𝓔𝓬𝓵𝓲𝓹𝓼𝓮.
Entre balones y guitarras
El gimnasio "El Relámpago" no descansaba, y para Iván Cornejo, aquel lugar se estaba convirtiendo en una especie de purgatorio con olor a cuero y desinfectante. Había regresado, tal como prometió, pero no se sentía ni la mitad de valiente de lo que se había sentido la noche anterior bajo los efectos de la adrenalina y los tacos de suadero. Allí estaba él, sentado en un banco de madera, con su guitarra descansando sobre las piernas y una libreta de apuntes que parecía burlarse de su falta de concentración.
A unos metros, el sonido era rítmico, seco y violento. *Pum. Pum-pum. Pum.*
Cristal estaba dándole al costal de boxeo con una intensidad que hacía que las cadenas del techo chirriaran. Pero no estaba sola. Junto a ella, apoyado con una confianza natural contra una de las columnas del gimnasio, se encontraba Gilberto Mora. El joven futbolista, la promesa del mediocampo, lucía su ropa de entrenamiento del club, con los colores vibrantes que resaltaban su porte atlético. Gilberto no era como los otros tipos que merodeaban el gimnasio; no era rudo ni gritón. Tenía esa calma de quien sabe manejar la presión de un estadio lleno, una sonrisa amable y una educación que desesperaba a Iván por lo perfecta que parecía.
—Te ves más rápida hoy, Cris —comentó Gilberto, cruzando los brazos y observando el movimiento de pies de la boxeadora—. Si sigues así, el próximo knockout va a ser en el primer asalto.
Cristal no detuvo sus golpes, pero giró la cabeza lo suficiente para lanzarle una mirada de reojo, una de esas miradas cargadas de un coqueteo tan natural que parecía parte de su respiración. Sus ojos brillaron con picardía mientras el sudor corría por su frente.
—¿Solo más rápida, Gil? —preguntó ella, lanzando un gancho de izquierda que hizo que el costal se doblara—. Pensé que dirías que me veo imparable. O que te da miedo que te use de sparring un día de estos.
Gilberto soltó una risa ligera, una de esas que suenan limpias y sin malicia.
—Sabes que mi fuerte son las piernas, no los puños —respondió el futbolista con humildad—. Si me subo ahí contigo, me dejas sin carrera en dos minutos. Prefiero quedarme aquí, admirando la técnica.
Iván, desde su rincón, apretó las cuerdas de su guitarra con demasiada fuerza, provocando un chirrido metálico que desafinó el ambiente. Se sentía pequeño. Él era un chico de rancho, de sentimientos profundos y metabolismo rápido que lo mantenía flaco sin importar cuánto comiera, pero no tenía esos músculos ni esa seguridad de atleta de élite. La hipersensibilidad de Iván estaba trabajando a marchas forzadas; podía sentir la tensión en el aire, o al menos la que él mismo estaba proyectando.
Cristal se detuvo un momento, dejando que el costal oscilara frente a ella. Se quitó el sudor con el antebrazo y miró directamente a Gilberto, ignorando por completo la presencia de Iván por un segundo.
—Admirar la técnica, ¿eh? —Cristal se acercó a Gilberto, invadiendo su espacio personal con esa gloriosa falta de timidez que la caracterizaba—. ¿Y qué dice el fútbol de mi técnica? ¿Crees que aguantaría noventa minutos en la cancha?
—Con esa energía que tienes —dijo Gilberto, manteniendo el contacto visual con una amabilidad caballerosa—, creo que los defensas pedirían el cambio antes del medio tiempo. Tienes un magnetismo que cansa a cualquiera que intente seguirte el paso.
Iván no pudo evitarlo. Se puso de pie, haciendo que el banco de madera rechinara contra el suelo de concreto. El ruido llamó la atención de ambos.
—Vaya, el poeta se despertó —dijo Cristal, girándose hacia él con una sonrisa burlona que a Iván le dolió y le encantó al mismo tiempo—. Pensé que te habías quedado dormido componiendo otra canción sobre la lluvia o el abandono.
—No estaba dormido —replicó Iván, ajustándose el sombrero y tratando de que su voz no temblara—. Estaba... buscando el tono adecuado. Pero es difícil con tanto ruido de balones y golpes.
Gilberto Mora, siempre educado, le dedicó una inclinación de cabeza amistosa.
—Qué tal, Iván. Un gusto saludarte. Mi hermana escucha mucho tu música, dice que tus letras llegan directo al corazón.
Iván se sintió un poco avergonzado. Era difícil odiar a alguien que era tan genuinamente amable.
—Gracias, Gilberto —respondió Iván, tratando de sonar profesional—. Se hace lo que se puede.
Cristal caminó hacia Iván, arrastrando los guantes por el suelo, y se detuvo justo frente a él. El olor a esfuerzo y a ese perfume cítrico volvió a invadir los sentidos del cantante. Ella lo miró de arriba abajo, notando cómo Iván evitaba su mirada.
—¿Y bien? —lo retó ella—. Dijiste que ibas a escribir sobre cómo perdía mi primer combate contra un "come-tacos". Aquí estoy. ¿Dónde está la canción? ¿O es que te dio miedo la competencia?
Cristal señaló con la cabeza a Gilberto, quien observaba la escena con una mezcla de curiosidad y diversión.
—No hay competencia —dijo Iván, recuperando un poco de su orgullo—. Lo que yo hago no se mide en goles ni en knockouts. Pero si quieres que te cante algo, vas a tener que dejar de coquetear con medio mundo por cinco minutos.
La expresión de Cristal cambió de la burla a una sorpresa genuina, seguida de una carcajada estrepitosa.
—¡Ay, el flaquito resultó celoso! —exclamó ella, dándole un empujoncito en el hombro—. Gilberto es un amigo, Iván. Y un gran deportista. No todos somos tan complicados como tú, que ves una tragedia en cada mirada.
—No soy celoso —mintió Iván, sintiendo que sus mejillas ardían—. Soy observador. Y lo que observo es que te encanta el desmadre.
—Me encanta vivir, Iván —corrigió ella, acercándose más, hasta que sus narices casi se rozaron—. Me encanta que la gente sepa que estoy aquí. Tú, en cambio, pareces que quieres desaparecer en tu propia guitarra. ¿De qué tienes tanto miedo? ¿De que te gane una mujer o de que te guste que te gane?
Iván tragó saliva. La cercanía de Cristal era como un incendio forestal. Él era un chico de rancho, acostumbrado a la paz del campo y a la soledad de sus pensamientos, y ella era una metrópolis en plena hora pico.
—No tengo miedo a que me ganes —susurró él—. Tengo miedo a lo que viene después de que alguien como tú gana. No dejas nada en pie, Cristal.
Gilberto, sintiendo que la conversación se estaba volviendo demasiado privada, decidió intervenir con su característica diplomacia.
—Bueno, creo que los dejo para que sigan con su... inspiración —dijo el futbolista con una sonrisa—. Cris, nos vemos luego para lo de la fundación. Iván, un gusto. Sigue con las canciones, que a este mundo le hace falta un poco de sentimiento.
Gilberto se despidió con un gesto elegante y salió del gimnasio, dejando un silencio denso tras de sí. Cristal se quedó mirando la puerta por un segundo antes de volver a centrar su atención en Iván.
—Es un buen chico —dijo ella, con un tono más suave—. Deberías aprender un poco de su seguridad. Él no se siente amenazado por el éxito de los demás.
—Él no es el que tiene que aguantar tus burlas todo el día —respondió Iván, sentándose de nuevo y abrazando su guitarra como si fuera un escudo—. Él es un atleta, ustedes hablan el mismo idioma. Yo hablo un idioma que tú solo usas para reírte.
Cristal suspiró y se sentó en el suelo, justo a los pies de Iván. Se soltó las vendas de las manos con lentitud, un proceso que Iván observó con una fascinación hipnótica. Sus manos, aunque fuertes y marcadas por el entrenamiento, tenían una forma elegante.
—No me río de tu idioma, Iván —dijo ella sin mirarlo—. Me río de cómo lo usas para esconderte. Eres un cantante famoso, tienes a miles de niñas llorando por tus letras, y aquí estás, temblando porque una boxeadora te invitó a cenar tacos.
—No estaba temblando —insistió él, aunque sabía que era mentira.
—Sí estabas. Y lo sigues haciendo —Cristal puso su mano sobre la rodilla de Iván—. Tienes un metabolismo rápido, pero tu corazón va todavía más de prisa. Relájate. No te voy a noquear... todavía.
Iván sintió un escalofrío. La mano de ella estaba caliente y su tacto era firme.
—¿Por qué yo? —preguntó Iván finalmente—. Seguro que tienes a modelos, empresarios o futbolistas como Gilberto haciendo fila. ¿Por qué perder el tiempo molestando a un músico que solo quiere estar tranquilo?
Cristal levantó la vista y sus ojos oscuros brillaron con esa gloria natural que siempre lo desarmaba.
—Porque todos los demás intentan impresionarme —explicó ella—. Intentan ser más fuertes que yo, o más ricos, o más famosos. Tú, en cambio, me miraste ayer como si fuera un problema matemático que no querías resolver. Y me encantan los problemas, Iván. Especialmente los que tienen una voz tan bonita como la tuya.
Iván bajó la mirada hacia las cuerdas. El miedo a enamorarse seguía ahí, latente, como una herida que nunca terminaba de cerrar. Él sabía que Cristal era el tipo de mujer que te inspiraba diez álbumes, pero que también te dejaba sin aliento y sin alma si no sabías cómo manejarla.
—Somos enemigos, Cristal —dijo él, tratando de convencerse a sí mismo—. Tú eres la fuerza y yo soy la sensibilidad. Tú eres el ruido y yo el silencio. No hay forma de que esto termine bien.
—¿Y quién dijo que quiero que termine bien? —preguntó ella con una sonrisa traviesa—. Las mejores peleas son las que terminan en empate, porque te dejan con ganas de una revancha.
Cristal se puso de pie de un salto, llena de esa energía inagotable.
—Ahora, deja de poner cara de velorio y tócame algo —ordenó ella, volviendo a su tono mandón—. Quiero ver si es cierto que ese fuego del que hablas existe o si solo son cuentos para vender discos.
Iván suspiró, pero una pequeña sonrisa comenzó a dibujarse en sus labios. Ajustó la cejilla de la guitarra, probó un par de acordes y miró a Cristal, que lo esperaba con los brazos cruzados y una ceja levantada.
—Esta canción no tiene nombre todavía —dijo Iván, su voz volviéndose más profunda y segura cuando se trataba de música—. Pero trata sobre una mujer que cree que puede ganar todas las batallas, sin darse cuenta de que ya perdió la más importante.
—¿Ah sí? —Cristal se acercó, intrigada—. ¿Y qué batalla perdí yo, según tú?
Iván empezó a rasguear una melodía melancólica pero con un ritmo marcado, algo que mezclaba la esencia del rancho con la urgencia de la ciudad.
—La batalla de no dejarme entrar —respondió él antes de empezar a cantar.
Durante los siguientes minutos, el gimnasio "El Relámpago" se transformó. Ya no era un lugar de violencia y sudor, sino un escenario improvisado donde la voz quebrada de Iván llenaba cada rincón. Cristal se quedó inmóvil, algo raro en ella. Su postura defensiva se relajó y, por primera vez, su mirada no era de burla ni de coqueteo, sino de una admiración silenciosa.
Cuando Iván terminó, el silencio que siguió fue más fuerte que cualquier golpe al costal.
—Vaya... —susurró Cristal, parpadeando como si despertara de un trance—. Tal vez tengas razón, poeta. Tal vez eres más peligroso de lo que pareces.
—Te lo advertí —dijo Iván, sintiéndose por primera vez en igualdad de condiciones—. No todo se resuelve con los puños.
Cristal recuperó su compostura rápidamente, sacudiendo la cabeza y volviendo a su sonrisa de "desmadre".
—No estuvo mal —dijo ella, aunque sus ojos decían otra cosa—. Pero no te confíes. Gilberto todavía tiene mejores piernas que tú, y yo todavía tengo mejor gancho.
—Pero yo tengo la canción —replicó Iván, guardando su libreta—. Y según lo que vi, esa canción te pegó más fuerte que cualquier entrenamiento de hoy.
Cristal soltó una carcajada y caminó hacia los vestidores, pero antes de entrar, se detuvo y lo miró por encima del hombro.
—Mañana a la misma hora, flaquito. Y trae hambre, porque después de esa canción, me debes otra cena. Pero esta vez, yo elijo el lugar... y no va a ser una taquería.
Iván la vio desaparecer tras la puerta, sintiendo que su corazón galopaba sin control. Cristal era una pesadilla, sí. Era ruidosa, dominante y lo sacaba de su zona de confort con una facilidad aterradora. Pero mientras recogía su guitarra, Iván se dio cuenta de que ya no tenía tantas ganas de huir.
Todavía eran enemigos, o al menos eso se decía él. Eran dos mundos opuestos colisionando en un ring de boxeo. Pero en esa colisión, Iván Cornejo estaba empezando a encontrar una melodía que nunca había podido escribir solo.
—Mañana —susurró para sí mismo, ajustándose el sombrero—. Mañana veremos quién noquea a quién.
Salió del gimnasio con el paso un poco más firme, ignorando el hambre por un momento, solo para saborear la extraña sensación de que, por primera vez en mucho tiempo, no tenía miedo de lo que vendría después de la canción.