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𝓔𝓬𝓵𝓲𝓹𝓼𝓮.

Luz de neón y sombras de oro

El sol de la tarde se filtraba por los ventanales altos del gimnasio, creando franjas de luz que cortaban el aire cargado de magnesio y esfuerzo. Iván llegó puntual, aunque sus nervios le habían jugado una mala pasada durante todo el día. Había pasado la mañana intentando escribir una melodía nueva, pero cada vez que cerraba los ojos, la risa de Cristal y el brillo de sus ojos oscuros interrumpían su proceso creativo. Él, el chico de los corridos tristes, el que prefería la soledad del rancho, estaba contando los minutos para volver a ese santuario de golpes y sudor.

Al entrar, el sonido habitual del gimnasio lo envolvió, pero algo era diferente. No escuchó el golpe seco del boxeo tradicional. En su lugar, había un ritmo más complejo, el choque de espinillas y el sonido de rodillazos impactando contra pads.

Iván se detuvo en seco cerca de la entrada. Sus dedos se apretaron alrededor del estuche de su guitarra.

Allí, en el centro de un pequeño círculo de entrenamiento, estaba Cristal. Pero no era la Cristal de los guantes de boxeo grandes y las vendas rojas. Hoy parecía una deidad de la guerra salida de una leyenda antigua. Llevaba puesto un conjunto de Muay Thai: un short corto de satín negro con bordados dorados que decían su nombre en letras tailandesas, y un top deportivo a juego que no dejaba absolutamente nada a la imaginación sobre su condición física.

Sus abdominales estaban tan definidos que parecían esculpidos en mármol bajo la luz dorada, y sus bíceps, tensos mientras mantenía la guardia, mostraban una fuerza que contrastaba con la delicadeza de sus facciones. Tenía el cabello recogido en una trenza alta y apretada, dejando al descubierto su cuello sudado y sus hombros potentes.

—¡Eso es, Cris! ¡Más fuerza en esa rodilla! —exclamó uno de los dos hombres que estaban con ella.

Eran dos tipos grandes, entrenadores o quizás peleadores profesionales, que la rodeaban con una mezcla de respeto y una admiración que rozaba lo inapropiado. Cristal, fiel a su naturaleza de "desmadre" y coqueteo glorioso, no parecía molestarse. Al contrario, se movía entre ellos con una gracia felina, lanzando patadas circulares que cortaban el aire con un silbido.

—¿Solo eso, muchachos? —dijo ella, soltando una risa jadeante mientras se apoyaba ligeramente en el hombro de uno de ellos para estirar la pierna—. Pensé que me iban a hacer sudar de verdad hoy.

—Nos vas a matar, reina —respondió el otro, mirándola con una intensidad que hizo que a Iván se le revolviera el estómago—. Con ese equipo negro te ves… bueno, creo que el resto del gimnasio ya dejó de entrenar solo para verte.

Cristal sonrió, esa sonrisa que era una invitación al peligro, y le dio un toquecito juguetón en la barbilla al hombre más cercano.

—Cuidado, que si te distraes te mando a dormir antes de la cena —le guiñó un ojo, y ambos hombres rieron, completamente hechizados por su carisma.

Iván sentía que los pies se le habían clavado al suelo. Su metabolismo rápido solía dejarlo sin energías, pero en ese momento sentía una oleada de calor que no tenía nada que ver con el hambre física. Tenía la boca entreabierta, incapaz de apartar la vista de la línea de sus abdominales, del movimiento de sus músculos y de la confianza casi insultante con la que dominaba a los hombres a su alrededor.

Era su peor pesadilla hecha realidad: una mujer que no solo podía destruirlo físicamente, sino que manejaba la atención masculina como si fuera un instrumento musical.

De repente, como si tuviera un sensor para detectar la melancolía y la timidez, Cristal giró la cabeza. Sus ojos se encontraron con los de Iván.

Ella no se alejó de los hombres. Al contrario, se enderezó, permitiendo que la luz resaltara cada músculo de su torso, y le lanzó a Iván una mirada cargada de una picardía eléctrica.

—Vaya, miren quién llegó —dijo ella en voz alta, captando la atención de todos—. El poeta del rancho ha vuelto a la cueva del lobo.

Iván sintió que la sangre le subía al rostro en segundos. Intentó decir algo, pero su garganta estaba seca. Se sentía como un niño pequeño frente a una fuerza de la naturaleza.

—Hola… —logró articular, ajustándose el sombrero con un gesto nervioso que delataba su vulnerabilidad.

Cristal se despidió de sus compañeros con una palmada en la espalda y caminó hacia él. Cada paso que daba, con sus pies descalzos sobre la lona, parecía una declaración de guerra. Iván quería retroceder, pero su espalda ya estaba cerca de una de las paredes laterales del gimnasio, rodeada de estantes con pesas y equipo.

—Te quedaste callado, flaquito —dijo ella, deteniéndose a solo unos centímetros de él—. ¿Te comieron la lengua los gatos o es que nunca habías visto a una mujer entrenar de verdad?

—Yo… solo estaba esperando a que terminaras —respondió Iván, tratando de mirar a cualquier lugar que no fueran sus hombros o su cintura, pero fracasando estrepitosamente.

Cristal soltó una risita baja, casi un ronroneo. Se dio cuenta perfectamente de hacia dónde se escapaban los ojos del cantante.

—¿Te gusta lo que ves? —preguntó ella, bajando el tono de voz, haciéndola más íntima—. Porque pareces un venado frente a las luces de un tráiler, Iván. Estás tan rojo que pareces a punto de explotar.

—Es el calor del gimnasio —mintió él, aunque su voz sonó quebrada, esa misma voz que usaba para cantar sobre corazones rotos, pero ahora cargada de una tensión real.

—No es el calor —dijo ella, dando un paso más, obligando a Iván a retroceder hasta que su espalda chocó finalmente contra la pared fría—. Es que te diste cuenta de que no soy solo una cara bonita con guantes.

Cristal levantó ambos brazos y apoyó las manos en la pared, a ambos lados de la cabeza de Iván, acorralándolo. El olor a sudor limpio, a esfuerzo y a ese perfume de cítricos que parecía emanar de sus poros lo envolvió por completo. Iván estaba atrapado entre el concreto y la boxeadora más peligrosa de Latinoamérica.

—Cristal, la gente está mirando… —susurró Iván, aunque en el fondo no le importaba nada más que la cercanía de ella.

—Que miren —respondió ella, inclinándose hacia delante. Su rostro estaba a milímetros del suyo. Podía ver las gotitas de sudor en su labio superior y la intensidad salvaje en sus pupilas—. Ayer me cantaste que yo tenía miedo de dejarte entrar. ¿Y tú? Mírate. Estás temblando y ni siquiera te he tocado.

Iván tragó saliva con dificultad. Su hipersensibilidad estaba al límite. Podía sentir el calor que irradiaba el cuerpo de Cristal, una energía vibrante que lo llamaba y lo repelía al mismo tiempo. Ella era el desmadre, el caos, el peligro de enamorarse de alguien que nunca se quedaría quieto.

—No estoy temblando por miedo —dijo Iván, encontrando finalmente sus ojos, sosteniéndole la mirada con una valentía que no sabía que tenía—. Estoy temblando porque eres demasiado ruidosa para mi silencio.

Cristal sonrió de lado, una sonrisa lenta y triunfal.

—Mentiroso —susurró ella, acercando su boca a la oreja de Iván—. Estás temblando porque te mueres de ganas de saber si soy tan intensa fuera del ring como lo soy dentro.

Iván cerró los ojos por un segundo. Su corazón latía con una fuerza que le dolía en el pecho. Siempre había tenido miedo al compromiso, a las mujeres que quemaban demasiado rápido, pero Cristal no era un fuego que pudiera evitar. Era un incendio forestal.

—Tienes razón —admitió él en un susurro apenas audible—. Eres mi peor pesadilla, Cristal.

—Y tú eres mi canción favorita, aunque todavía no me sepa la letra —respondió ella, volviendo a mirarlo de frente.

La tensión entre ellos era tan espesa que se podía cortar con un cuchillo. Ninguno de los dos se movía. Iván, que siempre tenía hambre debido a su metabolismo, sintió en ese momento un vacío en el estómago que ningún taco de suadero podría llenar. Era un hambre diferente, una necesidad voraz de descifrar a la mujer que lo tenía contra la pared. Sus ojos, usualmente tristes y melancólicos, brillaban ahora con una oscuridad nueva, una chispa de deseo que Cristal reconoció de inmediato.

—Parece que el poeta tiene hambre —comentó ella, con su voz cargada de coqueteo, notando cómo la mirada de Iván bajaba de nuevo a sus labios y luego a su cuello—. Pero no pareces estar pensando en comida, Iván Cornejo.

—A veces —dijo él, recuperando un poco de su compostura de rancho, aunque sin apartarse—, uno encuentra cosas que son más necesarias que el pan.

Cristal arqueó una ceja, impresionada por la respuesta.

—Vaya, el flaquito se puso profundo. Cuidado, que si me sigues mirando así, voy a pensar que de verdad tienes el valor de intentar algo conmigo.

—¿Y si lo tuviera? —retó Iván, acortando la distancia mínima que quedaba entre ellos, sintiendo el roce de la tela de su camisa contra la piel de los brazos de ella.

Cristal no retrocedió. Al contrario, presionó su cuerpo un poco más contra el de él, desafiándolo a mantener la apuesta. El contraste entre la suavidad de la ropa de Iván y la dureza de los músculos de Cristal era embriagador.

—Si lo tuvieras —dijo ella, su voz bajando a un nivel peligroso—, tendrías que estar preparado para perder. Porque conmigo, Iván, nadie sale ileso.

—Ya estoy roto, Cristal —respondió él con una sonrisa triste pero decidida—. No puedes romper algo que ya está hecho pedazos. Solo puedes… intentar juntarlos.

Esa frase pareció golpear a Cristal más fuerte que cualquier patada de Muay Thai. Por un momento, la máscara de coqueteo y desmadre se agrietó, dejando ver a la mujer que también sentía, la que admiraba la sensibilidad que Iván intentaba ocultar. Pero el momento fue breve. Cristal no era de las que se ablandaban fácilmente.

—Eres bueno con las palabras, poeta —dijo ella, recuperando su brillo—. Pero aquí en el gimnasio, las palabras se las lleva el viento.

—Entonces deja de hablar —dijo Iván.

Fue un desafío directo, una chispa en medio de la pólvora. Cristal se quedó helada por una fracción de segundo, sorprendida por la audacia del chico que ayer apenas podía mirarla a la cara. Sus ojos se entrecerraron, analizando a Iván como si fuera un oponente que acabara de lanzar un golpe inesperado.

—¿Me estás callando, Cornejo? —preguntó ella, con una sonrisa que prometía consecuencias—. Mira que eso es peligroso.

—El peligro es lo que te gusta, ¿no? —replicó él, sintiendo que la adrenalina finalmente superaba a su timidez—. Por eso estás aquí conmigo, y no allá afuera con esos tipos que solo te dicen lo que quieres oír.

Cristal soltó una carcajada corta y seca, una que denotaba una mezcla de irritación y placer.

—Tienes unos huevos muy grandes para ser tan flaco —dijo ella, sin quitar las manos de la pared, manteniendo a Iván prisionero de su presencia.

—Es el metabolismo —bromeó él, aunque su mirada seguía fija en la de ella, intensa y hambrienta.

Se quedaron así, en un impase eterno, ignorando el ruido de las pesas, los gritos de los otros entrenadores y el paso del tiempo. Iván sentía que si ella se acercaba un milímetro más, su corazón simplemente se detendría. Cristal, por su parte, disfrutaba de la victoria de verlo así, pero también sentía una curiosidad creciente por ese chico que, a pesar de su miedo, no apartaba la vista.

—Sabes —dijo Cristal, rompiendo el silencio con una voz más suave—, Gilberto me dijo que eras especial. Que tenías algo que los demás no.

—Gilberto es demasiado amable —respondió Iván—. Yo solo soy un tipo con una guitarra y demasiados sentimientos.

—No —dijo ella, y por primera vez, una de sus manos abandonó la pared para rozar la mejilla de Iván, justo por debajo del borde de su sombrero—. Eres el único que no ha intentado pelear conmigo para demostrar que es hombre. Estás aquí, dejando que te acorrale, y aun así siento que tú eres el que tiene el control de la situación.

Iván sintió el contacto de sus dedos, ásperos por el entrenamiento pero extrañamente cálidos, y cerró los ojos por un instante, disfrutando de la sensación.

—No tengo el control de nada, Cristal —admitió él—. Desde que te vi ayer, siento que estoy cayendo al vacío.

—Entonces no intentes volar —susurró ella, acercándose tanto que sus labios rozaron la comisura de la boca de Iván—. Solo disfruta de la caída.

Iván abrió los ojos y vio la gloria natural de Cristal a centímetros de él. Ella era su enemiga, la mujer que representaba todo lo que él temía: el ruido, la exposición, la fuerza incontrolable. Y sin embargo, en ese momento, no quería estar en ningún otro lugar del mundo.

—Tengo hambre —dijo Iván de repente, rompiendo la tensión pero sin moverse ni un ápice.

Cristal soltó una carcajada genuina, alejándose apenas unos centímetros para mirarlo con diversión.

—¿Otra vez con eso, flaquito? Acabo de darte el momento más intenso de tu vida y tú piensas en comida.

—Es que si no como, no voy a tener fuerzas para lo que sigue —dijo Iván con una chispa de picardía en los ojos que hizo que Cristal se sonrojara por primera vez en toda la tarde.

—¿Y qué es lo que sigue, según tú? —preguntó ella, cruzando los brazos sobre su pecho, resaltando aún más sus bíceps dorados.

—Sigue que me vas a llevar a ese lugar que elegiste —dijo Iván, recuperando su guitarra y ajustándose el sombrero—. Y sigue que voy a demostrarte que, aunque no sepa Muay Thai, sé cómo manejar a una mujer que cree que nadie puede ganarle.

Cristal lo miró de arriba abajo, asombrada por el cambio de actitud del cantante. El chico sensible seguía ahí, pero ahora había algo más, una determinación de rancho que no aceptaba un "no" por respuesta.

—Está bien, poeta —dijo ella, dándose la vuelta para recoger sus cosas, pero lanzándole una última mirada coqueta sobre el hombro—. Vamos a comer. Pero te advierto, el lugar al que vamos no tiene tacos. Y vas a necesitar más que una guitarra para impresionarme esta noche.

Iván la vio caminar hacia los vestidores, admirando el movimiento de sus hombros y la fuerza de sus piernas. Sabía que se estaba metiendo en la boca del lobo, que Cristal era un desmadre que probablemente terminaría rompiéndole el corazón en mil pedazos para luego escribir una canción sobre ello. Pero mientras la seguía con la mirada, Iván sintió que el miedo al amor, ese que lo había perseguido toda su vida, era un oponente mucho más pequeño que la mujer de short negro y toques dorados que acababa de acorralarlo contra una pared.

—Que venga el desmadre —susurró Iván para sí mismo, con una sonrisa que no era de tristeza, sino de anticipación.

El gimnasio "El Relámpago" se quedaba atrás, pero la verdadera pelea, esa que no se ganaba con puños sino con el alma, apenas estaba comenzando. Y por primera vez en su vida, Iván Cornejo no tenía ninguna intención de tirar la toalla.