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Dolor y Culpa

Cenizas y Crisantemos

Un año. Trescientos sesenta y cinco días que se habían estirado con la lentitud de la melaza y, al mismo tiempo, habían pasado en un parpadeo febril. El mundo de la hechicería se había asentado en una nueva y extraña paz, la calma que sigue al epicentro de un terremoto, cuando las réplicas aún hacen temblar el suelo pero la gente, por pura necesidad, empieza a barrer los escombros.

Para Itadori Yuji, ese año había sido una lenta y ardua reconstrucción de su propia psique, con Nobara Kugisaki como capataz implacable y arquitecta principal. La cercanía entre ellos ya no era una novedad, sino un pilar fundamental de su existencia. Se movían en una órbita compartida, un sistema binario donde uno era el ancla y el otro, la tormenta que aprendía a amainar. Sus conversaciones ya no necesitaban ser profundas; un simple vistazo, un gesto, una palabra cortante bastaban para comunicar volúmenes enteros.

Megumi, por su parte, había encontrado su propio camino en medio de las ruinas. Se había convertido, en palabras de Nobara, en «la sombra glorificada de Hana Kurusu». Su relación con la chica que albergaba al Ángel era compleja, una simbiosis nacida de la necesidad y forjada en la batalla. Pasaban la mayor parte del tiempo juntos, trabajando para el nuevo y precario sistema de los altos cargos, cazando los restos de las maldiciones de Kenjaku. Megumi parecía más distante, pero en sus escasas visitas, Yuji veía en sus ojos una calma nueva, la de alguien que ha encontrado un propósito definido, aunque este lo mantuviera alejado.

Ese día, sin embargo, las distancias se acortaban. El calendario había girado hasta aterrizar en una fecha marcada con tinta negra en el corazón de todos. El primer aniversario de la batalla de Shinjuku. El primer aniversario de la muerte de Satoru Gojo.

El aire en la escuela técnica era pesado, cargado de una solemnidad que ni el sol brillante de la mañana podía disipar. Se había organizado una conmemoración, un funeral tardío y formal para el hombre que había sido el más fuerte. Un acto para cerrar heridas, para honrar una memoria.

Yuji no quería ir.

—No voy a ir —dijo, su voz un murmullo terco.

Estaba sentado en el borde de su cama, mirando fijamente un punto inexistente en el suelo de madera de su habitación. Llevaba una camiseta vieja y unos pantalones de chándal, el uniforme de quien no tiene intención de moverse en todo el día.

Nobara estaba de pie en el umbral de la puerta, ya vestida. Llevaba un sencillo vestido negro, una elección de ropa tan inusual en ella que resultaba chocante. Su expresión era una máscara de impaciencia.

—Sí que vas a ir. Deja de decir estupideces y vístete.

—No es una estupidez, Kugisaki. No puedo.

—¿No puedes o no quieres? —replicó ella, entrando en la habitación y cruzándose de brazos. El sonido de sus tacones bajos contra la madera fue el único ruido durante un segundo.

—Ambas cosas —admitió él en voz baja—. No… no me siento digno.

Nobara suspiró, un sonido exasperado que, sin embargo, carecía de su mordacidad habitual.

—¿Digno? ¿Qué es esto, una audición para el cielo? Es un funeral, Itadori. La gente va a llorar, a recordar y a comer bocadillos rancios que alguien traerá por compromiso. No hay un requisito de «dignidad» en la entrada.

—No lo entiendes —insistió él, levantando finalmente la cabeza. Sus ojos estaban enrojecidos, rodeados de las familiares ojeras del insomnio—. Todos estarán allí. Todos los que lo querían. Todos los que lo admiraban. Y yo… yo soy la razón por la que tienen que estar allí. Soy la razón por la que él está muerto.

La vieja cantinela. La culpa, ese monstruo que vivía bajo su cama, había salido a pasear, más grande y audaz que nunca en un día como aquel.

—¿Cómo puedo presentarme allí? —continuó, su voz quebrándose—. ¿Cómo puedo mirar a la cara a Kusakabe-san, a Yuta-senpai, a… a Ieiri-san? ¿Cómo puedo estar de pie frente a su tumba, sabiendo que si yo no hubiera existido, él estaría ahora mismo de viaje por algún sitio exótico, quejándose de la comida local y enviando fotos estúpidas?

Nobara se quedó en silencio, dejando que las palabras de Yuji se agotaran en el aire. La imagen que él pintaba era dolorosamente vívida. Gojo, vivo y siendo insoportablemente él mismo.

—Crees que eres el único que piensa eso, ¿verdad? —dijo ella finalmente, su voz peligrosamente tranquila.

Yuji frunció el ceño.

—¿Qué?

—Crees que eres el centro de esta tragedia. El protagonista. Que todos los demás son meros personajes secundarios en tu drama de culpa personal —se acercó a él, agachándose hasta que sus rostros quedaron a la misma altura—. ¿Has pensado por un segundo que tal vez, solo tal vez, los demás tienen sus propios remordimientos? ¿Que Maki-san se pregunta si podría haber hecho más? ¿Que Yuta-senpai se pregunta si su fuerza habría marcado la diferencia si hubiera llegado antes? ¿Que hasta un imbécil como Gakuganji se pregunta si sus estúpidas políticas contribuyeron al desastre?

Se inclinó aún más cerca, su aliento cálido contra la mejilla de Yuji.

—La muerte de Gojo-sensei no es *tu* carga, Yuji. Es un agujero negro que nos ha absorbido a todos. Y hoy, todos vamos a mirar juntos a ese abismo. Porque eso es lo que hace la gente. Comparten el dolor para que sea un poco menos insoportable. Negarte a ir no es un acto de respeto hacia ellos. Es un acto de egoísmo. Es decirles que tu dolor es más importante que el de ellos, tanto que ni siquiera puedes soportar estar a su lado.

Las palabras, afiladas como siempre, dieron en el blanco. Yuji se estremeció como si lo hubiera abofeteado. Nunca lo había visto de esa manera. Su ausencia no era una penitencia silenciosa, sino un abandono.

—Así que te lo diré una vez más —concluyó Nobara, enderezándose—. Levanta el culo de esa cama, dúchate, y ponte el traje negro que te obligué a comprar la semana pasada. Tienes derecho a estar allí. Tienes derecho a llorar. Y tienes la obligación de estar al lado de la gente que también está rota. ¿Entendido?

Yuji la miró, a sus ojos color naranja que ardían con una convicción inquebrantable. Vio en ellos no solo una orden, sino una súplica. Una súplica para que no se aislara, no ese día.

Lentamente, asintió.

—Entendido.

***

El cementerio era una isla de silencio en medio de la bulliciosa Tokio. Los crisantemos blancos y amarillos se apilaban en ofrendas silenciosas, sus pétalos un marcado contraste con la piedra gris y la ropa oscura de los presentes. Casi todo el mundo estaba allí. Yuta y Maki, juntos como siempre, su presencia una fortaleza tranquila. Panda e Inumaki, de pie uno al lado del otro, su dolor una nube palpable a su alrededor. Mei Mei, con su hermano menor, observando desde la distancia con una expresión indescifrable. Kusakabe, con los hombros más caídos de lo habitual, fumando un cigarrillo tras otro. Incluso Kamo Noritoshi y los estudiantes de Kioto habían hecho acto de presencia.

Yuji se sentía como un fantasma entre los vivos. Cada mirada que se cruzaba con la suya, por fugaz que fuera, la interpretaba como una acusación. Cada murmullo, como un juicio. Nobara se mantenía pegada a su lado, su presencia una barrera física y emocional contra el mundo. Su mano rozaba la suya de vez en cuando, un recordatorio constante: *Estoy aquí. No estás solo*.

La ceremonia fue breve, unas pocas palabras pronunciadas por el director Gakuganji, sorprendentemente sobrias y desprovistas de su habitual pomposidad. Habló de un legado, de un sacrificio, de la fuerza que inspiraba. Palabras. Solo palabras que parecían vacías frente a la enormidad de la pérdida.

Cuando la ceremonia formal concluyó, la gente no se dispersó. Se quedaron, hablando en voz baja, formando pequeños grupos de duelo compartido. Pero todas las miradas, toda la energía de la multitud, gravitaba hacia una única figura en el centro de todo.

Shoko Ieiri.

Estaba de pie, sola, frente a la lápida de granito negro. Una lápida sencilla, con un único nombre grabado en ella: Satoru Gojo. No se movía. Su espalda estaba completamente recta, su postura era la de un soldado en guardia. Llevaba su bata de médico sobre un vestido negro, como si acabara de salir de la enfermería y no hubiera tenido tiempo de cambiarse. O como si esa fuera la única armadura que le quedaba.

Desde la distancia, parecía la imagen misma de su habitual indiferencia. Pero Yuji, con sus sentidos agudizados por la culpa y la ansiedad, vio lo que otros podrían haber pasado por alto.

Vio el temblor.

Era un temblor fino, casi imperceptible, que recorría su cuerpo. Nacía en sus manos, apretadas en puños a sus costados, y subía por sus brazos hasta sus hombros. Su mandíbula estaba tan apretada que parecía que sus dientes iban a hacerse añicos. La máscara de fría profesionalidad que había llevado durante un año entero se estaba agrietando bajo una presión insoportable.

Yuji sintió que el aire abandonaba sus pulmones.

Durante un año, Shoko había sido una constante. La misma expresión cansada, el mismo tono monótono, el mismo humo de cigarrillo. Había curado sus heridas, había firmado informes, había seguido funcionando como una pieza vital de la maquinaria de la escuela. Había enterrado su dolor tan profundamente que la mayoría había olvidado que estaba allí.

Pero ahora, frente a esa lápida, el dolor se negaba a seguir enterrado. Estaba arañando su camino hacia la superficie. Aquel no era solo el hombre más fuerte, su colega. Era Satoru. El idiota que se comía sus postres de la nevera. El que la sacaba de quicio con sus bromas estúpidas. El último vínculo que le quedaba con Geto, con su juventud, con una época en la que el mundo parecía un poco más brillante. El hombre al que, en el rincón más secreto y protegido de su corazón, había amado con una profundidad silenciosa y resignada.

El corazón de Yuji comenzó a martillear contra sus costillas, un tambor de pánico. La culpa, que había estado rondando, se abalanzó sobre él con la fuerza de una maldición de categoría especial.

*Es por mi culpa.*

El pensamiento fue tan claro y tan fuerte que casi creyó haberlo gritado.

*Ella está así por mi culpa. Si no fuera por mí, no estaría temblando frente a una tumba. Estaría de viaje. O en una cita. O de luna de miel por todo el mundo, como pensé antes. Él la haría reír. Le quitaría esa expresión de cansancio de la cara, aunque solo fuera por un rato. Podrían haber sido felices. Podrían haber tenido una oportunidad. Y yo se la arrebaté. Yo maté al hombre que amaba.*

El mundo empezó a inclinarse. Los rostros de la gente a su alrededor se difuminaron. El aire se volvió espeso, irrespirable. Quería huir. Escapar de allí. Correr hasta que sus piernas cedieran, hasta que la distancia borrara la imagen de la espalda temblorosa de Shoko. No podía soportar su dolor. Era un espejo que reflejaba su propio crimen, magnificado mil veces.

Dio un paso atrás, un movimiento instintivo para iniciar la huida. Pero una mano se cerró en su brazo, deteniéndolo.

—Ni lo pienses —siseó Nobara a su lado.

—No puedo, Kugisaki. Ella… yo…

—Ya basta —lo cortó ella, su voz un látigo. No había ira en ella, sino una urgencia desesperada—. Esto no es sobre ti ahora mismo. Mírala.

Yuji se obligó a mirar. Vio a Maki acercarse a Shoko, decir algo en voz baja y poner una mano reconfortante en su hombro. Shoko no reaccionó. Vio a Yuta ofrecerle una botella de agua, que ella ignoró. Vio cómo la gente intentaba tender puentes hacia su isla de dolor, pero ella era inalcanzable, atrapada en su propia tormenta silenciosa.

—Ella necesita algo —murmuró Nobara, más para sí misma que para él—. Y no es la lástima de todos.

Entonces, se giró hacia Yuji. Su expresión era feroz, una mezcla de desesperación y una extraña fe.

—Tú —dijo, su voz baja e intensa.

—¿Yo? ¡No! ¡Yo soy la última persona…!

—¡Exacto! —le interrumpió—. Eres la última persona. Eres el recordatorio andante de todo. Eres el recipiente de Sukuna. Eres el alumno favorito de Gojo. Eres la causa y la consecuencia. Y por eso, eres el único que puede romper ese muro.

Yuji la miró, el pánico y la confusión luchando en su rostro. Lo que decía no tenía ningún sentido.

Nobara pareció entender su terror. Su agarre en su brazo se suavizó, pero no lo soltó.

—Nadie aquí te culpa, Yuji. ¿No lo entiendes todavía? Te vemos y no vemos al monstruo que crees que eres. Vemos a un crío que ha cargado con un peso que habría aplastado a cualquiera. Vemos al chico por el que Gojo-sensei apostó todo. Y ella… —su mirada se desvió hacia Shoko—, ella también lo ve.

Soltó su brazo y, en lugar de empujarlo o gritarle, simplemente le cedió el paso. Abrió un camino en la multitud imaginaria que Yuji había construido entre él y el resto del mundo.

—Ve —dijo, su voz ahora sorprendentemente suave—. No tienes que decir nada. Solo… ve.

Era un acto de fe tan inmenso, tan aterrador, que Yuji se quedó paralizado. Le estaba pidiendo que caminara hacia el epicentro de su culpa. Que se enfrentara al fantasma que más temía.

Pero en los ojos de Nobara no había duda. Creía en él. Creía que podía soportarlo. Y, de alguna manera, creía que era lo correcto.

Respirando hondo, con el corazón latiendo como un pájaro atrapado, Yuji dio un paso. Y luego otro. Cada movimiento se sentía como caminar a través de un lodo espeso. Sintió las miradas de todos sobre él, pero por primera vez, no intentó interpretarlas. Solo se concentró en poner un pie delante del otro.

El camino hacia Shoko parecía extenderse por kilómetros. Pasó junto a Yuta, que le dedicó un leve asentimiento de ánimo. Pasó junto a Maki, que se apartó silenciosamente para dejarle pasar. Nadie lo detuvo. Nadie lo juzgó. Solo observaban, conteniendo la respiración.

Finalmente, llegó. Estaba de pie justo detrás de ella. Podía oler el familiar aroma a antiséptico y el tenue rastro de humo de un cigarrillo apagado hacía tiempo. Podía ver el temblor de sus hombros con una claridad devastadora. La mujer más fuerte y controlada que conocía se estaba desmoronando en silencio.

El pánico lo atenazó de nuevo. ¿Qué se suponía que debía hacer? ¿Qué podía decir? «Lo siento» era una broma cruel. Cualquier palabra sería insuficiente.

Recordó las de Nobara. *No tienes que decir nada. Solo ve.*

Con una mano que temblaba tanto como el cuerpo de ella, la levantó. Dudó por una eternidad que duró apenas un segundo, el espacio entre dos latidos del corazón. Y luego, con una suavidad que no sabía que poseía, posó su mano sobre el hombro de ella.

El efecto fue instantáneo y cataclísmico.

Fue como si su toque hubiera sido la última pieza que sostenía una presa a punto de reventar. El cuerpo de Shoko se convulsionó con un sollozo violento y ahogado. El temblor se convirtió en un estremecimiento incontrolable. Y entonces, se giró.

Su rostro, que siempre había sido una máscara de estoica indiferencia, estaba completamente roto. Las lágrimas corrían libremente por sus mejillas, surcando su piel pálida. Sus labios temblaban, intentando formar palabras que no salían. El dolor de un año, la pérdida, el amor secreto, la soledad aplastante… todo estaba allí, expuesto y en carne viva.

Y antes de que Yuji pudiera procesarlo, antes de que pudiera retroceder o pedir perdón, ella se lanzó hacia él.

Sus brazos se envolvieron alrededor de su torso con una fuerza desesperada, y enterró su rostro en su pecho. Y rompió a llorar.

No eran sollozos silenciosos y contenidos. Eran lamentos desgarradores, el sonido de un corazón que finalmente se permitía hacerse añicos. El sonido de una mujer que había perdido su ancla y había estado a la deriva durante demasiado tiempo.

Yuji se quedó rígido por el shock. El calor de sus lágrimas empapaba su camisa. Sus brazos estaban torpemente a sus costados, sin saber qué hacer. Su mente era un caos. Se suponía que ella lo odiaba. Se suponía que debía abofetearlo, gritarle, culparlo.

Pero en su lugar, se aferraba a él. Se aferraba a él como si fuera un salvavidas. Y en ese momento de claridad devastadora, Yuji entendió.

Ella no lo abrazaba a pesar de que él era el recipiente de Sukuna, el alumno de Gojo. Lo abrazaba *precisamente* por eso. Él era el último gran proyecto de Satoru. Era el chico en el que Satoru había visto un futuro. Era un pedazo vivo y respirante de su legado. Al abrazarlo, no solo se aferraba a un joven hechicero; se aferraba al último eco tangible del hombre que había perdido.

La comprensión lo golpeó con la fuerza de un Puño Divergente. El dolor de ella, tan puro y abrumador, resonó con el suyo propio. La culpa, el remordimiento, la pena… todo se fusionó. Contagiado por su emoción, por la abrumadora tragedia de todo, sus propias defensas se derrumbaron.

Las lágrimas que había estado conteniendo durante todo el día, durante todo el año, finalmente brotaron. Un sollozo escapó de su garganta, y levantó sus brazos, rodeando a Shoko con torpeza, devolviéndole el abrazo. Apoyó su barbilla en la parte superior de la cabeza de ella, y lloró.

Lloró por Gojo-sensei, el maestro invencible que no lo era. Lloró por Shoko, por su amor silencioso y su dolor solitario. Lloró por Nanami, por Choso, por Junpei. Lloró por sí mismo, por el chico que había sido y que nunca volvería a ser.

Se quedaron así, en medio del silencio del cementerio, dos personas rotas sosteniéndose mutuamente frente a una tumba, compartiendo una carga que era demasiado pesada para llevarla en solitario. Un hombre y un niño, unidos por el amor y la pérdida de la misma estrella brillante y caótica.

Y entonces, sintió otro toque. Una mano, más pequeña pero increíblemente firme, se deslizó en la suya, que colgaba a un lado. Los dedos de Nobara se entrelazaron con los suyos, un agarre fuerte y protector. No dijo nada. No necesitaba hacerlo.

Su mano era un ancla, la misma que lo había mantenido a flote durante el último año. Un recordatorio silencioso de que, incluso en el corazón del abismo, incluso mientras compartía el dolor de otra persona, él no estaba solo. Ella estaba allí, vigilando, protegiéndolo.

El sol comenzó a descender, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y púrpuras. El grupo de hechiceros observaba la escena desde la distancia, un trío improbable unido por el duelo. La doctora, el recipiente y la chica del martillo. Un monumento vivo y tembloroso al hombre que yacía bajo la piedra.

Las cenizas del pasado aún estaban calientes, pero entre ellas, algo nuevo y frágil, como un crisantemo después de un incendio, comenzaba a crecer: la comprensión de que las heridas, a veces, solo empiezan a sanar cuando se permite que sangren a la vista de los demás.