Dulce Venganza
El eco de los lirios marchitos
La luz de la mañana se filtraba por las persianas del dormitorio de Katsura, dibujando franjas doradas sobre la piel de Akamatsu. El joven pelirrojo despertó con una sensación de plenitud que nunca antes había experimentado. Se sentía ligero, como si los años de timidez y de vivir a la sombra de los escándalos de su hermana se hubieran disuelto entre las sábanas de seda gris. Se giró lentamente, esperando encontrar la mirada café de Katsura, pero el lado de la cama estaba vacío y frío.
—¿Katsura-san? —llamó con voz ronca, incorporándose a medias.
No hubo respuesta inmediata, solo el suave zumbido de la cafetera desde la cocina. Akamatsu se levantó, envolviéndose en una de las camisas que Katsura había dejado sobre una silla la noche anterior. Le quedaba grande, las mangas cubrían sus manos y el dobladillo llegaba a sus muslos, pero el aroma a sándalo y éxito que emanaba de la prenda lo hizo estremecer de placer. Caminó descalzo hacia la estancia, donde encontró a Katsura de espaldas, observando la ciudad a través del ventanal mientras sostenía una taza de café humeante.
—Buenos días —dijo Akamatsu, acercándose con timidez.
Katsura no se giró de inmediato. Sus ojos fijos en el horizonte no reflejaban la calidez de la noche anterior, sino una determinación gélida. Sin embargo, cuando finalmente se volvió hacia el chico, su rostro se transformó en una máscara de perfecta amabilidad.
—Buenos días, Akamatsu. Dormiste mucho. Te preparé algo de desayunar antes de que tengas que ir a la universidad.
—No quiero ir —confesó el pelirrojo, acortando la distancia para rodear la cintura de Katsura con sus brazos—. Quiero quedarme aquí contigo. Siento que... que si salgo de esta puerta, todo esto habrá sido un sueño.
Katsura sintió una punzada de asco ante la muestra de afecto, pero dejó que su mano acariciara el cabello rojo de Akamatsu con una suavidad mecánica.
—No es un sueño, pequeño —susurró Katsura—. Pero tienes responsabilidades. Y yo también. De hecho, hoy tengo una reunión importante en la Compañía Etra.
Akamatsu asintió, ocultando su rostro en el pecho del hombre. No podía ver la sonrisa depredadora que Katsura lucía sobre su cabeza.
—Katsura-san... sobre lo de anoche... —Akamatsu levantó la vista, sus ojos rubí brillando con una honestidad que habría conmovido a cualquiera que no tuviera el corazón de piedra—. Fue la primera vez que me sentí realmente querido. Gracias por elegirme a mí.
—No tienes que agradecerlo —respondió Katsura, apartándolo suavemente—. Ahora ve a vestirte. No queremos que llegues tarde a tu clase de anatomía.
Mientras Akamatsu se duchaba, Katsura tomó su teléfono. Tenía un mensaje de Akane enviado a las tres de la mañana: "Si le tocas un solo pelo a mi hermano, te juro que te mataré, Katsura. No es una broma. Él no tiene la culpa de lo nuestro".
Katsura tecleó una respuesta rápida, con los dedos volando sobre la pantalla: "Llegas tarde, Akane. Él ya me ha entregado mucho más que un simple mechón de pelo. De hecho, ahora mismo está usando mi camisa mientras desayuna en mi mesa. Deberías estar orgullosa, le enseñaste bien lo que significa la lealtad... o la falta de ella".
Bloqueó el teléfono justo cuando Akamatsu salía del baño, radiante y con las mejillas sonrosadas por el agua caliente. El chico se vistió con sus ropas del día anterior, sintiéndose un poco fuera de lugar en aquel santuario de orden, pero con el corazón saltando de alegría.
—Te llevaré a la facultad —dijo Katsura, tomando las llaves de su auto.
El trayecto fue silencioso, pero para Akamatsu era un silencio cómodo, lleno de promesas. Cuando el auto se detuvo frente a la entrada de la Universidad Etra, el joven se inclinó para besar a Katsura. Fue un beso casto, casi infantil, que Katsura aceptó con una paciencia infinita.
—Te veré luego, ¿verdad? —preguntó Akamatsu antes de bajar.
—Por supuesto. Te llamaré al salir de la oficina.
Katsura esperó a que el chico entrara al edificio antes de arrancar. Pero no se dirigió a la compañía. En su lugar, condujo hacia una dirección que había obtenido de su investigador privado: la clínica privada donde trabajaba Hiiragi.
El hospital era un edificio moderno, de cristal y acero, que exudaba una atmósfera de esterilidad y privilegio. Katsura entró con la confianza de quien es dueño del lugar. No tuvo que esperar mucho en la recepción antes de que Hiiragi apareciera, vistiendo su bata blanca impecable, con esa expresión de superioridad que tanto irritaba al gerente.
—Vaya, el gerente despechado en mi lugar de trabajo —dijo Hiiragi, cruzándose de brazos—. ¿Vienes por una receta para el corazón roto o simplemente no soportas estar lejos de los que te superan?
Katsura soltó una carcajada seca, apoyándose en el mostrador de mármol.
—Vengo a darte un consejo profesional, doctor —dijo Katsura, bajando la voz—. Deberías revisar mejor a tus pacientes. A veces, las heridas más profundas no se ven a simple vista.
Hiiragi entrecerró los ojos grises.
—No tengo tiempo para tus acertijos. Si tienes algo que decir sobre Akane, ahórratelo. Ella es... divertida, pero predecible.
—No vengo a hablar de Akane —respondió Katsura, sacando su teléfono y deslizando la pantalla hasta la foto que había tomado esa madrugada—. Vengo a hablar de Akamatsu.
El color desapareció del rostro de Hiiragi en un instante. Sus ojos se fijaron en la imagen de Akamatsu dormido, desnudo y vulnerable entre las sábanas de Katsura. La mandíbula del médico se tensó tanto que pareció que sus dientes iban a romperse.
—Tú... infeliz —siseó Hiiragi, dando un paso hacia adelante, pero Katsura no retrocedió—. Él es un niño. No sabe lo que hace. Lo estás usando para vengarte de su hermana.
—¿Y tú no lo estabas usando a él como objetivo final mientras seducías a Akane? —replicó Katsura con una calma aterradora—. No me vengas con sermones morales, Hiiragi. Ambos sabemos que querías romperlo, querías poseer esa timidez suya. La diferencia es que yo lo logré primero. Y lo mejor de todo es que él me ama. Anoche me lo dijo una y otra vez mientras me rogaba que no me detuviera.
Hiiragi lanzó un puñetazo, pero Katsura lo esquivó con facilidad, agarrando la muñeca del médico con una fuerza sorprendente.
—Cuidado, doctor. No querría que una escena en el vestíbulo arruinara su impecable reputación —susurró Katsura al oído de Hiiragi—. Akamatsu es mío ahora. Cada vez que lo mires, cada vez que intentes acercarte a él con tus libros de medicina y tus preguntas incómodas, recuerda esa foto. Recuerda que él eligió al hombre que su hermana traicionó por encima de ti.
Soltó la muñeca de Hiiragi con desprecio y caminó hacia la salida. Sabía que había plantado la semilla de una obsesión destructiva en el médico. Hiiragi no dejaría en paz a Akamatsu, y eso era exactamente lo que Katsura quería: crear un conflicto que terminara por destrozar el círculo social del chico.
Mientras tanto, en la facultad, Akamatsu intentaba concentrarse en sus apuntes, pero su mente no dejaba de viajar a los brazos de Katsura. Estaba tan absorto que no notó que alguien se sentaba a su lado en la biblioteca hasta que una mano familiar golpeó la mesa.
—¡Akamatsu! ¿Se puede saber qué te pasa? —era Akane. Sus ojos rubí estaban inyectados en sangre y su cabello rojo, usualmente perfecto, se veía desordenado.
—¡Akane! Me asustaste —dijo el chico, cerrando su libro—. ¿Qué haces aquí?
—¿Qué hago aquí? ¡Te he estado llamando toda la mañana! —exclamó ella, bajando el tono cuando el bibliotecario les lanzó una mirada de advertencia—. ¿Dónde estuviste anoche? ¿Es verdad lo que me dijo Katsura?
Akamatsu sintió que la sangre se le subía al rostro.
—Él... ¿él te habló?
—¡Me mandó un mensaje horrible! —Akane lo tomó por los hombros, sacudiéndolo levemente—. Akamatsu, escúchame bien. Katsura no te quiere. Él está resentido conmigo porque lo engañé, y te está usando para hacerme daño. Es un hombre calculador y frío. Tienes que alejarte de él ahora mismo.
Akamatsu se soltó del agarre de su hermana con una brusquedad que la dejó atónita.
—¡No hables así de él! —dijo el joven, su voz temblando de rabia—. Tú lo traicionaste, Akane. Tú jugaste con él durante dos años mientras te acostabas con otros hombres por dinero y regalos. ¡Yo lo vi! Vi cómo te reías de él a sus espaldas.
Akane retrocedió como si la hubieran abofeteado.
—Yo... yo lo hacía por nosotros, Akamatsu. Para que no te faltara nada en la universidad...
—¡Mentira! —gritó Akamatsu, atrayendo la atención de todos en la sala—. Lo hacías por ti, porque eres egoísta. Katsura es el único que me ha tratado como a una persona y no como a un accesorio. Él me perdonó por haber guardado silencio sobre tus infidelidades. Él es mejor persona de lo que tú serás jamás.
—Akamatsu, por favor... —las lágrimas empezaron a rodar por las mejillas de Akane—. No entiendes lo que está pasando. Él me odia. Y si me odia a mí, terminará odiándote a ti.
—Él me ama —sentenció Akamatsu con una seguridad que le heló la sangre a su hermana—. Y si tú realmente me quisieras, estarías feliz por mí en lugar de intentar destruir lo único bueno que tengo. Vete, Akane. No quiero verte.
Akane salió de la biblioteca sollozando, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies. Había perdido a su hermano, y lo peor era que sabía que Katsura estaba disfrutando cada segundo de su agonía.
Esa tarde, Katsura regresó a su oficina en la Compañía Etra. Se sentó en su sillón de cuero y abrió un cajón de su escritorio. Sacó el anillo de compromiso que originalmente era para Akane. Lo observó por un momento, el diamante brillando bajo las luces de la oficina, y luego lo arrojó a la papelera con un gesto de indiferencia.
Su teléfono vibró. Era un mensaje de Akamatsu: "He discutido con Akane. Tenías razón, ella solo piensa en sí misma. ¿Puedo ir a tu casa esta noche? No quiero estar solo".
Katsura sonrió. Todo estaba saliendo según lo planeado. Akamatsu estaba rompiendo sus vínculos familiares, aislándose en los brazos de su verdugo.
—Pobre e inocente Akamatsu —murmuró Katsura para sí mismo—. Crees que estás escapando de la tormenta, cuando en realidad acabas de entrar en el ojo del huracán.
Se levantó y se puso su chaqueta, listo para ir a recoger a su "tesoro". La venganza era, en efecto, un plato que se servía frío, pero Katsura estaba descubriendo que también tenía un sabor dulce, casi adictivo. No solo iba a destruir a Akane; iba a convertir a Akamatsu en alguien tan dependiente de él que, cuando finalmente decidiera dejarlo caer, el impacto no solo rompería sus huesos, sino también su alma.
Al salir de la oficina, se cruzó con su secretaria, quien lo saludó con una sonrisa.
—Se lo ve muy animado hoy, gerente —comentó la mujer.
—Es un gran día, Yamada —respondió él con una elegancia impecable—. Siento que finalmente he puesto todo en su lugar.
Katsura caminó hacia el ascensor, tarareando una melodía suave. En su mente, ya visualizaba la siguiente fase: involucrar a Hiiragi en un escándalo que lo obligara a renunciar a la clínica, usando la obsesión del médico por Akamatsu como cebo. Akane se quedaría sola, desprestigiada y sin el amor de su hermano. Y Akamatsu... Akamatsu seguiría siendo su marioneta perfecta hasta que el hilo se tensara tanto que se rompiera.
La guerra no había hecho más que empezar, y Katsura no tenía ninguna intención de tomar prisioneros. El aroma del lirio seguía en el aire, pero ahora estaba mezclado con el olor metálico de la traición inminente.