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Dulce Venganza

Tramposa inocencia y el sabor del pecado

Las semanas que siguieron a aquel encuentro en la cafetería fueron un despliegue de maestría por parte de Katsura. Cada movimiento estaba fríamente calculado, cada palabra era un hilo de seda destinado a envolver a Akamatsu en una red de la que no querría escapar. Para el mundo exterior, Katsura era el hombre despechado que encontraba consuelo en la pureza del hermano menor de su ex; para Akamatsu, Katsura era un caballero andante, el refugio seguro frente a la toxicidad de Hiiragi y el caos que siempre rodeaba a Akane.

Katsura sabía exactamente qué botones presionar. Enviaba lirios a la facultad, notas breves deseándole suerte en sus exámenes de anatomía y lo llevaba a cenar a lugares tranquilos donde el ruido del mundo no pudiera alcanzarlos. Observaba con una satisfacción interna cómo Akamatsu se abría poco a poco, cómo sus hombros se relajaban y cómo sus ojos rubí brillaban con una devoción casi religiosa cada vez que él le dedicaba una sonrisa.

Sin embargo, el odio seguía allí, latiendo bajo la superficie de la piel de Katsura como un parásito. Cada vez que Akamatsu mencionaba a su hermana con cariño, o cuando Akane llamaba a Katsura histérica, suplicándole que se alejara de su "bebé", la resolución de Katsura se endurecía.

—¿Estás bien, Katsura-san? —preguntó Akamatsu una tarde, mientras salían del cine. Habían visto una película romántica que el pelirrojo había elegido con timidez—. Te quedaste callado de repente.

Katsura salió de sus pensamientos y le dedicó una mirada cargada de una ternura fingida que ya dominaba a la perfección.

—Solo pensaba en lo afortunado que soy de tenerte aquí —mintió, acariciando la mejilla del joven—. Después de todo lo que pasé con Akane, pensé que nunca volvería a sentir esta paz. Pero tú... tú eres diferente, Akamatsu.

El chico bajó la mirada, sus mejillas encendiéndose bajo las luces de neón de la calle.

—Yo... yo siempre quise que fueras feliz —susurró Akamatsu—. Incluso cuando estabas con ella, aunque me doliera un poco, quería que estuvieras bien.

Katsura sintió una punzada de desprecio. "Tan ingenuo", pensó. "Incluso ahora admite que me deseaba mientras yo estaba con su hermana". Esa confesión solo alimentó su deseo de castigarlos a todos.

—La noche está refrescando —dijo Katsura, cambiando el tono a uno más íntimo—. Mi departamento no está lejos de aquí. Compré un vino excelente y tengo algunos libros de fotografía de aves que mencionaste que querías ver. ¿Te gustaría venir?

Akamatsu vaciló. Sabía lo que significaba entrar en el departamento de un hombre a esa hora. Su corazón martilleaba contra sus costillas. Recordó las advertencias de Akane, quien en los últimos días se había vuelto paranoica, gritándole que Katsura solo lo estaba usando para llegar a ella. Pero Akamatsu no podía creerlo. Katsura era dulce, lo escuchaba, lo protegía de Hiiragi... Katsura era todo lo que él siempre había soñado.

—Me encantaría —respondió el joven, entregándose a su destino.

El departamento de Katsura era tal como él: elegante, minimalista y ligeramente frío. Al entrar, el aroma a sándalo y limpieza envolvió a Akamatsu. El estudiante se sentó en el sofá de cuero gris, sintiéndose pequeño en aquel entorno de adulto exitoso.

Katsura se quitó la chaqueta y desabrochó los dos primeros botones de su camisa, un gesto deliberado para mostrar la línea de su cuello. Sirvió dos copas de vino tinto y caminó hacia Akamatsu, entregándole una con una lentitud que erizó los vellos de la nuca del chico.

—Gracias —dijo Akamatsu, tomando un sorbo rápido para calmar sus nervios.

—No tienes que estar nervioso conmigo, Akamatsu —dijo Katsura, sentándose lo suficientemente cerca como para que sus muslos se rozaran—. Sabes que aquí estás seguro.

—Lo sé. Es solo que... —Akamatsu lo miró, sus ojos rubí cargados de una mezcla de deseo y miedo—. Nunca he hecho esto antes. Quiero decir, salir con alguien así, sentirme así por alguien.

Katsura dejó su copa en la mesa ratona y se giró por completo hacia él.

—¿Sentirte cómo? —preguntó, bajando la voz hasta convertirla en un susurro magnético.

—Como si fuera la única persona en el mundo —confesó Akamatsu con una honestidad desgarradora—. Akane siempre es el centro de atención. Ella es la hermosa, la talentosa, la que todos quieren. Yo siempre he sido solo "el hermano de Akane". Pero cuando estoy contigo, siento que finalmente alguien me ve a mí.

Por un breve segundo, Katsura sintió un vacío en el estómago. La vulnerabilidad de Akamatsu era real, tan real que resultaba casi obscena. Pero entonces, la imagen de Akane gimiendo bajo Hiiragi volvió a su mente. Recordó cómo Akamatsu se había quedado callado, permitiendo que él viviera en una mentira durante meses. La compasión murió antes de nacer.

—Yo te veo, Akamatsu —dijo Katsura, acortando la distancia—. Veo lo especial que eres. Y quiero mostrarte cuánto te aprecio.

Katsura se inclinó y capturó los labios de Akamatsu en un beso. Fue un beso lento, experto, diseñado para desarmar cualquier resistencia. Akamatsu soltó un pequeño jadeo de sorpresa antes de derretirse contra él, soltando su copa de vino sobre la alfombra, aunque a ninguno de los dos pareció importarle.

Las manos de Akamatsu subieron tímidamente a los hombros de Katsura, aferrándose a su camisa como si fuera su único ancla en medio de una tormenta. Katsura, por su parte, profundizó el beso, su lengua explorando la boca del chico con una posesividad que hizo que Akamatsu soltara un gemido ahogado.

—Katsura-san... —susurró el pelirrojo cuando se separaron por un instante para tomar aire. Su rostro estaba congestionado y sus ojos nublados por la pasión.

—Dime que me quieres, Akamatsu —ordenó Katsura, su voz era una orden disfrazada de ruego.

—Te quiero —respondió el chico sin dudarlo—. Siempre te he querido.

Katsura sonrió internamente. La trampa se había cerrado.

Lo tomó de la mano y lo guio hacia el dormitorio. La habitación estaba en penumbra, iluminada solo por la luz de la luna que se filtraba por las persianas. Katsura empujó suavemente a Akamatsu sobre la cama, la misma cama —irónicamente— que había tenido que limpiar y desinfectar después de encontrar a Akane allí. Había algo poético y retorcido en profanar la pureza del hermano en el mismo lugar donde la hermana había profanado su confianza.

Katsura se despojó de su ropa con una calma que contrastaba con la torpeza temblorosa de Akamatsu. Cuando ambos quedaron desnudos, la piel pálida del estudiante parecía brillar en la oscuridad. Era delgado, delicado, casi etéreo.

—Eres hermoso —dijo Katsura, y en ese momento, no era del todo una mentira. Akamatsu era una obra de arte de la naturaleza, una que él estaba a punto de romper.

El acto fue una mezcla de la delicadeza que Akamatsu esperaba y la intensidad que Katsura necesitaba para saciar su sed de dominio. Cada vez que Akamatsu gritaba su nombre, cada vez que sus uñas se clavaban en la espalda de Katsura buscando apoyo, el gerente sentía que estaba recuperando una parte de su orgullo herido. No estaba haciendo el amor; estaba reclamando una propiedad. Estaba marcando el territorio de su enemigo.

Akamatsu, perdido en la marea de sensaciones nuevas, no podía ver la frialdad en los ojos de Katsura cuando este lo miraba desde arriba. Solo sentía el calor, el peso del hombre que admiraba y la ilusión de ser amado.

Cuando todo terminó, Akamatsu se quedó dormido casi de inmediato, agotado emocional y físicamente, con la cabeza apoyada en el pecho de Katsura. El pelirrojo tenía una expresión de paz absoluta, una pequeña sonrisa curvando sus labios.

Katsura, sin embargo, permaneció despierto. Escuchaba la respiración rítmica del chico mientras su mano acariciaba distraídamente el cabello rojo. Sus ojos estaban fijos en el techo, calculando el siguiente paso.

Con cuidado para no despertar a su presa, Katsura estiró el brazo y alcanzó su teléfono en la mesa de noche. Vio varias llamadas perdidas de Akane y un mensaje de texto de un número desconocido, que sospechaba era de Hiiragi.

Abrió la cámara del teléfono y, con una frialdad aterradora, tomó una fotografía de ellos dos. En la imagen, Akamatsu aparecía vulnerable, dormido y claramente marcado por el encuentro. Era la prueba definitiva. Era el arma que destruiría la poca cordura que le quedaba a Akane y que haría que Hiiragi se retorciera de rabia.

"Primera fase completada", pensó Katsura, dejando el teléfono de nuevo en su lugar.

Sintió un ligero movimiento. Akamatsu se acurrucó más contra él en sueños, buscando su calor.

—Katsura... —murmuró el chico entre sueños.

Katsura cerró los ojos, pero no para dormir. Estaba saboreando el triunfo. Había seducido al tesoro de Akane. Había corrompido al objeto de deseo de Hiiragi. Y lo mejor de todo era que Akamatsu le daría las gracias por ello, creyendo que esto era el inicio de un cuento de hadas.

La venganza no era solo devolver el golpe; era asegurarse de que el enemigo no tuviera nada a lo que regresar. Y ahora, Akane no tendría a su hermano, porque Akamatsu ya no le pertenecía a su familia ni a sus principios. Le pertenecía a él.

Katsura finalmente sonrió en la oscuridad, una sonrisa real esta vez, llena de una satisfacción oscura y ponzoñosa. Mañana, el mundo de los hermanos Akamatsu comenzaría a arder, y él se sentaría a observar las llamas desde la primera fila, con el aroma de los lirios marchitos llenando el aire.