Dolor y Culpa
Ecos de Hermandad
El sol de media tarde era un bálsamo inesperado. Caía sobre Tokio con una calidez gentil, dorando los picos de los rascacielos y haciendo brillar las hojas de los árboles en el parque Inokashira. Era uno de esos días raros y preciosos de tregua, un respiro concedido por un mundo que parecía haberse cansado, aunque fuera momentáneamente, de intentar matarlos. No había misiones urgentes, ni reuniones con los altos cargos, ni informes que rellenar. Solo un día libre. Y por primera vez en mucho tiempo, habían decidido usarlo como lo que era.
Caminaban sin rumbo fijo, siguiendo los senderos serpenteantes que rodeaban el gran estanque. Yuji llevaba una sudadera gris con capucha en lugar de su uniforme habitual, las manos metidas en los bolsillos. A su lado, Megumi escuchaba música con un solo auricular, su expresión tan neutral como siempre, pero con una relajación en sus hombros que delataba que también disfrutaba de la calma. Nobara, un par de pasos por delante, se detenía cada pocos metros para mirar con ojo crítico los puestos de artesanía o los artistas callejeros, emitiendo juicios mordaces en voz baja que, sin embargo, los hacían sonreír a ambos.
Era una imitación casi perfecta de la normalidad. Tres adolescentes pasando el día en el parque. Compraron helados. Yuji se manchó la comisura de la boca, y Nobara se lo señaló con una burla cruel pero extrañamente afectuosa. Megumi observó a los cisnes del estanque con una concentración que parecía casi académica. Por un par de horas, las cicatrices, tanto las visibles como las que llevaban grabadas en el alma, parecieron desvanecerse bajo la luz del sol.
Se sentaron en un banco frente a una amplia explanada de césped donde varias familias pasaban la tarde. Niños corrían, perros perseguían pelotas y el aire estaba lleno de un murmullo alegre y despreocupado. Yuji observaba la escena, una pequeña sonrisa genuina en su rostro. Estos eran los momentos que hacían que la lucha valiera la pena. Estas eran las sonrisas que habían jurado proteger.
Fue entonces cuando sus ojos se fijaron en una escena particular, a unos metros de distancia.
Un niño pequeño, de no más de cinco años, reía a carcajadas sobre los hombros de un adolescente que debía ser su hermano. El mayor corría en círculos por el césped, con los brazos extendidos, fingiendo ser un avión, mientras el pequeño chillaba de pura alegría.
—¡Más rápido, hermano mayor! ¡Más rápido! —gritaba el niño, su vocecita aguda como una campana.
El adolescente finalmente se detuvo, jadeando y riendo. Con un movimiento cuidadoso, bajó al niño al suelo.
—Ya pesas mucho, enano —bromeó, alborotándole el pelo.
El niño, en lugar de responder, se abrazó a la pierna de su hermano con una fuerza sorprendente. Levantó la cabeza, su rostro de repente serio, sus ojos grandes y llenos de una devoción infantil y absoluta.
—Hermano mayor —dijo, su voz clara en una pausa de la algarabía del parque—, gracias por estar conmigo.
Las palabras, tan simples, tan puras, flotaron en el aire y encontraron a Yuji. No lo golpearon como un puño. Lo atravesaron. Silenciosas, afiladas y devastadoras.
La sonrisa en el rostro de Yuji se congeló y luego se desmoronó. El helado en su mano, a medio comer, empezó a derretirse, pero él no lo notó. El sonido del parque se desvaneció, el color se drenó del mundo. Ya no veía a los dos chicos en el césped. La luz del sol se convirtió en la iluminación sombría y artificial de las calles de Shibuya, y el rostro sonriente del adolescente fue reemplazado por otro.
Choso.
*Hermano mayor.*
Un torbellino de imágenes y sensaciones lo asaltó. Choso, con los ojos desorbitados por la revelación de sus recuerdos fabricados, declarando a Yuji su hermano pequeño. Choso, luchando a su lado, su técnica de Manipulación de Sangre fluyendo en una danza mortal y protectora. Choso, enseñándole a controlar la convergencia, la paciencia en su rostro normalmente impasible. Choso, de pie frente a él, con los brazos extendidos, no para jugar a ser un avión, sino para recibir de lleno la flecha de fuego de Sukuna. El olor a carne quemada, el sonido sordo del impacto, la expresión de Choso, una mezcla de dolor atroz y una extraña y serena satisfacción. *«Gracias… por estar ahí para mí, hermano»*, le había dicho en sus últimos momentos.
Esta vez no era culpa. La culpa era un monstruo familiar, una bestia pesada y aplastante que vivía en su pecho. Esto era diferente. Era un dolor más agudo, más hueco. Era remordimiento. Un abismo de pena por todo lo que nunca tuvieron.
La escena del parque se superpuso con las fantasías que ahora florecían, venenosas y dulces, en su mente. Él y Choso, sentados en ese mismo banco, compartiendo un silencio cómodo. Choso, enseñándole a pescar en ese estanque. Él, intentando hacer reír a su estoico hermano mayor con una broma tonta y consiguiendo, tal vez, una diminuta sonrisa. Podrían haber vivido juntos. Podrían haber entrenado juntos, no por desesperación, sino por superación. Podrían haber discutido sobre qué cenar. Podrían haber sido, simplemente, hermanos.
Un nudo apretado se formó en su garganta. El tiempo que habían tenido había sido tan corto, tan violento, tan impregnado de muerte y desesperación. Un puñado de semanas robadas en medio de una guerra. Y lo había perdido. Había perdido a su hermano mayor, un hermano que lo había amado incondicionalmente, sin pedir nada a cambio, y ni siquiera había tenido la oportunidad de agradecérselo como era debido.
—¿Itadori?
La voz de Megumi, tranquila y cercana, lo sacó de su espiral. Parpadeó. El helado derretido goteaba por su mano, frío y pegajoso.
—Tu helado —dijo Megumi, señalando el desastre con la cabeza.
—Ah. —Yuji miró su mano como si no fuera suya—. Sí. Qué tonto.
Intentó sonreír, pero el resultado fue una mueca torcida y dolorosa. Se limpió la mano con una servilleta que Nobara le lanzó sin mirar, sus movimientos lentos y torpes.
Nobara, por supuesto, no se había perdido nada. Había visto el momento exacto en que la luz se había extinguido en los ojos de Yuji. Había visto su cuerpo tensarse, su respiración volverse superficial. Había seguido su mirada hasta los dos hermanos en el césped y había conectado los puntos con una rapidez implacable.
Se levantó del banco de un salto.
—Me aburro. Vamos a caminar por el puente —anunció, su tono no admitiendo réplica.
Agarró a Yuji del brazo, su mano firme y cálida sobre su piel.
—Fushiguro, quédate aquí y vigila a los cisnes. No vaya a ser que planeen una rebelión. Volvemos en cinco minutos.
Megumi la miró, luego a Yuji, y asintió levemente. Entendía. Le dio a Yuji una mirada que era una mezcla de preocupación y confianza silenciosa en que Nobara sabía lo que hacía.
Nobara tiró de Yuji, obligándolo a ponerse de pie y a caminar. Lo condujo lejos del área de césped, hacia el puente de madera que cruzaba una parte estrecha del estanque. Estaba menos concurrido allí. Se detuvieron en el centro, apoyándose en la barandilla. El agua debajo de ellos era oscura y tranquila, reflejando el cielo azul y las nubes blancas.
Yuji miraba el agua, pero no la veía. Seguía atrapado en el torbellino de los «y si».
—No empieces —dijo Nobara en voz baja, sin mirarlo.
Yuji se sobresaltó.
—No sé de qué hablas.
—Sí que lo sabes —replicó ella, girándose para apoyarse de espaldas a la barandilla y mirarlo de frente—. Estabas a punto de zambullirte de nuevo. En tu piscina personal de miseria y autocompasión. Te conozco, Itadori. He visto esa cara. Es la cara de «todo lo que toco se muere, el universo me odia, bla, bla, bla».
—No es eso esta vez —murmuró él, su voz apenas un susurro.
—¿Ah, no? —arqueó una ceja—. Ilumíname.
Yuji dudó. Parte de él quería levantar sus muros de nuevo, sonreír y decir que solo estaba cansado. Pero la mirada de Nobara era como un taladro. Exigía la verdad. Y, en el fondo, estaba demasiado agotado para mentir.
—Choso —dijo, la palabra saliendo con un soplo de aire—. Pienso en él. En que… podríamos haber tenido más tiempo. Podríamos haber sido… normales. Como esos chicos.
Nobara lo escuchó, su expresión endureciéndose, pero no con ira. Con una especie de concentración solemne.
—Y ahora no está. Y es… es una mierda. Porque él me amaba, Kugisaki. De verdad. Y yo nunca… nunca pude devolverle ni la mitad de eso.
El nudo en su garganta se apretó tanto que dolía.
—Pienso en todo lo que nos perdimos. Y me consume.
Se quedaron en silencio por un momento, el único sonido el lejano murmullo del parque y el suave chapoteo del agua contra los pilares del puente. Yuji esperaba que ella le gritara. Que le dijera que dejara de ser un sentimental, que se recompusiera.
Pero cuando Nobara habló, su voz era inesperadamente tranquila, aunque con un filo de acero.
—Bien. Piénsalo. Tienes razón. Os perdisteis un montón de cosas.
Yuji la miró, sorprendido por su acuerdo.
—Os perdisteis las discusiones por el mando de la tele. Os perdisteis las peleas por la última porción de pizza. Os perdisteis el tener que soportar sus sermones de hermano mayor sobre tus notas o sobre con quién sales. Te perdiste todo eso. Es una mierda, sí. Un asco cósmico. ¿Y ahora qué?
Se inclinó hacia él, su intensidad creando una burbuja privada a su alrededor.
—¿Vas a pasar el resto de tu vida construyendo un monumento a lo que no fue? ¿Vas a vivir en una casa fantasma llena de recuerdos que nunca sucedieron? Porque déjame decirte algo, Yuji. Eso es un insulto.
—¿Un insulto? —repitió él, confundido.
—¡Sí, un insulto! —Su voz se elevó ligeramente, atrayendo la mirada de una pareja que pasaba, pero no le importó—. Es un insulto para él. Para Choso.
Nobara dio un paso más cerca, obligándolo a mirarla a los ojos.
—¿Sabes lo que *sí* tuviste? Tuviste un hombre que, contra toda lógica, contra toda razón, te reconoció como su hermano a través de un recuerdo falso y decidió que eso era más real que cualquier otra cosa en el mundo. Tuviste a alguien que se enfrentó a Kenjaku, su propio creador, por ti. Tuviste un hermano que te enseñó a usar tu propia sangre como un arma. Y tuviste un hermano mayor que vio venir la muerte, una muerte horrible y llameante, y decidió que recibirla él era mejor que verte a ti herido.
Cada frase era un clavo, martillado con precisión en su corazón. No para herirlo, sino para fijar algo en su sitio.
—Eso no es un «y si». Eso es un «fue». Y fue real. Fue poderoso. Y fue un regalo. Un regalo jodidamente trágico y doloroso, pero un regalo al fin y al cabo. Y lo que estás haciendo ahora, lamentándote por los picnics que no tuvisteis, es como recibir un diamante y quejarte de que no es lo bastante grande.
Yuji se quedó sin palabras. La crudeza de su analogía lo desarmó.
—No dejes que lo que pudo ser te consuma —continuó ella, su voz ahora más suave, pero no menos firme—. Porque te cegará a lo que fue. Y lo que fue, Yuji, fue un milagro. Tuviste un hermano. Por poco tiempo, sí. En las peores circunstancias imaginables. Pero lo tuviste. Y te amó. Y murió por ti. Fin de la historia.
Levantó una mano y le dio dos golpecitos firmes en el pecho, justo sobre el corazón.
—Así que deja de llorar por el libro que no pudisteis escribir y empieza a honrar el puto capítulo que sí tuvisteis. Agradece ese poco tiempo. Agradece que, en medio de todo este infierno, alguien te amó de esa manera tan pura y absoluta. Aprécialo. Y que no se te olvide. Jamás.
El aire vibraba con la fuerza de sus palabras. Yuji sintió como si una mano hubiera entrado en su pecho y hubiera apretado el nudo de remordimiento hasta hacerlo estallar. No en una explosión de dolor, sino en una liberación de claridad.
Honrar lo que fue.
No era una idea nueva, pero nunca se la habían presentado de esa manera. No como un deber solemne, sino como un acto de gratitud. De aprecio. Choso no querría que se torturara con fantasmas de una vida que no tuvieron. Querría que valorara la conexión que sí forjaron, por breve que fuera. Querría que siguiera adelante, no olvidándolo, sino llevándolo consigo como una fuente de fuerza, no de debilidad.
Lentamente, Yuji asintió. Una solitaria lágrima se deslizó por su mejilla, pero no era de desesperación. Era de aceptación. De una profunda y dolorosa gratitud.
—Gracias, Kugisaki —murmuró, su voz ronca.
Nobara resopló, retrocediendo un paso y volviendo a su pose habitual, con los brazos cruzados y una expresión de suficiencia.
—De nada. Ahora deja de poner esa cara de funeral. Estás en un parque. Se supone que es divertido. Y tu helado se ha convertido en una sopa triste. Tíralo. Te compraré otro, pero si vuelves a desperdiciarlo, te lo haré lamer del suelo.
A pesar de la situación, una pequeña risa escapó de los labios de Yuji. Era un sonido acuoso, frágil, pero real. Se secó la lágrima con el dorso de la mano y tiró el cono de helado derretido en una papelera cercana.
Cuando se giró, Nobara ya estaba caminando de vuelta hacia donde estaba Megumi.
—¿Vienes o qué, llorón? —le gritó por encima del hombro.
Yuji sonrió. Una sonrisa cansada, pero que por primera vez en toda la tarde llegaba a sus ojos. Corrió para alcanzarla.
Cuando llegaron de nuevo al banco, Megumi levantó la vista de su teléfono. Miró a Yuji, evaluando su expresión, y luego a Nobara. Vio la nueva calma en el rostro de su amigo, la determinación tranquila que había reemplazado a la angustia. Vio la expresión de «misión cumplida» en la cara de Nobara. No hizo preguntas. Simplemente se levantó.
—¿Nos vamos ya? —preguntó.
—No. Itadori tiene que comprarme un crepe para compensar el drama —declaró Nobara.
—¡Oye, pero si has dicho que me ibas a comprar tú un helado! —protestó Yuji, su voz recuperando parte de su energía habitual.
—He cambiado de opinión. El apoyo emocional tiene un precio, y hoy se paga con Nutella y plátano.
Comenzaron a discutir amistosamente mientras se alejaban, con Megumi siguiéndolos en silencio, un fantasma de sonrisa en sus labios.
Mientras caminaban hacia los puestos de comida, Yuji echó un último vistazo a la explanada de césped. Los dos hermanos seguían allí, ahora sentados en la hierba, compartiendo una bolsa de patatas. El hermano mayor le decía algo al pequeño, y este escuchaba con atención, asintiendo con la cabeza.
La imagen ya no dolía. O, al menos, no de la misma manera. El hueco seguía ahí, la cicatriz de la pérdida de Choso nunca desaparecería. Pero ahora, junto al dolor del remordimiento, había algo más. Un calor tenue. El eco de una hermandad que, aunque breve, había sido ferozmente real. Un capítulo que, como había dicho Nobara, merecía ser honrado.
*Gracias, hermano mayor*, pensó, una silenciosa promesa dirigida al recuerdo de Choso. *No lo olvidaré. Jamás.*
Y mientras Nobara le daba un codazo para que se diera prisa, Yuji sintió que, por fin, podía respirar de nuevo.