenido. Creo que había... payasos gigantes. Sí, payasos. Odiaba esa parte.

La mentira era tan burda, tan desesperada, que a Nobara le dolió físicamente. El Yuji de hacía una semana podría haberla convencido. Pero el Yuji de ahora, con los ojos todavía enrojecidos y el temblor residual en sus manos, no engañaba a nadie. Y menos a ella.

Su primer instinto fue gritarle. Llamarle idiota por seguir intentando levantar ese muro entre ellos. Pero entonces vio la pura y absoluta fatiga en su postura. No era solo cansancio físico. Era un agotamiento del alma, la extenuación de alguien que lucha una guerra interminable dentro de su propia cabeza y no se permite ni un momento de tregua.

La ira se disipó, reemplazada por una calma pesada y decidida. La confrontación no era la herramienta adecuada para ese momento. No necesitaba un martillo. Necesitaba un ancla.

—Yuji —dijo ella, su voz suave pero firme, cortando su intento de balbucear más tonterías sobre la película.

Él se calló, pero no la miró. Mantenía la vista fija en la pantalla, donde los créditos comenzaban a aparecer.

—Estabas llorando —continuó ella. No era una pregunta, sino una afirmación. Innegable.

Él se encogió visiblemente.

—El aire está seco aquí dentro —murmuró, una excusa patética.

Nobara suspiró. Se movió en el sofá, acortando la distancia entre ellos. Apagó el televisor con el mando a distancia, sumiendo la habitación en un silencio casi total, roto solo por la respiración agitada de Yuji y el lejano murmullo del viento en el exterior.

—Para —dijo ella en voz baja.

Él finalmente giró la cabeza para mirarla. En la penumbra, su rostro era un mapa de vulnerabilidad y agotamiento.

—No tienes que hacer esto. No conmigo.

Yuji abrió la boca para protestar, para lanzar otra mentira, otra excusa. Pero las palabras murieron en su garganta al ver la expresión de ella. No había ira en sus ojos, ni lástima. Solo una comprensión tranquila y una determinación inquebrantable. Era la misma mirada que tenía antes de lanzar un clavo decisivo en una batalla.

Se quedaron en silencio por un largo momento. Yuji bajó la cabeza, derrotado. El esfuerzo de mantener la fachada era demasiado grande. Apoyó los codos en las rodillas y se cubrió el rostro con las manos, sus hombros temblando de nuevo.

Nobara lo observó, sintiendo cómo se le apretaba el pecho. Las palabras no servirían de nada. No podía decirle "todo va a estar bien", porque sería una mentira. No podía decirle "no fue tu culpa", porque él no lo creería. No en ese momento. Lo que él necesitaba no era lógica ni consuelo verbal. Era algo más simple. Algo tangible.

Con un movimiento lento y deliberado, le dio dos palmaditas en el muslo.

Él levantó la cabeza, mirándola a través de los dedos con ojos confusos.

—Ven aquí —dijo ella, su voz no admitía réplica.

Él la miró sin comprender.

—¿Qué?

—He dicho que vengas aquí —repitió, y volvió a dar una palmada en su regazo—. Túmbate. Descansa un poco. De verdad.

La oferta lo dejó sin palabras. Se quedó mirándola, luego a su regazo, y de nuevo a ella. Era una propuesta tan simple, tan íntima y tan inesperada que su cerebro, todavía nublado por la pesadilla y la adrenalina, no sabía cómo procesarla. Recibir consuelo, permitirse ser cuidado de una forma tan directa... era un territorio completamente desconocido para él. Siempre había sido el que daba, el que protegía, el que absorbía el dolor.

Vio su vacilación, la guerra que se libraba en su interior entre el orgullo herido y la necesidad desesperada de un respiro.

—No es una pregunta, Itadori —añadió ella, con un toque de su brusquedad habitual, una familiaridad que, extrañamente, lo tranquilizó—. Es una orden. Ahora, obedece. A menos que quieras que te obligue.

A pesar de la situación, un fantasma de sonrisa tiró de los labios de Yuji. La amenaza era tan típica de ella que lo ancló en la realidad.

Lentamente, con la torpeza de un animal herido que no está seguro de si puede confiar en la mano que se le ofrece, se movió. Se giró en el sofá y, con vacilación, reclinó la cabeza sobre los muslos de Nobara. El gesto se sintió a la vez monumental y extrañamente natural.

Su cabeza se sentía pesada sobre sus piernas. Podía oler el ligero perfume de su jabón y el olor a tela del uniforme. El cojín que ella había estado abrazando antes era sin duda más blando, pero esto era diferente. Era cálido. Era real. Era un punto de contacto con alguien que se negaba a dejarlo ahogarse.

Nobara se quedó quieta por un momento, sintiendo el peso y el calor de su cabeza en su regazo. El pelo de él, todavía ligeramente húmedo por el sudor, le hacía cosquillas a través de la tela de la falda. Era una situación extraña, íntima de una manera que nunca antes habían compartido. Pero no se sentía incómoda. Se sentía... necesaria.

Yuji yacía rígido, con los ojos abiertos y fijos en el techo oscuro, como si esperara que ella se arrepintiera y lo echara.

Entonces, ella levantó la mano y, con la misma vacilación que él había mostrado al tumbarse, la posó sobre su cabeza. Empezó a acariciarle el pelo con movimientos lentos y rítmicos. Sus dedos se enredaron suavemente en los mechones rosados, masajeando su cuero cabelludo con una presión suave y constante. De arriba abajo. Una y otra vez. Un gesto simple. Maternal. Un gesto que decía "estoy aquí" sin necesidad de palabras.

Bajo su tacto, sintió cómo la tensión abandonaba el cuerpo de Yuji de forma gradual. Fue como ver un nudo apretado deshacerse lentamente. Sus hombros, que habían estado pegados a sus orejas, descendieron. La rigidez de su cuello se aflojó. El ritmo frenético de su respiración comenzó a calmarse, volviéndose más profundo y regular. Finalmente, tras varios minutos de caricias silenciosas, él cerró los ojos.

Una solitaria lágrima se deslizó desde la comisura de su ojo y recorrió su sien, pero no era una lágrima de angustia. Era de puro y absoluto alivio.

Nobara siguió con el movimiento rítmico, su propia respiración acompasándose con la de él. La sala estaba sumida en la penumbra y el silencio. Afuera, el viento soplaba un poco más fuerte, pero dentro de su pequeña burbuja, reinaba la calma.

Miró hacia abajo, al rostro de Yuji. Las facciones relajadas, la ausencia de la sonrisa forzada, la vulnerabilidad expuesta bajo su mano. Este era el verdadero coste de su guerra. No las cicatrices físicas, sino estas heridas invisibles que sangraban en la oscuridad. Ella no podía curarlas. No era Shoko Ieiri. No poseía la energía maldita inversa para reparar una psique destrozada.

Pero podía hacer esto. Podía ofrecer su presencia como un ancla en medio de la tormenta de sus recuerdos. Podía prestarle su calma cuando la suya se agotara. Podía trazar patrones en su pelo hasta que los temblores cesaran y su respiración se volviera tranquila.

Sabía que esto no era una solución. Mañana, o la semana que viene, habría otra pesadilla. Otro sonido, otra imagen, lo arrastraría de vuelta al abismo. El camino para sanar, si es que existía, sería largo y lleno de recaídas. Pero mientras él seguía pretendiendo ser el pilar fuerte para todos los demás, alguien tenía que ser el pilar para él. Y si Megumi era demasiado reservado y Gojo-sensei ya no estaba para cumplir ese rol, entonces le tocaba a ella.

No era una carga. Era una elección. La misma elección que hizo al decidir ser hechicera, al decidir quedarse en Tokio, al decidir que Yuji y Megumi eran su familia.

Continuó acariciándolo, sin saber si él dormía o si simplemente descansaba con los ojos cerrados, encontrando un respiro en la oscuridad silenciosa. No importaba. Por ahora, esto era suficiente. Calmar a este chico roto. A su amigo. A su camarada. Mantener la guardia mientras él bajaba la suya, aunque solo fuera por unas pocas horas en una noche lluviosa. Porque a veces, la única forma de sobrevivir a la tormenta es tener un ancla a la que aferrarse, por pequeña que sea. Y esa noche, en el silencio de la sala común, ella era la suya.