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Dragon Salvaje

El Pacto de la Sal y la Ceniza

El vuelo hacia Rocadragón sobre el lomo de Caníbal fue una experiencia que Alicent nunca olvidaría, una pesadilla de viento helado y escamas negras que se sentían como piedra antigua bajo sus dedos. Valarr la mantenía sujeta por la cintura con un brazo de hierro, mientras Gaemon, envuelto en mantas de lana gruesa, dormía contra el pecho de su padre, extrañamente tranquilo ante el rugido del viento. Cuando las torres de la ancestral fortaleza de los Targaryen surgieron de la bruma marina como garras de piedra, Alicent sintió que dejaba atrás no solo una ciudad, sino toda la vida que había construido sobre mentiras y sacrificios.

El descenso fue abrupto. Caníbal aterrizó en los patios exteriores con un estruendo que hizo que los guardias de la casa Velaryon y Targaryen retrocedieran con temor reverencial. Valarr desmontó con la agilidad de un depredador y ayudó a Alicent a bajar. Ella tropezó, sus piernas temblando tras el vuelo, pero él la sostuvo con firmeza.

—Estás a salvo —le susurró Valarr al oído, su aliento cálido contra el frío de la noche—. Aquí nadie puede usarte, Alicent. Ni tu padre, ni el Consejo.

Ella lo miró, su cabello castaño desordenado y sus ojos llenos de una incertidumbre punzante.

—He abandonado a mis otros hijos, Valarr. He dejado a Helaena y a Aemond en una fortaleza llena de hombres que solo buscan la guerra.

—Rhaenyra enviará cuervos al amanecer —respondió él, entregándole a Gaemon, quien finalmente empezaba a despertar—. Les ofreceremos refugio. Si Aemond tiene sentido común, traerá a Helaena y a los niños antes de que Otto pueda usarlos como escudos.

Las puertas de la fortaleza se abrieron de par en par. Rhaenyra Targaryen salió al encuentro, flanqueada por Daemon, cuya mano descansaba con indiferencia sobre el pomo de Hermana Oscura. La mirada de la princesa heredera, ahora autoproclamada Reina, era compleja: una mezcla de triunfo, alivio y una chispa de la antigua camaradería que una vez las unió en su juventud.

—Alicent —dijo Rhaenyra, deteniéndose a pocos pasos. Sus ojos se desviaron de inmediato hacia el niño en brazos de la Reina Viuda—. Traedlos dentro. El aire del mar es cruel para los pequeños.

El salón de la Mesa Pintada estaba iluminado por el brillo de las brasas. El mapa de Poniente, tallado en madera y piedra, parecía palpitar bajo la luz de las antorchas, como si el reino mismo estuviera sangrando. Rhaenyra se sentó en la cabecera, mientras Daemon permanecía en las sombras, observando a Valarr con una mezcla de orgullo y escrutinio.

—Mi hijo me ha contado lo que sucedió en Pozo Dragón —comenzó Rhaenyra, su voz resonando en la estancia—. Mi hermano ha sido coronado con la corona del Conquistador. Mi padre aún no está frío en su tumba y ya han robado lo que me pertenece.

—Yo no quería esto, Rhaenyra —dijo Alicent, sentada frente a ella, todavía aferrada a Gaemon—. Intenté hablar con el Consejo. Les hablé de tu propuesta, del deseo de Viserys de que estuviéramos unidos. Pero mi padre... él cree que está protegiendo el linaje.

—Tu padre está protegiendo su ambición —intervino Daemon desde la oscuridad, su voz como el filo de una daga—. Otto Hightower es una sanguijuela que ha infectado el Trono de Hierro durante demasiado tiempo.

Valarr dio un paso adelante, colocándose al lado de Alicent. Su presencia era imponente; aunque vestía de negro y rojo, el color de los Targaryen, había algo en su porte que recordaba a la fuerza bruta de los Strong, suavizada por la elegancia letal de su jinete de dragón.

—Madre —dijo Valarr, mirando a Rhaenyra—, la propuesta sigue en pie. Alicent está aquí. Gaemon está aquí. Si nos unimos ahora, el reclamo de Aegon se desmorona. Él no tiene el apoyo del Norte ni del Valle, y el Dominio estará dividido si la propia Reina Viuda declara que su hijo es un usurpador.

Rhaenyra asintió lentamente, sus ojos fijos en Alicent.

—Para que esto funcione, Alicent, no basta con que estés aquí. Debes casarte con Valarr bajo los ritos de nuestra casa. Debemos legitimar a Gaemon como un Targaryen, hijo de Valarr y nieto mío. Él será el puente. Y tú... tú serás mi aliada más cercana, no mi enemiga.

Alicent sintió un nudo en la garganta. El peso de su fe, de los Siete que siempre habían guiado sus pasos, chocaba contra la realidad de su corazón. Miró a Valarr, el hombre que la había poseído en la embriaguez de una noche y que la había perseguido en sus sueños desde entonces.

—¿Y qué pasará con Aegon? —preguntó ella, su voz quebrándose—. Prometiste que estaría a salvo.

—Si dobla la rodilla, se le permitirá retirarse a Antigua o a Marcaderiva —dijo Rhaenyra—. No busco la sangre de mis hermanos, Alicent. Pero no permitiré que me roben mi derecho de nacimiento.

—Acepto —susurró Alicent, sintiendo que una carga inmensa caía de sus hombros—. Me casaré con Valarr. Por la paz del reino, y por la vida de mis hijos.

La ceremonia se llevó a cabo al amanecer, en el acantilado que miraba hacia el mar Angosto. No hubo septones con túnicas de cristal, ni incienso, ni cánticos a la Madre o al Padre. Fue un rito de sangre y fuego. Valarr y Alicent se pararon ante un pequeño brasero donde ardía fuego de dragón.

Daemon actuó como testigo, observando con una sonrisa cínica mientras Valarr tomaba una pequeña daga de obsidiana.

—Con esta sangre, unimos nuestras casas —declaró Valarr, haciendo un corte limpio en su palma—. Con este fuego, forjamos un destino nuevo.

Tomó la mano de Alicent. Ella no retrocedió. Sintió el frío acero contra su piel y luego el calor de la sangre de Valarr mezclándose con la suya. Era una unión pagana, una que su padre habría llamado pecaminosa, pero mientras Valarr la atraía hacia él para sellar el pacto con un beso, Alicent solo sintió una libertad embriagadora. El sabor a sal y sangre en sus labios era más real que cualquier oración que hubiera pronunciado en el Gran Septo.

Sin embargo, la paz fue efímera.

Apenas unas horas después del enlace, un jinete de dragón fue avistado en el horizonte. No era un ataque, sino un mensaje. Fuegosol, el dragón dorado de Aegon, sobrevoló Rocadragón brevemente antes de dejar caer un cilindro de cuero sellado con la mano del Rey.

Rhaenyra leyó el mensaje en el salón de la Mesa Pintada, con el rostro tornándose de un rojo colérico.

—Tu padre no se rinde, Alicent —dijo Rhaenyra, lanzando el pergamino sobre la mesa—. Dice que has sido secuestrada por el "bastardo de la princesa". Declara que cualquier pacto firmado aquí es nulo bajo coacción. Y lo que es peor... ha nombrado a Aemond como Protector del Reino.

—Aemond hará lo que mi padre le pida —dijo Alicent, sintiendo un frío repentino—. Él siempre ha sentido que tiene que demostrar su valía porque no tiene el reclamo de Aegon ni la corona.

—Él tiene a Vhagar —recordó Valarr, su mano apretando el puño—. Y Vhagar es el único dragón que puede enfrentarse a Caníbal con alguna posibilidad de éxito.

—No si atacamos primero —sugirió Daemon, sus ojos brillando con la promesa de violencia—. Podemos volar a Desembarco del Rey esta misma noche. Quemar la Fortaleza Roja con ellos dentro.

—¡No! —gritó Alicent, poniéndose en pie—. ¡Mis hijos están allí! Helaena es inocente en todo esto. Sus hijos son bebés. Si quemas la ciudad, Rhaenyra, no serás una reina, serás una carnicera.

Rhaenyra guardó silencio, mirando el mapa. La tensión en la sala era tan espesa que se podía cortar con una espada. Valarr miró a su madre y luego a su nueva esposa.

—Hay otra forma —dijo Valarr, su voz profunda y calmada—. El Consejo Verde cree que Alicent es su prisionera. Si enviamos un mensaje de ella, escrito de su puño y letra, convocando a una reunión en Harrenhal... un terreno neutral.

—Harrenhal no es neutral, está en manos de los Strong —señaló Daemon.

—Exactamente —sonrió Valarr—. Es mi herencia de sangre, aunque el nombre Velaryon sea el que llevo. Es un lugar donde podemos parlamentar con fuerza. Si Aegon y Aemond vienen, podemos mostrarles a Gaemon. Podemos mostrarles la unión. Si ven que la Reina Viuda apoya a la Reina Rhaenyra, los señores de Poniente dudarán en seguir a Otto.

Alicent se acercó a la mesa, mirando la figura tallada que representaba a la Fortaleza Roja.

—Mi padre nunca vendrá si cree que es una trampa. Pero si voy yo misma a Harrenhal, escoltada solo por Valarr...

—Es demasiado peligroso —la interrumpió Valarr de inmediato—. No te dejaré exponerte así.

—Soy la madre de los dos bandos, Valarr —dijo ella, tomando su mano frente a todos—. Soy la única que puede evitar que este fuego consuma todo Poniente. Déjame escribir la carta. Déjame hablar con Aemond. Él me escuchará.

Rhaenyra suspiró, pareciendo mucho más vieja de lo que era.

—Hazlo, Alicent. Pero si una sola flecha vuela en tu dirección, Valarr tiene órdenes de reducir Harrenhal a cenizas, sin importar quién esté dentro.

Los días siguientes fueron un torbellino de preparativos. Alicent pasaba las tardes con Gaemon, observando cómo el niño empezaba a mostrar rasgos que antes ella intentaba ignorar. La forma en que fruncía el ceño era idéntica a la de Valarr cuando estaba concentrado. Su risa tenía la misma cadencia que la de Rhaenyra. El niño era, en esencia, la prueba viviente de que el amor y el deseo podían más que las leyes de los hombres.

La noche antes de partir hacia Harrenhal, Valarr encontró a Alicent en el balcón de sus aposentos, mirando hacia el oeste, donde el sol se ocultaba tras las montañas de Poniente.

—¿Tienes miedo? —le preguntó él, envolviéndola con su capa.

—Tengo miedo de lo que mi padre sea capaz de hacer —confesó ella, apoyando la cabeza en su hombro—. Siempre pensé que él actuaba por el bien de nuestra familia. Pero ahora me doy cuenta de que para él, la familia es solo una extensión de su propio orgullo.

—Él te vendió a un rey moribundo por una corona —dijo Valarr con amargura—. Yo te tomo como mi reina porque eres el corazón de este reino, Alicent. No dejaré que te toque. Ni él, ni nadie.

Él la giró para que quedara frente a él. Bajo la luz de la luna, los ojos de Valarr brillaban con una intensidad casi sobrenatural.

—Cuando todo esto termine —susurró él—, cuando mi madre esté en el trono y la paz regrese, nos iremos de aquí. Te llevaré a Marcaderiva, o a los campos verdes del Dominio. Lejos de las intrigas y del olor a muerte de la capital.

Alicent sonrió, una sonrisa triste pero llena de esperanza.

—Me gustaría eso. Solo nosotros, y nuestros hijos.

Se besaron con una desesperación nacida de la incertidumbre. En la oscuridad de la habitación, el mundo exterior desapareció. No había reinas, ni bastardos, ni guerras inminentes. Solo dos personas unidas por un secreto que se había convertido en su única salvación.

Al amanecer, el rugido de Caníbal anunció su partida. El dragón negro despegó, seguido de cerca por Caraxes, con Daemon vigilando desde la altura. Alicent, montada tras Valarr, sentía el viento azotar su rostro, pero esta vez no cerró los ojos. Miró hacia adelante, hacia las ruinas de Harrenhal que se alzaban en el horizonte como un monumento a la ambición fallida.

Al llegar, la visión fue sobrecogedora. En el patio principal, ya esperaba una figura imponente. Vhagar, la reina de todos los dragones, descansaba como una colina de escamas bronceadas. A sus pies, con su armadura reluciente y el parche en el ojo brillando bajo el sol, estaba Aemond. A su lado, Aegon parecía pequeño y fuera de lugar, sosteniendo la corona de su padre como si fuera un juguete pesado.

Valarr hizo que Caníbal aterrizara a una distancia prudencial. El aire se cargó de electricidad estática. Los dos dragones se gruñeron mutuamente, un sonido que hizo temblar la tierra misma.

Alicent desmontó primero. Caminó hacia sus hijos, con el corazón martilleando contra sus costillas.

—¡Madre! —gritó Aegon, dando un paso adelante, pero Aemond lo detuvo con un brazo.

—¿Has venido por tu propia voluntad, madre? —preguntó Aemond, su voz fría y llena de sospecha—. ¿O el jinete del dragón negro te tiene bajo algún hechizo?

—He venido por mi propia voluntad, Aemond —dijo ella, deteniéndose a pocos metros—. Y he venido a decirles la verdad. La verdad que nuestro padre quería que supiéramos, y la verdad que yo les he ocultado.

Valarr se acercó, caminando con una mano en el pomo de su espada, pero sin desenvainarla.

—Tu madre es mi esposa bajo las leyes de Valyria —dijo Valarr, mirando a Aemond directamente a los ojos—. Y tengo un hijo con ella. Un hijo que tiene más derecho a ser amado que cualquiera de las ambiciones de Otto Hightower.

Aemond soltó una carcajada seca, un sonido carente de alegría.

—¿Un hijo? ¿Quieres que creamos que la virtuosa Reina Alicent engendró un bastardo contigo?

—No es un bastardo —replicó Alicent con firmeza—. Es un dragón. Y si persisten en esta guerra, lo único que lograrán es que la sangre de su propio hermano manche sus manos. Aegon, mira a tu alrededor. ¿Es esto lo que quieres? ¿Una corona de cenizas?

Aegon miró a Vhagar, luego a Caníbal, y finalmente a su madre. Sus ojos estaban llenos de lágrimas.

—Padre dijo... abuelo dijo que si no era Rey, Rhaenyra nos mataría.

—Rhaenyra te ofrece la paz —dijo Alicent, extendiendo la mano—. Yo te ofrezco la vida. Por favor, hijo mío. Baja la corona.

El silencio que siguió fue eterno. Aemond miró a Valarr, y por un momento, la mano del joven príncipe se cerró sobre su espada. El destino de Poniente pendía de un hilo, un hilo sostenido por la voluntad de una mujer que había decidido dejar de ser una pieza para convertirse en la jugadora.

De repente, un cuervo descendió del cielo, aterrizando en el hombro de uno de los guardias de los Hightower. Traía un mensaje de Desembarco del Rey.

—¡Mi señor! —gritó el mensajero, abriendo el papel con manos temblorosas—. Es Lord Otto. Ha sido arrestado. Las Capas Doradas se han rebelado. Proclaman a la Reina Rhaenyra.

Aemond palideció. Aegon simplemente dejó caer la corona sobre el polvo del patio.

Alicent corrió hacia sus hijos, envolviéndolos en un abrazo que olía a alivio y a lágrimas. Valarr permaneció a un lado, observando la escena, con Caníbal rugiendo suavemente en el fondo. La Danza de los Dragones, que amenazaba con devorar el mundo, se había detenido antes de su primer paso mortal.

—Se acabó —susurró Alicent contra el cuello de Aegon—. Se acabó.

En la distancia, el sol iluminaba las ruinas de Harrenhal, pero en ese momento, las piedras viejas no parecían un lugar de muerte, sino el escenario de un nuevo comienzo. Un reino unido no por el miedo, sino por la verdad de una madre y el fuego de un dragón que finalmente había encontrado su hogar.