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Dulce Venganza

Lirios entre espinas y el despertar de la conciencia

El crepúsculo teñía el cielo de un violeta profundo, casi del mismo color que los hematomas que el alma de Akamatsu cargaba en silencio. Caminaba a paso rápido por las calles residenciales que llevaban al departamento de Katsura, apretando las correas de su mochila contra su pecho. Su encuentro con Akane en la biblioteca lo había dejado temblando; las palabras de su hermana resonaban como advertencias de un naufragio inminente, pero él se negaba a escucharlas. Para él, Katsura era el faro, la única luz tras años de vivir en la periferia de los excesos de su familia.

—Solo un poco más —susurró para sí mismo, buscando el edificio de cristal donde lo esperaba su refugio.

Sin embargo, antes de llegar a la avenida principal, una figura alta y elegante se materializó desde las sombras de un callejón lateral. Akamatsu se detuvo en seco, su corazón dando un vuelco doloroso. Era Hiiragi. El médico no vestía su bata blanca, sino un traje oscuro que lo hacía parecer una extensión de las sombras. Sus ojos grises, usualmente gélidos, brillaban con una intensidad febril.

—Akamatsu-kun, qué coincidencia encontrarte buscando el nido de la serpiente —dijo Hiiragi, bloqueando el paso con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.

—Hiiragi-san, por favor, déjame pasar —respondió Akamatsu, tratando de mantener la voz firme a pesar del temblor de sus manos—. No tengo nada que hablar contigo.

—Oh, pero yo sí tengo mucho que decirte —insistió el médico, dando un paso hacia el chico—. ¿De verdad eres tan ingenuo? ¿Crees que un hombre como Katsura, un gerente calculador que lo tenía todo planeado con tu hermana, se fijaría en alguien como tú por amor? Te está usando, Akamatsu. Eres el instrumento de su venganza. Se acuesta contigo para escupirle en la cara a Akane.

—¡Mientes! —gritó Akamatsu, intentando rodearlo—. Él me quiere. Él me protege de gente como tú.

Hiiragi soltó una carcajada amarga y lo tomó del brazo con una fuerza que hizo que el joven soltara un gemido de dolor.

—¿Protegerte? Él te está destruyendo desde adentro. Yo soy el único que ve tu valor real, Akamatsu. Yo te deseaba mucho antes de que él decidiera usarte como un peón. Ven conmigo, yo puedo darte una vida donde no seas la sombra de nadie.

—¡Suéltame! —Akamatsu forcejeó, pero Hiiragi lo empujó con brusquedad hacia la oscuridad del callejón, lejos de la vista de los transeúntes.

Mientras tanto, en su departamento, Katsura miraba el reloj de pared con una irritación creciente. Habían pasado veinte minutos desde la hora en que Akamatsu debería haber llegado. El gerente caminaba de un lado a otro, jugueteando con su teléfono. Su plan de venganza estaba funcionando a la perfección: Akane estaba destrozada y Hiiragi estaba al borde de un colapso nervioso tras la provocación en la clínica. Sin embargo, algo no encajaba. La satisfacción que esperaba sentir estaba siendo eclipsada por una ansiedad punzante que no tenía nada que ver con el odio.

—¿Dónde está ese idiota? —masculló, agarrando su chaqueta y saliendo al pasillo.

Katsura bajó por el ascensor y salió a la calle. El aire nocturno estaba frío. Empezó a caminar por la ruta que sabía que Akamatsu solía tomar desde la universidad. Al principio, su mente seguía trazando estrategias: cómo usaría la "tardanza" de Akamatsu para hacerlo sentir culpable y así estrechar más el lazo de dependencia. Pero a medida que avanzaba, el silencio de las calles empezó a parecerle ominoso.

Al doblar una esquina, cerca de un área de construcción abandonada, escuchó un sonido que detuvo su respiración: el roce de calzado contra el pavimento y un grito ahogado.

—¡Dije que te callaras! —la voz de Hiiragi, usualmente aterciopelada, sonaba rota y violenta.

Katsura corrió hacia el origen del ruido. Al entrar en el callejón, la escena le heló la sangre. Hiiragi tenía a Akamatsu acorralado contra una pared de ladrillos; una mano del médico presionaba el cuello del chico mientras la otra intentaba desgarrar su camisa. Akamatsu tenía los ojos desorbitados, llenos de un terror tan puro que traspasó la armadura de cinismo que Katsura había construido alrededor de su corazón.

En ese instante, algo se rompió dentro de Katsura. No era el orgullo del gerente lo que reaccionó, ni el ego del hombre engañado. Fue algo más primitivo, algo que no había sentido ni siquiera por Akane. Ver la vulnerabilidad de Akamatsu, su "tesoro" que él mismo había planeado manchar, siendo atacado de forma tan vil, le hizo comprender la magnitud de su propia crueldad.

—¡Suéltalo ahora mismo, bastardo! —rugió Katsura, lanzándose hacia adelante.

Hiiragi apenas tuvo tiempo de girar la cabeza antes de que el puño de Katsura impactara de lleno en su mandíbula. El médico cayó hacia atrás, chocando contra unos cubos de basura metálicos con un estrépito ensordecedor.

Katsura no se detuvo. La rabia que había estado acumulando contra Akane, contra la vida y contra su propia amargura se canalizó en sus puños. Agarró a Hiiragi por la solapa de su costoso traje y lo golpeó de nuevo.

—¿Te atreves a tocarlo? —le gritó, con la voz quebrada por una furia ciega—. ¡Él no es parte de tus juegos enfermos!

—¡Tú lo... lo empezaste! —escupió Hiiragi, intentando cubrirse el rostro mientras la sangre manaba de su labio—. ¡Tú lo pusiste en este camino!

Katsura se congeló. Las palabras de Hiiragi eran un espejo doloroso. Tenía razón. Él había atraído a Akamatsu a este mundo de sombras. Se detuvo, respirando agitadamente, y miró hacia el rincón donde Akamatsu se abrazaba a sí mismo, sollozando sin consuelo. El chico temblaba violentamente, con la mirada perdida.

Esa imagen fue el golpe definitivo para Katsura. El odio que había alimentado durante semanas se sintió de repente como ceniza en su boca. ¿Qué estaba haciendo? Estaba convirtiéndose en el mismo monstruo que despreciaba.

—Vete de aquí, Hiiragi —dijo Katsura con una voz gélida, pero cargada de una autoridad incuestionable—. Si vuelves a acercarte a él, o a su hermana, me encargaré personalmente de que no vuelvas a ejercer la medicina ni en el rincón más oscuro de este país. Tengo las pruebas de lo que intentaste hoy, y no dudaré en usarlas.

Hiiragi, viendo que había perdido toda ventaja, se levantó con dificultad, limpiándose la sangre con la manga. Lanzó una última mirada de odio puro antes de desaparecer en la oscuridad de la noche.

Katsura se quedó quieto un momento, tratando de calmar su pulso. Luego, se acercó lentamente a Akamatsu. El chico se encogió al verlo acercarse, y ese pequeño gesto de miedo hacia él fue lo que más le dolió a Katsura en toda su vida.

—Akamatsu... —susurró, arrodillándose frente a él—. Soy yo. Estás a salvo.

—Katsura-san... —el joven levantó la vista, y al reconocerlo, se lanzó a sus brazos, sollozando con una fuerza que sacudió ambos cuerpos—. Tuve tanto miedo... Él dijo... él dijo que tú no me querías... que solo era una venganza...

Katsura cerró los ojos con fuerza, envolviendo al chico en un abrazo protector. Por primera vez, no era un abrazo calculado. No había cámaras mentales registrando el momento para usarlo después. Solo eran dos personas rotas en un callejón oscuro.

—Lo siento —murmuró Katsura, hundiendo el rostro en el cabello rojo de Akamatsu—. Lo siento tanto, de verdad.

Esa noche, tras llamar a la policía y asegurarse de que Hiiragi fuera detenido —gracias a las cámaras de seguridad de la zona y al testimonio de ambos—, Katsura llevó a Akamatsu de vuelta a su departamento. El trayecto fue diferente. No hubo juegos de seducción ni palabras melosas. Katsura ayudó al chico a limpiarse y le preparó un té caliente, sentándose a su lado en el sofá.

El silencio reinaba en la estancia, pero ya no era un silencio tenso. Akamatsu se había quedado dormido por el agotamiento, apoyado contra el hombro de Katsura. El gerente lo observaba, notando la palidez de sus mejillas y la inocencia que, milagrosamente, aún parecía conservar a pesar de todo.

Katsura tomó su teléfono y vio la foto que había tomado la noche anterior. Esa imagen que pretendía ser un trofeo de guerra. Con un movimiento decidido, borró la foto. Luego, buscó el contacto de Akane.

Dudó un momento. Su dedo rozó la pantalla. Podía enviarle un mensaje final de odio, contarle lo que había pasado para que se sintiera culpable de por vida. Pero miró a Akamatsu, y comprendió que seguir ese camino solo traería más oscuridad a la vida del chico. Si realmente quería salvar a Akamatsu, tenía que salvarse él mismo primero.

Escribió un mensaje breve: "Akamatsu está conmigo. Está a salvo. Hiiragi ha sido arrestado por intentar atacarlo. No te buscaré más, Akane. La guerra se terminó. Por el bien de tu hermano, espero que tú también encuentres una forma de vivir que no destruya a los que te rodean. Adiós".

Bloqueó el número de Akane y dejó el teléfono sobre la mesa, sintiendo como si un peso inmenso se levantara de sus hombros.

—Katsura-san... —Akamatsu se removió en sueños, buscando su mano.

Katsura la entrelazó con la suya, apretándola con suavidad.

—Aquí estoy —respondió en voz baja.

Se dio cuenta de que su plan de venganza había fallado estrepitosamente, porque había terminado enamorándose de la única persona que no debía. Pero, irónicamente, ese fallo era lo único que lo hacía sentir humano de nuevo. Ya no quería ser el gerente frío y calculador que buscaba destruir vidas. Quería ser el hombre que Akamatsu creía que era.

Miró por el ventanal. El sol empezaba a asomar por el horizonte, anunciando un nuevo día. No sería fácil; tendría que lidiar con las secuelas del trauma de Akamatsu, con la inevitable reestructuración de su propia vida y con la sombra de lo que casi llegó a ser. Pero mientras sentía el calor del chico a su lado, Katsura supo que el odio ya no tenía lugar en su casa.

La venganza se había disipado como el humo, dejando tras de sí solo la frágil y hermosa posibilidad de un amor real. Katsura se inclinó y besó la frente de Akamatsu, prometiéndose a sí mismo que, a partir de ese momento, cada lirio que le enviara sería una promesa de luz, y no una cadena de sombras.

—Vamos a estar bien —susurró, mientras el primer rayo de sol iluminaba la habitación, borrando definitivamente los fantasmas del pasado.