Dragon Salvaje
El Eco del Fuego en las Venas de la Memoria
Alicent se encontraba sentada frente al tocador, pero no veía su reflejo en el cristal pulido. Sus dedos, largos y pálidos, acariciaban distraídamente un pequeño colgante de oro que nunca se quitaba en la intimidad de sus aposentos: un dragón grabado con tanta sutileza que parecía desvanecerse bajo el tacto. Afuera, el viento de Desembarco del Rey aullaba contra las piedras de la Fortaleza Roja, un sonido que a menudo confundía con el batir de alas de Caníbal.
La memoria era una criatura traicionera. A veces se presentaba como un bálsamo, pero la mayoría de las veces era una herida que se negaba a cerrar.
Recordó la primera vez que sus ojos se cruzaron con los de Valarr de una manera que no era la de una reina mirando al hijo de su hijastra. Fue años atrás, durante un torneo en honor al nombre de Viserys. Valarr era apenas un joven que empezaba a ensanchar de hombros, pero ya poseía esa presencia magnética y peligrosa que lo distinguía de sus hermanos. Mientras Lucerys y Jacaerys buscaban la aprobación de los caballeros, Valarr permanecía junto a los establos, limpiando la sangre de su mano tras haber domado a un corcel rebelde.
Él la había mirado directamente, sin bajar la cabeza, desafiando el protocolo que exigía sumisión ante la Reina. En sus ojos verdes —tan distintos al violeta pálido de Rhaenyra— Alicent creyó ver un incendio forestal. No era la mirada de un niño, sino la de un hombre que ya sabía que el mundo le pertenecería si tan solo extendía la mano para tomarlo.
—La Reina parece preocupada por un poco de sangre —había dicho él aquel día, con una sonrisa ladeada que le heló la sangre y, al mismo tiempo, le encendió algo que ella llevaba años intentando sofocar bajo capas de virtud y rezos.
—La Reina se preocupa por el decoro, sobrino —había respondido ella, apretando su libro de oraciones contra el pecho—. Deberías estar en el palco, no aquí entre el estiércol y el acero.
—Prefiero el olor del acero al de la hipocresía de la corte, tía —replicó él, dando un paso hacia ella—. Pero si me lo pides como una orden, subiré. Solo para ver si el verde de tu vestido combina con la envidia de los que te rodean.
Ese fue el inicio. Un juego de espinas y seda que se prolongó durante años. Cada vez que se encontraban en los pasillos, cada vez que sus manos se rozaban accidentalmente al pasarse una copa en los banquetes, Alicent sentía que su armadura de rectitud se agrietaba. Se decía a sí misma que lo odiaba por ser un recordatorio viviente de la falta de Rhaenyra, por ser el hijo de Harwin Strong que portaba la apariencia valyria que sus hermanos no tenían. Pero la verdad era más oscura: lo amaba porque él era todo lo que ella nunca se permitió ser. Valarr era salvaje, libre y no pedía perdón por existir.
La noche que cambió todo todavía ardía en su mente con la claridad de una pira funeraria.
Había sido después de una celebración especialmente sofocante. Viserys se había retirado temprano, quejándose de dolores en la espalda, y la Fortaleza Roja estaba sumida en esa embriaguez colectiva que sigue a un exceso de vino y música. Alicent, sintiéndose asfixiada por las paredes de sus propios aposentos, había decidido caminar por los pasadizos internos, aquellos que su padre le había enseñado a usar para vigilar y escuchar.
No esperaba encontrarlo a él.
Valarr estaba apoyado contra una pared de piedra, a medio camino entre las cocinas y los túneles inferiores. Olía a vino fuerte y a ese aroma metálico que siempre lo acompañaba, como si el dragón que montaba hubiera dejado su rastro en su piel. Estaba borracho, sí, pero su mirada seguía teniendo esa precisión de halcón.
—¿Buscando pecados en la oscuridad, mi Reina? —preguntó él, su voz arrastrada pero profunda.
—Vuelve a tus habitaciones, Valarr —ordenó ella, aunque sus pies no se movieron—. Estás ebrio. Si los guardias te ven en este estado cerca de los aposentos reales...
—Los guardias ven lo que yo quiero que vean —dijo él, cortando la distancia entre ambos. La acorraló contra la piedra fría, y Alicent pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un contraste violento con la humedad del túnel—. He pasado toda la noche viéndote sonreír a hombres que no merecen ni tu sombra. He visto cómo te rompes las uñas contra tus propias manos para no gritar.
—No sabes nada de mí —susurró ella, aunque su respiración se había vuelto errática.
—Lo sé todo. Sé que estás cansada de ser un pedestal para una corona que se desmorona. Sé que cuando cierras los ojos, no sueñas con los Siete, sino con el fuego.
Él la besó entonces, y fue como si el mundo se detuviera. No fue un beso gentil; fue una colisión, una reclamación. El sabor a vino y a deseo prohibido inundó los sentidos de Alicent. Ella intentó empujarlo, intentó recordar su deber, a su padre, a sus hijos... pero sus manos, en lugar de apartarlo, se enredaron en el cabello plateado de Valarr, tirando de él con una desesperación que la asustó.
Esa noche, en la penumbra de una habitación que no debería haber sido testigo de tal unión, Alicent dejó de ser la Reina de los Siete Reinos para ser simplemente una mujer. Valarr la amó con una ferocidad que la dejó sin aliento, recorriendo cada centímetro de su piel como si estuviera cartografiando un territorio conquistado. Y ella, por primera vez en su vida, no sintió que estaba cumpliendo un deber. Sintió que estaba viva.
—No me olvides cuando salga el sol —le había susurrado él al oído, mientras la luz grisácea de la mañana empezaba a filtrarse por las rendijas—. Porque yo no podré olvidarte ni aunque me saquen los ojos.
Pero el sol salió, y con él regresó la realidad. Alicent se dio cuenta de que estaba embarazada semanas después, mientras observaba a Valarr entrenar en el patio con Aemond. Al verlo derribar a su propio hijo con una gracia letal, sintió una mezcla de terror y una ternura que la hizo querer llorar. El niño que crecía en su vientre era el fruto de una traición, pero también era lo único puramente suyo que alguna vez tendría.
Cada vez que se cruzaban en la corte después de aquello, el silencio entre ellos era un grito. Alicent se volvía más severa, más devota, ocultando su vientre tras pesados brocados y su corazón tras una máscara de frialdad. Valarr, por su parte, se volvió más temerario. Montaba a Caníbal hasta que el dragón era solo una mancha negra en el cielo, y en las cenas familiares, su mirada se clavaba en Alicent con una intensidad que la hacía temblar.
—¿Pasa algo, Alicent? —le preguntaba a veces Rhaenyra, notando la palidez de su amiga—. Pareces haber visto un fantasma.
—Solo es el cansancio, Rhaenyra —respondía ella, evitando mirar hacia donde Valarr jugaba con un cuchillo, observándola con una sonrisa que decía: "Sé tu secreto porque es el mío".
El nacimiento de Gaemon fue el momento más difícil de su vida. Ver los rizos oscuros del niño y esos ojos que, aunque todavía no tenían color definido, ya prometían el verde de su padre, fue una sentencia de muerte y una bendición al mismo tiempo. Otto Hightower celebró el nacimiento de un nuevo "nieto", creyendo que era la sangre de Viserys la que corría por esas venas, pero Alicent veía la verdad cada vez que acunaba al bebé.
Recordaba una tarde, meses después del parto, en la que Valarr logró escabullirse en la guardería. Los guardias estaban distraídos y el servicio descansaba. Alicent estaba sola con Gaemon cuando sintió esa presencia familiar a su espalda.
—Tiene mis manos —dijo Valarr en un susurro, acercándose a la cuna.
—Vete de aquí, por favor —suplicó Alicent, aunque no se apartó cuando él se colocó a su lado—. Si alguien te ve...
—Que nos vean. Que el mundo entero sepa que he engendrado un dragón en el nido de la paloma —Valarr extendió un dedo y el pequeño Gaemon lo agarró con fuerza. El guerrero suavizó su expresión de una manera que Alicent nunca había visto—. Es hermoso, Alicent. Es el mejor de todos nosotros.
—Es una sentencia de muerte para ambos si no te vas —dijo ella, finalmente mirándolo.
Valarr la tomó por la barbilla, obligándola a sostenerle la mirada.
—No dejaré que le pase nada. Ni a él, ni a ti. Mi madre será reina, y yo seré su espada. Y cuando llegue el momento, Alicent, te sacaré de aquí. Te llevaré a un lugar donde el color verde no signifique guerra, sino el color de los árboles bajo los que dormiremos.
—Eso es un sueño de niños, Valarr. Vivimos en un mundo de hombres que rompen sus sueños para construir tronos.
—Entonces romperé sus tronos para construir tu sueño —sentenció él antes de desaparecer por las sombras.
Alicent volvió al presente, sacudiendo la cabeza para alejar los fantasmas. Se miró al espejo y vio a la mujer que había sobrevivido a la tormenta, pero que había perdido el sol en el proceso. Valarr se había ido, dejando tras de sí un reino en paz y dos hijos que llevarían su fuego por siempre.
Se puso en pie y caminó hacia la cuna de la pequeña Visenya, que empezaba a removerse. La niña abrió los ojos, y en ese color oscuro, casi negro, Alicent vio de nuevo los pasadizos de la Fortaleza Roja, el sabor del vino robado y la promesa de un hombre que había preferido morir como un dragón antes que vivir como una pieza de ajedrez.
—Tu padre fue un necio —susurró Alicent, tomando a la niña en brazos—. Un necio hermoso que me enseñó que el amor es el único fuego que no deja cenizas, sino vida.
Salió de sus aposentos, con la cabeza alta y el paso firme. Ya no era la niña asustada de Otto Hightower, ni la reina sumisa de Viserys. Era la mujer que había amado a Valarr Velaryon, y mientras ella viviera, él nunca moriría del todo. Cada vez que Gaemon empuñara una espada, cada vez que Visenya riera, Valarr estaría allí, recordándole al mundo que, incluso en la casa del dragón, el corazón tiene razones que la corona nunca podrá entender.
Al cruzar el umbral hacia el Gran Salón, donde Rhaenyra la esperaba para el consejo, Alicent sintió una ráfaga de viento cálido que agitó sus cabellos. No había ninguna ventana abierta, pero ella sonrió. Sabía que, en algún lugar entre las nubes y el fuego, Valarr la observaba, esperando el momento en que, finalmente, pudieran caminar juntos por un pasadizo que no tuviera final.