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Dragon Salvaje

La Danza de las Sombras y el Trono de Ceniza

El invierno había cubierto Desembarco del Rey con un manto de nieve sucia que se derretía al contacto con el lodo de las calles. En la Fortaleza Roja, el silencio era ahora el señor absoluto, un monarca mucho más estable que cualquiera de los hombres que habían portado la corona de Aegon el Conquistador. Alicent Hightower caminaba por el ala este del castillo, el lugar que alguna vez fue el epicentro de sus conspiraciones y que ahora no era más que un pasillo de ecos.

Se detuvo frente al gran ventanal que miraba hacia Pozo Dragón. A lo lejos, la silueta de la colina de Rhaenys se alzaba como un túmulo gigante. Ya no se escuchaban los rugidos que solían hacer vibrar los cristales. Caníbal se había marchado hacía un año, justo después de que la pequeña Visenya cumpliera su primer nombre. El dragón negro, tras meses de negarse a comer y de atacar a cualquier guardián que se acercara, simplemente rompió sus cadenas una noche de tormenta y se perdió en el mar Angosto. Algunos decían que había regresado a Rocadragón para morir sobre la tumba vacía de su jinete; otros, los más poéticos, susurraban que buscaba el alma de Valarr en el cielo.

Alicent apretó el borde de su capa negra. El frío se le metía en los huesos, un frío que ninguna chimenea lograba mitigar.

—¿Madre? —La voz de Gaemon la sacó de sus pensamientos.

El niño tenía ahora seis años. Vestía un jubón de terciopelo oscuro con el emblema del dragón de tres cabezas bordado en hilo de plata. Sus rizos eran una marea de azabache y sus ojos, verdes como el fuego valyrio, miraban a Alicent con una curiosidad que a veces la asustaba. Era demasiado parecido a él. Cada gesto, cada forma de inclinar la cabeza cuando escuchaba, era un puñal de nostalgia clavado en el pecho de la Reina Viuda.

—Aquí estoy, mi cielo —respondió ella, forzando una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. ¿Has terminado tus lecciones con el Maestre?

—Dice que soy mejor con la espada que con las letras —contestó Gaemon, acercándose para tomar la mano de su madre—. El tío Daemon dice que mi padre era el mejor guerrero de los siete reinos. ¿Es verdad?

Alicent sintió un nudo en la garganta. Se arrodilló para quedar a la altura del niño, arreglándole el cuello del jubón con dedos temblorosos.

—Tu padre era muchas cosas, Gaemon. Era valiente, era feroz y nunca permitía que nadie le dijera quién debía ser. —Hizo una pausa, tragando saliva—. Pero lo más importante es que te amaba más que a su propia vida.

—¿Por eso se fue a la guerra? —preguntó el pequeño con esa lógica implacable de la infancia—. ¿Para que yo pudiera estar aquí?

—Se fue para que el mundo fuera un lugar donde pudieras crecer sin miedo —susurró ella, besando la frente del niño—. Ahora ve a buscar a tu hermana. Creo que Helaena la ha llevado a los jardines.

Vio a su hijo alejarse corriendo, con la energía indomable que era su herencia de sangre. Alicent se puso en pie con esfuerzo. El peso del segundo embarazo y el desgaste de los años de regencia junto a Rhaenyra le pasaban factura.

—Se parece más a él cada día —dijo una voz a sus espaldas.

Alicent no necesitó girarse para saber quién era. Rhaenyra Targaryen, la Reina de los Siete Reinos, caminaba hacia ella. Llevaba la corona de su padre, Viserys, pero su rostro ya no mostraba la lozanía de la juventud. Las ojeras y las líneas de expresión hablaban de un reinado que, aunque pacífico, había sido forjado sobre el dolor de las pérdidas.

—A veces me duele mirarlo, Rhaenyra —confesó Alicent, volviendo la vista al ventanal—. Siento que Valarr me observa a través de sus ojos, juzgándome por seguir aquí mientras él es solo polvo y leyendas.

—No te juzgaría —dijo Rhaenyra, colocándose a su lado—. Valarr te amaba de una forma que desafiaba toda lógica. Él sabía que tú serías el ancla de esta familia. Sin ti, Aegon y Aemond nunca habrían aceptado mi paz. Sin ti, yo habría gobernado sobre un cementerio.

—¿Valió la pena? —preguntó Alicent, girándose para mirar a la Reina—. Toda la sangre, todas las mentiras... ¿valió la pena para que estemos hoy aquí, dos viudas gobernando un reino de sombras?

Rhaenyra guardó silencio durante un largo momento. Miró hacia el trono que se encontraba varios pisos más abajo, esa silla de espadas que había devorado a tantos.

—Mira a los niños, Alicent. Jacaerys se prepara para ser un buen rey. Tus hijos tienen tierras y honor. Y Gaemon... Gaemon es la prueba de que algo hermoso pudo nacer del caos. Si hubiéramos seguido el camino de tu padre, todos estarían muertos. Sí, valió la pena. Aunque el precio fuera nuestro corazón.

—Mi padre murió creyendo que yo era una traidora —dijo Alicent con una amargura que el tiempo no había suavizado—. Murió odiándome por haber elegido el amor sobre su linaje.

—Tu padre no entendía que el linaje no es solo un nombre en un pergamino —replicó Rhaenyra con firmeza—. El linaje es la sangre que late, el fuego que arde. Tu padre quería una estatua de mármol; tú elegiste un hijo de carne y hueso.

Esa tarde, Alicent decidió bajar a las criptas del Gran Septo. Hacía tiempo que no visitaba la tumba de Viserys, pero ese día sentía la necesidad de cerrar un círculo. Sin embargo, antes de llegar a los monumentos reales, se desvió hacia un rincón más apartado, uno que no tenía grandes estatuas de mármol ni inscripciones en oro.

Era una losa sencilla, de piedra oscura traída de Rocadragón. No tenía nombre, solo el grabado de un dragón y una rosa de los Hightower entrelazados. Allí reposaban las cenizas de Valarr que Daemon había logrado recuperar del campo de batalla.

Alicent se sentó en el suelo frío, ignorando el protocolo. Apoyó la espalda contra la piedra y cerró los ojos.

—He cumplido mi promesa —susurró a la oscuridad—. Tus hijos están a salvo. El reino está en paz. Rhaenyra es una buena reina, aunque a veces todavía discutimos por las mañanas, como cuando éramos niñas.

Se permitió llorar entonces, un llanto silencioso que había estado conteniendo durante años. Lloró por el joven jinete que llegaba a su habitación por los pasadizos, oliendo a vino y a libertad. Lloró por el hombre que la sostuvo en Harrenhal y le prometió un futuro que nunca llegó.

—A veces todavía te busco en las sombras de los pasillos —continuó, con la voz entrecortada—. A veces creo oír tu risa cuando Gaemon hace alguna travesura. Dicen que los dragones nunca mueren del todo mientras haya alguien que recuerde su fuego. Si eso es cierto, tú vivirás para siempre, mi amor.

Un ruido de pasos suaves la alertó. No era un guardia, ni era Rhaenyra.

Aemond Targaryen apareció entre las sombras de la cripta. Su parche en el ojo parecía una mancha de oscuridad en su rostro pálido. Se detuvo a unos metros de su madre, observando la tumba sencilla.

—Sabía que te encontraría aquí —dijo Aemond. Su voz había perdido la agresividad de su juventud, sustituida por una melancolía sosegada—. El Consejo está preguntando por ti. Hay emisarios de Antigua que quieren discutir los impuestos del vino.

—Que esperen —respondió Alicent, limpiándose las lágrimas con la manga—. El mundo puede esperar un momento mientras la Reina Viuda recuerda quién es.

Aemond se acercó y se sentó junto a ella. A pesar de los conflictos del pasado, el hijo siempre había guardado un respeto silencioso por el secreto de su madre.

—¿Sabes? —dijo Aemond, mirando la losa—. Antes de la batalla, Valarr me llamó a su tienda. Me dio su daga de acero valyrio. Me dijo que, si él no volvía, mi labor no sería proteger el trono de Aegon, sino protegerte a ti y al niño. Dijo que tú eras el único tesoro que valía la pena salvar de esta ciudad de ratas.

Alicent miró a su hijo, sorprendida.

—Nunca me lo habías dicho.

—No era el momento —respondió Aemond—. Estábamos demasiado ocupados tratando de no matarnos entre nosotros. Pero ahora que veo a Gaemon... entiendo por qué lo hizo. Él no peleaba por Rhaenyra, madre. Peleaba por la vida que tú le habías dado.

Alicent apoyó la cabeza en el hombro de Aemond. Por un instante, sintió que la red de espinas que había sido su vida se aflojaba. Sus hijos, los de verde y los de negro, estaban finalmente unidos por una verdad que trascendía los colores de las casas.

—¿Crees que él está en paz, Aemond?

—Creo que él está volando en algún lugar donde no hay consejos privados ni deberes reales —dijo el príncipe, mirando hacia arriba, como si pudiera ver a través de las capas de piedra—. Creo que está esperando a que termines tu trabajo aquí.

Al salir de las criptas, el sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de un color naranja intenso, el color del fuego de un dragón. Alicent caminó hacia el patio principal, donde Gaemon y Visenya jugaban bajo la atenta mirada de Ser Criston Cole... no, se corrigió a sí misma, Criston estaba muerto. Era un nuevo guardia, un hombre joven que no conocía las viejas rencores.

Rhaenyra la esperaba en lo alto de la escalinata. La Reina le tendió la mano, un gesto de amistad que había sobrevivido a la guerra y al tiempo.

—¿Estás lista, Alicent? —preguntó Rhaenyra—. El reino nos espera.

Alicent tomó la mano de su amiga y miró hacia el horizonte. Por un breve segundo, creyó ver una sombra colosal cruzando el disco solar, un destello de escamas negras y ojos verdes que la saludaba desde la inmensidad del cielo.

—Estoy lista —respondió Alicent con firmeza.

Ya no era la pieza de Otto Hightower. Ya no era la esposa sacrificada de Viserys. Era Alicent, la mujer que había amado a un dragón y que había dado a luz a un nuevo amanecer. Caminó hacia el interior del castillo, con el paso ligero y el corazón, por primera vez en su vida, en absoluta paz.

La historia recordaría la Danza de los Dragones como una guerra de sucesión, un conflicto de ambiciones y fuego. Pero en los pasadizos secretos de la Fortaleza Roja, en los susurros de las doncellas y en la mirada de un niño de rizos oscuros, la verdadera historia permanecería viva: la historia de una reina verde y un príncipe negro que, en medio de la oscuridad, decidieron que el amor era la única corona que realmente importaba.

Y mientras el sol se ocultaba tras las Colinas de la Ciudad, el eco de un rugido lejano pareció confirmar que, en Poniente, el fuego y la sangre siempre encuentran el camino de regreso a casa. La Danza había terminado, y en su lugar, comenzaba la canción de los que sobrevivieron para contarla.