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Ecos del Pasado

Una Llama Anunciada

El mundo se había reducido al espacio entre sus frentes, al calor compartido de su aliento y al latido frenético de dos corazones que por fin volvían a golpear al unísono. Natsu no soltaba a Lisanna, sus manos seguían acunando su rostro como si fuera el tesoro más frágil y valioso del mundo. Para él, lo era. La sensación de su piel bajo sus dedos, el brillo húmedo de sus ojos azules que ya no reflejaban tristeza sino un asombro esperanzado, todo ello era un ancla que lo devolvía a la realidad, una realidad que había estado a punto de perder por su propia y monumental idiotez.

—Natsu… —repitió ella, su voz un susurro que apenas lograba atravesar el nudo en su garganta. El nombre sonaba diferente en sus labios ahora. No era una llamada distante desde el otro lado del gremio, sino una caricia, una afirmación.

Él sonrió, una sonrisa genuina y desbordante que le arrugó las comisuras de los ojos. No una sonrisa de batalla o de desafío, sino la sonrisa que le reservaba solo a ella, la que había mantenido guardada bajo capas de frustración y tiempo.

—¡Se quieeeeren! —la cantinela de Happy rompió la burbuja, pero esta vez no la pinchó, sino que la hizo brillar con más fuerza. El pequeño Exceed azul revoloteaba a su alrededor, con los ojos convertidos en corazones y una alegría que rivalizaba con la del propio Natsu.

La risa de Lisanna fue como el tintineo de campanillas de cristal. Una risa acuosa, teñida de lágrimas y alivio, que se liberó de su pecho con una fuerza que la hizo temblar. Se apartó un centímetro, solo lo suficiente para mirar a su "hijo" volador, y el rubor que le tiñó las mejillas la hizo parecer aún más joven, como la niña que le había propuesto matrimonio en su cabaña secreta.

—¡Claro que sí, Happy! —bramó Natsu, y su voz retumbó con una posesividad orgullosa. Pasó un brazo por los hombros de Lisanna, atrayéndola contra su costado en un gesto que no admitía réplica. Ella no la ofreció. Se amoldó a él, apoyando la cabeza en su hombro, y el mundo entero pareció encajar en su sitio. Era un rompecabezas de dos piezas que finalmente volvía a estar completo—. Es mi Lisanna.

Mi Lisanna.

Las palabras resonaron en el aire, sencillas, directas y con el peso de una verdad inmutable. Lisanna levantó la vista, encontrándose con su perfil afilado, el cabello rosa rebelde y la cicatriz en el cuello que casi siempre ocultaba su bufanda. Vio la determinación en su mandíbula, la llama danzando en sus ojos oscuros. Él no estaba jugando. No era una bravuconada. Era una declaración. Y en ese momento, Lisanna supo que el abismo que los había separado no solo se había cerrado, sino que había sido incinerado hasta no dejar ni cenizas.

Pero la mente de Natsu Dragneel nunca permanecía quieta. Una vez resuelto un problema, su cerebro saltaba inmediatamente al siguiente paso, y para él, el siguiente paso era tan obvio como prenderle fuego a algo. Habían hablado. Se habían besado. Habían arreglado las cosas. ¿Y ahora qué? Ahora, todo el mundo tenía que saberlo.

—Vamos —dijo de repente, su energía cambiando de una calidez contenida a un volcán a punto de entrar en erupción.

Lisanna parpadeó, aún flotando en la nube de felicidad. —¿Ir a dónde, Natsu?

Él la miró como si hubiera hecho la pregunta más estúpida del mundo. —¡Al gremio, por supuesto! ¡Hay que decírselo a todos!

El rubor de Lisanna se intensificó hasta un rojo carmesí que rivalizaba con el cabello de Erza. El pánico y la alegría luchaban por el control de su corazón. —¿Decirles… decirles qué? ¿Ahora mismo? ¿No podemos… esperar un poco? Disfrutar de esto…

—¿Esperar? —Natsu resopló, como si la palabra fuera un insulto personal—. ¡Ya esperamos demasiado! ¡Años! ¡No voy a esperar ni un segundo más!

Y sin más preámbulos, la agarró de la mano. Sus dedos se entrelazaron con los de ella, un ajuste perfecto y familiar, y empezó a tirar de ella, corriendo de vuelta hacia el centro de Magnolia.

—¡Natsu, espera! ¡Voy a caerme! —protestó Lisanna entre risas, dejándose arrastrar por aquel torbellino de energía rosada.

—¡No te caerás! ¡Yo te sujeto! —gritó él por encima del hombro, sin aminorar la marcha.

Happy volaba sobre ellos como un heraldo alado. —¡Van a anunciarlo! ¡Natsu y Lisanna van a anunciar que se quieren! ¡Aye!

El viaje de vuelta al gremio fue un borrón de colores y sonidos. La gente de Magnolia se apartaba a su paso, algunos sonriendo con complicidad al ver al famoso Salamander de Fairy Tail arrastrando a una sonrojada Lisanna de la mano, otros simplemente acostumbrados a sus extrañas y ruidosas demostraciones. Lisanna sentía el viento en el cabello, el calor de la mano de Natsu en la suya, y una sensación de vértigo que no era solo por la carrera. Su vida, que se había sentido como un barco a la deriva durante tanto tiempo, acababa de ser amarrada a un puerto seguro y ardiente. Y aunque una parte de ella, la parte más tímida y reservada, se sentía absolutamente mortificada por lo que estaba a punto de suceder, la otra parte, la que había amado a Natsu desde que eran niños, estaba cantando de pura euforia.

Llegaron a las puertas dobles del gremio de Fairy Tail en un tiempo récord. Natsu no se detuvo a abrirlas. Con un grito de guerra que hizo temblar los goznes, las pateó de par en par.

¡¡BOOOOM!!

Las puertas se estrellaron contra las paredes interiores, y el estruendo silenció instantáneamente el bullicio habitual del salón. Jarras de cerveza se detuvieron a medio camino de los labios. Las conversaciones se cortaron. Una silla que Gajeel estaba a punto de lanzarle a Gray cayó al suelo con un ruido sordo. Todos los ojos se volvieron hacia la entrada, donde Natsu estaba de pie, con el pecho agitado, una sonrisa de maníaco en el rostro y la mano de Lisanna firmemente sujeta en la suya.

—¡Natsu, las puertas! —se lamentó Macao desde la barra.

—¡Las pagaré luego! —desestimó Natsu, sin apartar la vista del centro del salón.

Con la determinación de un misil teledirigido, arrastró a una Lisanna que intentaba esconderse detrás de él hacia el centro del gremio. La multitud se apartó como el mar ante Moisés, una mezcla de curiosidad, aprensión y diversión en sus rostros.

—¿Qué diablos le pasa ahora al cerebro de antorcha? —murmuró Gray, cruzándose de brazos.

—Parece que ha tomado una decisión importante —observó Erza, con una ceja arqueada, dejando a un lado su porción de tarta de fresa.

Natsu no se detuvo hasta que llegó a una de las mesas más grandes y robustas. De un salto, se subió a ella, levantando a Lisanna consigo antes de que ella pudiera protestar. Ahora estaban en un escenario improvisado, el centro de atención de todo Fairy Tail.

—¡Natsu, bájame! ¡Todo el mundo nos está mirando! —susurró Lisanna, con el rostro enterrado en el chaleco de él, sintiendo que podía morir de vergüenza.

—¡Ese es el punto! —respondió él, radiante.

Respiró hondo, llenando sus pulmones de aire, y cuando su voz estalló, fue con la fuerza de un Rugido de Dragón de Fuego.

—¡¡ESCUCHEN TODOS, MALDITA SEA!!

El silencio que siguió fue absoluto. Incluso el Maestro Makarov, que estaba en el piso de arriba, asomó la cabeza por la barandilla, intrigado.

Natsu hinchó el pecho, su sonrisa se ensanchó aún más si era posible, y rodeó a Lisanna con el brazo, obligándola a mirar a la audiencia.

—¡A partir de hoy, quiero que todo el mundo lo sepa! —hizo una pausa dramática, saboreando el momento—. ¡LISANNA Y YO NOS VAMOS A CASAR!

Si el silencio anterior había sido profundo, el que siguió a esta declaración fue abisal. Se podía oír el zumbido de una mosca, el goteo de una jarra de cerveza derramada, el latido colectivo de un centenar de corazones sorprendidos.

Lisanna emitió un pequeño chillido y se cubrió la cara con ambas manos. "Compromiso" no era exactamente la palabra que él había usado. Había saltado directamente a la boda. Era tan Natsu que dolía.

Y entonces, el dique se rompió.

La primera reacción vino de los hermanos Strauss. Elfman, que había estado observando con una confusión viril, de repente se quebró. Unas lágrimas del tamaño de uvas brotaron de sus ojos y rodaron por sus mejillas.

—¡¡CASARSE…!! —sollozó, flexionando sus bíceps con una emoción desbordada—. ¡¡CASARSE ES LA MÁXIMA EXPRESIÓN DE UN HOMBRE!! ¡¡NATSU!! ¡¡ESTOY TAN ORGULLOSO DE TI!! ¡¡UN HOMBRE DE VERDAD CUIDA DE SU FAMILIA!!

Al lado de Elfman, la reacción de Mirajane fue más sutil pero infinitamente más peligrosa. Una sonrisa lenta y calculadora se extendió por su rostro, sus ojos brillando con el tipo de alegría triunfante que solía reservar para cuando uno de sus planes de emparejamiento salía a la perfección. Un aura demoníaca y rosada pareció envolverla por un segundo.

—Ara, ara… —murmuró, su voz goteando una dulzura siniestra—. Ya era hora. Llevo planeando esta boda desde que teníais diez años. Tengo el libro de ideas listo.

Lisanna se estremeció al oír eso. Conocía a su hermana. Eso significaba que la boda probablemente incluiría fuegos artificiales, palomas transformadas en bestias de clase S y un pastel del tamaño de su casa.

La siguiente explosión vino de la mesa de al lado.

—¡¿QUÉÉÉÉÉ?! —gritó Gray, con los ojos desorbitados—. ¡¿El cabeza de chorlito se va a casar antes que yo?! ¡Es inaceptable!

—¡¿Qué te importa a ti, princesa de hielo?! ¡Al menos yo tengo a alguien que me aguante! —replicó Natsu desde la mesa.

—¡¿A quién llamas princesa, cerebro de carbón?!

—¡A ti, exhibicionista! ¡Ponte algo de ropa!

En un instante, los dos estaban enzarzados en una lluvia de puñetazos y patadas, una pelea tan familiar y reconfortante como el amanecer. Pero esta vez, había una diferencia. Natsu no dejaba de sonreír mientras peleaba, y de vez en cuando miraba a Lisanna para asegurarse de que seguía allí.

La pelea fue interrumpida por un puño blindado que se estrelló entre ellos, creando un pequeño cráter en el suelo de madera.

—Suficiente —dijo Erza, su voz resonando con autoridad. Pero cuando la miraron, no estaba enfadada. Una sonrisa genuina y suave curvaba sus labios—. Esto es motivo de celebración, no de destrucción sin sentido. Natsu, Lisanna, felicidades. De todo corazón.

Se acercó a la mesa y le dio a Lisanna un abrazo sorprendentemente gentil. —Me alegro mucho por vosotros dos —susurró. Luego miró a Natsu—. Más te vale hacerla feliz, o te convertiré en cenizas yo misma.

—¡Por supuesto que la haré feliz! —declaró Natsu, hinchando el pecho.

El resto del gremio estalló en un caos de felicitaciones.

—¡Esto merece una celebración! —rugió Cana, subiéndose a la barra y levantando un barril entero de cerveza—. ¡La primera ronda corre por cuenta de los novios!

—¡Oye! —protestó Natsu.

—¡La casa invita, entonces! —corrigió Cana, empezando a servir jarras con una velocidad asombrosa.

Gajeel, apoyado contra una columna, se encogió de hombros mientras masticaba un tornillo. —Geh. Me da igual. Mientras haya jaleo, por mí bien.

Levy, a su lado, le dio un codazo en las costillas, con los ojos brillantes de emoción. —¡Oh, vamos, Gajeel! ¡Es tan romántico! ¡Como en los libros! ¡Felicidades, Lisanna-chan, Natsu!

Wendy y Charle se acercaron tímidamente, con sonrisas dulces. —¡Felicidades, Natsu-san, Lisanna-san! ¡Es una noticia maravillosa! —dijo Wendy, aplaudiendo suavemente.

—Hmpf. Supongo que es un desarrollo aceptable. Al menos ahora Dragneel tendrá una razón para intentar comportarse con un mínimo de madurez —comentó Charle, aunque sus bigotes se movieron en un gesto que podría interpretarse como una sonrisa.

Desde la barandilla del segundo piso, la risa estruendosa del Maestro Makarov resonó por todo el salón. Las lágrimas corrían libremente por su rostro arrugado, y no hizo ningún intento por ocultarlas.

—¡MIS NIÑOS! —gritó, su voz quebrada por la emoción—. ¡Os he visto crecer! ¡Os he visto jugar, pelear, llorar y reír! ¡Veros encontrar el camino de vuelta el uno al otro…! ¡No hay un padre en este mundo que pueda estar más orgulloso! ¡ESTO ES FAIRY TAIL! ¡CELEBREMOS EL AMOR DE NUESTROS HIJOS!

El gremio entero rugió en aprobación, levantando sus jarras. La música comenzó a sonar, la gente empezó a bailar, y en el centro de todo, Natsu y Lisanna fueron bajados de la mesa y engullidos por un mar de abrazos, palmadas en la espalda y buenos deseos.

Lisanna se sentía abrumada, su corazón era un colibrí atrapado en su pecho. Cada felicitación, cada sonrisa, era un bálsamo para las heridas de la duda y la soledad que había sentido durante tanto tiempo. Natsu, a su lado, aceptaba las felicitaciones con su habitual fanfarronería, riendo a carcajadas y prometiendo que su boda tendría la pelea más grande que el reino de Fiore hubiera visto jamás.

En medio del torbellino, Lisanna buscó un rostro en particular. Lo encontró al otro lado de la multitud. Lucy.

Estaba de pie junto a la barra, observando la escena. Por un momento, su flequillo rubio le cubrió los ojos, su expresión ilegible. Un pequeño pinchazo de la vieja inseguridad atravesó a Lisanna. ¿Qué estaría pensando? ¿Estaría dolida? ¿Incómoda? Después de todo, ella era la compañera de Natsu, su mejor amiga en los últimos años.

Pero entonces, como si sintiera su mirada, Lucy levantó la cabeza. Y la sonrisa que iluminó su rostro disipó cualquier sombra de duda. Era una sonrisa enorme, radiante y completamente genuina. Sus ojos marrones brillaban, no de celos o tristeza, sino de una felicidad tan pura que parecía a punto de desbordarse en lágrimas de alegría.

Con una determinación tranquila, Lucy se abrió paso entre la multitud que rodeaba a la pareja. La gente se apartó, dejando un camino para ella. Se detuvo frente a ellos, su sonrisa nunca vaciló.

Primero miró a Lisanna. —Felicidades —dijo, su voz cálida y sincera. Y sin dudarlo, la abrazó con fuerza—. Me alegro muchísimo por ti, Lisanna. De verdad.

Lisanna se relajó en el abrazo, devolviéndolo con la misma sinceridad. —Gracias, Lucy. Gracias… por todo.

Cuando se separaron, Lucy se giró hacia Natsu. Su sonrisa se convirtió en una mueca de suficiencia. Le dio un puñetazo juguetón en el brazo, con más fuerza de la que parecía capaz.

—¡Oye! —se quejó Natsu, frotándose el brazo.

—Ya era hora, tonto —dijo Lucy, y sus ojos brillaron con complicidad—. ¿Ves? Te dije que hablar funcionaba. Aunque supongo que tu versión de "hablar" implica un anuncio a todo el gremio cinco minutos después.

Natsu se rió, una risa estruendosa y despreocupada. —¡Tu método era demasiado lento! ¡Había que hacerlo al estilo Natsu!

—Supongo que sí —admitió Lucy, negando con la cabeza, pero su sonrisa no desapareció—. Cuídala bien, ¿quieres?

—Siempre —respondió Natsu, y en esa única palabra, no había rastro de broma. Era una promesa tan sólida como la roca.

Lucy asintió, satisfecha. Luego levantó su jarra. —¡Por Natsu y Lisanna!

—¡¡POR NATSU Y LISANNA!! —coreó el gremio, y el sonido fue ensordecedor.

La fiesta se desató con una furia que solo Fairy Tail podía invocar. La cerveza fluía como un río, la comida desaparecía en fauces hambrientas, y las mesas se convirtieron en pistas de baile improvisadas. Elfman intentaba enseñar a Macao los pasos de un baile "viril", Erza estaba en una esquina discutiendo con Mirajane sobre los méritos de un pastel de bodas de siete pisos con sabor a fresa, y Gray y Juvia estaban… bueno, Gray intentaba escapar de una Juvia extasiada que ya estaba diseñando trajes a juego para la ceremonia.

En medio del glorioso caos, Natsu tiró suavemente de la mano de Lisanna, guiándola a través de la multitud hacia un rincón un poco más tranquilo, cerca de la chimenea que, por una vez, no estaba encendida. El calor en la habitación era más que suficiente.

—¿Estás bien? —preguntó él, su voz un poco más baja ahora, su mirada recorriendo su rostro en busca de cualquier signo de malestar.

Lisanna lo miró, y una risa burbujeante escapó de sus labios. —¿Que si estoy bien? Natsu, estoy… no creo que haya una palabra para describir cómo me siento. Es demasiado. Es maravilloso.

Se apoyó contra la pared de piedra, todavía sin soltar su mano. —¿Un "compromiso"? ¿"Nos vamos a casar"? —lo molestó suavemente, levantando una ceja.

Natsu se encogió de hombros, sin una pizca de arrepentimiento. —¿Y qué? Es verdad, ¿no? Es lo que prometimos. Cuando crezcamos, serás mi esposa. Bueno, ya crecimos.

La lógica era tan simple, tan directa, tan Natsu. Y era perfecta.

—Sí —dijo ella, su voz suave—. Es verdad. Pero podrías haberme avisado. Mi corazón casi se sale del pecho.

—Nah, está donde debe estar —dijo él, y con su mano libre, tocó suavemente su pecho, justo sobre su corazón—. Lo oigo desde aquí. Está tan acelerado como el mío.

Se quedaron en silencio por un momento, simplemente observando la escena. Su familia. Su ruidosa, caótica y maravillosa familia, celebrando por ellos. El calor del brazo de Natsu a su lado era una constante reconfortante, el sonido de la fiesta una banda sonora para el comienzo de su nueva vida.

—Cuando volví de Edolas —comenzó Lisanna en voz baja, mirando las llamas imaginarias en la chimenea—, soñaba con esto. No con una gran fiesta, sino… con esto. Contigo a mi lado. Con sentir que pertenezco aquí de nuevo.

Natsu apretó su mano. —Nunca dejaste de pertenecer, Lisanna. Fui un idiota por no darme cuenta de que necesitabas oírlo. Que necesitabas que te lo demostrara. Ya no volveré a cometer ese error.

Se giró para mirarla, su rostro serio. —No más distancia. No más silencios. Si algo te molesta, me lo dices. Si algo me molesta, te lo diré. Y si no sé qué decir… —hizo una pausa, una rara expresión de vulnerabilidad en su rostro—, entonces me lo recuerdas. Como hizo Lucy.

—Lo haré —prometió ella, con el corazón hinchado de amor por aquel hombre dragón tan torpe y maravilloso—. Pero creo que hoy has hablado bastante por los dos.

Una sonrisa lenta y traviesa se dibujó en los labios de Natsu. Se inclinó hacia ella, su aliento cálido rozando su mejilla. El ruido del gremio pareció desvanecerse en un murmullo lejano.

—Todavía no he terminado —susurró.

Y entonces, la besó de nuevo.

Si el primer beso junto al río había sido una explosión de anhelo y frustración contenida, este era diferente. Era un beso de pura, desinhibida felicidad. Era lento y profundo, un beso que hablaba de certeza y de futuro. No había desesperación en él, solo la calma y la alegría de haber encontrado por fin el camino a casa. Las manos de Lisanna subieron para enredarse en su cabello rosado, atrayéndolo más cerca, mientras que las de él se deslizaron hasta su cintura, levantándola ligeramente del suelo.

El mundo exterior dejó de existir. No había gremio, no había fiesta, no había pasado doloroso ni futuro incierto. Solo estaban Natsu y Lisanna, fuego y alma, sellando su promesa no con palabras gritadas a una multitud, sino con el lenguaje silencioso y universal del amor reencontrado.

Cuando finalmente se separaron, con las frentes apoyadas y las respiraciones entrecortadas, el rugido del gremio volvió a llenar sus oídos. Pero ya no era abrumador. Era el sonido de su hogar celebrando con ellos.

Natsu la miró, con los ojos ardiendo con una devoción que le robó el aliento.

—Te quiero, Lisanna —dijo, y las palabras, tan raramente pronunciadas por él, golpearon con la fuerza de una revelación.

Las lágrimas volvieron a los ojos de Lisanna, pero esta vez eran de pura felicidad.

—Y yo a ti, Natsu. Siempre.

Él sonrió, su característica sonrisa llena de colmillos, y la besó de nuevo, un beso corto y juguetón esta vez.

—Bien —dijo, como si acabara de resolver el misterio más grande del universo—. Ahora que eso está aclarado… ¡tengo hambre! ¡Vamos a por algo de comida!

Y tirando de ella de la mano una vez más, se lanzó de nuevo al corazón de la fiesta. Lisanna lo siguió, riendo, su corazón más ligero de lo que había estado en años.

La felicidad de ambos no era una meta lejana ni un sueño infantil. Estaba allí, en ese momento, en medio de su caótica familia, real y tangible como el calor del fuego. Apenas estaba empezando, y ya era lo mejor del mundo.