Dragon Salvaje
La Sangre de la Victoria y el Sudor de la Muerte
El aire en la Fortaleza Roja ya no olía a incienso y a las flores secas que Alicent solía esparcir por sus aposentos para enmascarar la decadencia de Viserys. Ahora, el castillo exhalaba el hedor del hierro, del cuero curtido y del miedo que se filtraba por las rendijas de las puertas cerradas. La tregua en Harrenhal había sido un espejismo, una nota a pie de página en una historia que exigía ser escrita con fuego. Otto Hightower, con la persistencia de una plaga, había logrado escapar del arresto inicial y, desde Antigua, había alzado el estandarte verde una última vez, arrastrando consigo a gran parte del Dominio.
Alicent caminaba por el jardín de la reina, con una mano apoyada en su vientre, que ya empezaba a abultarse bajo las pesadas sedas oscuras. A su lado, Helaena murmuraba rimas sin sentido mientras jugaba con un grillo de alas rotas, y Aegon, despojado de su corona pero extrañamente más lúcido desde que no cargaba con el peso del reino, observaba el horizonte con una jarra de vino a medio terminar.
—Él volverá, madre —dijo Aegon, rompiendo el silencio—. Valarr es un demonio en el campo de batalla. He visto cómo mira a Caníbal. El dragón no es su montura, es su propia furia con alas.
—Lo sé —susurró Alicent, aunque su corazón latía con una irregularidad angustiosa—. Pero tu abuelo no pelea con honor. Pelea con trampas.
La guerra había estallado en las Tierras de la Corona con una ferocidad inaudita. Daemon y Valarr habían partido hacía semanas para interceptar a las huestes de Criston Cole y los refuerzos de los Hightower que avanzaban hacia la capital. Rhaenyra, sentada en el Trono de Hierro, gobernaba con mano firme pero ojos cansados, confiando en que su segundo hijo fuera el martillo que aplastara la rebelión de una vez por todas.
Esa noche, el cielo se tiñó de un rojo antinatural. No era el atardecer, sino el reflejo de los incendios en el horizonte. Alicent no pudo dormir. Se quedó junto a la ventana, rezando a los Siete, aunque sentía que los dioses de su infancia la habían abandonado el día que se entregó al jinete del dragón negro.
De madrugada, el sonido de los cascos de los caballos contra el empedrado del patio despertó a toda la fortaleza. Alicent corrió por los pasadizos, ignorando el dolor en su espalda y el peso de su embarazo. Cuando llegó a las puertas principales, vio a las tropas negras entrar. Estaban cubiertas de hollín y sangre. Daemon Targaryen desmontó de un salto, su armadura de escamas oscuras manchada de un rojo carmesí que no era suyo. Su rostro, habitualmente arrogante, estaba crispado por una seriedad sombría.
—¿Dónde está? —preguntó Alicent, su voz apenas un hilo de aire—. ¿Dónde está Valarr?
Daemon no respondió de inmediato. Se hizo a un lado, permitiendo que cuatro hombres cargaran una camilla improvisada. Sobre ella, la figura de Valarr Velaryon parecía una sombra de lo que era. Su armadura estaba destrozada en el pecho, y una venda empapada en sangre envolvía su costado. Su piel, normalmente del color del bronce y la salud, era ahora del blanco de la cera.
—Ganamos —dijo Daemon, con una voz ronca—. Criston Cole está muerto. Tu padre ha sido capturado y traído en cadenas. Pero Valarr... Valarr recibió el impacto de una saeta de escorpión mientras descendía para quemar la retaguardia de Cole.
Alicent se desplomó de rodillas junto a la camilla, sollozando sin control. Tomó la mano de Valarr, que estaba fría, terriblemente fría.
—No me dejes —suplicó ella, hundiendo su rostro en la palma del guerrero—. No ahora que todo ha terminado.
—Llevadlo a los aposentos del Maestre —ordenó Rhaenyra, que acababa de llegar al patio, su voz temblando a pesar de su porte real—. ¡Traed toda la leche de amapola y el vino hirviendo de la ciudad si es necesario! ¡Mi hijo no morirá hoy!
Los días siguientes fueron una agonía lenta. Mientras en el exterior de la fortaleza se preparaban los cadalsos para las ejecuciones de los traidores, en el interior, Alicent no se separaba del lecho de Valarr. El maestre Orwyle movía la cabeza con pesimismo; la saeta había penetrado profundamente, dañando el pulmón y dejando una infección que el fuego valyrio de su sangre apenas lograba combatir.
Valarr despertaba por breves momentos. En uno de ellos, sus ojos verdes buscaron los de Alicent.
—El niño... —susurró él, su mano buscando débilmente el vientre de ella.
—Está bien, Valarr. Gaemon está a salvo, y este que viene también lo estará —dijo ella, besando sus nudillos—. Solo tienes que resistir. Rhaenyra ha ganado. Tu madre es la Reina. Tu hermano Aegon ha jurado lealtad. No hay más guerra.
Valarr esbozó una sonrisa amarga, una que recordaba a la primera noche que pasaron juntos en los pasadizos secretos.
—Mi madre... es la Reina —repitió él con esfuerzo—. Y tú... tú eres mi vida, Alicent. Nunca dejes que te vuelvan a encerrar en el verde. El negro te queda mejor... resalta tus ojos.
Esa misma tarde, el juicio de Otto Hightower y Criston Cole tuvo lugar en el Gran Salón. Alicent no asistió, pero los gritos de la multitud llegaron hasta la habitación del enfermo. Rhaenyra no mostró piedad. Otto, el hombre que había tejido la red de traición durante décadas, fue decapitado con Hermana Oscura. Criston Cole, el caballero que una vez juró proteger a Alicent y terminó convirtiéndose en su carcelero moral, murió bajo el hacha del verdugo, maldiciendo el nombre de los Targaryen hasta su último aliento.
Cuando la noticia de las ejecuciones llegó a oídos de Alicent, ella solo sintió un vacío gélido. Su padre estaba muerto. El hombre que la había moldeado ya no existía. Pero el precio parecía ser demasiado alto.
Al caer la noche, la fiebre de Valarr alcanzó su punto máximo. Empezó a delirar, hablando en alto valyrio sobre dragones de piedra y mares de sangre. Caníbal, encadenado en Pozo Dragón, lanzó un rugido que hizo vibrar las copas de cristal en la mesa de noche, un lamento que recorrió toda la ciudad.
—Alicent... —dijo Valarr, de repente con una claridad aterradora. Sus ojos estaban fijos en el techo, pero parecía estar viendo algo más allá—. Siento el frío.
—No, mi amor, estás ardiendo —dijo ella, bañando su frente con agua fresca—. Quédate conmigo.
—Ellos están aquí —murmuró él, su voz volviéndose un susurro fantasmal—. Tu padre... Cole... se ríen en la oscuridad. Dicen que esta es su última victoria. Que si ellos no pueden tener el reino, yo no puedo tenerte a ti.
—No digas eso —sollozó Alicent, abrazándolo con cuidado de no lastimar su herida—. Ellos han perdido. Están muertos.
—No... —Valarr exhaló un suspiro largo, y por un momento, la fuerza regresó a su agarre—. Ellos ganan si yo te dejo sola. Cuida a los niños, Alicent. Cuida a Gaemon. Dile que su padre voló más alto que nadie... dile que lo amé antes de conocerlo.
El cuerpo de Valarr se tensó por un instante y luego se relajó por completo. La mano que sostenía la de Alicent se deslizó, golpeando el borde de la cama con un sonido sordo que resonó en el silencio de la habitación como un trueno.
Alicent se quedó inmóvil. Esperó a que él tomara otra bocanada de aire, a que su pecho subiera y bajara, a que Caníbal volviera a rugir. Pero el dragón guardó silencio. El único sonido en la estancia era el crujir de las velas que se consumían.
—¿Valarr? —preguntó ella, con la voz de una niña pequeña perdida en el bosque.
No hubo respuesta.
Alicent se puso de pie lentamente. No gritó. No llamó a los maestres. Se limitó a mirar el rostro sereno del hombre que había sido su ruina y su salvación. Sintió un odio visceral, una bilis negra que subía por su garganta. No era odio hacia Rhaenyra, ni hacia los dioses. Era hacia su padre.
Incluso muerto, Otto Hightower le había arrebatado lo único que ella había elegido por sí misma. La saeta que mató a Valarr había sido disparada por las órdenes de su padre, por el orgullo de un hombre que prefería ver el mundo arder antes que aceptar que su hija amaba a un "bastardo". La guerra de los verdes había sido una trampa mortal, y Valarr era la última pieza cobrada.
—Es tu última venganza, ¿verdad, padre? —susurró Alicent hacia las sombras de la habitación—. Me dejas viva, me dejas con tu sangre y la suya mezcladas en mi vientre, pero me dejas vacía.
Se acercó a la ventana. Abajo, en la ciudad, la gente celebraba la victoria de la Reina Rhaenyra con hogueras y cantos. No sabían que el precio de su paz había sido el corazón de la mujer que los había gobernado con mano de seda durante años.
Rhaenyra entró en la habitación minutos después. Al ver a su hijo inerte y a Alicent de pie frente a la ventana, la Reina se derrumbó. Se acercó al lecho y abrazó el cuerpo de Valarr, dejando escapar un lamento que desgarró el silencio de la Fortaleza Roja.
Alicent se dio la vuelta y miró a su antigua amiga, ahora su soberana. No sintió lástima, solo una hermandad forjada en el dolor más absoluto. Se acercó a Rhaenyra y puso una mano sobre su hombro.
—Él se ha ido —dijo Alicent, su voz extrañamente firme, vacía de toda emoción—. Y con él se ha ido la última parte de mí que todavía creía en el deber.
—Lo siento tanto, Alicent —sollozó Rhaenyra—. Él te amaba. Me lo dijo antes de la batalla de Gaznate. Dijo que tú eras la única razón por la que valía la pena regresar a esta ciudad de víboras.
—Tu padre y el mío nos han destruido, Rhaenyra —dijo Alicent, mirando el cadáver de Valarr—. Construyeron un mundo de reglas y coronas, y nosotras solo somos las ruinas que quedan en pie.
Pasaron los meses. El invierno llegó a Poniente, cubriendo de blanco las cenizas de la guerra. Alicent dio a luz a una niña de cabellos plateados y ojos oscuros, a la que llamó Visenya, en honor a la guerrera que Valarr siempre admiró. Gaemon creció fuerte, bajo la tutela de Daemon, quien veía en el niño el reflejo del hijo que había perdido.
Alicent nunca volvió a vestir de verde. Sus ropajes eran siempre negros, un luto perpetuo que nadie se atrevía a cuestionar. A menudo se la veía en lo alto de la Torre de la Mano, mirando hacia el Pozo Dragón, donde Caníbal permanecía recluido, negándose a aceptar a cualquier otro jinete, lanzando rugidos de fuego verde hacia el cielo nocturno.
Una tarde, mientras caminaba por los jardines con sus hijos, Aegon se le acercó. El joven príncipe parecía haber encontrado una paz precaria en su nueva vida como señor sin corona.
—Madre, el consejo dice que Rhaenyra quiere nombrarte su consejera principal —dijo Aegon—. Dice que el reino necesita tu prudencia.
Alicent miró a sus hijos. Gaemon corría tras una mariposa, y la pequeña Visenya dormía en los brazos de una nodriza. Eran el legado de un amor que había desafiado a reyes y a dioses, un amor que había sido aplastado por la maquinaria de la ambición.
—Dile a la Reina que aceptaré —respondió Alicent, con la mirada perdida en el mar—. Pero dile que no lo hago por el reino. Lo hago para asegurarme de que ningún otro padre vuelva a sacrificar a sus hijos en el altar de su propia vanidad.
Se dio la vuelta y caminó hacia la fortaleza. Por un momento, creyó escuchar el batir de unas alas inmensas y el eco de una risa arrogante y cálida en el viento. Cerró los ojos y, por primera vez en mucho tiempo, permitió que una lágrima corriera por su mejilla.
Valarr estaba muerto, y Otto Hightower había reclamado su última victoria desde la tumba. Pero mientras sus hijos respiraran, mientras el fuego de los Targaryen siguiera ardiendo en las venas de los descendientes de la mujer de verde, la historia no pertenecería a los hombres que planeaban guerras, sino a los que se atrevían a amar en medio de ellas.
Alicent entró en la sombra del castillo, dejando atrás el sol de invierno, dispuesta a gobernar las cenizas que su padre le había dejado, con la determinación de un dragón que ya no tenía nada que perder.