Dolor y Culpa
Fantasmas en la Periferia
La llovizna era fina y persistente, una cortina gris que desdibujaba los bordes de Tokio y se aferraba a la ropa con una humedad fría y pegajosa. El exorcismo había sido una formalidad, una maldición de tercer grado nacida de la frustración de una oficina recientemente en bancarrota. Un trabajo rápido, casi insultantemente simple en comparación con los horrores que habían definido sus vidas. Sin embargo, el viaje de vuelta a la escuela técnica se sentía pesado, el silencio en el coche auxiliar más denso que la niebla que se arremolinaba fuera.
Yuji miraba por la ventanilla, siguiendo el rastro de una gota de lluvia que serpenteaba por el cristal. Su reflejo era pálido, una versión desvaída de sí mismo superpuesta al paisaje urbano que pasaba a toda velocidad. A su lado, Megumi leía un libro con una concentración que parecía casi una barrera, y Nobara, sentada frente a ellos, jugueteaba con uno de sus clavos, su ceño ligeramente fruncido en una expresión de aburrimiento impaciente.
Fue ella quien rompió el silencio, como siempre.
—Qué pérdida de tiempo. Podríamos haber estado entrenando en lugar de ahuyentar al fantasma de un contable deprimido.
—Una misión es una misión —respondió Megumi sin levantar la vista del libro—. Es mejor que sean así de fáciles.
Yuji no dijo nada. Asintió levemente, un gesto que esperaba que pasara por un acuerdo. Pero en su mente, la facilidad de la misión solo servía para resaltar su propia inutilidad en las batallas que de verdad importaban. Un recordatorio de que, a pesar de todo su poder, no había podido hacer nada cuando contaba. La victoria amarga de Shinjuku se sentía cada día más lejana, y su sabor, cada vez más agrio.
Nobara lo observaba por el rabillo del ojo. Vio cómo sus hombros estaban ligeramente encorvados, cómo sus manos descansaban inertes sobre sus rodillas en lugar de moverse con su energía habitual. La noche en el sofá había abierto una puerta, pero sabía que la casa encantada de la mente de Yuji tenía muchas habitaciones cerradas. La pesadilla había sido una manifestación del trauma pasado. Pero ahora, le preocupaba más cómo ese trauma estaba empezando a envenenar su presente.
Llegaron a la escuela y se dispersaron, cada uno buscando su propia forma de sacudirse la melancolía del día. Yuji se dirigió directamente a los campos de entrenamiento, pero se encontró con que Kusakabe los había convocado a él y a otros estudiantes de cursos inferiores para una lección improvisada.
Atsuya Kusakabe era un hombre pragmático. No tenía la presencia deslumbrante ni el carisma de Satoru Gojo. Sus lecciones no eran espectáculos de poder abrumador, sino análisis fríos y eficientes de técnica y estrategia. Estaba de pie en el centro del dojo, con su habitual expresión de cansancio y un shinai en la mano.
—El error más común después de una batalla intensa es la complacencia —comenzó, su voz plana recorriendo el espacio—. Asumís que porque sobrevivisteis, vuestra técnica fue la correcta. La mayoría de las veces, solo tuvisteis suerte. Itadori.
Yuji se enderezó, sorprendido de ser llamado tan directamente.
—Sí, sensei.
—Tu control de la energía maldita ha mejorado, es más refinado. Pero tu estilo de lucha sigue siendo reactivo. Te lanzas de cabeza y confías en tu fuerza física para arrollar al oponente. Contra maldiciones de bajo nivel, funciona. Contra algo más, es un suicidio. Tienes que aprender a pensar no solo en el siguiente golpe, sino en los tres siguientes.
Era una crítica constructiva, directa y sin adornos. Era, objetivamente, un buen consejo. Pero no fue eso lo que Yuji escuchó.
Mientras Kusakabe hablaba, su mirada se posó en Yuji. Era una mirada evaluadora, la de un maestro midiendo el progreso de un alumno. Pero en la mente de Yuji, la imagen se deformó. La expresión de Kusakabe no era de análisis, sino de cautela. De miedo. *Me está observando*, pensó Yuji, un escalofrío recorriéndole la espalda. *No está evaluando mi técnica. Está evaluando el riesgo. Se pregunta cuándo la jaula podría volver a romperse. Se pregunta si estoy a un mal día de convertirme de nuevo en el anfitrión de Sukuna*.
La voz de Kusakabe se convirtió en un zumbido lejano. Yuji vio los labios del hombre moverse, pero las palabras fueron reemplazadas por el eco de sus propios miedos. Vio cómo la mano de Kusakabe se apretaba ligeramente sobre el shinai, y su mente trastornada lo tradujo como un gesto defensivo. Estaba listo para atacar si era necesario. Porque él, Yuji Itadori, era una amenaza latente. Una bomba de tiempo.
—¿Entendido, Itadori?
La pregunta lo devolvió a la realidad. Parpadeó, dándose cuenta de que todo el dojo lo estaba mirando.
—Sí. Sí, sensei. Lo entiendo. Gracias.
Bajó la cabeza, evitando la mirada de Kusakabe y la de los demás estudiantes. Sintió sus mejillas arder. No solo era una amenaza, también era un incompetente que se distraía en mitad de una lección. El peso de las miradas a su alrededor se sentía físico, aplastante.
La lección terminó poco después. Mientras salía del dojo, pasó junto a un par de hechiceros de segundo año que hablaban en susurros.
—...increíble la cantidad de trabajo que hay ahora...
—...ni me lo digas, desde lo de Shibuya y Shinjuku, no hay descanso...
Era una conversación mundana, la queja habitual de cualquiera con exceso de trabajo. Pero Yuji no la escuchó así. Su cerebro, sintonizado en la frecuencia de la culpa, filtró las palabras y las reensambló en una acusación. *Tanto trabajo... por su culpa. Tanta muerte... por él. Tanta desgracia... por traer a Sukuna de vuelta*.
Aceleró el paso, casi corriendo por el pasillo. Sentía sus miradas clavadas en su espalda, cargadas de un resentimiento que probablemente solo existía en su cabeza. *El recipiente maldito. El que nos trajo todo esto*. Las frases eran fantasmas, susurros inaudibles que gritaban en su mente.
Nobara, que había salido a buscarlo para ver si quería comer algo, lo vio pasar como una exhalación. Vio su postura encogida, su rostro pálido y tenso. Y vio a los dos chicos de segundo año, que ya habían cambiado de tema y ahora discutían sobre qué cenar, completamente ajenos al drama que acababa de desarrollarse en la cabeza de su amigo.
—Mierda —masculló ella para sus adentros, apretando la mandíbula.
Esto era nuevo. Esto era peor que las pesadillas. Las pesadillas eran el pasado persiguiéndolo. Esto era el presente deformándose a su alrededor, convirtiendo a aliados y compañeros en jueces y verdugos. No iba a permitirlo.
Decidió darle un momento antes de confrontarlo. Lo siguió a distancia, observando cómo se dirigía sin rumbo por los pasillos de la escuela, hasta que pareció recordar algo. Se detuvo y miró su antebrazo. Durante la misión, al esquivar un trozo de mobiliario de oficina que la maldición le había lanzado, se había hecho un corte superficial. Era una herida insignificante, pero era la excusa perfecta. Se dio la vuelta y se encaminó hacia la enfermería.
Nobara frunció el ceño. La enfermería. Shoko Ieiri. Una combinación potencialmente desastrosa en el estado mental actual de Yuji. Decidió seguirlo.
La enfermería olía a antiséptico y a humo de cigarrillo, un aroma inseparable de su ocupante. Shoko estaba sentada en su escritorio, revisando unos informes con su habitual expresión de indiferencia y agotamiento crónico. Las ojeras bajo sus ojos parecían más oscuras de lo normal, y el cenicero a su lado estaba casi lleno. Levantó la vista cuando Yuji entró, su expresión no cambió ni un ápice.
—¿Qué ocurre? —preguntó, su voz tan neutra como siempre.
—Ah... hola, Ieiri-san. Solo... me hice un corte en la misión. No es nada, pero pensé que sería mejor que lo revisaras —dijo Yuji, su voz sonando extrañamente pequeña en la silenciosa habitación.
Shoko suspiró, un sonido apenas audible. Se levantó y le hizo un gesto hacia una de las camillas.
—Siéntate. Levanta la manga.
Yuji obedeció en silencio. Mientras Shoko preparaba un poco de algodón y desinfectante, él la observó. Vio el cansancio grabado en su rostro, la forma en que sus movimientos eran eficientes pero carentes de cualquier calidez. Y su mente, ya predispuesta al auto-tormento, comenzó a tejer una narrativa terrible.
*Ella lo sabe*, pensó. *Sabe que Gojo-sensei y ella eran cercanos. Más que amigos. Todo el mundo lo sabía. Y ahora él no está. Y es por mi culpa. Si yo no hubiera existido, si no me hubiera tragado ese dedo, Sukuna nunca habría vuelto. La pelea en Shinjuku nunca habría ocurrido de la manera en que lo hizo. Gojo-sensei seguiría aquí, molestándola, haciéndola poner los ojos en blanco, pero vivo*.
Cuando Shoko se acercó, Yuji se estremeció instintivamente. Ella se detuvo por un instante, mirándolo con una leve confusión antes de continuar. Tomó su brazo con una mano para estabilizarlo mientras limpiaba la herida con la otra. Su tacto era profesional, clínico. Pero para Yuji, se sentía gélido. Repulsivo. Como si le diera asco tocarlo.
—Lo siento... —murmuró él, sin saber muy bien por qué se disculpaba. ¿Por la herida? ¿Por hacerla trabajar? ¿Por existir?
La expresión de Shoko no cambió, pero Yuji creyó ver un endurecimiento casi imperceptible en su mandíbula. Una tensión en la comisura de sus labios. La indiferencia de siempre se había transformado, en su mente, en un odio helado y contenido.
—¿Por qué? —preguntó ella, su tono monótono mientras aplicaba una tirita sobre el corte limpio.
—Por... por todo el trabajo extra. Por todo...
No pudo terminar. La frase se ahogó en su garganta. *Por el hombre que amabas*.
Shoko lo miró fijamente por un segundo. Su rostro era ilegible. Para ella, probablemente solo era otro adolescente torpe disculpándose por una tontería. Estaba acostumbrada a tratar con estudiantes que habían pasado por el infierno. Pero Yuji no vio eso. Vio un juicio silencioso en sus ojos cansados. Vio la confirmación de todos sus miedos. *Ella me culpa*.
—Es mi trabajo —dijo ella finalmente, su voz cortante por la pura falta de inflexión—. Está limpio. No se infectará. Ya puedes irte.
Se dio la vuelta y volvió a su escritorio, cogiendo otro cigarrillo y encendiéndolo con manos firmes. El caso estaba cerrado. El paciente, atendido.
Para Yuji, fue como si le hubieran golpeado. Cada palabra, cada gesto, había sido una daga. *Ya puedes irte*. No era una simple despedida. Era un *lárgate de mi vista*. *No quiero verte*. *Tu presencia es un insulto a su memoria*.
Se quedó paralizado en la camilla, el corazón martilleándole en el pecho. El aire de la enfermería se sentía sofocante. La culpa era una sustancia física, espesa, que le llenaba los pulmones.
Fue en ese momento cuando Nobara decidió que ya había visto suficiente. Entró en la enfermería sin llamar, con una expresión deliberadamente despreocupada.
—¡Ah, aquí estabas, idiota! Te estaba buscando. Fushiguro dice que si no nos damos prisa, se acabará el katsudon especial en la cafetería.
Su voz, fuerte y enérgica, rompió la atmósfera opresiva como una piedra arrojada a un estanque en calma.
Yuji se sobresaltó, girándose para mirarla con los ojos desorbitados, como un ciervo atrapado en los faros de un coche. Shoko levantó una ceja hacia Nobara, soltando una bocanada de humo.
—Haced menos ruido. Intento trabajar.
—Sí, sí, lo que digas, fumadora en serie —replicó Nobara con una sonrisa descarada, antes de agarrar a Yuji por el brazo—. Vamos, Itadori. La comida nos espera. Gracias por parchearlo, Ieiri-san.
Y sin esperar respuesta, prácticamente lo arrastró fuera de la enfermería y por el pasillo. Yuji tropezaba más que caminaba, su mente todavía atrapada en la escena que acababa de fabricar.
Una vez que estuvieron lo suficientemente lejos, Nobara lo soltó y lo empujó contra la pared, acorralándolo.
—¿Se puede saber qué demonios ha sido eso? —espetó, su voz baja y furiosa.
—¿Q-qué? No sé de qué hablas —tartamudeó Yuji, negándose a mirarla a los ojos.
—¡No me vengas con esas! —siseó ella, dándole un golpecito en el pecho con un dedo—. ¡Estabas ahí sentado como si Shoko te hubiera sentenciado a muerte! ¡Tenías la cara de alguien a punto de ser ejecutado! ¿Qué te ha dicho? ¿Te ha amenazado con realizarte una autopsia en vida?
—No... ella no...
—Entonces, ¿qué? ¡Habla, Yuji!
La desesperación en la voz de ella finalmente lo rompió. Levantó la cabeza, y Nobara vio la pura miseria en sus ojos.
—Ella me odia —susurró, la voz quebrada—. Me odia por lo de Gojo-sensei. Puedo sentirlo. La forma en que me miró, cómo me tocó... Me desprecia. Y tiene razón. Tiene todo el derecho del mundo a odiarme.
Nobara se quedó mirándolo, estupefacta por un segundo. La lógica retorcida y autodestructiva era tan absurda, tan dolorosamente *Yuji*, que casi se habría reído si no fuera tan trágico.
Respiró hondo, conteniendo su primer impulso de gritarle que dejara de ser un imbécil. La ira no funcionaría aquí. Necesitaba una dosis de realidad fría y dura.
—¿Eres idiota o te entrenas para serlo? —dijo, su tono cortante como el cristal.
Yuji se encogió, esperando un torrente de insultos.
—Nobara, yo lo vi...
—¡No viste una mierda! —le interrumpió—. ¿Que te odia? ¿Que te desprecia? ¡Así es Shoko Ieiri! ¡Siempre! ¡Tiene la misma expresión de alegría que un pez muerto! ¡Lleva pareciendo un funeral andante desde antes de que tú supieras lo que era una maldición! ¿Crees que eres tan especial como para que ella gaste su valiosa y limitada energía en odiarte activamente?
Las palabras lo golpearon, confundiéndolo.
—Pero, Gojo-sensei...
—¡Sí, Gojo-sensei! —continuó ella, su voz subiendo de volumen—. ¡Claro que está de luto! ¡Todos lo estamos! ¡Perdió a su mejor amigo de la adolescencia! ¿Y sabes qué hace? Se levanta cada mañana, viene a esta maldita enfermería, se fuma dos cajetillas de tabaco y nos parchea a todos nosotros, críos estúpidos que no dejamos de meternos en líos. ¡Salva vidas! ¡Es su trabajo! ¡Y lo hace sin importar a quién tenga delante! ¡Eso no es odio, es profesionalidad, pedazo de alcornoque!
Se inclinó hacia él, sus ojos naranjas ardiendo con una intensidad feroz.
—¿El universo no gira en torno a tu complejo de culpa, ególatra! Kusakabe te mira con cautela porque eres uno de sus estudiantes más fuertes y a la vez más imprudentes, y su trabajo es asegurarse de que no te mates. ¡No porque crea que vas a explotar! ¡Esos chicos del pasillo se quejaban del trabajo porque ser hechicero es una mierda y siempre hay demasiado que hacer! ¡Probablemente ni siquiera se dieron cuenta de que pasaste por su lado!
Cada frase era un martillazo contra la frágil estructura de su paranoia. Yuji la miraba, sin palabras, su cerebro luchando por procesar esa versión de la realidad tan radicalmente diferente a la suya.
—Todos estamos lidiando con esto a nuestra manera —dijo Nobara, su voz suavizándose un poco, pero sin perder su filo—. Megumi se entierra en libros y entrenamiento. Yo me cabreo y rompo cosas. Shoko fuma hasta que sus pulmones se vuelvan negros y nos cura las heridas. ¿Y tú? Tú decides que eres el villano en la historia de todos. Decides que eres el único culpable y te dedicas a coleccionar miradas de odio imaginarias.
Lo agarró por la parte delantera de la chaqueta, obligándolo a centrarse en ella.
—Escúchame bien, Yuji. Lo que pasó, la guerra, las muertes... fue una tragedia de una escala que apenas podemos comprender. Y tú estuviste en el centro. Eso es un hecho. Pero no eres el único que sufre. No eres el único con cicatrices. Y lo que es más importante, no tienes el derecho de decidir lo que los demás sienten por ti. No puedes meterte en la cabeza de Shoko y ponerle palabras de odio en la boca. Eso es insultante para ella y es una tortura para ti.
Soltó su chaqueta, su expresión ahora más cansada que enfadada.
—Ya te lo dije una vez. Deja de sangrar solo. Y ahora te digo otra cosa: deja de ver fantasmas donde no los hay. La gente tiene sus propias batallas que librar. No tienen tiempo para ser los monstruos de las tuyas.
El pasillo quedó en silencio. Yuji se apoyó contra la pared, sintiéndose como si le hubieran vaciado por dentro. Las palabras de Nobara no habían borrado mágicamente su culpa, pero habían arrojado una luz cruda y brillante sobre las sombras que él mismo había creado. ¿Era posible? ¿Era posible que la hostilidad que sentía no fuera más que un eco de su propio odio hacia sí mismo?
Miró por el pasillo, hacia la puerta cerrada de la enfermería. Recordó la expresión de Shoko. ¿Indiferencia agotada o desprecio helado? Por primera vez, admitió la posibilidad de que fuera lo primero. Recordó la mirada de Kusakabe. ¿Evaluación o miedo? Quizás, solo quizás, había sido evaluación.
—No sé cómo... —murmuró, su voz ronca—. Cómo parar de pensar así.
—No tienes que saberlo —respondió Nobara, cruzándose de brazos—. Para eso estamos nosotros, los que tenemos la cabeza un poco más atornillada. Cuando empieces a ver fantasmas, vienes y me lo dices. O a Megumi. Y te diremos si son reales o si solo eres tú siendo un idiota sentimental. Ese es el trato.
Yuji la miró. Vio en su rostro no lástima, sino una exasperación protectora. Una orden. Una promesa. No era la suave comodidad de la noche anterior, sino el ancla afilada y dentada que necesitaba para no dejarse arrastrar por la corriente de su propia mente.
Una pequeña y temblorosa sonrisa, la primera genuina del día, apareció en su rostro.
—Idiota sentimental...
—El más grande que he conocido —confirmó ella, y le dio un codazo suave en las costillas—. Ahora, vamos. Lo del katsudon era mentira, pero sí que vamos a por udon. Invito yo.
Comenzó a caminar por el pasillo, esperando que la siguiera.
—Y que te quede claro —añadió por encima del hombro, sin mirarlo—. Si durante toda la comida pones esa cara de cachorro apaleado, te juro que te clavo los palillos en la nariz.
Yuji soltó una pequeña risa, un sonido acuoso pero real. Se frotó la cara con las manos y luego corrió para alcanzarla, caminando a su lado.
El peso en su pecho no había desaparecido. Las grietas en su alma seguían ahí, profundas y dolorosas. Pero los fantasmas que lo habían acosado durante todo el día parecían haberse retirado a la periferia, sus susurros ahogados por la voz fuerte y decidida de la chica que caminaba a su lado. No estaba curado. Ni mucho menos. Pero por segunda vez, Nobara Kugisaki le había recordado que incluso en la casa más encantada, no tenía por qué enfrentarse a los espectros completamente solo.