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𝓔𝓬𝓵𝓲𝓹𝓼𝓮.

Sombras eléctricas y el pulso del silencio

El gimnasio "El Relámpago" se sumió en una oscuridad absoluta justo cuando la tensión entre Iván y Cristal alcanzaba su punto de ebullición. El zumbido constante de los ventiladores industriales se detuvo en seco, dejando tras de sí un silencio sepulcral que solo era interrumpido por la respiración agitada de ambos.

—¡Maldita sea! —se escuchó la voz ronca del entrenador desde el otro lado del recinto—. ¡El transformador volvió a tronar! ¡Cristal! ¡Iván! Ustedes que están cerca de la bodega, vayan al cuarto de electricidad. Está justo detrás de la puerta metálica. ¡Muevan las piernas antes de que alguien se rompa el cuello con una pesa!

Cristal soltó un bufido de frustración que Iván pudo sentir en el cuello debido a la cercanía.

—Genial —masculló ella—. El poeta y yo encerrados en la oscuridad. Parece el inicio de una de tus canciones deprimentes, Cornejo.

—No es deprimente si sabes a dónde vas —respondió Iván, tratando de sonar más seguro de lo que se sentía mientras tanteaba la pared con una mano—. Camina, yo te sigo.

A tientas, y con la ayuda de la tenue luz que entraba por los ventanales altos de la calle, lograron dar con la puerta metálica. El cuarto de electricidad era un espacio reducido, apenas un pasillo flanqueado por cajas de fusibles, cables gruesos y un olor metálico a ozono. Una vez dentro, la oscuridad se volvió total. La puerta se cerró tras ellos con un clic pesado, atrapándolos en un vacío donde los sentidos de Iván, siempre hipersensibles, se dispararon al máximo.

—No veo ni mis propias manos —dijo Cristal. Su voz, usualmente dominante, sonaba extrañamente amortiguada por las paredes estrechas—. ¿Dónde está el panel principal?

—Creo que está a la izquierda —Iván estiró el brazo, pero en lugar de metal frío, su mano rozó el hombro desnudo de Cristal.

Sintió la piel de ella, todavía caliente por el entrenamiento de Muay Thai, y una descarga eléctrica que no tenía nada que ver con los cables del cuarto le recorrió el brazo. Cristal no se movió. No lo apartó de inmediato, y ese silencio compartido fue más elocuente que cualquier burla.

Iván, guiado por un instinto que desafiaba su timidez habitual, dejó que sus dedos se deslizaran con una lentitud tortuosa por la clavícula de la boxeadora, subiendo por la línea de su cuello hasta llegar a su rostro. Cristal permanecía inmóvil, como si estuviera analizando este nuevo tipo de combate, uno donde no podía usar sus reflejos de atleta.

Finalmente, los dedos de Iván encontraron lo que buscaban: los labios de Cristal.

Eran suaves, pero firmes, y temblaban apenas imperceptiblemente bajo su tacto. Iván delineó el contorno de su boca con una caricia casi religiosa, como si estuviera componiendo una melodía sobre su piel. Por un momento, el desmadre, el boxeo y las diferencias de sus mundos desaparecieron. Solo existía el pulso acelerado de dos personas que se detestaban tanto como se atraían.

Pasaron varios segundos —que para Iván fueron una eternidad— antes de que Cristal reaccionara. Ella le tomó la muñeca con una fuerza controlada y le apartó la mano con firmeza, aunque no con brusquedad.

—¿Qué crees que estás haciendo, flaquito? —preguntó ella. Su voz no tenía la burla de siempre; sonaba ronca, casi vulnerable, aunque intentaba ocultarlo tras una máscara de severidad.

—Solo quería saber si eras real —respondió Iván en un susurro, sin retroceder a pesar de que ella aún sostenía su mano—. En la luz pareces una estatua de oro, intocable. Aquí abajo, en la oscuridad, te sientes como alguien que también tiene miedo de estar sola.

Cristal soltó su muñeca y se escuchó cómo daba un paso atrás, chocando ligeramente con una de las cajas de metal.

—No me analices, Cornejo. Ya te lo dije. Aquí vinimos a arreglar la luz, no a que te pongas romántico con tus dedos de guitarrista.

—No es romanticismo, Cristal. Es curiosidad —replicó él, tratando de calmar los latidos de su corazón—. Te pasas el día coqueteando con todo el mundo, con Gilberto, con los entrenadores… pero cuando alguien te toca de verdad, te asustas.

—¡Yo no me asusto de nada! —exclamó ella, y el eco de su voz resonó en el cuarto pequeño—. Simplemente no me gusta que me toquen sin que yo lo decida. Además, tú eres el que tiene miedo a enamorarse, ¿recuerdas? El chico de rancho que huye antes de que lo dejen.

—Tal vez por eso te toqué —dijo Iván, su voz volviéndose más firme—. Porque sé que tú eres la única persona que podría hacerme querer quedarme, y eso me aterra más que cualquier otra cosa.

Hubo un silencio prolongado. Iván podía oír el zumbido de un cable cercano y la respiración de Cristal, que empezaba a estabilizarse. Sabía que ella estaba ahí, a menos de un metro, probablemente mirándolo con esa intensidad que lo desarmaba, aunque él no pudiera verla.

Decidido a no dejar que la distancia volviera a crecer, Iván comenzó a mover su mano de nuevo, buscando la de ella en la oscuridad. Quería simplemente entrelazar sus dedos, sentir la solidez de la mujer que lo traía de cabeza. Movió su mano centímetro a centímetro, con una precaución infinita, sintiendo el calor que emanaba del cuerpo de ella.

Estaba a punto de alcanzarla, sus dedos casi rozaban el dorso de la mano de Cristal, cuando ella, sin darse cuenta, se movió hacia un lado para buscar una palanca en la pared opuesta.

—Creo que es esta —dijo ella, ignorando por completo el intento de acercamiento de Iván.

El roce fallido dejó a Iván con una sensación de vacío en la palma de la mano. Se sintió ridículo, como un niño intentando atrapar una mariposa que no tenía intención de dejarse capturar. Cristal encontró el interruptor y, con un movimiento seco, lo accionó.

La luz regresó de golpe, cegándolos por un instante.

Iván parpadeó, ajustándose a la claridad fluorescente del cuarto. Cristal estaba de espaldas a él, revisando los medidores con una concentración que parecía un poco exagerada. El short de Muay Thai y el top negro resaltaban bajo la luz fría, y por un momento, Iván volvió a sentirse como el espectador de una obra de arte que no podía comprender.

—Ya está —dijo ella, girándose finalmente. Sus mejillas tenían un rastro de rubor que intentó disimular ajustándose la trenza—. La luz volvió. Podemos salir de este agujero.

Iván la observó en silencio mientras ella caminaba hacia la puerta. Antes de que pudiera salir, él se interpuso en su camino, no de forma agresiva, sino con esa melancolía persistente que era su marca personal.

—¿Vas a pretender que no pasó nada ahí dentro? —preguntó él.

Cristal se detuvo y lo miró de arriba abajo. La chispa de coqueteo volvió a sus ojos, pero esta vez se sentía como un escudo, una defensa contra lo que acababa de ocurrir en la oscuridad.

—Pasó que la luz se fue y el poeta se puso creativo —dijo ella con una sonrisa de lado—. No te lo tomes tan en serio, Iván. Fue la adrenalina del momento.

—No me mientas, Cristal —insistió Iván—. Tú también lo sentiste.

Cristal se acercó a él, apoyando una mano en su pecho, justo sobre su corazón, que seguía latiendo con fuerza.

—Lo que siento es que tienes mucha hambre y que si no salimos de aquí, vas a empezar a escribir una canción sobre cómo moriste de inanición en un cuarto de fusibles.

Le dio un golpecito juguetón en el pecho y pasó por su lado, abriendo la puerta metálica. El ruido del gimnasio, las voces de los entrenadores y el sonido de los costales volvieron a inundar sus oídos, rompiendo la burbuja de intimidad que habían construido.

Iván se quedó un momento solo en el cuarto de electricidad, mirando su mano, la misma que había acariciado los labios de la mejor boxeadora de Latinoamérica. Sabía que ella estaba huyendo, que su desmadre y su coqueteo eran la forma en que evitaba que alguien viera lo que él había descubierto en la oscuridad.

Salió del cuarto y la vio a lo lejos, ya hablando con el entrenador, riendo y gesticulando como si nada hubiera pasado. Pero cuando ella giró la cabeza y le lanzó una mirada rápida antes de volver a sus asuntos, Iván vio algo diferente. No era burla, ni siquiera era el coqueteo glorioso de siempre. Era una advertencia.

—Todavía somos enemigos, Cristal —susurró Iván para sí mismo, mientras caminaba hacia su estuche de guitarra—. Pero ahora sé que tus labios no saben a guerra.

Mientras se colgaba la guitarra al hombro, Iván sintió que el miedo a enamorarse seguía ahí, pero ahora tenía un nombre y una sonrisa que lo desafiaba a cada paso. Ella se había movido, le había quitado la mano, había evitado el contacto… pero el rastro de sus dedos sobre sus labios era algo que ninguno de los dos podría borrar tan fácilmente.

La "peor pesadilla" de Iván Cornejo acababa de volverse mucho más real, y él, por primera vez, estaba dispuesto a no despertar del sueño.