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Ecos del Pasado

Caos, Anillos y Promesas

El gremio de Fairy Tail despertó al día siguiente con una resaca colectiva y una nueva y extraña sensación de propósito. El suelo, milagrosamente fregado por una Mirajane con una energía aterradora, ya no olía a cerveza rancia, sino a cera de abejas y a la vaga fragancia de la determinación. Las mesas, que normalmente servían como campos de batalla improvisados, se habían convertido en centros de operaciones estratégicas. Fairy Tail había entrado oficialmente en Modo Boda, y el epicentro de este huracán de planificación tenía el pelo corto y blanco y una expresión de feliz desconcierto.

—¡Absolutamente no! —declaró Erza, golpeando la mesa con un puño que hizo saltar las tazas de té—. El vestido debe tener placas de refuerzo en el torso y las hombreras. ¿Y si un gremio oscuro decide atacar en mitad de la ceremonia? Lisanna debe poder defenderse sin sacrificar la elegancia.

Lucy, sentada frente a ella, suspiró, pellizcándose el puente de la nariz.

—Erza, es una boda, no una misión de clase S. No puede casarse con una armadura de gala. ¡Necesita algo ligero, fluido… romántico!

A la cabeza de la mesa, Mirajane ignoraba por completo el debate. Estaba absorta en un gigantesco libro de recortes encuadernado en cuero blanco, con el título «Proyecto NaLi: Fase Nupcial» grabado en letras doradas. Murmuraba para sí misma, pasando páginas llenas de bocetos, muestras de tela y diagramas logísticos que parecían más adecuados para una invasión militar que para una fiesta.

—…los fuegos artificiales deben deletrear sus nombres, seguidos de un corazón y una explosión en forma de dragón. Las palomas mensajeras llevarán las invitaciones, pero primero las entrenaremos en tácticas evasivas… Y el pastel, por supuesto, tendrá nueve pisos, cada uno representando un hito en su relación: el huevo de Happy, la cabaña, el reencuentro de Edolas…

Lisanna, atrapada entre el fervor estratégico de Erza y la manía organizativa de su hermana, simplemente sonreía. Se sentía como una pequeña barca arrastrada por una corriente de entusiasmo desbordado, pero en lugar de miedo, sentía una calidez inmensa. A su lado, Levy, con unas gafas de lectura sobre la nariz, hacía cálculos febriles en un pergamino.

—Considerando el presupuesto para reparaciones post-fiesta, que estimo en un 30% del total, y el coste de los ingredientes exóticos que Mira quiere para el pastel… vamos a necesitar aceptar varias misiones de alta recompensa. Wendy, ¿podrías ayudarme a revisar la lista de gastos florales? Creo que podemos optimizar costes si usamos flores que crezcan cerca del río.

Wendy asintió con seriedad, como si la supervivencia del reino dependiera de ello. Mientras tanto, Juvia, un poco apartada del grupo principal, observaba a Lisanna con una intensidad depredadora.

—Juvia se pregunta… —murmuró, con un brillo conspirador en los ojos—, si Lisanna-san estaría dispuesta a aceptar un pequeño soborno… Juvia podría ofrecerle un suministro de por vida del pescado favorito de Happy a cambio de… un lanzamiento de ramo estratégicamente dirigido hacia Gray-sama.

La carcajada de Lisanna, clara y genuina, cortó a través de la cacofonía de planes. Todas se giraron para mirarla. Su rostro estaba sonrojado, sus ojos azules brillaban con una alegría que no había sentido en años.

—Chicas, es… es increíble. Gracias —dijo, su voz teñida de emoción—. Pero no hace falta que sea tan… grande. Solo quiero…

—¡Tonterías! —la interrumpió Mirajane, cerrando su libro con un chasquido que sonó a sentencia final—. Has esperado demasiado para esto, hermanita. Mereces la boda más espectacular que Fiore haya visto jamás. Y la tendrás. Es una orden.

Lisanna rió de nuevo, rindiéndose a la inevitable y maravillosa locura de su familia.

Al otro lado del gremio, la planificación de los chicos era considerablemente menos detallada y mucho más ruidosa.

—¡Digo que vayamos al Volcán Hargeon y luchemos contra el Gusano de Lava Milenario! —gritó Natsu, con los puños en llamas por la emoción—. ¡Sería la despedida de soltero perfecta!

Gajeel, que estaba afilando sus uñas de hierro contra una viga de metal, soltó una risa gutural.

—Geh heh. No está mal, Salamander. Pero yo propongo algo con más estilo. ¿Qué tal si nos colamos en el Consejo Mágico y reemplazamos la maza del Presidente por una réplica de pescado gigante?

—¡Eso no es viril! —bramó Elfman, golpeándose el pecho—. ¡Un hombre de verdad celebra su última noche de soltería escalando la montaña más alta de Fiore con las manos desnudas y luchando contra el grifo que anida en la cima! ¡A puñetazos!

Gray, que había estado observando el debate con los brazos cruzados y una expresión de hastío, finalmente intervino.

—Sois todos unos idiotas. —Un silencio cayó sobre el grupo—. Pero si vamos a hacer una última locura antes de que el cerebro de antorcha se ate para siempre, tiene que ser algo memorable.

Miró directamente a Natsu, y por un instante, la rivalidad desapareció, dejando al descubierto algo más profundo, algo parecido al afecto fraternal.

—Me da igual lo que hagamos —dijo, su voz más seria de lo habitual—. Pero lo haremos juntos. Como un equipo. Es lo que se merece tu última gran estupidez como hombre soltero.

Natsu lo miró, sorprendido por el tono. Una sonrisa lenta se extendió por su rostro.

—Gracias… cubito de hielo.

—¡No me llames así, cabeza de carbón! —replicó Gray, volviendo instantáneamente a la normalidad—. ¡Y más te vale no echarte atrás!

La planificación continuó a toda máquina durante horas. Los dos bandos, el de las chicas y el de los chicos, operaban en universos paralelos de caos organizado. Fue Lucy quien, con su perspectiva práctica y su experiencia en lidiar con la lógica peculiar de Natsu, se dio cuenta de la gigantesca y flagrante omisión.

Dejó la mesa de las chicas, marchó con determinación hasta el grupo de los chicos, y sin mediar palabra, le propinó un golpe seco en la cabeza a Natsu.

¡PLOC!

—¡Oye! ¡¿Y eso por qué?! —se quejó el Dragon Slayer, frotándose el punto dolorido.

Lucy lo miró con las manos en las caderas, su expresión era una mezcla de exasperación y cariño.

—¡Natsu, idiota! ¡Has puesto a todo el gremio a planificar una boda y te has saltado los pasos más importantes!

Natsu la miró con genuina confusión. —¿Qué pasos? ¡Ya se lo dije a todo el mundo! ¡Y Lisanna está de acuerdo!

—¡El anillo, Natsu! —exclamó Lucy, como si hablara con un niño pequeño—. ¡No le has dado un anillo! ¡Ni siquiera se lo has pedido formalmente, de rodillas, como una persona normal! ¡Simplemente te subiste a una mesa y gritaste que os ibais a casar!

Un silencio incómodo se apoderó del gremio. Natsu parpadeó. Miró sus manos, luego a Lisanna al otro lado del salón, y de nuevo a sus manos vacías. Anillo. Pedida formal. Su cerebro, que podía procesar mil tácticas de combate por segundo, se había cortocircuitado ante conceptos tan básicos de la etiqueta romántica.

—Ah… —fue todo lo que pudo articular. El color subió por su cuello, un raro sonrojo de vergüenza—. Se me… olvidó.

El gremio entero soltó un gemido colectivo.

Antes de que Natsu pudiera hundirse en su propia estupidez o salir corriendo a prenderle fuego a algo por frustración, sintió un toque suave en su brazo. Lisanna estaba a su lado, su sonrisa era una mezcla de diversión y ternura.

—Natsu —dijo en voz baja, para que solo él la oyera—. Mírame.

Él levantó la vista, encontrándose con la calma de sus ojos azules.

—No necesito un anillo —susurró ella, apretando su brazo—. No necesito una pedida de manual. Tu grito desde la mesa fue la cosa más Natsu y la más perfecta que podrías haber hecho. Ya te tengo a ti. Eso es todo lo que siempre he querido.

El corazón de Natsu dio un vuelco. La sinceridad en su voz disolvió su vergüenza, reemplazándola por una oleada de amor tan intensa que casi le quitó el aliento. Ella era increíble. Lo entendía, incluso cuando él mismo no se entendía.

Pero sus palabras, en lugar de tranquilizarlo, encendieron una nueva llama en su interior. No, ella no *necesitaba* esas cosas. Pero las *merecía*. Él quería dárselas. Quería hacerlo bien, a su manera.

—No —dijo él, su voz firme y decidida. Se giró para mirarla de frente, tomando su rostro entre sus manos—. Tú te mereces todo, Lisanna. Te mereces el anillo más increíble, la pedida más alucinante y la boda más espectacular. Y voy a dártelo todo.

Se inclinó y le dio un beso rápido y ardiente en los labios, un beso que era una promesa. Luego, sin decir una palabra más, se dio la vuelta y salió corriendo del gremio, dejando a todos boquiabiertos.

—¡NATSU, ESPERA! ¿A DÓNDE VAS? —gritó Lucy.

—¡A ARREGLARLO! —fue la única respuesta que llegó desde la distancia.

La búsqueda del anillo perfecto por parte de Natsu Dragneel se convirtió rápidamente en una leyenda local en Magnolia. La primera joyería que visitó terminó con una vitrina derretida cuando el dueño sugirió un diamante «frío y sin vida». En la segunda, intentó «probar la durabilidad» de una esmeralda golpeándola, lo que resultó en una pequeña explosión de energía mágica y una prohibición de por vida.

Frustrado, decidió que ningún anillo hecho por otro sería suficiente. Necesitaba algo que viniera de él, algo que llevara su esencia. Recordó una vieja leyenda que Igneel le había contado sobre las Estrellas de Fuego, gemas que se formaban en el corazón de los volcanes más antiguos y que se decía que contenían una llama eterna.

Su misión lo llevó a las profundidades del Monte Hakobe, un lugar helado en el exterior pero con un corazón ardiente. Tras una batalla de tres horas contra un gólem de magma que custodiaba la cámara principal, Natsu encontró lo que buscaba. No era una gema grande ni ostentosa. Era una pequeña piedra, del tamaño de la uña de su pulgar, de un color azul profundo como los ojos de Lisanna. Pero en su interior, una diminuta llama anaranjada danzaba y parpadeaba, viva y eterna.

Con la gema en su poder, regresó a la vieja cabaña que él y Lisanna habían construido de niños. Utilizando su propio fuego, con una delicadeza que pocos sabían que poseía, forjó una banda de un metal oscuro y resistente que había «tomado prestado» del taller de Gajeel. Engarzó la Estrella de Fuego en la banda, creando un anillo que era a la vez simple y extraordinario. Era rústico, imperfecto, pero cálido al tacto y la llama en su interior pulsaba al ritmo de su propio corazón. Era perfecto.

Regresó al gremio al atardecer, cubierto de hollín, con el pelo chamuscado y una sonrisa triunfante. El anillo estaba a salvo en su bolsillo.

El gremio estaba en pleno apogeo de la cena cuando él irrumpió. Ignorando las preguntas y los gritos, caminó directamente hacia Lisanna. La tomó de la mano, la subió una vez más a la mesa central y, para el shock absoluto de todos los presentes, se arrodilló frente a ella.

El silencio fue tan profundo que se podría haber oído caer la escama de un dragón.

Natsu respiró hondo, sacó el anillo del bolsillo y se lo ofreció. La pequeña llama dentro de la gema iluminó el rostro asombrado de Lisanna con un resplandor cálido.

—Lisanna… —comenzó, su voz ronca y un poco temblorosa. Todo el valor que tenía en la batalla parecía haberlo abandonado—. Yo… no soy bueno con las palabras. Lucy tiene razón. Soy un idiota. Y siempre olvido las cosas importantes.

Miró a su alrededor, a toda su familia que los observaba, y luego sus ojos volvieron a ella, solo a ella.

—Pero hay una cosa que nunca he olvidado. Ni cuando te fuiste, ni cuando volviste. Y es lo que siento por ti. Eres… mi hogar. Siempre lo has sido. No eres un fantasma ni un recuerdo. Eres mi futuro.

Las lágrimas comenzaron a rodar por las mejillas de Lisanna, pero esta vez, eran de pura, abrumadora felicidad.

—No quiero que dudes nunca más de tu lugar. Está aquí —dijo él, señalando su propio pecho—. Así que… —tragó saliva, el gesto más vulnerable que nadie le había visto hacer jamás—, ¿quieres… ya sabes… hacer oficial esa cosa de casarnos? ¿Quieres ser mi esposa, Lisanna? De verdad, esta vez.

Lisanna no pudo hablar. Simplemente asintió frenéticamente, una risa ahogada mezclada con sollozos escapando de sus labios. Natsu, tomando eso como un sí, le deslizó el anillo en el dedo. Encajaba a la perfección. La pequeña llama de la gema pareció brillar con más intensidad al contacto con su piel.

Entonces, el gremio explotó.

El rugido de vítores fue ensordecedor. Elfman lloraba a mares, gritando sobre la virilidad de una propuesta adecuada. Mirajane se secaba una lágrima con una sonrisa que prometía duplicar el presupuesto de la boda. Lucy y Levy se abrazaban, llorando de alegría.

Natsu se puso de pie, levantó a Lisanna en brazos y la hizo girar, ambos riendo entre lágrimas.

—¡DIJO QUE SÍ! —rugió, como si alguien pudiera dudarlo.

Aún sin bajarla, se dirigió a la multitud.

—¡Y ya que estamos, la fecha! —declaró—. ¡Nos casamos… esta noche!

—¡¡NATSU, NO!! —gritaron al unísono Levy y Mirajane.

Levy saltó a una silla, con su pergamino de presupuesto en la mano.

—¡Natsu, escucha a la razón! —dijo, ajustándose las gafas—. Para una boda perfecta, con un vestido a medida, invitaciones enviadas a otros gremios, y suficiente comida para que no devores la de los invitados, necesitamos un plazo realista. Mis cálculos indican que el tiempo óptimo, equilibrando la impaciencia y la logística, es de… ¡dos meses!

—¡¿DOS MESES?! —se quejó Natsu, el horror pintado en su rostro—. ¡Eso es una eternidad! ¡Podría destruir tres gremios oscuros en ese tiempo!

—Dos meses es perfecto —decretó Mirajane, apareciendo a su lado con su libro de planificación abierto en una página titulada «Cronograma Inflexible»—. Me da tiempo a encargar las flores de hielo del norte, a que Erza supervise la confección del vestido de batalla… digo, de novia, y a que yo misma prepare el menú. No se discute.

Natsu miró el libro de 300 páginas que Mira sostenía, vio los diagramas complejos y las listas interminables, y sintió un escalofrío. Miró a Lisanna, que seguía en sus brazos, y ella le dedicó una sonrisa tranquilizadora y asintió.

—Está bien, Natsu. Dos meses pasarán volando.

Él suspiró, derrotado. —Está bien… dos meses. ¡Pero ni un día más!

La fiesta esa noche fue aún más salvaje que la anterior. Pero la impaciencia de Natsu no había hecho más que empezar. Al día siguiente, después de pasar la mañana sin poder apartar las manos de Lisanna, una nueva y brillante idea se formó en su cabeza.

Arrastró a Lisanna hasta donde estaban Mirajane y Elfman organizando una pila de sillas.

—¡Oigan! —dijo, con su habitual falta de tacto—. Ya que vamos a casarnos y todo eso, y tenemos que esperar dos meses aburridos, ¿puede Lisanna venirse a vivir ya conmigo y con Happy? Nuestra casa es más divertida.

Mirajane soltó un «ara, ara» lleno de diversión, encontrando la petición absolutamente adorable. Pero antes de que pudiera responder, Elfman se interpuso, cruzando sus enormes brazos y adoptando una postura de guardián.

—¡Absolutamente no! —tronó, su voz haciendo vibrar el suelo—. ¡Un hombre de verdad respeta las tradiciones! ¡Un hombre espera hasta después del matrimonio para vivir con su prometida bajo el mismo techo! ¡Es la prueba definitiva de paciencia y honor viril! ¡Demostrarás tu valía como futuro esposo esperando como un HOMBRE!

Natsu abrió la boca para discutir, probablemente para argumentar que prenderle fuego a la tradición era más de su estilo, pero Lisanna le apretó la mano y negó con la cabeza, una sonrisa divertida jugando en sus labios. Sabía que discutir con la versión de Elfman de lo que era «un hombre» era una batalla perdida.

—Está bien, Natsu —dijo ella—. Elfman-niichan tiene razón. Podemos esperar.

Natsu hizo un puchero, la viva imagen de un niño al que le han quitado su juguete favorito.

—Pero…

—Pero —continuó Elfman, con un raro brillo de comprensión en los ojos—, eso no significa que no puedas pasar tiempo con ella. ¡Un hombre corteja a su prometida! ¡La lleva a pasear! ¡La llena de atenciones! ¡Eso también es de hombres!

La cara de Natsu se iluminó. Esa era una regla con la que podía trabajar.

Y así comenzaron los dos meses más largos y a la vez más rápidos de sus vidas. El gremio era un hervidero de actividad nupcial, pero Natsu y Lisanna encontraron su propio ritmo en medio del caos. Pasaban casi todo el tiempo juntos. Natsu la acompañaba en misiones sencillas, insistiendo en llevar su equipaje. Se sentaban junto al río, no en un silencio incómodo, sino en una cómoda quietud, simplemente disfrutando de la presencia del otro. A menudo, en medio del bullicio del gremio, él simplemente la atraía hacia sí y la abrazaba, enterrando su rostro en su cabello blanco, inhalando su aroma como si fuera el aire que necesitaba para respirar.

Una tarde, mientras la fiesta de planificación de la boda alcanzaba un nuevo pico de intensidad a su alrededor, Natsu la guio a un rincón tranquilo junto a la chimenea. No dijeron nada. Él simplemente la rodeó con sus brazos por la espalda, apoyando su barbilla en el hombro de ella mientras ambos observaban el caos. Lisanna se reclinó contra su pecho, sintiendo el calor constante que emanaba de él, el latido firme de su corazón contra su espalda.

—¿Sabes cuál es mi parte favorita de todo esto? —susurró él cerca de su oído.

Ella sonrió, mirando el anillo en su dedo, la pequeña llama danzando alegremente.

—¿La perspectiva de luchar en tu propia boda?

Él soltó una risa grave. —Eso está en segundo lugar.

Se inclinó y la besó suavemente en el cuello, un gesto tierno que la hizo estremecerse.

—Mi parte favorita… es esta —murmuró contra su piel—. Poder hacer esto cuando quiera. Abrazarte. Besarte. Sin muros. Sin distancia.

Lisanna se giró en sus brazos para mirarlo, sus manos subiendo para acunar su rostro. Vio en sus ojos oscuros una devoción tan pura y ardiente que le calentó el alma. Toda la espera, todo el dolor, toda la confusión del pasado se habían desvanecido, reducidos a cenizas por la llama de aquel amor reencontrado.

—A mí también, Natsu —susurró—. Esta es mi parte favorita.

Él sonrió, su característica sonrisa llena de colmillos, y la besó. Un beso lento y profundo que no era una explosión ni una declaración, sino una conversación silenciosa. Hablaba de promesas cumplidas, de un futuro compartido y de la simple y profunda alegría de estar en casa, por fin, en los brazos del otro.

La boda sería una locura. La vida juntos sería una aventura. Pero en ese momento, en la tranquila calidez de un abrazo, Natsu y Lisanna ya tenían todo lo que necesitaban. Y él había descubierto que, más allá de pelear y comer, abrazar y besar a Lisanna se había convertido en lo que más amaba hacer en el mundo. Y tenía toda una vida por delante para perfeccionarlo.